#RecomiendoLeer Un poblano en el espacio

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Por Daniel Mocencahua

El disparo dio contra la pared detrás de John23 y él se lanzó hacia la calle rodando y disparando al mismo tiempo. Era muy bueno, pero no lo suficiente. Frente a él, y dando un salto exageradamente largo, un alienígena escapó de una explosión que le llegó directamente a John. La sangre apareció y con ella el mundo se desvaneció.

Nachopistolas cogió la insignia. Si lograba llevarla al cuartel, la misión estaría cumplida. Había logrado terminar las otras y en esta ocasión podría completar también sus metas personales. Así que corrió, ocultándose de los francotiradores, y entró al edificio en modo furtivo, disparando sólo en caso necesario y derribando a los enemigos con sumo cuidado. Ya se encontraba en el último piso cuando tuvo que enfrentarse al más fuerte de todos. Sin municiones, sin armas, solamente con sus mañas y sus manos.

Se levantó ensangrentado y muy cansado. Casi no podía escuchar la voz de sus amigos que lo felicitaban por haber alcanzado el final del juego, y al desmayarse pudo ver la envidia de John Smith, alias John23, que estuvo a punto de ser el primero.

Moira le acomodaba las vendas. Había abusado del juego, y Moira le preguntaba por qué no se había detenido. Si bien la computadora de la nave no permite que las partidas sean mortales, los obstáculos podrían hacer que te llevaras heridas que tardarían bastante en curar. A veces, a Moira se le quebraba la voz al ver cómo le costaba pararse, y se volvía a preguntar que había ganado con esa golpiza.

Pero Nacho lo sabía muy bien. Su bisabuelo Pepe se lo había mostrado una vez, cuando era muy pequeño, y él quería repetirlo.

Y ahora, con el último juego tenía los puntos suficientes para conseguir lo que deseaba.

Una vez que pudo ponerse en pie, la primera noche en ya nadie lo cuidaba se acercó al dispensador. Comenzó a dar las instrucciones que hace mucho le enseñara su bisabuelo. Luego de trescientos años de viaje, la inteligencia artificial de la nave había aprendido casi a leer el pensamiento por el modo en como preveía lo que necesitaba la gente.

Lo más difícil era que replicara la carne. Sal, pimienta, ajo, perejil, y orégano, los consiguió, a precio de oro, en el herbolario de la nave. Pero la carne y la manteca debían ser procesadas y sólo podía tener una réplica excelente si ganaba muchos videojuegos.

La salsa estaba lista. Las cebollas estaban suavecitas. Comenzó a freír la carne y calentó la tortilla de harina mojando previamente la orilla en manteca como le había mostrado el abuelo.

Pero no estaba solo. En la puerta pudo distinguir la silueta de John que no le perdonaba haberle ganado el último juego.

Está bien. Pelearía, y esta vez la muerte sería real. Ganaría, y después disfrutaría todavía más el manjar que alguna vez le dio su bisabuelo antes de partir.

Se acordó de lo que siempre decía su abuelo Nacho: “mataría por unos tacos árabes”

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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