#RecomiendoLeer Funchinchaderas.

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Aquel medio día, mientras trataba de hilar una idea para escribir un cuento, me llamó Susana por teléfono:

– ¿Puedes pasar por Nerio al kínder?

Había tenido un problema en su trabajo, así que fui al jardín de niños que estaba a tres calles de casa.

Nerio no me preguntó por su mamá, sino que como siempre comenzó a jugar conmigo, esta vez con palabras:

– Cuentacuentos, ¿sabes lo que es un funchinchunchu?

– Sí, claro, es el que anda con la funchinchadera.

– No, cuentacuentos, el funchinchunchu anda con su funchinchunchu.

– No, Nerio, a ver, di: fun chin cha de ra.

– Fun chin chun chun chun.

– Noooo…

Y sus risas se volvían carcajadas mientras caminábamos de la mano en la banqueta. De pronto, el pequeño se soltó y corrió, se detuvo frente a una planta de diente de león y, antes de cortarla y soplar, me preguntó:

– ¿Por qué las plantas viven en el cemento, en los rincones de la carretera?

Le expliqué que aparecen en los rincones de las paredes, en los sitios del asfalto donde no pasan los autos, que sus hojas verdes buscan la luz del sol y sonríen felices de estar vivas.

– Sí, a mí me gusta encontrarlas, luego soplarlas y ver cómo se van a todos lados las brujitas.

Mientras soplaba y salían por todos lados, la risa de Nerio invadía la calle. Eso era más, mucho más importante que el sonido de los autos, que el bullicio de la ciudad.

Entonces le expliqué:

– Son semillas que vuelan. Cada una de las brujitas en una semilla que al volar encuentra un sitio para vivir, para crecer, un lugar donde no la puedan pisar, que tenga un poco de tierra, un sitio donde le pegue el sol y tenga agua para que la semilla reviente y le dé vida a una nueva planta.

Nerio se quedó callado y pensativo, creí que no había entendido nada y estaba molesto. Entonces traté de seguir el juego de las funchinchaderas, pero no me respondió.

– Cuentacuentos, ¿quién las hizo así?

– La vida mismo hizo a esas plantas potentes y maravillosas, fuertes y capaces de seguir adelante, porque son muy sabias vuelan, por eso crecen contra el cemento que esconde la tierra y no la deja ser madre de las plantas con el padre sol.

– Ah, por eso me gustan, porque son como los niños que ahora somos en la escuela, como la semillita creceremos, y cuando seamos grandes volaremos todos a buscar nuestra agua y nuestra tierra, para que la vida siga sin que importen los cementos y las carreteras.

Solté sin querer un lágrima de alegría y seguimos andando, pero antes de llegar a casa vimos otro diente de león y le soplamos junto a nuestras carcajadas y todas las funchinchaderas de este mundo.

 

 


(Cuento de la compilación Cuentos de los hermanos Zip, de la autoría de Martín Corona, publicado por Fomento Editorial Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en noviembre del 2016)

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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