250 años de la expulsión de los Jesuitas.

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Por: Jorge L. Morales Arciniega

Es curioso advertir que, amén del curso normal del presente, este año enmarca una serie de conmemoraciones sobre distintos sucesos que han sido fundamentales en la historia de México, algunos que marcaron el inicio de rupturas, otros que fueron final y comienzo, y varios que denotan lo más caótico de la Nación. Sin caer en un juego de numerología, resulta que históricamente, los años terminados en 7 han sido escenario de hechos muy importantes en el devenir mexicano

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En 1767 fue expulsada la orden religiosa de la Compañía de Jesús de todos los dominios de la Corona Española, los jesuitas habían sido, desde su fundación en el siglo XVI por el español san Ignacio de Loyola, celosos defensores de la fe católica, no en balde su cuarto voto de obediencia al Papa que era dura contestación a la reforma de Lutero (que casualmente inició en 1517), a su llegada a América a finales del siglo XVI, evangelizaron zonas recónditas, alejadas de los centros más poblados de los virreinatos, por citar un ejemplo: llegaron a la zona de Sonora y la península de Baja California. También fueron los grandes educadores de los criollos, ese grupo social que, si bien formaba parte de una élite por ser hijos de españoles, no accedían a los puestos claves de la administración virreinal, los jesuitas fueron sus mentores, y tal fue su influencia que muchos miembros de dicho estamento ingresaron como religiosos a esa orden, nutriéndola y haciéndola de las más influyentes del orbe católico, por su riqueza en miembros, en intelecto y también en posesiones: haciendas, ranchos, etc., con muchos fueros por parte de la Corona.

Al acceder los Borbones en el siglo XVIII al trono español, tras la muerte sin herederos del rey Carlos II, se propusieron centralizar todo y no permitir privilegios, en la búsqueda del control total de sus dominios. Un gran obstáculo en América era la Iglesia, a la cual sometieron a través de obispos afines al monarca, sin embargo las órdenes religiosas, por no caer en la jurisdicción episcopal, representaban un obstáculo mayor por sus riquezas y obediencia a superiores generales que, en la mayoría de los casos, eran de naciones distintas a la española. Pero la orden más conflictiva eran los Jesuitas, además de sus posesiones, de su influencia intelectual, se les acusaba de promover la teoría del “tiranicidio” que implicaba la legitimidad por parte del pueblo de darle muerte al tirano, es decir, al líder que ha dejado el papel de protector de sus gobernados y se ha instalado en una actitud despótica y criminal, dicha teoría venida de la antigua Grecia, fue tratada hondamente por santo Tomás de Aquino en la época medieval y algunos jesuitas como Francisco Suárez o Juan de Mariana, en los siglos XVI y XVII habían escrito sobre ello y sus obras fueron reditadas por los Jesuitas en el siglo XVIII, por lo que la monarquía advertía que esto implicaba una propagación peligrosa para su proyecto reformista y absoluto.

En ocasión del motín de Esquilache, ocurrido en marzo de 1767 en Madrid, cuya causa fue el descontento por la escasez de alimentos, en el cual se vio un peligro para la vida del rey Carlos III, el monarca encontró el pretexto ideal para expulsar a los jesuitas de sus dominios, ya que se les culpó de ser los incitadores de dicho motín. En junio llegó la orden a la Nueva España, con durísimas palabras por parte del virrey marqués de la Croix, se expidió el bando de expulsión de la Compañía de Jesús, donde, previendo cualquier posible motín o sublevación, el virrey esgrimió en unos renglones la concepción que la monarquía y su aparato burocrático tenía de los americanos: “pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno.”

La expulsión provocó protestas, motines y violencia en muchas ciudades del Bajío, al Visitador José de Gálvez no le tembló la mano para mostrar las consecuencias de los que no “callaran ni obedecieran”, con un saldo de más de 60 ejecutados por oponerse a la orden real, además de los varios jesuitas que murieron durante su penoso viaje a pie de los lugares donde residían, hasta el puerto de Veracruz, del que salieron los sobrevivientes para exiliarse, por un tiempo en los Estados Pontificios.

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Los novohispanos, particularmente los criollos, se quedaron sin educadores, y observaron y asumieron con resignación, con enojo y con estupor, el lugar que la monarquía les daba: siervos sujetos de tutela, sin voz, sin capacidad crítica. Los criollos generaron un sentimiento de patriotismo, de amor a su tierra y por primera vez se escuchó un grito: “Muera el Rey”, grito que se replicaría unas décadas después en toda América, cuando Fernando VII cosechó lo que sembró su abuelo, al proclamarse las independencias de las antiguas colonias españolas, todo, por políticas centralizadoras, absolutas, que con muchos otros factores, se combinaron para dar pie al proceso emancipador de América, una América que sin la intelectualidad jesuita, no se habría entendido ni construido.

Me gusta la vida, me gusta el amor. Soy aventurero re-vacilador,

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