Los animales: cuando alimentarse se convierte en un dilema

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Por Enrique Soto

En el año 2008 viajábamos en un gris atardecer rumbo a Tlacotalpan, al paso por la carretera tuve una desagradable experiencia olfativa, un olor nauseabundo e inescapable invadió el automóvil y ahí estaba ese rancho –Santa Rita– un rancho ganadero de donde provenía el olor repugnante. Apenas lo podíamos creer. Amainé la velocidad a pesar de lo fétido y fue así como pude percatarme de lo que ahí sucedía: enormes corrales con vallas de metal que se perdían en la lejanía y en los que había cientos de animales que esperaban a ser embarcados en camiones rumbo al matadero. Olor a miedo.

El escenario me pareció dantesco. Me detuve a tomar fotos, pero el olor imperante me produjo náusea y un estallido de arcadas; logré con dificultad contener el vómito, no pude hacer más que unas cuantas fotos, regresé al automóvil, cerré las ventanas e hice una fotos adicionales. Eso era un campo de exterminio; no pude dejar de pensar en los campos nazi. Este era uno de los muchos campos de exterminio de vacas, la industrialización de la vida y la muerte. Divisé desde el auto algo como un toro que se aproximaba a una valla sobre la cual se había posado un ave blanca (del tipo de las que abundan por esos rumbos y que frecuentemente acompañan al ganado).

El toro se acercó lentamente y lamió las patas de duda: estamos en la cima evolutiva de los grandes depredadores, nada se escapa de nuestras bocas, desde los insectos hasta los grandes mamíferos, pasando por todo tipo de especies. Solo se escapan, y no siempre, animales cuyo metabolismo los hace de sabor desagradable, aunque eso del sabor frecuentemente se puede remediar con un buen guiso.

Total, no es mi propósito desarrollar una larga diatriba contra el ser humano y prefiero que hablen las fotografías. En este trajinar en mercados y ave, la miró con la languidez típica de los vacunos tristes; imaginé que le decía cuánto envidiaba su libertad y cómo le gustaría ser un toro volador. La escena me impactó profundamente y me prometí usar la fotografía para contribuir a concientizarnos sobre el enorme dolor que infligimos a los animales con los que nos alimentamos. Decidí frecuentar algunos mercados de animales y apuntar mi cámara a los sitios y circunstancias en las que pudiera ver a un animal rumbo al matadero.

A partir de entonces he visitado diversos mercados de animales y retratado a los animales en diversas condiciones que creo relacionadas con su crianza, transporte y venta para el consumo humano. No se necesita mucha inteligencia para darse cuenta del enorme daño y dolor que los humanos hemos causado en este mundo. Hemos matado a más de dos terceras partes de todos los animales existentes en el mundo, hemos llevado a la extinción a uno o dos cientos de especies. Animales que jamás volverán a existir, perdidos para siempre en la historia del tiempo. Hemos infligido un dolor inenarrable a los cerdos, gallinas y vacas entre otros muchos de los animales que gustamos de comer; en el caso de los cerdos, el cuadrúpedo más avanzado en la evolución, bastante más inteligente que los perros, el daño y el sufrimiento que les hacemos padecer es inenarrable. No me cabe sitios de venta de animales, he sido testigo del trato agresivo e inhumano que se les da en nuestro medio; la gente “del pueblo” que lleva animales vivos a los mercados no tiene la más mínima consideración hacia ellos, y más bien se puede observar un maltrato generalizado y un enorme desprecio a la vida (los patean, arrastran, empujan…). Eso, creo, es una de las características de la situación que estamos viviendo: la violencia generalizada que alcanza todos los niveles de la vida y se ejerce por igual con los animales o con los congéneres. Una ausencia de empatía, una total incapacidad de imaginar el sufrimiento que se inflige a otro ser vivo. Escenas como la de una vaca en una pequeña camioneta, que viaja haciendo malabares para mantener su equilibrio apretujada junto a los restos destazados de otra animal (cuando tomé la foto imaginé que podría ser su hermano, su amigo, su madre), constituyen evidencia de este maltrato y falta de consideración. Las fotos, de las cuales se presenta una pequeña parte en este número de Elementos, pretenden mostrar eso: la tristeza y el sufrimiento que se percibe en los animales que se saben malqueridos y camino a la muerte. Ciertamente, si uno vive de la crianza, el transporte, la venta, el sacrificio o el tablaje de ganado, lo más cómodo será olvidar que se trata de seres vivos, sentientes y pensantes.

Internet constituyendo un cuerpo de documentos empíricos que reflejan hechos incontrovertibles. La filmación por cámaras de vigilancia de un perro que regresa entre un mar de coches a rescatar a un perro amigo, arriesgando su vida, constituye una de las evidencias más contundentes que demuestran la existencia de la conducta de altruismo en los animales. Ni que decir de un vídeo filmado desde distintos ángulos (varios testigos con teléfonos) en el que aparecen unos primates jugando en una estación de trenes en India.

Respecto a la inteligencia animal, hoy se acumulan las evidencias de capacidades animales que antes eran tan solo anécdotas, y de una conducta que imaginábamos exclusiva de los humanos: el altruismo. Internet y las miles de cámaras fotográficas en teléfonos y otros dispositivos han permitido documentar estas conductas en los animales. Antes del Internet, los relatos de actos altruistas y las evidencias de la inteligencia animal siempre se trataron como anécdotas carentes de factibilidad. Relatos diversos de animales que salvan a otros animales o a sus amos, animales que padecen el duelo por un congénere muerto o que permanecen cercanos a su amo muerto, madres que pasan horas en espera de un hijo al que pretenden rescatar de tal o cual circunstancia. Hoy esas historias están documentadas y circulan en de ellos se electrocuta cayendo en la vía. La filmación muestra la conducta de otro mono quien inicialmente empuja, mueve, zangolotea y golpea al compañero inerte (aparentemente muerto o al menos inconsciente por la electrocución), le sumerge en un charco de agua mientras seguía sacudiéndolo hasta finalmente lograr reanimarlo, volverle literalmente a la vida para irse juntos ante la llegada de un tren a la estación. Este video circuló en Internet con millones de visitas. Puede verse en el sitio de la revista en www.elementos.buap.mx/num106/htm/elem106.htm junto con otros videos que, en conjunto, demuestran la existencia de una forma de la amistad y la empatía en estos animales. Amistad de mono, pero amistad al fin.

Se ha acumulado así, gracias a la mera existencia de las redes sociales, evidencia que tiene el carácter de probatoria y que no deja ya duda a la idea de que en los animales (particularmente en los vertebrados superiores y desde luego en los primates) existen formas de pensamiento análogas a la del humano. Inteligencia en formas menos evolucionadas que en el hombre, pero inteligencia.

De hecho, las ideas en contra de la inteligencia animal implican un desconocimiento de los procesos evolutivos; así como las patas son análogas a nuestras piernas, la inteligencia animal es análoga a la nuestra. No existe nada que nos separe del resto de los animales, la noción de que nosotros tenemos un alma que los animales no poseen está en proceso de almacenaje en el desván de la historia.

Valgan, pues, las fotos de este Elementos que no son necesariamente agradables, pero que buscan la estética de la fotografía como un medio para apelar al espíritu, a la vida, a la inteligencia y a la emoción del hombre sensible. Espero constituyan una más entre las muchas voces que avisan que la humanidad, en la forma en que se ha desarrollado, ha llegado a un límite insostenible, el mundo se nos ha acabado: animales, plantas, agua, aire, todo está en proceso de degradación y el hombre, si continúa por el camino del consumo desenfrenado, del uso irrestricto e irracional de los recursos naturales, se dirige inexorablemente al precipicio de la extinción. Lo que, desde el punto de vista de la evolución y la diversidad de la vida en la Tierra, quizá sea lo mejor.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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