#Cuentos ¿Taco árabe o chicharrón?

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Por Efigenio Morales Castro

Yo no sé por qué me amarraron de manera brusca, si desde que aparecí por la taquería, me trataron bien: me ponían agua en un traste, pero lo principal: siempre me dieron de comer; esa comida me supo sabrosa desde un principio, luego supe que eran tacos, y más en particular: árabes. Por eso no entiendo lo de este lazo sobre mi cuello. Lo peor es que me tienen en una vecindad donde nadie se preocupa por mí. Al principio de mi llegada, varios niños jugaban conmigo; estos que pasan por aquí, ignorándome, como si no me conocieran… o me tuvieran asco.

Bueno, ya que estoy solo, déjenme contarles algo de mi vida, sí, la que viví tiempo atrás, cuando era cachorrito y todos me acariciaban en aquel lugar donde vivía. Allá la vida es tranquila, pocas casas, y no como aquí que hay muchas cosas que ruedan, y si te pasan encima, te matan. Yo lo vi en otro igual a mí; más o menos, porque –sin presunción- no soy tan feo como ese que quedó tieso en la calle, nomás porque le pasó una cosa de esas encima.

Ahora sí, va parte de mi vida…

No recuerdo quienes fueron mis padres, porque entre perros, es difícil llevar esa memoria; es la violencia y cuidarse de todo lo que lo cubre a uno. Decía que no recuerdo a mis padres. Lo único que pasa en mi cabeza, es el rostro de quien por mucho tiempo fue mi dueño, deveras, él fue mi dueño, el único que me daba de comer y también podía pegarme cuando yo me portaba mal. Pues bien, en la casa de mi dueño llegué desde pequeño. Recuerdo que me metían en la trompa una cosa como palito, pero transparente… por ahí pasaba agua blanca. Yo la bebía. Eso me quitaba el dolor de mi panza, pues después de tomar y tomar, jalar con mi trompa, me sentía lleno. Eso hacía que volviera a dormirme, pues todavía tenía mis patas muy… ¿se puede decir, muy blandas? No lo sé, mas recuerdo que no podía sostenerme sobre el suelo, por eso siempre estaba echadote, puro dormir y dormir. Guau, yo escuchaba que decían que estaba muy pequeñito, que parecía pedazo de cuero a punto de romperse. No entendí eso. Lo único que sé, es que no me rompí.

Recuerdo que todas las tardes, mi dueño me sacaba a caminar hasta llegar al parque del pueblo. Bueno, digo que era el parque, porque tenía bancas y toda la cosa. En la vuelta chiquita, había puestos de cosas que vendían. Ahí mi dueño es donde conoció a Plutarca, la que después fue su novia. Y digo que fue, porque luego luego que mi dueño fue al abordaje sobre ella, vi que días después pegaban sus trompitas. Yo veía eso y me mantenía echado en el piso, moviendo las orejas y viendo pasar personas y también perros y perras. Plutarca era taquera, pero los tacos que vendía no me gustaron desde el principio, pues metía la tortilla en mucho aceite y eso me hacía daño. Lo supe, porque en una ocasión un señor compró, y al pagar se le cayó uno. Me arrastré sigilosamente y que me trago el taco. Ufff, la grasa me escurría en el hocico confundiéndose con la baba. Desde entonces, no volví a comer del puesto de Plutarca.

Al principio, mi dueño siempre andaba sonriendo, como si se sintiera chingón en algo o para algo; pero en el transcurso de los días, dejó de sonreír; se puso serio serio y de mal humor. A mí, por cualquier cosa me daba de patadas sobre la panza.

Quítate de mi paso, desgraciado, me gritaba y soltaba el patadón. En ocasiones no me daba, pero la mayoría de las veces me sonaba la panza como tambor. Dejamos de ir al parque. Dejó de ver a Plutarca. Pero yo veía cómo en la noche sacaba algo de su cartera y se pasaba mucho tiempo viendo eso, hasta que de sus ojos salían lágrimas. Plutarca, mi plutarca, decía cuando besaba lo que había sacado de la cartera.

Como mi dueño optó por ya no jalarme con él, decidí tomar la vagancia por mi cuenta. Fue así, como vi a la mujer por la que mi dueño estaba sufriendo. La llevaba de la cintura otro. Ella reía y le pegaba a él en la parte de atrás. Los seguí para ver a donde iban. Llegaron a una casa y levantaron la cortina; vi que era una taquería. Entonces, pensé lo siguiente: “Plutarca dejó a mi dueño por un taquero”. Y sí era un taquero, porque vi como puso la carnota en un tubo y luego encendió el horno. Eran tacos árabes, diferentes a los que vendía Plutarca en el parque. Estuve mucho tiempo echado en una banqueta tratando de vigilar los movimientos de ellos. En el tiempo que estuve observando, sólo conté seis personas que llegaron a comprar. ”Bueno, algo es algo”, pensé para luego arrepentirme, pues sin que me diera cuenta, estaba traicionando con el pensamiento a mi dueño. En ese momento quise entrar corriendo y tirarles todo, pero me di cuenta que no era buena idea, pues de lo que se trataba, era que no supieran quien había originado la maldad. ¿Qué hacer? En realidad no lo sabía, pues en ese momento era como si no tuviera cerebro para pensar, decidir qué sería lo correcto, pues la venganza es la venganza, y lo que le hizo esa Plutarca a mi dueño, no tiene perdón. Opté por regresar a la casa. ¿pero cómo platicarle lo que he visto? En ese momento, quise ser un humano para poder hablar, para contarle santo y seña de lo que vi, dónde están ubicados para que él tomara desquite.

Al llegar, la misma canción: llorando por la Plutarca. Sentí coraje también por él, sobre todo, por las caricias que ella le hacía al taquero y éste lloriqueando por esa que no vale la pena. “Por eso no me busco una perra”, pensé y decidí dormir en el patio; esa noche estaba cansado y de mal humor. Mañana será otro día. Y que cierro los ojos.

Toda la mañana estuve pensando qué hacer para tomar venganza en nombre de mi dueño; aunque él ya no me quería, yo seguía guardándole cariño, pues a fin de cuentas, no tenía culpa de su desgracia. Bebí agua suficiente para no tener sed en parte del día, comí unas sobras que estaban tiradas y decidí salir de nuevo a la vigilancia, a la venganza diurna, si era posible. Di varias vueltas en el parque para ver si me los encontraba. Nada. Tal parece que la Plutarca y su taquero no andan por este lugar. El hocico comenzaba a arderme de coraje, cuando a lo lejos, descubrí una pareja parada, comprando carne y verduras. “Son ellos”, pensé sin estar seguro de mi pensamiento. Decidí acercarme sigilosamente, como un verdadero perro: arrastrando el hocico sobre el pavimento, en otras ocasiones sobre la tierra, pero la finalidad era ver qué hacían y hacia donde iban a encaminar sus pasos. De nuevo quise ser humano para poder gritar como ellos, ofender como ellos, pero no llorar como ellos; con el llanto de mi dueño bastaba para ponerme de malas. Pagaron, tomaron las bolsas y se encaminaron hacia la taquería; esto lo supe, porque me aprendí bien el camino. Mientras abrían, recosté mi cuerpo en la banqueta. Estaba caliente por el calor. Ni modo, a aguantar martirio, todo sea por la venganza familiar, jejeje, como si a mí me vieran como parte de su familia. Me ven como un simple perro, animal de cuatro patas que no tengo derecho a la tristeza ni a las lágrimas, sólo ver y mantener el hocico cerrado.

Creo que me quedé dormido, porque cuando abrí los ojos ya estaba oscureciendo. Grrrr, un olor delicioso llegó a mi nariz, a mi estómago. Era un hecho que tenía hambre. Miré hacia la taquería. La carne en su punto. “Tacos árabes”, pensé moviendo el hocico, dejando que la baba escurriera. El taquero puso música y se puso a bailar con la Plutarca. Movían sus traseros con alegría, como si eso fuera lo único en el mundo. El olor de la carne era cada vez más sabroso, como si fuera lo único que existiera en este lugar. El hombre tenía los pantalones casi colgando, como uno de esos jovencillos que andan casi arrastrando la ropa. Fue cuando llegó a mi cerebro la venganza. Claro, todo está frente a mí. Lo que puedo hacer, es bajarle los pantalones y morderle las nalgas, para que sienta lo que son colmillos, no los dientitos de la plutarca.

Sin pensarlo más, emprendí la carrera hacia la taquería con la finalidad de bajarle los pantalones al que le robó el amor a mi dueño. Claro que sí: lo mordería hasta sangrarle aquellas carnes gordas y guangas. Pero al llegar a la puerta y aventarme sobre él, éste se movió de lugar y fui a rebotar sobre la carne árabe.

Lleno de coraje, el taquero agarró un garrote y se fue sobre mí, pues toda la carne estaba en el piso. Fue cuando la Plutarca me reconoció pero no dijo nada. Sin pensarlo mucho, salí en estampida de la taquería, aventando ladridos, como queriendo apantallar que iban a llegar mis aliados. Y lo hubieran hecho, si adivinaran que toda la carne árabe estaba tirada, gracias a mi fuerza y venganza. El hombre seguía corriendo atrás de mí, garrotazo tras garrotazo. Seguí en mi carrera sin detenerme. Era un hecho que me quería matar. Fui ganando distancia, tenía el hocico reseco. Al detenerme un momento, vi que el hombre estaba sentado en una banqueta, respirando con desesperación. “Está cansado, mi dueño lo puede golpear fácilmente”, pensé y que corro hacia la casa. También llegué cansado. Ahí estaba el eterno llorón por la Plutarca, con esas lágrimas moquientas. De nuevo quise ser humano para contarle todo, llevarlo a donde estaba la Plutarca con ese taquero para que lo golpeara; mas lo único que hice fue jalarlo del pantalón.

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-Estate, chingao- dijo y que me tira una patada.

Lo vi con lástima. Había cambiado mucho: ya no era el hombre bueno, ahora quién sabe lo que era.

Lo miré por última vez, di la media vuelta y comencé a caminar sin rumbo, hasta llegar a este lugar grande, donde me comenzaron a invitar pedazos de tacos árabes, y luego me amarraron. Y aquí estoy, sin saber por qué este lazo.

– Aquí está patrón, gordito y coleando –dijo el hombre que siempre me aventaba los pedazos de taco.

– Síganle dando de comer, pasado mañana le daremos chicharrón –dijo el dueño de la taquería.

Cerré los ojos para pensar. El dueño de esa taquería decidió cambiar la comida para mí: en vez de tacos árabes…pasado mañana me darán chicharrón.

Moví la lengua en mi hocico, imaginando la nueva comida.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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