Leñadores: cómo reivindicar el hardcore ochentero

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Por: Germán González Corso

I

Durante mi estancia en California –patrocinada por la Universidad de las Américas Puebla–, visité los lugares más importantes del estado en el tiempo libre. La labor que me llevó a los Estados Unidos era recabar investigaciones sobre la percepción que los anglohablantes tienen de la literatura hispanoamericana. Mi estadía fue de seis meses, según el convenio establecido entre la UDLAP y la Universidad de Berkeley, en el condado de Alameda. Cuando las tareas y estadísticas, opiniones y datos no me aquejaban, tenía el suficiente tiempo para recorrer los parajes más relevantes del estado. Pisé el Golden Gate, estuve en las soleadas playas de Los Ángeles y observé a lo lejos las arenas onduladas del Valle de la Muerte.

En una de esas, me escapé a San Francisco. Un grupo organizaba la excursión al condado vecino, separado únicamente por una península, la cual se puede cruzar, con suerte, en tres horas viajando en barco. Y digo con suerte porque circunstancias ajenas a nosotros –como, por ejemplo, el viento y la fuerza con que se mueven las olas, así como la estructura con la que cuente el transporte– afectan el viaje, y pueden volverlo fructífero o temeroso. Zarpamos del muelle de Alameda, y a pesar de haber temido por nuestras vidas en más de una ocasión mientras estábamos en mar abierto –debido, claro está, a que viajamos en una suerte de bote, a la que correctamente podríamos llamar una balsa pronta a romperse, que nos hizo creer que la hora final había llegado–, encallamos en las bahías de San Francisco después de cuatro horas.

Ya establecidos en tierra, la excursión estaba programada a llevarnos por los lugares más importantes de la ciudad: el Golden Gate –que después conocería por mi propia cuenta–, el Barrio Chino, la Isla de Alcatraz, las bahías y muelles del rededor, los museos de arte contemporáneo y un amplio etcétera. Sin embargo, mis planes versaban en otro sitio. Hacía dos-tres años, aproximadamente, me obsesioné con el movimiento hardcore de los años ochenta en los Estados Unidos. Bandas como Black Flag, los Dead Kennedys, The Germs circundaban en mis playlists diarias; sus canciones me ayudaron a sobrellevar el tedio de mis días universitarios. Su música, su vida, sus anécdotas me las aprendí de memoria; ningún detalle se me escapaba al hablar del tema. Su historia de cada una de ellas me fascinaba, me intrigaba conocer una camada de jóvenes enojados que volcaban su molestia en música rápida, sin respiro, llena de gritos y distorsión. El libro de Michael Azerrad, Our Band Could Be Your Life, me ayudó bastante a comprender cómo había surgido todo un movimiento que impactó social y culturalmente a una generación posterior (la de bandas como Nirvana), y cómo ese mismo movimiento parecía estar sujeto a una observación superflua y condenada al olvido colectivo.

La verdadera razón por la que estaba en San Francisco era para concretar un sueño que me azotó hace mucho tiempo: conocer el Mabuhay Gardens, lugar donde los Dead Kennedys tuvieron su primer concierto, y lugar donde todas las bandas de la época llegaban a tocar. Realizar este sueño cerraría un ciclo para mí.

Me alejé del grupo. Les comenté a mis supervisores que prefería recorrer la ciudad por cuenta propia. No les agradó mucho la idea. Sin embargo, se fijó el lugar y la hora de llegada para volver a Berkeley. Acaté las indicaciones y tomé rumbo hacia la aventura.

Gracias a mi sentido de orientación y a las referencias que veía en el camino, llegué al centro. Las calles victorianas, lúgubres y serias en muchos momentos, abrían sus puertas a la observación minuciosa de su arquitectura. El contraste entre los colores blanco, negro, café hacía que me sintiera chiquito en la inmensidad. A mi alrededor, ya en el centro, busqué un local donde pudiera adquirir un mapa que me guiara hasta mi destino. El mapa me sirvió de nada cuando ya lo tenía. No decía la información necesaria para que pudiera llegar al Mabuhay. Así que saqué mi celular, verdadero salvador de la aventura. Registré mi ubicación y me arrojó los resultados que me indicaban cómo, por dónde y qué debía hacer para llegar al Mab (diminutivo que se le otorgó en su momento). Primero, decía que el lugar estaba en la calle Broadway, en el barrio de North Beach, cerca del Barrio chino. En segundo lugar, me decía que tenía tres opciones para llegar hasta allá: en transporte público (en este caso, el tranvía), en automóvil o caminando; dependiendo mi elección, se haría el tiempo de mi llegada. Ya que la tarde se me iría en ir y regresar caminando –no obstante que la distancia no era tanta; una hora, hora y media máxima de trayecto–, decidí tomar el tranvía, que se haría media hora de viaje.

Pagué dos dólares al abordarlo, y me ubiqué en un lugar que me permitiera observar la actividad en las calles. Los espectáculos abundaban en las aceras y centros de reunión. La gente les prestaba especial atención e interés a lo que sucedía; había desde entretenimiento hasta exposiciones artísticas muy sencillas que atraían a todo aquél que estuviese familiarizado (o no) con las situaciones. A pesar del sol penetrante, seco y recalcitrante de la primavera, que pegaba justo en mis brazos, la brisa que emanaba de las bahías me brindaba cierta frescura.

Me bajé en el Pier 39. Pude bien haberme bajado en el Embarcadero, pero por idiota se me pasó esa parada. Caminé por veinte minutos hasta entroncar con Broadway. No hubo pierde en ubicarme, pues todo The Embarcadero (calle principal) me aventó hasta ahí. Ahora la tarea se bifurcaba a encontrar la dirección correcta del lugar: 443. No fue difícil dar con ella, puesto que los locales que estaban ahí eran inmensos y advertibles a primera vista. El bello color rosa impactó directamente en mis ojos, y la señalética que decía “The Fame” me indicaba que ahí era el lugar. Mabuhay Gardens, The Mab o The Fab Mab había cambiado –indefectiblemente– con los años, la economía y las tendencias. Lo que anteriormente fue el centro punk por excelencia de la escena underground, pasó a ser un antro en los años noventa, y pronto fue olvidado, hasta su recuperación en el 2007, donde la organización estaría basada en armar eventos y conferencias pequeñas, sin el mismo auge que hacía treinta años.

Entré y poco sabía a lo que me enfrentaba. En la recepción había una señorita, que vestía muy casual. Me recibió con una sonrisa. “Good afternoon”, le dije. “Hi! What can I do for you?”, me contestó. “Estaba recorriendo las calles de la ciudad, y pensé en visitar este lugar, que anteriormente fue The Mab”, comenté. “Eso nos alegra bastante. ¿Quieres organizar un evento, o por qué te interesa conocer el lugar?”, me preguntó. “La verdad es que representa mucho en mi formación como individuo. Supe que aquí tocaron los Dead Kennedys, Hüsker Dü, Black Flag”, decía. “Esas bandas son especiales para mí y quería conocer el lugar que las atestiguó”. “Qué bonito. ¿Y quiénes son todos ellos?”, dijo, conmocionada, la recepcionista. La sonrisa en mi rostro desapareció. Me parecía inaudito que un edificio que probablemente sería considerado histórico tuviera a una ignorante trabajando en él. Pero debía tragarme la molestia y el coraje que para mí esto representó.

Me cedió la entrada al lugar. Le expliqué en el camino de toda la historia del edificio. “Sí, algunas cosas ya me las habían dicho”, contestó, en algún momento. Le comenté sobre el hardcore, sobre el movimiento. Ella parecía tener una atención superficial, con el fin de olvidar esas palabras por la noche. No le interesaba en realidad y tan sólo me escuchaba por cortesía. Su mirada, perdida, caía sobre el reloj, que le decía que pronto debía cerrar para terminar su jornada laboral.

Recorrimos cada punto del edificio. Hice especial énfasis en que me permitiera permanecer más tiempo en el escenario. Cuando llegamos ahí, me paré a un metro de distancia de él. La vejez había atacado al lugar. Se observaba cómo había caído por el olvido y la humedad. Eso no me desanimó. Por unos instantes, me imaginé a mí, como espectador, en el primer concierto de Hüsker Dü en The Mab. Vi a Bob Mould saltando en el escenario, el público expectante ante cada movimiento y canción, esperando a que terminara para acercársele y platicar con él; Grant Hart (en paz descanse) sudando; Greg Norton alisándose el bigote entre cada canción. Pronto, Jello Briafa (Dead Kennedys) saldría a agradecer la participación de los de Minnesota, abriendo paso a su propia banda, a la leyenda a su alrededor.

Soñé que estaba en todos los conciertos en una noche: Minor Threat, los Minutemen, Black Flag; Blondie, Mission of Burma también pasaron por mi mente. Pronto se me despertó de mi sueño. La muchacha me decía que debía cerrar el establecimiento e irse a casa. Eran ya las seis y media. La cita con el grupo era a las ocho. Tenía el suficiente tiempo para recorrer aún las calles de San Francisco. Me despedí de la amable señorita. “Gracias. Y recuerde escuchar a las bandas. Probablemente una cambiará su vida”, le dije, riendo. “Lo haré. Mucho gusto”, me contestó y esbozó una sonrisa.

Salí del Mab. Caminé de regreso a The Embarcadero, satisfecho, pero taciturno.

II

Regresé a Puebla dos meses después de mi grandioso encuentro con The Mab. Me sentí especialmente triste por dos cosas: la primera era que mucho de mi tesis no salió como esperaba y sentí que me estresé, preocupé y desgasté en balde; y la segunda era que no existía ya bandas como Hüsker Dü, Black Flag, Fugazi; la primera representaba una solución a largo plazo que todavía no encontraba, y la segunda parecía una ilusión.

Instalado en la realidad, tuve que recuperar, aquí, el tiempo no ganado (porque perdido no fue). Me idealicé en sacar las investigaciones de mi tesis, pero cuanto más me concentraba, más me frustraba de no poder hacerlo como esperaba. La cabeza me daba vueltas y me la pasaba cavilando, en vez de accionar sobre algo. Caminaba sobre las aceras de Cholula, dirigiendo una mirada meticulosa a las cosas que me rodeaban; la gente con la que convivía no me agradaba, y entonces echaba mi imaginación a volar y me vislumbraba en los ochenta, en Washington (o Chicago o Los Ángeles o Nueva York), sobre un escenario, con una banda que estaba dispuesta a explotar los amplificadores de tanto ruido, viendo cómo se golpeaban abajo, en el público, mientras tocábamos.

Mi obsesión por el hardcore se intensificó, pero se tensionó tanto –parecía un ataque de ansiedad de un neurótico–, que pronto se rompería. Me sentía completamente decepcionado con lo que sucedía en la música y en mi vida. Escuchar a estas bandas me parecía estar anclado a un pasado inexistente (para mí) que me desconectaba con la realidad. En ese lapso, tomé mi guitarra –arrumbada por los años y casi inutilizable– y creí que mi destino era retomar los pasos de Bob Mould, dejar la universidad y dedicarme a crear música poderosa. Pero todo esfuerzo fue inútil. Ni yo era Bob Mould, ni la época en la que vivía era la misma que la de él.

Insertarme en la rutina fue un poco difícil. Si bien tenía el propósito de consumir nuevas cosas, nuevos sonidos, estaba completamente desganado. Le escribí a Juan Carlos Báez, compañero del oficio, pidiéndole que nos reuniéramos y platicáramos sobre todo lo que había pasado en nuestras vidas recientemente. Tomamos un café en el CCU. Me preguntó sobre California, el Mabuhay y el Golden Gate. De la primera, conté todas las vicisitudes y trabas que encontré; de lo segundo, se emocionó bastante –él también es amplio fanático del hardcore, razón por la que nos llevamos en primer lugar–; y lo tercero me pareció bastante trillado y no ahondé en ello.

En la plática, entre que le narraba mi tristeza y él me escuchaba y reía a veces, salió, después de haber tocado el tema de Papasquiaro y los infrarrealistas, la recomendación de una banda poblana, reciente, que no tenía mucho habían sacado su primer material. “Mira. El de Joliette los ayudó. Deberías checarlos. Son buenos y están morritos, como yo”, me dijo. “Búscalos como Leñadores. Te van a gustar. A mí me recuerdan a Hüsker Dü; aparte, son tres, como ellos”.

No le hice mucho caso y seguí lamentándome. Había vuelto a abandonar la guitarra –aunque jamás fue mi prioridad en la vida– y me disponía a venderla ahora. Mientras estaba promocionándola en el internet, decidí borrar las canciones de Hüsker Dü, Black Flag y los Minutemen de mi celular. Vivir sin avanzar estaba mal. Ya me había hartado y planeaba continuar.

Esperaba a que un interesado me confirmara si me compraba la guitarra o no, y fue en ese momento que recordé la recomendación de Báez. Indagué en Facebook sobre ellos. En su página estaba el signo de admiración que abre la exclamación al final de su nombre (Leñadores¡). “Qué raro”, pensé. Habían publicado recientemente que ya estaba su primer material, pero no veía el link por ningún lado, sólo una foto que refería ésa era la portada. Abrí YouTube y busqué si había algo. Encontré una sesión que hicieron para “El Monitor”. Tres canciones y una entrevista.

La batería me impresionó a primera instancia. Quedé pasmado con la parsimonia en que los tres instrumentos se juntaban y complementaban. Cada uno brillaba a su propio estilo, y si bien la voz se diluía entre la distorsión y el ritmo de la batería, no perdía su esencia. La guitarra me recordó a D. Boon, el bajo distorsionado me transportó a Fugazi y la batería parecía ser una suerte de Bill Stevenson cuando estaba con Black Flag. Leñadores recuperaba el alma de una camada de músicos que distaban en tres décadas de haber aparecido.

No tuve otra que seguirlos en Facebook y esperar a que anunciaran la fecha de publicación de su primer material, Sinérgico. Pasó semana y media, quiero creer, cuando develaron su primer sencillo, El enemigo / Maverick. En el pie de página pedían una disculpa a todos por haberse demorado tanto en estrenar su disco, pero que se habían creado un canal en YouTube y preferían subir al menos este sencillo.

Maverick abrió una de las seis rendijas de Sinérgico, que en conjunto forman una sola y es apertura para un nuevo camino en el hardcore. Es la más concisa, diría yo. Es la síntesis del disco, del enojo y molestia que tanto lo caracteriza; es tragar y escupir las raíces de un género que parece en muchas ocasiones perdido y sin salida. Comienza con un bajo, rápido –me vino a la mente Greg Norton, en todo el Zen Arcade–, y entre todo el caos, el acoplamiento de la guitarra, la batería y el screaming, se detiene, de la nada. “Parece que la canción cambiará”, me digo. Pero me equivoco. Tan sólo es el suficiente respiro que se nos da para seguir con la fuerza, rapidez y furia de la canción.

Maverick sintetiza a la perfección el disco, pero dentro de él sigue habiendo cosas interesantes. Cada letra y montículo formado por la música generan un ambiente de ansiedad y estrés muy fuerte, que te mantiene al tanto en qué movimiento se realizará después. La batería, en la gran mayoría de los casos, adopta el sonido de una cabalgata –o persecución– a la que te invitan a ver, como en Foxygeno, donde recuperan esta parte que parece estar condenada al olvido en el hardcore: los riffs de guitarra. Entre todos los contrastes y dinámicas, así como la apología a los cambios de tempos, el disco da el suficiente tiempo para respirar, para que sigamos tensados y pendientes de lo próximo que vamos a escuchar.

Foxygeno y Si va mal abren el disco. Junto a Maverick son las canciones que enganchan el álbum y te dejan esperando la segunda mitad. Son rápidas y llenas de enojo. Trasladan treinta años de música a la actualidad y parecen verosímiles y frescos los sonidos que transmiten aquí. Las letras, que terminan en muchas ocasiones perdiéndose con la música, resulta legibles si se les presta un poco de atención. Refieren en vagos momentos el difícil paso a la madurez, a la resolución de problemas; son un coming of age pequeño.

Mucho del disco se basa en secciones instrumentales. Desde Foxygeno hasta Clint, las composiciones se apoyan en vastas secciones donde se prescinde de la voz y se refuerza la velocidad y distorsión de los instrumentos, combinándose con las dinámicas y cambios de tempo para volver la atmósfera en una pesada y llena de ansiedad.

En la segunda mitad del álbum, que arranca con Guajira, se extienden las canciones. Leñadores parece darse más libertad para prolongar las secciones musicales, descansando ellos mismos de la velocidad y furia. Rompen el esquema que ya habían creado y liberan en el momento que ellos creen el adecuado todos los demás sentimientos contenidos; el resto del enojo cae y explota cuando menos se lo espera.

En todo el espesor del caos y la angustia que transmiten las composiciones, existe la cabida a la melodía y armonía. Resulta importante recalcar esto, pues muchas bandas hardcore pierden por completo esta cualidad y en el camino la música se vuelve inteligible y tediosa. Leñadores balancea esto a la perfección. Jamás pierden el estribo de la melodía. Siguen la línea musical sin siquiera desviarse en un momento. Ni las canciones más pesadas, como Maverick o El Juez Barack pierden esta esencia.

“Di con el clavo”, pensé. (Debido a que todas estas cavilaciones fueron escritas a posteriori de la primera escuchada, instalándome en mi lugar como espectador y reflexionando sobre cada uno de los puntos que ahora expongo –o intento exponer–, tengo la necesidad de expresar mis abstracciones de forma completa.) “La melodía”, digo, “las letras, el sonido; todo es claro”. La banda explaya en la gran mayoría de sus composiciones el espíritu errante y vagando que dejó el hardcore a la deriva a finales de los ochenta. En todo este lapso, parecía que una cierta alma faltaba en las bandas del hardcore (o post-hardcore, como muchos bautizaron); o bien ésta había mutado y entregado otra música, como lo fueron bandas como Slint. No obstante, estos tres chicos, estos tres leñadores ahora reivindicaban un sonido que había quedado relegado al olvido.

Ojalá pronto los vea. “Van a tocar con Los Blenders, en Cholula”, me dijo Báez cuando le hablé de esta suerte de artículo de opinión. Espero verlos ese día por primera vez y sentirme como en el Mabuhay Gardens, en 1984.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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