El Chocolate y los juegos de azar en Puebla

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La costumbre colonial de tomar chocolate, persistente en la primera mitad del siglo XIX para después entrar en declive, no dio pie a encender un cigarrillo o un puro, mas no por ello dejaba de gustar y confortar el saborearlo. Las chocolaterías abundaban y proliferaron más aun por un breve tiempo, pues en 1825 había 22 y en 1835 casi el triple (60). Descendieron a IS para la mitad del siglo, mas cabe considerar que este dulce producto se hallaba igualmente en las tiendas mestizas y en algunas azucarerías. Se dice que las chocolaterías eran muy visitadas y en ellas se tomaba chocolate y pan, y se platicaba”. Pero como estos negocios pertenecían más bien a mujeres que molían ellas mismas el cacao traí- do del sureste, no es concebible que encima de esa pesada labor y del torteado de las tablillas se encargaran de preparar el chocolate como bebida, de servirlo y de limpiar y lavar lo pertinente.2 Puede argumentarse que tuvieran empleadas pero es dudoso, dada la modestia del giro.

Lo corrobora el escaso valor de la maquinaria de la céntrica factoría La Poblana, básicamente reducida a un molino movido por vapor que poseía Ramón Pérez Tejidor  en vano apremiado por venderlo en 1880 por sólo 2 000 pesos. Lo indica asimismo el hecho de que tres de las cuatro chocolaterías de 1906 aún hiciesen su producto “por metatet”. La que lo hacía “por máquina” produjo $ 7 920, contra $ 6 532 de las otras. En 1913 se observa cierta modernización, tres de las ocho anotadas tenían molinos eléctricamente impulsados; la mitad ocupaban entre cinco y seis trabajadores y la otra mitad menos todavía. Las principales eran de Felipe Sánchez Muñoz, Rafael Moreno y Hermanos (El Néctar Azteca) y J. Rosete e Hijos, cuyas respectivas producciones fueron de $ 12 100, casi $ 8 000 y $ 4 700 (76% del total), aunque la de Rosete trabajaba todavía manualmente, con una plantilla de diez mujeres y dos varones. No se sabe que en el nuevo siglo estos negocios tuviesen las funciones de sociabilidad que los cafés fueron adquiriendo cada vez más.

Dos giros para el disfrute y la diversión, que habían sido monopolio del gobierno virreinal y por tanto se explotaban con licencia oficial, fueron los de la nieve y los naipes. Del primero gozaron sólo los habitantes de ciudades cercanas a volcanes nevados, pues de ahí se traía diariamente el producto en un carro especial y veloz: la posta de la nieve”, que a Puebla llegaba del Popocatépetl o el Iztaccíhuatl. En el siglo XIX el primer asentista fue Miguel Rementería (en 1800) quien pronto se vio económicamente recompensado, ya que a fines de 1802 recibió de las autoridades un dineral: $ 1 000 “por los helados y refrescos consumidos en la recepción del nuevo virrey Iturrigaray [ … ] en su paso por Puebla” . En 1822 el expendio estaba en la segunda de Mercaderes y en 1833 se conocía como nevería de Rementería”, de suerte que seguía en la misma familia. Al terminar la primera mitad de la centuria había ocho neverías, significando que el estanco había sido abolido. En el resto de nuestro periodo no localizamos más informes de este giro; posiblemente la nieve se vendía en restaurantes, cafés y pastelerías-dulcerías como Magloire. Al llegar la electricidad tuvo por fuerza que volverse un negocio más simple, accesible a ser ejercido por personas de recursos ilimitados; de ahí su desaparición de las publicaciones, si bien la nieve de sabores frutales continuó deleitando a medio vecindario.

De los muchos juegos que se practicaban privada y públicamente, el de la baraja también estuvo estancado desde el siglo XVI. El primer permiso y la primera muestra para fabricarla en el virreinato se dio en 1583. Pareciera que luego de la Independencia cesaría este estanco, pero aún en 1849 seguían vigentes unas ordenanzas sobre la renta de los naipes. En Puebla ignoramos quiénes fueron los asentistas en las primeras décadas del XIX, pero sabemos que había mucha atracción por la baraja y los gallos, por lo cual deducimos que en plan de negocio suponían ciertas ganancias. A mediados de la década de 1870 Juan Tejeda tenía una fábrica de naipes a unos 500 metros del Zócalo. En 1888 Carlos Gómez, vecino de Orizaba, vendió en $ 5 500 a Ulpiano Cuervo —español residente en la angelópolis— su fábrica de naipes La Amistad, incluyendo “el uso de la marca o muestra del establecimiento”; pero el comprador la vendió en seguida a Leopoldo Gavito, miembro de una de las más acaudaladas y poderosas familias.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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