#RecomiendoLeer El Árbol de las Palabras

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El juglar se sentó frente a los pequeños que regresaban del recreo. Cuando todos estuvieron atentos, sacó de su bolso un dibujo y se los mostró.

Algunos se acercaron a tocarlos; otros, maravillados, veían el árbol de…

Es un árbol de palabras, dijo con voz cálida, hace muchos años, cuando los hombres eran sólo animales, iguales a los demás, hallaron un árbol como éste. Se acercaron a tocar sus ramas con la misma curiosidad que sienten algunos de ustedes y de pronto las palabras llenaron sus bocas.

Primero, comenzaron a nombras las cosas a su alrededor: árbol, plantas, animales, colibrí, niños, hombres y mujeres. Quien se acercaba al árbol, quien percibía su ser al tocarlo, entendía que la palabra sol refería a la luz y el calor que baja de la bola que vemos en el cielo, pero que la palabra no quema, no lastima, no es el sol, sino que lo significa.

Durante mucho tiempo, los humanos aprendieron a comunicarse con las palabras que el árbol les había regalado, pero cierto día unos niños curiosos, como ustedes, empezaron a escarbar las raíces y encontraron ojos. No se asustaron, pero se dieron cuenta que el árbol también les daba la posibilidad de ponerle nombre a las cosas que no podían verse, que existían con sólo decirlas. Así nacieron palabras como amor, amistad, comunidad, mundo y tantas palabras de cosas que no se ven, pero existen desde entonces entre las personas.

El árbol de las palabras tiene ojos en las raíces, porque si queremos que algo exista basta con nombrarlo, contárselo a otros y eso poco a poco comenzará a existir, porque la creencia de todos lo hará ser real.

El juglar entonces se detuvo, enrolló el dibujo y lo metió en la mochila que colgaba en su espalda. Los niños se levantaron poco a poco para volver a su clase.

Mientras tanto, las maestras terminaban su café y una de ellas preguntó a los niños:

– ¿Qué hacían ahí sentados tan silenciosos?

– Conocíamos la historia del árbol, nos la contó el juglar.

– Ay, niños, no estén inventando, aquí no hay ninguno de esos…

Los pequeños se miraron y pudieron ver cómo el juglar cerraba la puerta de la entrada mientras salía. Ellos conocían su nombre, sus historias, pues quien no alcanza a creer en lo que no se puede ver no conoce las raíces del árbol de las palabras, un ser mágico que nos enseñó hace mucho tiempo a ser humanos.

 

 

 


(Cuento de la compilación Cuentos de los hermanos Zip, de la autoría de Martín Corona, publicado por Fomento Editorial Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en noviembre del 2016)

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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