¿Teoría o práctica?: ‘Bouvard y Pécucher’ de Gustave Flaubert.

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Gustave Flaubert es uno de mis escritores favoritos, quizá por la polémica que representó su personaje Madame Bovary o sus cuentos negros. Lo cierto es que todos los temas que el autor decide plasmar con su pluma se pueden designar a una herencia romántica, que a lo largo de todo su trabajo va progresando, pues es evidente la aparente falta de unidad en toda su obra, debido a su preocupación por la perfección de su estilo, Flaubert manifiesta una fascinación por los aspectos humanos de la existencia del hombre, con una evolución dentro del contexto en el que realizo sus escritos y que se refleja en los últimos trabajos publicados, pues se ven descripciones realistas, pues al transmitir un contexto lo que trasciende es el ser humano marcado por la realidad, además que el lector puede observar lo minucioso y observador que era el autor, pues lleva de la simpleza y cotidianidad pensamientos y preguntas que convierten la lectura como un descubrimiento de uno mismo.

En su obra póstuma y la recomendación de hoy es Bouvard y Pécuchet, publicada a un año del descenso del autor (1881), lamentablemente es una obra que no cuenta con un final, allí el lector tendrá que imaginar como acaba la travesía… Que en realidad no es tan difícil de adivinar. Y es que el tema principal es: la estupidez humana, que no es para menos pues la historia gira en dos hombres de misma edad (jubilados) que aspiran a vivir según lo aprendido en los libros y aunque esta idea puede resultar contradictoria debido a que los libros siempre se colocan paralelamente con lo verdadero o con la sabiduría (pues como se observa con Fausto, los libros contienen al universo), se tendría que pensar en dos ideas: la primera es que no todos los  libros son buenos y segundo, los libros manejan la vida en teoría o estética, no como manuales o mandamientos para la aplicación.

Descrito el texto, representa como naturaleza humana la insistencia, como carácter primordial, por lo que el fracaso no sólo sucede en una sola ciencia, sino que ocurre con  la agricultura, química, medicina, astronomía, espiritismo, filosofía, gramática, cristianismo, pedagogía… En ese intento febril por triunfar, de obtener lo que se desea, con sus decisiones “pensadas” las que provocan sus caídas continuas. Estás ciencias contextualmente representan las instituciones del período, que se recurren a las modas de la época y por ello son libros leídos con entrega casi religiosa, colocando una posibilidad interpretativa de que la realidad supera a la ficción o quizá a los métodos eruditos que todos intentaban aprender para colocarse por encima de otro, pues el conocimiento siempre ha sido más una cuestión de perspectiva, que expone que todo aquello que no se ha aprendido será usado en contra.

¿Te imaginas vivir siguiendo al pie de la letra el último libro que leíste? Y es que no se trata de descalificar a la literatura o a las ciencias duras, sino de saber pensar lo que se lee.
Resulta ser un libro terriblemente divertido, que aunque a veces frustrante por las acciones de estos dos hombres, cualquier persona en su sano juicio que haya una vez plantado un árbol o si quiera amado, reconoce que la vida supera la ficción y que subjetivamente la realidad es mucho más cruel y dura, que aunque se tengan las mejores intenciones, el conocimiento teórico y el práctico tiene sus diferencias, inclusive en las ciencias metodológicas. 

Adaptando la lectura a nuestro contexto actual, tiene como consecuencia explayar cada una de las realidades que cada persona tiene y comenzar a preguntarse si realmente los conocimientos que se tienen, los datos inútiles, los libros que se tienen en la biblioteca personal o la información que resguardamos febrilmente en la memoria nos servirán realmente en la vida real. Esta estupidez humana, que en el libro se presenta como una condición torpe, exhibe sutilmente el reflejo de cada una de las personas.

Definitivamente el tema es inagotable tal como parece ser que lo es la estupidez humana, ya que Einstein lo menciona como una de las dos cosas infinitas, cita que se ha resguardado por los años y  que con el tiempo se van  creando otras muy parecidas, como la de Wilhelm Steinitz que indicó:
La mente humana es limitada, pero la estupidez humana es ilimitada.

Finalmente hay que acentuar que quienes hablan de la estupidez humana normalmente están hablando de la estupidez de los demás,  situación que repara a formar una ideología de superioridad, pero no me refiero a que Flaubert lo hiciera por tal motivo, sino que en su obra pretende no reparar ninguna sandez, sino que produce una sonrisa con el texto, un guiño cómplice sobre la identidad, la condición humana, la realidad, inclusive la imagen de los espejos, pues el texto rompe el lenguaje y hace una severa crítica social, donde transgrede todo, menos la estupidez humana.

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