El bandolerismo durante la segunda intervención francesa.

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Entre el bandolerismo y la protesta liberal. Puebla durante el Segundo Imperio

Por Ana María Dolores Huerta Jaramillo [1]

Se han producido numerosos estudios sobre la actividad militar desarrollada en zonas muy específicas del estado de Puebla durante la intervención extranjera en México. También existen estudios sobre los desplazamientos de los grupos militares antagonistas durante los años de 1862 a 1867. Se ha profundizado, por ejemplo, en el estudio de la resistencia generada por los pueblos de la Sierra Norte de Puebla, cuna de un nacionalismo regionalista.[2] El levantamiento armado protagonizado por aquellos habitantes continuó incluso después de la República Restaurada.[3] Esta es una oportunidad de profundizar acerca de lo que ocurría en los ámbitos de la vida cotidiana, tanto rural como urbana, acerca de las acciones tanto individuales como en grupo que, violentando la ley que se intentaba hacer imperar, contribuían a alterar el orden; entremezclándose las identidades de diversos participantes en actos de insubordinación.

Los vientos del arribo de la intervención extranjera se sentían en la ciudad de Puebla. Juan Nepomuceno Almonte era participante del triunvirato, además de José Manuel Hidalgo y José María Gutiérrez Estrada, por lo que sus oficios y servicios en Francia, en representación del grupo conservador mexicano, perseguían la creación de un imperio en México, por lo tanto se anunciaba como jefe de la nación y con facultades para tratar con las potencias extranjeras aliadas. Aunque voces en el ayuntamiento poblano se pronunciaban en contra de ello, precisando que la autoridad del presidente de la República debía consistir en la emanación del voto público expuesto libremente por toda la nación, consecuencia resultante de un derecho legalmente ejercido: y que el desconocimiento de esta autoridad representaría una rebelión y una traición a la patria. Que acatar la autoridad de Almonte como jefe de la nación, otorgándole inherentes facultades para tratar con las potencias aliadas, era una traición a la patria, pues el establecimiento de una monarquía en México era interpretada como una actitud antinacional.

Por lo que obedecer las órdenes de Almonte era considerado un crimen contra la patria y una reducción condenable.

Por unanimidad el ayuntamiento de Puebla declaraba sobre Almonte: […] en su conducta, bajas y rastreras maniobras dirigidas a mantener el país en continuas revueltas, fomentando sediciones pronunciamientos y motines: que sin embargo, ascender de un esclarecido ciudadano, éste ha sido uno de los primeros que rechazan la libertad del pueblo mexicano y la consolidación de la paz: y que la fama pública le tiene marcado como hombre que ha querido sorprender a los soberanos de Europa con la venta de México, valiéndose para ello del condenado artificio de desfigurar la verdad: que sus continuos viajes a los palacios reales se hallan descubiertos por los principales periódicos del viejo continente: y que en la misma fama pública, Díaz lo anunciaba como cómplice en la marcha que han emprendido hasta esta república; las fuerzas extranjeras […]. [4]

Por lo anterior, el Supremo Gobierno había puesto en juego medios eficaces para reprimir las consecuencias de tan atroces crímenes que constituían una verdadera traición a la patria, pues había reconocido desde hacía más de siete años que era no sólo difícil, sino imposible el establecimiento de un régimen monárquico en México. [5]

Y antes de que se produjera la célebre Batalla del 5 de mayo de 1862, el presidente Juárez emitió un decreto donde integró una serie de leyes de 31 artículos para castigar los delitos contra la nación, el orden, la paz pública y las garantías individuales. De entrada se condenaba la invasión armada al territorio nacional por extranjeros y mexicanos, así como el servicio voluntario de mexicanos en las tropas extranjeras enemigas o los subsidios de otras potencias para invadir el territorio nacional y cambiar la forma de gobierno que se había dado en la República. Cualquier complicidad para excitar o preparar la invasión extranjera o favorecer su realización o éxito, la rebelión en contra de las autoridades legítimamente constituidas, el alzamiento sedicioso, las asonadas y los alborotos públicos, las arengas, las proclamas subversivas o pasquines, la conspiración contra del gobierno, el plagio —con la finalidad de obtener rescate—, los robos en despoblado, los ataques a mano armada, la evasión del presidio de los condenados a sufrirlo, todo ello y más estaba severamente penalizado; incluso con la pena de muerte. Ese conjunto de acciones más otra considerable cantidad de ilícitos que se describían puntualmente mostraban el clima social al que se enfrentaba el gobierno juarista. [6]

A través del Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación, el presidente Juárez también decretó que desde el día en que las tropas francesas rompieran las hostilidades todas las poblaciones ocupadas éstas quedarían declaradas en estado de sitio, y los mexicanos que permanecieran dentro de ellas en este lapso serían castigados como traidores, además de sus bienes confiscados a favor del tesoro público, salvo que hubiera motivo legalmente comprobado. Ningún mexicano desde la edad de 20 años hasta la de 70 podría excusarse de no tomar las armas, sea cual fuese su clase, estado o condición; so pena de ser tratado como traidor. Se autorizaba a los gobernadores de los Estados a expedir patentes para el levantamiento de guerrillas —“discrecionalmente”— y según las circunstancias, pero las guerrillas que se encontraran en lugares distantes, a diez leguas del punto donde hubieran enemigos, serían castigados —sus participantes— “como cuadrillas de ladrones”. Igualmente los gobernadores de los Estados podrían disponer de todas las rentas públicas a fin de proporcionar los recursos que se necesitaran, aunque de la manera menos onerosa posible. Los franceses pacíficos residentes en el país quedaban bajo la salvaguarda de las leyes y autoridades mexicanas. Y sufrirían la última pena, como traidores, todos los que proporcionaran víveres, noticias, armas o cualquier otro auxilio al enemigo extranjero. [7]

Durante el periodo de la intervención extranjera fueron gobernadores de Puebla los generales liberales Santiago Tapia Mejía e Ignacio Mejía, el licenciado José María Esteva, conservador; los generales Miguel Negrete, Jesús González Ortega y José María Maldonado, Fernando María Ortega y Rafael Cravioto Moreno. Algunos de los anteriores personajes también fungieron como comandantes militares del mismo estado de Puebla. Del lado interventor, los jefes militares fueron al principio: Carlos Fernando Latrille, conde de Lorencez; posteriormente, en 1863, Elías Federico Forey, como comandante en jefe. En tanto que, François Achille Bazaine estuvo al mando de las dos divisiones de infantería. En la primera división, y al mando de la primera brigada, estaba el general Neygre; en la segunda, el general Castagny. Y la segunda división se encontraba bajo las órdenes del general Douay, cuya primera brigada era comandada por el coronel L’Heriller, mientras que la segunda brigada estaba a las órdenes del general Bertier. Los militares mexicanos que se batieron en la plaza poblana durante las heroicas batallas históricas fueron los generales Ignacio Zaragoza, Ignacio Mejía, Miguel Negrete, Jesús González Ortega, Antonio Álvarez, Juan Nepomuceno Méndez, Francisco Lamadrid, Felipe B. Berriozábal, Porfirio Díaz, Francisco Paz, José María González de Mendoza; más el coronel Joaquín Colombres. [8]


[1]       La autora agradece la participación en el proceso de investigación documental a: Alejandra Peralta Cortés, Angélica Hermenegildo Feliciano, Hassivy Cristel Bello, Gerardo Solís Toríz, y Luis Alberto Saut Niño.

[2]      Mallon. Florencia A. Peasant and Nation. The making of postcolonial México and Peru. usa: University of California Press, 1995; Rivera Moreno, Donna. “Xochiapulco: una gloria olvidada”. México: Gobierno del Estado de Puebla/Dirección General de Culturas Populares/Comisión Puebla V Centenario; Huerta Jaramillo, Ana María Dolores. “Xochiapulco tierra y memoria”. En Alejo, Oscar (coord.). Xochiapulco. Una identidad histórica. México: Gobierno del Estado de Puebla/Secretaría de Cultura (Colección Monografías de Comunidad), 2010, 77-93; Thomson, Guy P. C. y David G. Lafrance. El liberalismo popular mexicano. Juan Francisco Lucas y la Sierra de Puebla, 1854-1917. Traducción Ariadna Acevedo y David M. J. Wood. México: Educación y Cultura/Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, buap, 2011; Batallón de la Guardia Nacional de Tetela de Ocampo 1862-1867 (Memorias). Prólogo Pedro A. Palou. México: Gobierno del Estado de Puebla/Secretaría de Cultura(Lecturas Históricas de Puebla 112), 1995; Cabrera Mitre, J. Leonides.

[3]      Huerta Jaramillo, Ana María D. Insurrecciones Rurales en el Estado de Puebla. 1868- 1870. México: Centro de Investigaciones Históricas y Sociales/Universidad Autónoma de Puebla (Cuadernos de la Casa Presno 4); Rimada, Antonio. Liderazgo político y memoria colectiva. Juan Francisco Lucas y la Sierra Norte de Puebla. México: Gobierno del Estado de Puebla/Secretaría de Cultura, 2004; Thomson, Guy P. C. Francisco Agustín Dieguillo. Un liberal cuetzalteco decimonónico: 1861-1894. Traducción Conchita Diez Medrano. México: Gobierno del Estado de Puebla/Secretaría de Cultura (Colección Catalejos 6), 1995.

[4]      Archivo General Municipal de Puebla (agmp). Actas de cabildo, 1862, vol. 129, fs. 25f a 27f, 8 de abril de 1862.

[5]      agmp, Ibidem., fs. 27v a 30f, 9 de abril de 1862.

[6]      agmp, Leyes y decretos, 1862-1864, vol. 24, fs. 19f, 6 de febrero de 1862 (ver anexo 1).

[7]      agmp, Leyes y decretos, 1862-1864v vol. 24, fs. 41f, 15 de abril de 1862.

[8]   “Sin embargo venciendo multitud de dificultades, para mediados del mes de febrero de 1863, cuando el cuerpo del Ejército de Oriente ya estaba concentrado en la ciudad de Puebla y el ejército invasor se hallaba sobre la altiplanicie mexicana, esa gran unidad comprendía como 22 000 individuos de tropa con 172 piezas de artillería (18 000 infantes 2 854 jinetes y 1 465 artilleros), organizados como sigue, según consta en el Archivo Histórico de la Defensa Nacional y en el Estado de Fuerza fechado en marzo de 1863, que forma el anexo número 11 del primer tomo de la Reseña Histórica del Cuerpo de Ejército de Oriente, formada por el general Manuel Santibañez.” En Parte General que da al supremo Gobierno de la Nación respecto de la Defensa de la Plaza de Puebla, el C. Gral. Jesús González Ortega. México: Comisión Nacional para las Conmemoraciones Cívicas de 1863, 1963. 18.

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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