Un día en Salina Cruz: Por el Coco.

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Por Ramón Parada Vázquez

De todos los lugares en los que he tenido que trabajar para comer un poquito (Una carnita tiernita de chamaquito), Salina Cruz es sin duda uno de los más raros. En el momento que llegué, estuve a punto de arrancarme los pelos por el espantosísimo calor, pues hasta entre los dedos estaba sudando ¡Entre los dedos! Después de un ratito, gracias a mi piel pude acostumbrarme un poco a eso, pero caminando por sus calles, un canijo humano casi me atropella, tuve que desinflarme y aún así, batallé mucho para despegarme del suelo. Es que ni en la peor pesadilla que se les ocurra manejan tan gacho. La razón que más tarde descubrí paseando, fue por que a los pobres taxistas pa conseguir chamba los hacen besarse entre sí ¡puaj! ¿Se imaginan tener que besar al vecino nada más por unos pesitos? Seguramente por eso están tan amolados y encabronados y manejan así.

Caminando más, ya una vez entrada el hambre y habiendo dominado el arte de caminar por la calle con el calorón, me encontré un puestecito, una doñita con unas chanclas chiquititas y medio encorvada, me ofreció un tal champurrado. No es que no lo haya tomado en cualquier otro lugar de México, pero estábamos en el quinto infierno (No me malentiendan, yo me refiero al calor) y eso es caliente. Pero al verle la sonrisota que traía no le pude decir que no. Me quemé la boca, pero ¡Qué sabroso estaba! Claramente eso no me quitaría el hambre, por lo que clavé mis espantosos ojos en su carita y como si le hubiera hablado, me entendió y me ofreció unas empanadas de huesillo. No eran de pan, como uno creería. Pero me las tragué toditas pensando que estaban hechas de chiquillos. Muy buenas, eh,
recomendadas.

Ya, sin hacerlo más largo, llegó la noche y yo estaba que me moría por morderle una piernita a un niño, entonces me fui a meter a una casa. Todo el calor que había pasado en el día parecía borrarse de mi mente cuando la mamá de la casa prendió el aire acondicionado a 18 grados, casi me pongo a brincar de la emoción, pero me iban a descubrir, así que sólo me fui corriendo abajo de la cama del chamaco. Vi en un reloj que estaba enseguida de unas 7 cruces que marcaba las 8, y eso en los yunaites significa que es hora de ir a dormir, y eso significaba que ya era hora de comer, así que decidí esperar un poco.

Ese poco se volvieron 3 horas. ¡Casi me suena la panza! Ya que apagaron la luz, me dispuse a chambear. El morrillo bajó su manita y yo queriéndole dar una mordida la sube y quedo enseguida de la cama. Subo una de mis manos pa jalarlo y que me da una mordida el chingado chamaco. Me volví rojo del coraje y pues que me desinflo y me salgo de ahí. Ya los chamacos de hoy no le tienen miedo al respetable Coco. Lo único que me quedó fue buscar un puesto para cenarme una tlayuda e imaginarme que el tasajo que tenía era pancita
de chiquillo.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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