#Cuentos El secreto de Arely – Consuelo Domínguez

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Por: Consuelo Domínguez Pulido

Arely no es la misma. No necesito ser un experto o esforzarme mucho para darme cuenta. El cambio llegó repentinamente, un año después de habernos mudado a la ciudad de Puebla, en una embestida de la que no me he podido recuperar pues, aunque sé que la solución está frente a mí –ir con ella y encararla– no dejo de quebrarme la cabeza para descubrir yo solo la razón.

He notado comportamientos diferentes en su persona: luce más ansiosa y cuando pregunto qué hizo en el día sus ojos saltan como si fueran a salirse de su cara; empieza entonces a narrarme “el día habitual de Arely”, que consiste en su ida al gimnasio, su trabajo en la escuela primaria y sus clases de yoga por las tardes. Hace énfasis en los detalles, para denotar lo verídico en su historia, sin embargo titubea a ratos cuando llegamos a la parte de sus clases vespertinas. No es más que tu paranoia, dice Héctor, mi amigo. Pero una noche, mientras me explicaba otra de las extrañas posiciones del yoga, me percaté de algo: ha contado la misma anécdota de hace tres días, sobre un chiste que dijo la maestra antes de la clase y que, acto seguido, una de las señoras rio tan fuerte que cayó en sus sentaderas mientras calentaba. No puede pasar eso dos veces, mucho menos con la misma mujer, pensé, mientras ella contaba entusiasmada aquel suceso. Tal vez debí señalarle su mentira, pero no pude.

Volví con Héctor, al bar de siempre, y lo que me dijo no me gustó:

–Ustedes son muy diferentes, y todos los sabemos. No es de extrañarse que haya cambiado de opinión respecto a su matrimonio.

–¡De qué hablas! ¿en qué somos diferentes? –dije con molestia.

–A ti te gusta la música de banda, ella prefiere el jazz; a ella le encanta ver los partidos de la NBA y a ti te aburren; ella es vegetariana y lo último que tú dejarías de comer es un buen trozo de carne, aunque tu vida dependiera de ello. A ti te…

–Ya entendí. No necesitas seguir hablando –agaché la cabeza, decepcionado y confundido– ¿crees que me engañe? –dije con un malestar en mi pecho y una sensación de sofoco.

–Bueno, deberás comprobarlo.

Así que aquí me encuentro, en la calle 2 Poniente. El centro está abarrotado, no sé cómo le hice para no perderla de vista. Se supone que iría a casa de una amiga, en uno de los nuevos fraccionamientos de la ciudad, pero me he llevado esta sorpresa. Mi corazón palpita muy rápido, siento que se me sale. Debo tener cuidado de que me vea, pero las personas me sirven de camuflaje. Siguió derecho. Puedo ver como juega con sus manos, otra vez esa ansiedad. Sus ojos corren por todos lados, como temiendo ser vista. Seguramente no puede con la culpa. Ahora ha entrado a un restaurante, me es familiar. Sí, es al que fuimos el otro año, cuando ella salió de vacaciones del trabajo. Entonces empiezo a atar cabos y recuerdo a Fernando, el dueño del local, primo de un amigo nuestro; el bastardo es muy bien parecido, y saludó a Arely con enjundia y galantería, la risita de ella resuena en mi cabeza como un disco rayado. ¿Será posible?

Me acerco lo más que puedo. No se encuentra en las mesas de afuera, así que lo más probable es que haya entrado, seguro para verse con ese. Cruzo la calle casi a gatas y me siento al lado de la ventana. Puedo ver poco del interior del lugar, pero lo suficiente como para distinguirle la blusa roja que se puso en la mañana. Sí, está hablando con Fernando. Parecen los grandes amigos, como si se hubieran visto muchas veces. No sé si entrar y golpearlo en la cara, o llegar directo con Arely y mirarla a los ojos.

Vuelvo a recordar esa noche en el restaurante: yo me pedí una orden de tacos árabes; ella una ensalada de frutos secos. La sentí distante, pero no le tomé importancia, estaba muy concentrado comiendo mi platillo, delicioso, humeante. Al llegar a casa discutimos: ella alegó que detestaba el olor de la carne, y me pidió que por una vez, cuando saliéramos a comer, pidiera algo “no tan oloroso”. Le dije que era una exagerada y dormimos enojados. Días después comenzó el cambio. Debí ser más comprensivo con ella, ceder en nuestras diferencias. Arely siempre hace el esfuerzo. Si está ahora con aquel hombre es por mi causa. Yo la orillé a esto.

Me levanto de la silla y entro despacio, pero decidido. Aún tengo la esperanza de recuperar nuestro matrimonio. Comienzo a preparar el discurso en mi cabeza, las palabras salen a chorros, no puedo ordenarlas, estoy muy nervioso.

Encuentro a Arely en una de las mesas del fondo. Está de espaldas, alcanzo a ver a Fernando que le está llevando un plato, luego se va a platicar con otras personas en la mesa de al lado. Le ha plantado un beso en la boca a una muchacha rubia. Me detengo estupefacto. El horror que antes sentía se ha convertido en una extraña dicha, en una euforia que más que inquietarme me devuelve la paz. Corro hacia Arely, Fernando me ha visto, creo que sorprendido.

¡Arely! grito sin importarme nada. Ahora puedo ver su rostro, como un niño avergonzado, incapaz de decir palabra. No doy crédito a lo que veo. Su boca está repleta de comida, pero lo más impactante es que el plato que le sirvieron ya va por la mitad. No necesito mirar con atención para descubrir de qué se trata, pues el embriagante olor a carne y especias me ha dicho todo. Mi esposa está comiendo tacos árabes, luego de diez años como vegetariana.

Tenemos que hablar de esto, le digo con una sonrisa. Pero antes debo pedirme lo mismo que tú, porque con la locura de estos últimos días se me ha abierto el apetito como nunca antes.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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