#Cuentos Sin mirar a quién – Iván Gómez

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[…] veo a ruben quien hasta ese momento
había guardado una actitud pasiva, aprieto con
fuerza el cuello de la botella y con la mirada
caliente dirigida a el le digo ―a ti te traigo
ganas desde cuando vamos a rompernos el
alma, la madre, vamos a pelearnos pero a
morir.

Chin chin el teporocho. Armando Ramírez

 

Por Heráclito López*

A Eduardo Elizalde: mi primer amigo.
También a Brenda, Cesia, Miri y Lore.

Mi cerveza se terminó desde hace rato. Dejé la botella en el piso. Ya va por la mitad esta cosa. Sigo con la edición del video, nada del otro mundo. Me aburro muy rápido. Siento como toda la luz que emana de la pantalla golpea mi rostro, algunos chispazos me deslumbran. Mejor tomo el celular y entro a WhatsApp, busco a Ximena: «tenías razón la película que no querías ver está de hueva, la quitaría si no fuera por la regla de acabarlas… jeje». Pongo el teléfono en volumen. Trato de enfocarme en el video y no pasa nada de tiempo cuando alguien se estaciona derrapando las llantas. La luz entra de lleno, su música a todo volumen: sé que te comes las uñas… dejo la lap y me acerco a la ventana: es el hijo de doña Antonia, creo que se llama Abraham; ambos viven en el cuarto piso. Baja del auto. Quita su música. Su piel parece muy húmeda. Lo veo otros segundos sin que él me note: sólo está ahí, con la vista hacia arriba. Se ve tan borracho que hasta le tiembla la mano. Dejo de espiarlo. Me cae mal, varias veces le ha visto la cola a Ximena, él ni ha de notar que me doy cuenta.

Dos sonidos me sacan de mis pensamientos: suena mi celular, pero no alcanzo ni a ver el mensaje: rápido escucho un gimoteo muy quedito, pongo a un lado las cosas, otra vez me levanto a espiar:

Sus lágrimas casi pasan desapercibidas en su piel café manchada. Sólo se aprecian las que bajan a su boca y se tiñen de rojo. Es lo que distingo. Se mueve mucho tratando de evadir los golpes de… sí… es su hijo el que la golpea con la palma obesa bien abierta. Entreabre los ojos sin poder atinar en todos los golpes, y su respiración, lo que más me sorprende es su respiración trabada, como de enfermo terminal.

Veo otras dos cachetadas, un jalón de pelos. No reacciono, no puedo, me cuesta digerir la escena. Es su madre, le pega como si fuera una extraña, no, no es eso, pero es que no sé ni con qué comparar al simio ese. Atrás de mí la película sigue; acaba de ocurrir un disparo, alguien grita “Oh Mike, oh Mike”. La señora gime, no creo que de dolor, es posible que ella tampoco entienda muy bien qué es lo que ocurre, con tanto golpe no creo que pueda.

Pienso en mi mamá, que en paz descanse; pienso en Ximena y su tía abuela, quien acaba de fallecer; yo no pude ir al velorio en casa de sus papás porque cubriré a alguien en el trabajo mañana, ellos viven a unas horas de aquí. Ella la quería mucho, “tía, ¿cómo está usted?, Mire, él es mi novio, se llama Octavio. Sí, tía, como su esposo, que en paz descanse, claro, claro. Hablen ustedes mientras voy por algo a la tienda, ¿usted gusta algo?”. Pienso… ya no pienso.

¡Vamos, yo tengo el control!, me grito, ¿o no? Hago que mis piernas se den la vuelta, tomo la botella de cerveza porque es lo primero que se me ocurre, abro y empujo fuerte la puerta. Salgo a la calle y de inmediato estoy enfrente de ellos. La mejilla ya la tiene muy hinchada. Me ve y saca los ojos sin saber cómo reaccionar. Se ve que siente pena de lo que ocurre.

En realidad yo tampoco estoy muy seguro de qué hacer. Voy algunos días al gimnasio pero basta con verlo para notar que me lleva como 40 kilos. Me acerco, él no me ve. Por eso no lo pienso y estrello la botella en su cabeza, mero en la coronilla. Se comienza a tambalear, estoy pintando mi sonrisa. Ya que estoy más tranquilo siento pequeñas gotas de sudor recorrer mi espalda y me estremezco. Lo hago más cuando no lo veo caer, apenas si puso una rodilla en el piso. Se levanta y viene hacía mí.

En cuanto reacciono a la caída me asimilo en el piso. Sus patadas en el abdomen me duelen menos de lo que parece. Hasta tengo tempo de levantarme en cuanto él se distrae por lo que le dice la señora a lágrima suelta: ¡Ya, ya, Abraham! Deja en paz al muchacho. Él y su mujer son buenos. Acuérdate, acuérdate de la otra vez que nos dejaron quedarnos en su sala porque perdimos las llaves. Abraham le grita que se calle. Yo también le grito, le pido que vaya por la patrulla. Se voltea hacía mí, trato de patearlo, no puedo. Se gira para ver a su mamá. Avanza por ella. Le grita. En ese momento me pregunto por qué ningún vecino se despierta. Estoy solo. Sé que es ahora o nunca: corro hacía él, mis golpes no le hacen nada, lo sé, mi intención es que se distraiga con mi cuerpo. Tomo su cabello chino, siento algo de sangre, restos de vidrio que se sienten como piedras. Trato de meterle un rodillazo, no se deja. En cambio toma mi nuca y entierra su puño en mis costillas. Lo vuelve a hacer más abajo, más, más… otra vez estoy tirado en el piso sintiendo como me golpea, no, me putea. No hay espacio entre uno y otro. La boca me sabe a fierro, toso un poco de sangre. Otra patada en el ojo, se me empieza a cerrar, me punza.

Sus golpes se vuelven repetitivos, me empiezo a acostumbrar a ellos. Mi cabeza parece distraerse en Ximena, mi mujer, como le dice la señora. Llegará mañana, un poco después de las tres. Para esa hora yo ya estaré en la casa. ¿Qué le diré cuando me vea así? Es claro que la verdad, quiero decir, ¿cómo le contaré que vi como un hijo golpeaba a su madre? Se sentirá mal, luego me halagará por salir a defenderla. Me abrazará todo el día. Sus ojos saltones y su rostro lleno de vellos me harán cosquillas en los brazos.

El dolor regresa, ahora se entretiene pisando mi mano, pisa no sé qué más. Regresa a mi abdomen y siento que mis pantalones comienzan a humedecerse. Me duele. Trato de respirar, de calmarme. No quiero ser exagerado, no creo que me pase algo muy malo, sólo me da miedo que me vaya a romper algo, le atina varias veces a las costillas, ya no sé cómo levantarme.

A la distancia veo una luz heterogénea, luego el sonido de una sirena.

― A ver, a ver. ¡Cálmense!

Abraham no escucha, le dan un golpe con el garrote en la espalda, no lo duerme, nada más lo deja quieto.

― Híjole, compas. Nos agarraron bien de malas, saben qué, vámonos a la comisaria, si allá los encierran o los mandan a la fiscalía ya no es nuestra bronca.

Aún tumbado me levantan y así me esposan. A él ya lo están metiendo a la patrulla, la misma en la que a mí me meten después. Uno de los policías le dice algo a la señora, luego ella se mete por su cuenta, no lleva esposas.

La mano de la señora rodea mi cuello para acariciar la cabeza de su hijo.

Yo veo a un punto fijo, apenas si observo el camino. Sé que ya es muy de madrugada y aún así me da pena que alguien me vea. Doña Antonia intenta decir algo, de inmediato la callan, le dicen que allá hablará todo lo que quiera.

En cuanto llegamos hacen que Abraham reaccione con algunos golpes en la cara para que se baje del coche; su piel parece menos roja, lo mismo que sus ojos. Nos meten a los 3 a la comandancia, ahí es otro ambiente:

La luz blanca hace más nítida a la sala. Hay mucha gente, varios borrachos pegados a la pared. Uno de los policías se queda atrás de nosotros, el otro se aproxima a alguien que viste un saco café lustroso, el poli le dice algunas cosas y él las anota en un papel, alza por momentos la mirada para vernos. Se acerca, se nos presenta como un agente del ministerio. No termina de presentarse cuando doña Antonia se suelta a hablar, yo también me pongo a alegar, las ganas de irme pronto son las que me empujan. Nos calla, al policía que sigue detrás de nosotros le dice que nos siente en unas bancas azules que le señala junto a una de las paredes, cerca de otras personas; varias gimotean, les tiembla el cuerpo, los que se ven peor tienen heridas, sangre escurriendo de sus caras. Le dice a la señora que se siente en el escritorio que le señala al extremo opuesto de nuestra pared, luego él se coloca delante de ella.

Hay cuatro asientos, yo me siento en una esquina y Abraham, el muy descarado, se pone junto a mí. No dice nada.

El policía se colocó enfrente de nosotros, nos tapa un poco la luz.

― Ahorita los meten al bote, no se preocupen –nos dice- ¿ya los han metido? Es un asco: escupitajos por todos lado, mierda embarrada en los pisos, ese olor a orina que se te impregna… No les van a meter el chile, eso es puro cuento, los van a putear para quitarles su ropa, eso sí es cierto, y a lo mejor se llevan una patada en los huevos.

Las gotas de sudor vuelven a bajar por mi espalda. Más o menos empiezo a escuchar lo que dice doña Antonia.

― Señor, lo que pasa es de que mi muchacho tomó de más y mientras bajaba a abrirle el zaguán le dije que ya no me gustaba que bebiera tanto porque pobrecita de su muchachita…. ¿qué?… no, no, no. Lo que pasa es que él es separado y su hija vive con su mamá. Pero señor, aunque no viva con ella debe cuidarse, él no es un mal muchacho, nomás que hoy se le pasaron las copas. Los viernes se queda con su patrón de él y eso le enoja mucho porque no le paga esas horas de más.

― A ver, señora, trate de ir más en orden. El policía me dijo que los recogió en la Rivera Anaya, ¿los tres son de allá? ― Sí, sí. ― Ajá. Entonces su hijo llegó, ¿iba manejando?, ¿qué más?

Hasta ese momento noto que ya no tengo las esposas. Él tampoco. Ya no estoy muy atento, huele a orines y soy yo, me siento dentro de la celda por unos momentos. Por eso y en parte por la luz blanca es que cierro mi ojo bueno, el otro sigue inflamado. Todavía no puedo asimilar muy bien el recorrido hasta aquí, a ciencia cierta no sé bien en donde estamos. Sólo veo muchos policías. Ya no le pongo atención a la señora. Me siento fuera de mí, como si apenas estuviera agarrando el avión de la madriza que me acaban de meter.

Pensé que me llamarían a mí y daría mi parte, creo que no. Se levantaron los dos, vienen hacía nosotros, Abraham agacha la cabeza casi por instinto. Se dirige a mí el juez.

― Muchacho, según lo que me dijo la señora tú no tienes nada que ver en esto. Saliste y defendiste a la señora, eso es todo, ¿cierto?

Afirmo con la cabeza. Él da un largo suspiro, se lleva los dedos a sus párpados. Como para él mismo dice ya estoy cansado. Él está parado, su figura mi impone desde mi posición, me hace sentir como un niño.

― Mira, ya deberías saber que no debes meter tus narices en donde no te llaman. Pero… qué bueno que existen gentes como tú. A este –señala a Abraham- no podremos procesarlo como causal de delito porque su madre se niega a levantar cargos. El cabrón con suerte sólo va a pasar poco más de un día en el bote por manejar ebrio, de eso no se salva. Ah, junto con su multota. Tú mejor ya vete, nada más me llenas unos papeles que tengo en el escritorio, para que quede tu testimonio. La señora también se va a quedar, le pedí ayuda médica para que revisen sus moretones. Tú no te ves tan mal, sólo tienes un ojo medio hinchado y la sangre seca, ¿también quieres ayuda médica o mejor ya irte a descansar? Me levanto. Le explico que deseo irme. Rápido le lleno los papeles.

Pasan varios autos. Algunas patrullas: ahí es donde agarro el avión: me trajeron hasta acá, y qué, ¿nadie me va a regresar? No, no me lo ofreció, lo mejor que se me ocurre es mentarle la madre en voz baja.

Tomo un taxi. Le digo a donde voy y me aseguro de que entienda que cuando lleguemos bajaré por el dinero. Mientras, el asiento ya está más que mojado, por el retrovisor me ve en cada semáforo. Su mirada es muy profunda, imagino que analiza mis moretones, mi ojo medio cerrado. Hace ruidos con la nariz, ya sé, el olor. ¿Qué podrá pensar de una persona que le hace la parada afuera de la central de policías todo golpeado? No sé, ya no me importa.

En su radio veo la hora: 4:30.

Hubiera ido con Ximena. Hubiera editado el video en el camino y lo habría mandado en la mañana. De hecho fue ella la que insistió en que si me pidieron que cubriera a alguien lo mejor sería que me presentara en persona. Tengo ganas hasta de enojarme con ella. También la extraño. Son muchas las cosas que pasan por mi cabeza.

¡Ella, su mensaje!

Ya estamos llegando, ― Joven, sabe qué, me acordé que esta zona es bien peligrosa, no sea malito, no tarde con el dinero, por fa. Le indico por donde dar vuelta. Luego todo derecho, otra vez dé vuelta a la derecha, por favor, ahí, enfrente de la puerta negr…

Me bajo rápido. ¿Dejé la puerta abierta? Apenas doy dos pasos el taxista me grita ― ¡Oiga, joven!, yo creo que también le voy a tener que cobrar la lavada. Ya entré. Luz.

Y los minutos pasan. Y pasan con mi mirada recorriendo la sala vacía. Mi mano en el interruptor. Sigue sonando el claxon.

 

 


Segundo lugar del Primer Concurso Estatal de Cuento “Emiliano Zapata”
“Sin mirar a quién”.
Autor: Oscar Iván Sánchez Gómez.
Seudónimo: Heráclito López.
Escuela: Preparatoria Alfonso Calderón.

Iván Gómez, 17 años. Estudiante de la preparatoria Alfonso Calderón Moreno. Entre sus libros de cabecera destacan “El viento distante”, de José Emilio Pacheco y “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa, así como una cantidad incuantificable de autores contemporáneos. Comenzó a escribir a los 13 años, luego de no saber qué dedicarle a una chica… nunca le entregó nada.

Actualmente administra un blog electrónico y colabora en Neotraba. Planea estudiar la Lic. en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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