Literatura femenina en la Puebla del siglo XIX

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Rosa Carreto_opt

Para la mujer en México, el XIX es un siglo que se vuelve significativo por el hecho de que representa un gran paso en su reconocimiento como ente activo social, política y culturalmente. Las mujeres mexicanas empiezan a involucrarse más en las actividades cotidianas de la sociedad mexicana de la época y como tales actividades incluyen las disputas políticas en las que existen conspiraciones, manejo de armas y opiniones políticas, ellas se vuelven partícipes, a pesar de que ante la ley no tienen personalidad jurídica. La escritura femenina se convierte en un instrumento aparentemente de los forjadores de la nueva nación, pero al mismo tiempo le da a la mujer un espacio en la sociedad como participante activa y fundamental para el desarrollo del país, siendo protagonista y voz del nuevo pensamiento mexicano.

En este apartado se revisará la literatura femenina de Puebla en el siglo XIX con el fin de destacar su importancia y trascendencia a nivel nacional e internacional, aprovecharemos también para señalar la transformación que sufre la literatura mexicana escrita por mujeres y su activa participación en la configuración de la nueva patria a través de escritos con una perspectiva y voz femenina que antes no se permitía de manera tan abierta, pública y masiva. Enumeraremos varios nombres y, en la medida de lo posible, algunos fragmentos de poemas o escritos de mujeres destacadas en Puebla durante el siglo XIX. Nuestras fuentes documentales provienen, principalmente, de la publicación titulada La lira poblana (1893) ordenada por el Gobierno del Estado de Puebla para la Exposición Internacional Colombina de Chicago celebrada ese mismo año en el mes de mayo y prolongada hasta el mes de octubre con el fin de celebrar el cuarto aniversario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, la primera celebración de este cuarto aniversario se hizo con la Exposición Colombina de Madrid en 1892. En la exposición de Chicago se mostró material no solamente literario, sino también arquitectónico, geográfico y cultural de todo el mundo. Esta publicación lleva en sí la aceptación implícita de que existieron durante el s. XIX en Puebla algunas escritoras, aunque en el resto de antologías, recopilaciones y manuales de la época casi no se les haya tomado en cuenta. Más que un interés legítimo por destacar otras escrituras en Puebla, La lira poblana proyecta hacia afuera del territorio lo que nunca hizo al interior: un reconocimiento a sus letras femeninas. Por ello, también nos dedicamos a mostrar más publicaciones donde se encuentran textos o nombres de mujeres poblanas destacadas, ya sea por nacimiento o por adopción.

Son muchos los acontecimientos en los que la mujer se involucra y en los que, por la falta de un reconocimiento como ciudadana, se justifica su presencia como “la que apoya al hombre” y no la que participa por voluntad propia. Sin embargo, ante los acontecimientos del siglo XIX en México, los cambios conllevan a un despertar femenino antes vedado por la religión y, sobre todo, por el temor que las acciones de la iglesia pudieran ejercer sobre ellas, donde se incluyen las ejecuciones del Santo Oficio por considerarlas como brujas por tratar de curar a alguien o por permitirse el gozo sexual. A pesar de que la moralidad no abandonó las ideas liberales de la segunda mitad del siglo XIX, sí se logró desprender de ese miedo a ser ejecutadas y tras la imagen del “ángel del hogar”, la mujer, aprovecha bien los espacios públicos que se le van abriendo en la sociedad, entre los que destaca la educación y los medios para difundirla, como libros, revistas, diarios, calendarios y otras publicaciones impresas que implican la propagación de un pensamiento femenino a las masas.

La escritura para la mujer se transforma de un acto personal a un acto público. Si bien es cierto que ya existen mujeres que escribían desde la época de la Colonia, también es cierto que muchas de ellas lo hacen con la máscara de la religión, como sucede en los conventos; otras lo hacen tras la pluma de un pseudónimo masculino o simplemente en el anonimato para evitar sacar a la luz su nombre y convertirse en una “mujer pública” por el hecho de dar a conocer un acto tan personal como el hecho de escribir. Sin embargo, poco a poco el s. XIX saca del anonimato a muchas mujeres con el pretexto de mostrarlas como las encargadas de la educación en México debido, sobre todo, a su misión amorosa como madres y esposas con el destino manifiesto de educar a sus hijos y apoyar al esposo a forjar un país en proceso de construcción.

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Los tiempos del virreinato de la Nueva España le confieren a la mujer la vida privada, donde el hogar y la iglesia son los únicos espacios en los que puede moverse, ya sor Juana Inés de la Cruz menciona esta idea en la Respuesta a sor Filotea (1691) cuando afirma que entró al convento como refugio o “salvación” porque era la salida más “decente” que tenía, debido a que estaba “negada” para el matrimonio. Por tanto, si la mujer quería tener algún conocimiento más allá de las labores del hogar, la única alternativa era el convento porque ahí no tendría que atender al marido ni a los hijos; una vez terminada su labor de rezar y meditar en torno a la palabra de Dios, tenía todo el tiempo libre.

La escritura para la mujer es permisible en la medida en que se vuelve didáctica y de recreación. Por ejemplo, el padre Antonio Núñez de Miranda en 1696 escribe ‘La cartilla de la doctrina religiosa’ para las niñas que se crían para monjas, y desean serlo con toda perfección donde a base de diálogos da ejemplos de lo permisible y no para evitar romper los votos de fe de las niñas que se educan para ser monjas y uno de los ejemplos que da es que escuchar música, ver comedias y bailes es permisible siempre y cuando no sea para deleitarse, por tanto, la escritura también se permite si es un acto de recreación y no como un acto que despierta cierta emoción. Entonces, los preceptos de la época no permiten el oficio o la “banalidad” de la escritura. Sin embargo, como ya se mencionó anteriormente, los conventos son lugares donde nace y circula la escritura femenina tras la máscara de una enseñanza cristiana y así nacen poemas, obras teatrales, hagiografías y biografías de mujeres destacadas en aras del ejemplo y didactismo católico.

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En Puebla la escritura femenina no es nueva para el México decimonónico, debido a la existencia de grandes conventos en los que se fragua la literatura escrita por mujeres en nuestro país. Se hacían representaciones teatrales dentro de los claustros con la idea de dar ejemplo de virtud y amor a dios. Este territorio cuenta con muchos conventos y casas amigas en las que la escritura brota por los pasillos, los confesionarios, los coros y las celdas a veces a oscuras. Esta escritura incluye mujeres que escriben o mujeres de las que se escriben. Baste dar un vistazo a la Biblioteca Nacional de México o a la Biblioteca Lafragua de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, donde se encontrarán “Vida y obra” de algunas monjas como ejemplo de virtud. Entre las poblanas más destacadas y nombradas de la época colonial encontramos a María de Jesús (la señorita Tomellín Campos), Isabel de la Encarnación (la señorita Bonilla de Piña), Francisca de la Natividad (señorita Marqués de Tapia) y Agustina de Santa Teresas (señorita Díaz de Villalta) María de San Joseph —san José— (señorita Palacios Berrueco o Palacios Menéndez), sor Juana Teresa de San Antonio (mejor conocida como “la Cárdenas”) del convento de Santa Clara, sor Josefa de Jesús, sor Alfonsa de S. pedro (señorita Gómez), sor María de la Cruz, por su labor en los conventos y por los legados literarios y de sus vidas, entre otras. Estos nombres también han sido citados en La Puebla de los Ángeles en el siglo XVII: crónica de la Puebla (1945) de Miguel Zerón Zapata. Algunos otros nombres que nos da Antonio Carrión en Historia de la ciudad de Puebla de Los Ángeles, (Puebla de Zaragoza) de 1897, son sor Petronila de San José, quien escribe la “biografía de varias personas ilustres” (57), La madre Cristo (sor María de Cristo), quien escribe las crónicas de las carmelitas (tanto de México, como de Puebla), sor María Aguilar (la madre Águeda o sor María Anna Águeda de San Ignacio, de Atlixco), del convento de Santa Rosa, entre otras. También Josefina Muriel, en su libro Cultura femenina novohispana (1982), nombra muchas mujeres poblanas como algunas de las anteriormente mencionadas y otras como sor Micaela de Santiago, sor Francisca de la Natividad, sor Luisa de San Nicolás, sor Antonia de la Madre de Dios, sor María Josefa de la Concepción y sor María Teresa, entre muchas más.

Para fines del siglo XVIII nace Micaela Rodríguez Alconedo, hermana de José Luis y José María, personajes notables en la historia de Puebla. De acuerdo con lo que Miguel E. Sarmiento puntualiza en Puebla ante la historia, la tradición y la leyenda ( 1948) y lo que Enrique Cordero y Torres recoge en su Diccionario biográfico de Puebla ( 1973), sor Micaela Rodríguez Alconedo pertenece al claustro de la Santísima Trinidad y, al contrario de las monjas mencionadas anteriormente, sor Micaela tiene problemas con la Inquisición por hacer práctica de sus experimentos científicos (física y quimica) para demostrar que tenía una directa comunicación con el Corazón deJesús, lo cual la condena al silencio. Sin embargo, más tarde esta experiencia la hace regresar a la escritura, pero después del gran susto del Santo Oficio, decide escribir autos sacramentales, siendo uno de los más destacados el titulado El triunfo de la humanidad; también escribe poesía. Sor Micaela es una escritora y mujer notable de la Puebla decimonónica, quien al nacer a fines del XVIII, logra ver los cambios políticos y sociales que se dan entre los dos siglos.

Si la benigna influencia

De las Hermanas nueve

Favorece á los hombres,

¿Por qué no á las mujeres?

Y si hay en almas sexos,

A sus influxos tengo mas derecho.

Estamos en el caso

De alabar dignamente

La LEALTAD empeñosa

Con que la ESTATUA EQUESTRE

Del Soberano CARLOS

Colocan hoy los fieles Mexicanos.

Si dignamente dixe,

Yo desisto cobarde:

El sexo sea mi asilo;

Mas valor no me falte

Para retar á voces 105

A los hombres, que lo hagan si son hombres (92-3)

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En la primera estrofa hace alusión a las nueve musas ya que la convocatoria que se hace es a las musas mexicanas, por lo que la escritora toma como punto de partida que, si las musas son mujeres y éstas ayudan o iluminan a los hombres, por tanto, ayudan también a las mujeres. La pregunta que hace “¿Por qué no a las mujeres?” es la justificación de su participación en este convite, argumentando que como mujer tendría más derecho a esa influencia por el simple hecho de su sexo, aboga por una comunión con las musas.

En la segunda estrofa introduce el tema que compete al concurso, pero en la tercera estrofa refuerza esa identidad femenina que no le pesa en nada para medirse con los grandes poetas que, sabe, acudirán al llamado. Es más, reta a todos los hombres a superarla e inteligentemente se escuda tras su género cuando dice “el sexo sea mi asilo” como prevención por si tiene que desistir de lo que ha dicho (recordemos que la escritura, sobre todo en estos actos que convocan a mucha gente, convierte a la mujer en un ser público y por ello se podría dar el caso de que ella tuviera que desistir). Sin embargo se torna valiente y termina por retar a los hombres públicamente para que la superen. El comportamiento de la mujer para principios del siglo XIX debería ser el de una mujer sumisa y humilde que acogiera las decisiones patriarcales sin cuestionamiento. Sin embargo, María Dolores es altiva y petulante no solamente al equipararse con los poetas inspirados por las musas, sino también al retarlos sin miramientos en un acto público y ante el virrey de la Nueva España. Los versos que siguen ya son dedicados a la estatua, pero de manera digna justifica su participación. Esta intervención es loable, tanto por su intervención (recordemos que la convocatoria es principalmente para residentes de la ciudad de México por la premura del tiempo), así como por su inspiración. Por tanto, María Dolores López es una poblana digna de ser mencionada como una mujer con gran talento y valentía.

Los cambios políticos y sociales que se viven en el México decimonónico afectan directamente a las mujeres, quienes ante un reacomodo del país, van ubicando espacios más allá de los conferidos (iglesia y hogar) por necesidad, lealtad o por espíritu de libertad, se involucran en los acontecimientos políticos de tal forma que participan muy de cerca en actividades antes pensadas sólo para los hombres. De hecho, en la cotidianeidad se empieza a ver grupos de personas en las calles, entre la gente reunida en los cafés, en las calles e incluso en los bailes, cada vez más comunes en este siglo, y en el teatro se encuentran las mujeres que empiezan a moverse e involucrarse más con la sociedad.

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De esta forma en México tenemos tantos nombres femeninos olvidados en la historia y poco reconocidos. Mujeres que luchan en la Independencia de México y en las siguientes disputas políticas que se dieron. Nombres como los de Mariana Rodríguez del Toro (esposa de Manuel Lazarín), quien apoyó para la Conspiración de Abril en 1811, una vez que se supo que habían capturado a Hidalgo y muchos de sus seguidores, han sido borrados de la historia. Como ella, en Puebla muchas mujeres toman las armas por estas fechas y un ejemplo de esto es que algunas memorias de la época refieren que el 13 de marzo de 1812 el Batallón Americano dirigido por don Antonio Conti llega a Huejotzingo para calmar las insurrecciones surgidas a partir del levantamiento de Independencia y después de la Conspiración de Abril. Sin embargo, ahí en Huejotzingo son recibidos por las campanas de las iglesias y los conventos para alertar a todo el pueblo y en las azoteas de las casas se encuentran hombres y mujeres listos para combatirlos. Se hace especial énfasis en la presencia en la azotea del Convento de San Francisco de al menos doscientas mujeres con armas tratando de evitar la entrada del Batallón y, aunque fracasaron, fueron reprendidas junto con toda la población sublevada.

Antonio Carrión en el libro antes mencionado, se refiere a doña Petra Teruel y Nava (o Doña Petra Teruel de Velasco, como la mayoría de las crónicas de la historia la citan por ser esposa de José Antonio Velasco) como una “heroína poblana” (187) debido a que en la ciudad angelopolitana ayudaba a los prisioneros insurgentes y los apoyaba de manera abierta. Nacida en Puebla en 1770, viajaba constantemente y algunos libros la señalan como oriunda de la ciudad de México porque también vivió ahí y en su casa se hacían reuniones o tertulias en apoyo a los insurgentes; sin embargo, la escritura de sus poemas ocurrió en Puebla.

Otra poblana destacada y olvidada de la historia respecto a todas las luchas armadas que se dan en el México decimonónico es Altagracia Calderón (nacida en Teziutlán en el año de 1831 y muerta en 1910), apodada “la cabra” o “la charra”, reconocida como una republicana (en contra del Imperio de Maximiliano), muchas veces tachada como “hombruna” o “macho” porque toma el mando de una tropa y manda a los miembros de ésta. Esta mujer valiente pierde a su esposo en uno de los enfrentamientos contra el ejército de Maximiliano, cuando pretende deshacerse del ejército francés formando el suyo propio con belgas y austriacos. El 17 de febrero de 1865 los austriacos ocupan Zacapoaxtla, auxiliados por los franceses, posteriormente avanzan a Zacatlán, donde también son derrotados por austriacos auxiliados por una columna de Chignahuapan. Luego avanzan hacia Tetela del Oro donde también tienen una derrota, así como en Teziutlán y Zacatlán. En Teziutlán muere don “Gavino Ortega”, cuya “mujer heroica” (así se refiere Carrión 664), Altagracia de Calderón, pretende levantar el cuerpo de su marido pero no puede y lo arrastra para que no se quedara en territorio enemigo. También en Teziutlán otra mujer, de cuyo nombre se habla sólo como la esposa de don Macario González, salva una tropa, se pone al mando y pasa entre los austriacos. Otro nombre insigne que surge de esta época es María Ocotlán de Mena del barrio del Alto.

La vida de la mujer da un cambio por completo en el siglo XIX y con todas las guerras internas en México es difícil el acto de la escritura, sin embargo, no por ello se deja de largo y es a través de ésta que la mujer da a conocer su opinión y la hace pública, baste citar a María Josefa Guelberdi (o Guellerdi) con su obra de 1821 titulada La mexicana independiente, donde dice:

Si el fastuoso día del juramento de nuestra feliz independencia dá mérito para que lo aplauda el sábio, el ignorante, el rico, el pobre, el niño, el viejo, el noble, y el plebeyo, porque todos nacen con su filosofía natural, no sé por qué causa sólo los hombres hayan de tener permiso para escribir, discurrir y filosofar, yno lo puedan hacer las mugeres, á quienes el cielo les concedió, como á todo viviente, sus dos dedos de frente en la cabeza. Tú dirás luego que agarres en tu mano este papel, que ha sido una desvergüenza pura, truanada sólida y filosofía insolente de una picarona, meterse á Poeta para hacer burla y gresca de las gentes sensatas.

Al igual que la poeta poblana María Dolores López, reclama la escritura como un acto que la mujer puede realizar; para ello se escuda en la idea de la libertad obtenida en la guerra de la Independencia y la aplica para justificar su incursión en la escritura.

Como esta mexicana, algunas poblanas empiezan a impulsar la participación social y política femenina del México decimonónico, pero la sociedad de Puebla todavía ve con renuencia la expansión de los espacios conferidos a la mujer y por ello después de que el escritor José Joaquín Fernández de Lizardi en Cincuenta preguntas del Pensador á quien quiera responderlas ( 1821) cuestionara si la mujer pudiera asistir a las sesiones de la Corte y ser diputadas, inmediatamente sale un artículo sin firma en el periódico poblano Elfarol el día 16 de diciembre de 1821 y de manera sarcástica en forma de diálogo entre un joven y una señorita poblana, el chico dice “El Pensador no ha pensado bien esta vez, proponiendo que las hermosuras se presenten con tocas y enmascaradas. Esto, si bien se medita, es contra la nación” (68). Como se observa, todavía para ese tiempo se le toma a la mujer como un objeto de ornamento, donde la belleza es lo que más importa en ellas.

En contraste, y siguiendo el pensamiento ya planteado por María Josefa Guelberdi, para 1824 en El redactor municipal, el diario oficial del gobierno de México, el día 22 de marzo (tal como también lo asienta Monserrat Galí en recientes estudios sobre las mujeres y el romanticismo en México), se recibe un comunicado de una señorita de Puebla, donde expone: “No creo que la nación niegue a las mujeres la licencia de exponer sus pensamientos cuando la naturaleza nos dio la facultad de discurrir. En este supuesto y en el que no hay un solo periódico en la Puebla que se precia de ser tan ilustrada, ocurro a MV. para que inserten en el suyo, el siguiente comunicado”. También aquí la joven poblana de una manera sutil apela a su derecho de expresar sus pensamientos y al mismo tiempo, de una manera irónica, reclama la falta de una publicación en la que ella pudiera manifestar esos pensamientos de manera escrita. Por ello cuando dice “Puebla que se precia de ser tan ilustrada” es una firme, contundente y fina crítica a la poca apertura que pudiera tener la sociedad angelopolitana al pensamiento público femenino.

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Realmente, como en la mayoría de los estados de México, la escritura femenina en Puebla empieza a circular de una manera más natural y aceptada en la segunda mitad del siglo XIX, luego de que los liberales propusieran a la educación como principal arma para configurar la nueva nación y el pensamiento mexicano. Se buscan más publicaciones que circulen entre la población y se pone especial énfasis en la mujer a instancias de Ignacio Ramírez “el nigromante”. La mujer se vuelve “el ángel del hogar”, debido a que es la encargada de educar a los hijos, de dar apoyo al esposo y de transmitir a la familia los valores del amor tanto hacia el prójimo como hacia la patria; también ella es la representación de la patria y, por tanto, es en quien recae la responsabilidad de la estabilidad del país a través de la del hogar. De esta forma los diarios para las mujeres empiezan a ser populares con la novedad de que son dirigidos por y para las mujeres, con escritos de ellas (aunque no exclusivamente). Se crean más formas para informar a la mujer y por ello se reparten los famosos calendarios, donde vienen fechas importantes y algunas reseñas, recetas, mezclados para resaltar los grandes logros mexicanos en aras de establecer una identidad. Aunque aquí en Puebla sólo existe un periódico de esta naturaleza llamado La mujer, en el que las autoras y editoras no dan su nombre y del cual se tienen noticias en 1890, existen periódicos de México que circulan por la Puebla de los Ángeles como El diario del hogar (fundado por Filomeno Mata en 1881) en el que constantemente salen leyendas de esta angelópolis gracias a la pluma de Rosa Carreto, poblana por adopción y de la que hablaremos más adelante.

También en pro de la educación, el oficio de maestra se vuelve muy importante porque la escuela se convierte en la extensión del hogar y por eso las mujeres son ahora también quienes educan (instrucción primaria) tanto a hombres como a mujeres (antes sólo mujeres educaban a mujeres, eran las “Amigas” que ayudaban en el conocimiento del bordado, la cocina y uno que otro de ciencia. Los hombres podían educar a hombres y a mujeres, aunque por la proximidad y la convivencia cotidiana era mal visto que un hombre diera clases a una mujer). El Instituto Normal del Estado de Puebla es el primer Instituto de este tipo en el país y por ello de ahí salen nombres de importantes mujeres que contribuyen a la labor de la educación en Puebla, entre ellos destacan las hermanas Bonilla López, hijas de Juan Crisóstomo Bonilla, llamadas Federica (Tetela de Ocampo, 1861-1918) y Carolina (Tetela de Ocampo 1862-1921), siendo de las primeras graduadas de la Escuela Normal para profesoras. Posteriormente Carolina se vuelve directora de la misma y une la Escuela Normal para Profesoras con la Escuela Normal para Profesores, formando lo que hoy es el Benemérito Instituto Normal del Estado. Otro nombre importante de una mujer que pasó por esta institución es Paz Montaño, maestra destacada porque haber sido la directora fundadora de la Escuela para las señoritas, de tal manera que tenía la misma responsabilidad que Guillermo Prieto, quien fuera el director de la de los varones. Ella, aunque no nace en Puebla reside en esta ciudad una buena temporada, de 1879 (año de fundación de la Normal) a 1885.

Un nombre que no podemos pasar desapercibido en las letras femeninas poblanas es el de María Rosario Flores Alatorre ( 1845-1892), hermana de Francisco Flores, poeta y abogado de esta ciudad. Rosario Flores publica gran parte de su obra en diarios de circulación tanto local como nacional y actualmente la encontramos citada en algunas antologías. También su nombre circula por todo México gracias a un poema que le dedica Alejandro Arango y Escandón, donde amorosamente increpa a la señorita Flores Alatorre con los siguientes versos:

PAJECILLO, pajecillo,

—¿Sabes ya lo que es amor?—

Y turbado el lindo paje

A la reina dijo: no.

—¿Del palacio en los jardines

Viste ansiosa de su ardor

Cuál ofrece su capullo

Nueva rosa al nuevo sol?—

Entre las composiciones de Rosario Flores, tenemos el poema de “La virgen dolorosa”. En él se observa el apego que tiene a las artes religiosas y al mismo tiempo cumple la imagen que debería haber tenido la mujer conservadora de la época. Por su amistad con Arango y Escandón, suponemos que, efectivamente, pertenece al ala conservadora de las fuerzas políticas en Puebla. A continuación reproducimos una estrofa del poema: “Yo gimo solitaria en este suelo:/ Las tormentas de mi hijo he presenciado:/ Le vi morir, sin darle un consuelo”. En esta pequeña muestra se ve resumido el pensamiento de la autora, por ello en el poema une la imagen femenina que prevalecía con la idea del “ángel del hogar”, la cual tiene que ver con lo virginal, lo maternal y el sacrificio de la mujer por los hijos con la encomienda de Dios. Es el epítome de la madre virginal y dolorosa. Se trata de una estampa de identidad típica de la tradición literaria poblana del s. XIX.

La publicación más importante del siglo XIX sobre la literatura de mujeres en Puebla es La lira poblana (1893), la cual, como lo puntualizamos al comienzo de este capítulo, la ordena el Gobierno del Estado para la Exposición Internacional Colombina de Chicago. Esta publicación de Puebla junto con La lira zacatecana. Colección de varias composiciones poéticas de las señoras zacatecanas y la antología de Poetisas mexicanas. Siglos XVI, XVII, XVIIIy XIX de José María Vigil, forman parte de lo que la Junta de Señoras (que se establece el 9 de agosto de de 1892, para la celebración en 1893 sobre el iv aniversario de la llegada de Colón a América) establece para la exposición. Doña Carmen Romero Rubio de Díaz es la presidenta y para lo literario se hace una Comisión encabezada porJoaquina Inclán de Zamacona y María Lozano de Landa.

En La lira poblana vienen composiciones de Rosa Carreto, Severa Aróstegui, Leonor Craviotto, María Trinidad Ponce y Carreón, María de los Ángeles Otero y Luz Trillanes y Arriaga. Notables escritoras que se destacan en la ciudad de Puebla y aunque no todas ellas son originarias del Estado, son reconocidas y leídas, por lo que representan a Puebla en la Exposición de Chicago.

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De quienes se tienen más datos porque se han encontrado más publicaciones que las citadas enLa lira poblana son Rosa Carreto ( 1846- 1899). Nace en México y se avecina en Puebla desde los tres años. El escritor Luis Mario Schneider hace una recopilación de su vida y obra en 1992. Es una poeta importante del siglo XIX ya que funge como Secretaria del Liceo Hidalgo y constantemente se encuentra en los círculos intelectuales de su época. Escribe leyendas con pasajes importantes de Puebla, entre ellas existe una composición al volcán del Cuexcomate (Coscomate, como ella lo nombra), al diablito de la iglesia de San Miguel y de otros paisajes poblanos. También escribe fábulas, que en su mayoría son las que se recopilan en La lira poblana. Esta tendencia didáctica se debe a que ingresa como secretaria al Instituto Normal del Estado, donde firnda el primer periódico normalista: Alba. De igual forma escribe y representa obras de teatro como Entre el amory el deber, así como también compone poemas en los que critica a la sociedad poblana como “Causa justa para negar un beso” “Los retratos” y “La rosa”, entre otros. En su composición “Las visitas” se nota una pluma irónica para hablar de la vida cotidiana en la ciudad y de las tonterías que se dicen por criticar al gobierno sin un fundamento:

—¿Qué dice usted

De este gobierno cerril?

—Que para nada le sirve

A nuestra patria infeliz

Se pagan contribuciones

Y el Ayuntamiento vil

No cuida de que el granizo

Caiga muy lejos de aquí,

Para evitar que se pierdan

Las cosechas del maíz.

Se nota una burla a la falta de conocimiento de “las visitas”, con énfasis en los comentarios hechos por las mujeres, quizás con el fin de mostrar que falta prepararse para poder dar una opinión sobre política.

Severa Aróstegui (1853-1920), aunque muchos libros la nombran como poblana de nacimiento, la alumna de la Maestría en Literatura Mexicana de la BUAP Alejandra Hernández Márquez ha encontrado indicios de que Severa nace en Zacatecas y es acogida por los poblanos gracias a sus composiciones con diversas alusiones al estado, entre las que destaca “En el tercer aniversario al Colegio Guadalupano de Teziutlán” y “A la primera doctora mexicana, Srita. Matilde Montoya” (doctora que ejerce en Puebla), las cuales se incluyen en La lira poblana. También podemos decir que Severa Aróstegui es una mujer adelantada a su época, puesto que en su composición “A la mujer” hace un llamado para que las mujeres se instruyan y se acerquen a la ciencia, rechazando la idea de que esto implique algo raro o monstruoso, por eso dice: “Mal entiende quien piensa que el avance de la mujer, llamado feminismo, una monstruosa proporción alcance”, porque además se nota que se ha recibido ya una crítica por la instrucción femenina.

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Luz Trillanes y Arriaga (1847) se desarrolla mucho en México al lado de su hermana Concepción (1855), originaria de Tizapán (Álvaro Obregón) es leída en Puebla. Viaja a Chicago, donde dedica varias composiciones, pero llama la atención en La lira poblana las distintas composiciones que tiene porque muchas de ellas llevan dedicatoria. Además es muy didáctica en “La joven pordiosera”, imitación a Alfredo Teneysson, donde al concluir sus versos asegura: “En la historia que Teneysson nos cuenta/ Se ve premiada la virtud sublime:/ La dicha del amor que no se inventa,/ Es la que la virtud su sello imprime”. Con ello da la impresión de que se sabe una mujer que es leída y que es ejemplo para forjar la patria, por lo que se nota lo “políticamente correcto” de la escritura femenina para subsistir.

De María de los Ángeles Otero se deduce que es originaria de Atlixco por sus composiciones “A Atlixco” y “Axocopan”, donde refleja un apego a las tierras de Atlixco en un afán de rescatar la provincia con sus costumbres y la característica de su flora y su fauna. En “Axocopan” además hay una preocupación por pintar la tradición, por lo que dentro del poema narra una especie de fábula para hablar de las aguas curativas de la región. Tiene también ciertos vocablos indígenas: “Usan áspero titixtle/ de la cintura á la taba,/ De color blanco tejido/ Por ellas de tosca lana”. Es claro que se pretende un rescate regional.

Hasta aquí terminamos con los nombres de las mujeres poblanas por nacimiento o por adopción que han contribuido a la literatura de nuestro estado. Aún falta mucho que explorar en los archivos, pero queda una invitación abierta para continuar esta investigación. Estas mujeres serán las que forjan además de la patria, la literatura femenina de nuestros días y por ello concluiremos con la mención de María Lombardo Toledano (de Caso) ( 1905-1964), quien, aunque nace en el siglo xx, se convierte en una mujer importante de la filosofía y antropología en Puebla, pues su tesis doctoral es sobre lenguas indígenas de la región totonaca. Mujer insigne que ha sido vinculada al siglo XIX por su hermano Vicente Lombardo Toledano.}

 


Texto recopilado del libro Eslabones para una historia literaria en Puebla durante el siglo XIX, de la autoría de Alejandro Palma Catro y Alicia V. Ramírez Olivares, publicado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en colaboración con Ediciones de Educación y Cultura en 2010.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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