#Cuentos No le saque – Felipe Ríos Baeza

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Por: Felipe Ríos Baeza[1]

En una clase de ocho de la mañana intentaba enseñar a Jaime Gil de Biedma. Leíamos en voz alta «Intento formular mi experiencia de la guerra», acaso su mejor poema. Un alumno leyó el primer verso, otro el segundo, y así se escurrió la hora. La mayoría dormía o escuchaba música. Yo intentaba memorizar el poema, buscarle otro sentido al evidente contraste entre la espantosa guerra civil española y la supuestamente feliz infancia del autor, sobre todo porque el inicio de ese poema siempre me pareció un enigma: «Fueron, posiblemente,/ los años más felices de mi vida».

Al recordar esa época en Puebla (al recordar el tipo de trabajo que hacía en esa época y a buena parte de la gente que conocí), podría cambiar algunas palabras de Gil de Biedma y decir: «Fueron, posiblemente, los años más bizarros de mi vida». Tuve ataques de ansiedad. Engordé diez kilos. Empezó mi affaire con el whisky. Firmé un contrato en una universidad para hacer clases y gestión académica, pero fue apenas una pantalla para operar cosas más sombrías ahí dentro. Así que mi tiempo lo repartía entre reuniones penosas que no iban a ningún lado (quienes las dirigían tomaban la actitud de generales de la Wehrmacht a punto de invadir una Stalingrado que sólo existía en sus cabezas) y clases con alumnos que nada sospechaban de cuánto uno hacía para que esa facultad funcionara verdaderamente como una escuela.

Para llegar al trabajo caminaba todos los días por esa avenida emblemática del centro, esa larga y ruidosa con nombre de obispo, y antes de desembocar en el zócalo entraba por una puerta, a la izquierda. Normalmente andaba así el trayecto, cabizbajo y con los audífonos bien sumidos, sin advertir los estrechos galpones y galerías que había a los costados. No fue sino el mismo día en que enseñé ese poema de Gil de Biedma que reparé en un hecho notorio: debajo de esa Puebla colonial, turística y cincomayesca, había otra ciudad. Bastaba con desviarse por alguna de esas galerías para notarlo.

Cuando al mediodía acabé todas las clases y juntas soporíferas, salí del edificio como si me persiguieran fantasmas. Caminé esa avenida en dirección contraria, hacia al boulevard 5 de Mayo, y tres sujetos parados en fila me extendieron unos volantes. El primero promocionaba una dieta basada en jugos. El segundo, un nuevo lugar de tatuajes. El tercero, una taquería.

—Profe… —me susurró el tercer sujeto. Levanté la cabeza y me quité los audífonos. Era el alumno que esa mañana, temprano, había leído la estrofa final del poema de Jaime Gil de Biedma: «Quien me conoce ahora/ dirá que mi experiencia/ nada tiene que ver con mis ideas,/ y es verdad».

—Venga profe, cincuenta por ciento de descuento por ser usted

Una sonrisa blanquísima brillaba en su rostro oscuro, de pómulos prominentes. El de los jugos y el de los tatuajes se nos quedaron viendo. Miré largo rato el volante que me había dado. «Los auténticos tacos de Puebla», garantizaba. Bueno, probemos, me dije. Ya estaba un poco harto de Los Ángeles y de Tony y de La Oriental, taquerías que habían contribuido a aumentar esos diez kilos, así que me dejé conducir al interior de la galería.

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Todo cambia en esos galpones del centro. De pronto, el barroco de la Iglesia de la Compañía y del Templo de Santo Domingo, exóticos para los gringos y alemanes que invaden el Hotel Colonial, dio paso a un neoclásico funcional, ennegrecido y cochambroso. Aquel parecía un túnel en el tiempo, un agujero negro, y mientras más avanzábamos, más concurrido resultaba. Seguía de cerca a mi alumno, abriéndome paso entre personas más bajas que yo, que se movían como autómatas. El aire se hacía más pesado a medida que nos adentrábamos en la galería. A un costado logré ver el local de tatuajes y, justo enfrente, la tienda de los jugos.

—Falta poco, profe —oí que me decía por encima de las cabezas de los transeúntes. Atacado, como siempre, por el mal de Montano (cada quien, para sentirse menos agredido, superpone otras realidades a ésta), fue inevitable hacer los paralelismos con «La fiesta brava», de Pacheco; con «El otro cielo», de Cortázar, aunque en versiones locales menos estilosas. Entonces, el mono paranoico que llevo dentro se despertó. Madres: ¿cuánto dinero andaba cargando?, ¿traía conmigo las tarjetas?, ¿y si el mito del pozole azteca se extendía, también, al de la carne árabe y por eso sabían así de buenos los tacos?

—Aquí es —me dijo, y abrió los brazos.

La taquería no tenía nombre. Era un local pequeño, vacío, lleno de humo, con dos mesas de latón al fondo. Dentro, un hombre enorme, sudoroso, en camiseta, cortaba la carne del trompo con una pequeña sierra. El mono paranoico ahora daba brincos de susto sobre el alambre. Ésa es la cara de Leatherface sin máscara, me decía el mono. ¿Tantos slasherfilms y no aprendiste nada?, me gritaba el mono. Comencé a caminar hacia atrás, pero el alumno se me adelantó.

—No le saque, profe. Pruebe una orden aunque sea, no se va a arrepentir —. Me tomó del brazo y me condujo al interior del local.

Dentro había una música ambiental extraña. Parecía Vengeance Rising, pero no podía ser. Miré hacia la pared. Había fotos del mismo hombre, Leatherface, más joven y flaco, sirviendo tacos en ese mismo local. En otra, aparecía cargando a un niño (supuse que a mi alumno). Hasta arriba, había una foto de Leatherface con Alain Ducasse, decorada por una leyenda que decía: «Usted tiene los auténticos, ¡no se deje intimidar por los árabes!». Alain Ducasse seguía todavía allí, vivo y muy contento con sus tres estrellas Michelin en Le Louis XV, así que el mono se fue a dormir sin reparos dentro de mí. Me acomodé en la silla de latón y esperé la orden.

El alumno puso en la mesa una salsera y un plato con dos cilindros, ¡dos cilindros!, de tortilla y carne. Después se sentó delante de mí, esperando veredicto. Tomé uno de esos tacos monstruosos con ambas manos y le di una mordida.

El mundo se apagó.

Impresionante.

Aquel bocado buscaba acomodo por sí solo en la boca. Era única la manera en la cual la tortilla, ya mojada por la grasa de la carne, se desprendía en pequeños trozos regulares sobre la lengua. Era única la textura suave, sin filamentos ni cortezas, de esa carne condimentada, que se iba al paladar y volvía, que se esmeraba por demorarse un rato más en las papilas gustativas antes de ser tragada.

Abrí los ojos. La sonrisa de mi alumno se había ensanchado.

—Pruébelo con esta salsa, profe.

—¿Pica? —pregunté.

—No le saque, profe —dijo, y vació él mismo una abundante cucharada de salsa roja, casi amoratada, al interior del segundo taco. Me acerqué con temor ese segundo tubo de PVC a los labios. Picaba de a madre, cómo no, pero complementaba soberanamente aquella combinación gloriosa de carne y tortilla, como ninguna otra salsa que yo hubiese probado. El conjunto se compactaba y se deshacía, floreando las papilas gustativas.

—¿A poco no son los mejores, profe? —me preguntó. Asentí con la cabeza.

—Son los auténticos, créame. Esta taquería la tiene mi familia desde el siglo XIX, mucho antes de la migración libanesa.

—Yo pensé que los libaneses habían inventado los tacos árabes… —dije, e inmediatamente me arrepentí. El semblante de mi alumno se ensombreció. Leatherface pareció congelarse, con la sierra en el aire, pero al momento retomó su labor.

—No diga eso aquí, profe. Es pecado mortal.

Mastiqué bien el trozo que tenía en la boca.

—Pero es la creencia popular…

Mi alumno acercó su silla y me habló muy bajo:

—A todo el mundo le cuentan esa patraña: la migración en los años 20 de libaneses a Puebla. La modificación del trompo. El reemplazo de la carne de cordero por la carne de cerdo, porque era más barata. ¡Cuentos! Fue mi tatarabuelo, indígena de la sierra, quien desarrolló esta receta, con ingredientes que ya son míticos.

—No me lo creo…

—Casi nadie se lo cree, pero es la verdad —prosiguió. Leatherface no dejaba de oír mientras repletaba bandejas y bandejas de esa carne deliciosa.

—Mi tatarabuelo fue un hombre extraordinario, pero su hijo no. Una noche, a mi bisabuelo se le ocurrió, por farolear ante sus nuevos amiguitos árabes, divulgar la receta familiar. Ya sabe, los árabes lo escucharon atentos, dijeron subhana-Allah y patentaron la idea. Aunque como puede ver, no les salió igual.

—Y si no se llaman tacos árabes, ¿cómo les llaman en tu familia?

Mi alumno se limitó a sonreír. Miró el reloj. Eran pasadas las dos de la tarde.

—Le cuento al ratito. Ahorita viene lo bueno.

De súbito entraron decenas de personas al local. Eran aquellos autómatas bajitos que había visto en el recorrido del galpón, y eran tantos que literalmente taponearon la entrada. Logré entrever al sujeto de los jugos y al de los tatuajes. El mono se despertó de golpe. Leatherface detuvo la sierra y se apostó justo en la entrada, con sendas bandejas de carne. Tres hombres de rostros aindiados se sentaron en unas bancas. Sus ojos brillaban.

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—Bueno, las reglas de siempre —comenzó diciendo. Su voz no tenía ni sonsonete poblano ni modulación indígena—. El último que se acabe taco a taco esta bandeja, pierde. ¿De acuerdo?

Los hombres asintieron. El gentío empezó a vociferar, al unísono, algo parecido a una invocación. O a un grito de guerra. Acabé el último pedazo de taco, que se me atrancó en la garganta, y empecé a levantarme.

—¿Qué?, ¿qué? —me espetó mi alumno—, ¿no le va a entrar en la siguiente ronda, profe?

—Otro día —dije, y deposité unas monedas en la mesa. Con mis manos traté de abrir un canal entre el tumulto. Mi alumno no dejó de sonreír, viendo cómo intentaba llegar hasta el pasillo para casi salir corriendo de la galería.

Fueron, posiblemente, los años más bizarros de mi vida.

No quise quedarme a ver la competencia, pero supuse las consecuencias para el vencido.

 


[1] Felipe Ríos Baeza es escritor, ensayista y profesor universitario. Nació en Santiago de Chile, en 1981. Es autor de las novelas Clowns (IMACP, 2016) e Infectados (en prensa). Estudió la licenciatura en Periodismo y Comunicación Social, en Chile, y el doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, en Barcelona, España. Se ha desempeñado como docente e investigador en varias instituciones de educación superior y ha coordinado libros críticos dedicados a autores contemporáneos, como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros. Es autor, además, de los libros críticos El desvarío ilustrado. Ensayos de narrativa hispanoamericana contemporánea (Universidad Iberoamericana, 2014) y los dos tomos de Roberto Bolaño. Una narrativa en el margen (Tirant lo Blanch, 2013-2016), además de tener cuentos publicados en revistas electrónicas y varias novelas inéditas.

 

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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