Y sin embargo, ¡divulga!

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Una vez que te das cuenta de que existe la divulgación científica es posible que te preguntes por sus inicios. Yo tengo una idea de eso y te la voy a contar.

Cuando me hice por primera vez la pregunta ¿desde cuando existe la divulgación científica? me acordé de Galileo Galilei y su libro Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, escrito en 1632.

Para escándalo de aquellos que seguían las costumbres de la época, que dictaban que los libros sabios debían escribirse en latín, lo publicó en italiano.

En este texto, muy conocido como Los diálogos, Galileo habla de las mareas, pero también sobre los dos sistemas que explicaban el movimiento del mundo entorno al sol: el aristotélico-ptolemaico (el sol alrededor de la tierra, preferido por la iglesia) y el copernicano (la tierra alrededor del sol).

Por cierto, que podría haber entrado en nuestra lista de libros asesinos  como el texto por el cual acusan y condenan a Galileo de herejía y además fue puesto en el Index.

Aquí Carl Sagan nos platica los dos sistemas de los que hablan Los diálogos:

La idea de poner el libro en una lengua que su pueblo podía leer es prácticamente lo que la palabra divulgar significa etimológicamente.

Divulgar proviene del latín divulgatio, divulgationis, nombre de acción del verbo latino divulgare: propagar o expandir algo entre el vulgo, la gente, publicar.  Fuente

Pero, ¿porqué lo hace? ¿porqué Galileo no publica en latín?  La razón pragmática parece ser porque en la academia era muy difícil y peligroso hablar del sistema copernicano. Regreso a esta idea más adelante.

Sin embargo, creo existe una razón aún mejor, más de divulgador, que la dice de un modo muy bonito Sagan, pero que ahora la recojo de Diego Golombek: que se debe hacer divulgación…

Porque el placer del descubrimiento más ínfimo – una hojita que se mueve, una bacteria que no se divide, los meandros del curso de un río – es tan inmenso que es casi un deber ético compartirlo.

Al menos ese era el pretexto de Sagan para hacer Cosmos.

Mira a Diego en su charla TED:

Ahora bien, José Ignacio de Arana nos recuerda que existe otra palabra, vulgarizar, que significa etimológicamente “hacer vulgar o común algo” y entonces nos advierte:

Divulgar, y me atengo ya a la medicina, es una labor encomiable, aunque harto difícil, y, desde luego, necesaria. Vulgarizar sería rebajar nuestra ciencia a niveles indeseables. Claro que el límite entre hacer una cosa y permitir que se haga la otra es a veces muy tenue y ahí habrá de andarse con vista el médico que se preste a las funciones de comunicador; en ocasiones son los propios medios los que derivan hacia la vulgaridad, en la creencia, o convicción, de que es lo que “vende”. Un buen divulgador es, en realidad, un buen maestro y no hay nada tan difícil como saber rebajar nuestro conocimiento al nivel de quienes carecen del sustrato que éste proporciona. En última instancia, si se bordea siquiera la vulgaridad, es mejor callarse.

Y aquí es donde regreso a Galileo y a su idea de escribir en latín para divulgar el sistema copernicano: lo hace sin ser vulgar.

Para esto se vale de tres personajes Salviati, que es la voz de Galileo; Simplicio, que en el nombre trae la descripción y que representa la postura de la iglesia; y Sagredo, quien es neutral pero busca la verdad, y representa al pueblo.

Una modelo acerca de cómo debe ser la divulgación científica es el modelo del déficit, que pone como portadores del conocimiento a los divulgadores y al pueblo como ignorante que debe ser ilustrado con la luz de la ciencia. Pero Galileo no cae en este modelo, ya que Sagredo es un personaje que representa a uno de sus amigos, y a veces tiene intervenciones bastante buenas como esta:

Ahora respondedme a otro punto. ¿Creéis vos que en dialéctica, en retórica, en física, en metafísica, en matemática y, finalmente, en la totalidad de los razonamientos, existen argumentos capaces de persuadir y demostrar a uno tanto las conclusiones falsas como las verdaderas?

Con la cual indica a Simplicio y Salviati que uno de los dos debe estar en lo cierto y el otro en lo falso según un principio de la lógica, el del tercero excluido. Así notamos que Galileo prevé que sus lectores tienen cierta preparación e inteligencia, alejándose del modelo de déficit y de la vulgaridad en busca de vender sus ideas como nos advertía Arana.

Desviándome un poco del tema, me parece que Los diálogos, al estar en el Index, hicieron en su momento a Galileo un autor de culto, como lo definen Alberto Chimal y Raquel Castro:

Aquellos autores que tienen gran afecto de sus lectores a pesar de no tener muchas ediciones disponibles comercialmente.

 

Resumiendo, Los diálogos tiene varios puntos a su favor que le permite ser reconocido como una obra de divulgación científica. Y de este texto hasta el de El universo en tu mano de Galfard hay todo un continuo de libros que han dado cuenta de cómo entendemos al mundo según la física que conoce el autor.

Pero a Galileo también se le ha reconocido por ser el primer científico en la acepción moderna de la palabra. Vale la pena hablar más de él y lo haremos en otro momento. Por ahora nos conformamos con ese libro pequeño, de menos de 50 páginas en la versión que te recomiendo más abajo, que nos dice cómo el primer científico moderno también fue el primer divulgador científico.

 

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Puedes leer Los diálogos en esta liga de la biblioteca digital del estado de Tamaulipas, o bien en este video de youtube.

Pero te recomiendo más esta película sobre Galileo Basada en la obra de teatro de Berltot Brecht:

 

 

 

Divulgador científico. Matemático de formación, apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots.

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