¿Muy poblano? ¿Conoces esta fiesta? La inmaculada Concepción y la Puebla de los Ángeles

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Inmaculada Concepción, Catedral de Puebla.

Inmaculada Concepción, Catedral de Puebla.

por: Jorge Luis Morales Arciniega

Esbozos de una identidad urbana-imperial

Diciembre ha llegado con todas sus celebraciones, las cuales, en nuestra modernidad se centran en la Navidad y el fin de año. Sin embargo, en la Puebla colonial, decimonónica y todavía en buena parte del siglo XX, este mes tenía acentos distintos, religiosos todos, pero celebrando varias fiestas: la Inmaculada Concepción, la Virgen de Guadalupe, las Posadas y la Navidad. Cada celebración se acentuaba por un cariz propio: la primera celebraba a la patrona de la ciudad, la segunda a la de la Nación y las últimas se enlazaban como fiestas que animaban a la convivencia vecinal y familiar.

El 8 de diciembre, la Iglesia Católica celebra la Inmaculada Concepción de María, es decir, el privilegio exclusivo que tuvo la Virgen para quedar exenta del pecado original, en previsión de su condición de Madre de Jesucristo, la fiesta se coloca nueve meses antes del 8 de septiembre que es la fecha fijada para la conmemoración de su nacimiento, sin embargo la fiesta decembrina es mucho más importantes que la septembrina, porque el culto a la Inmaculada está muy extendido, teniendo su culmen en España y todas las naciones que surgieron del gran Imperio español que duró más de tres siglos. Desde la Península Ibérica, pasando por Hispanoamérica, hasta las Filipinas en Asia, la Inmaculada ostentó el patrocinio sobre el Imperio Español desde 1644, legitimando la devoción que ya se le tenía a través de: retablos, capillas, templos, catedrales, e incluso: villas, pueblos y ciudades, consagradas a ella.

Al caminar por la traza virreinal de  la Puebla de los Ángeles, del Carmen a San José, del hoy Paseo Bravo al antiguo río de San Francisco (hoy Boulevard Héroes del 5 de mayo), se asentó desde 1531 o 1532 la ciudad española, erigida utópicamente, con trazado perfecto de damero y poblada de: espléndidas casas, monumentales templos, señeros conventos, y una catedral impresionante, que le dieron identidad al centro urbano, y rápidamente se convirtió en la segunda urbe del virreinato de la Nueva España, rivalizando, en distintas ocasiones, con la antigua Tenochtitlan, convertida en ciudad de México, sede del poder virreinal. Los barrios indígenas, fuera de esa traza, con sus casas sencillas, sus calles intrincadas, complementaban esta compleja urbe, enriquecida por el trigo, la loza y los muchos productos porcinos.

En muchas calles, casas y templos, se encuentran efigies en cantera, en talavera de distintas vírgenes y santos, así como emblemas y símbolos religiosos, con el fin de resguardar todos los caminos, todos los hogares, la ciudad entera. La imagen más repetida, después de la Cruz, es la de la Inmaculada Concepción, ostentada en nichos de casas y templos, repetida en talavera o azulejos, representada por el gran símbolo inmaculista: el jarrón con flores, repetido innumerables veces en la Catedral, por dentro y por fuera, incluso reproducido en modernos monumentos como la fuente a Fray Toribio de Benavente “Motolinia”, que da inicio a la antigua Avenida de la Paz, hoy Juárez, o en una de las caras de la base de la fuente de la China Poblana, obra de Jesús Corro a mediados del siglo XX.

La presencia de la imagen de la Inmaculada Concepción y de su símbolo, el jarrón con flores, no es gratuita, ya se ha dicho que dicha advocación era patrona de todo el Imperio Español,

Lo mismo sucedió con la primitiva Catedral (ubicada en el atrio de la actual), su elección como patrona del principal templo no debe causar sorpresa, al recordar que la Puebla de los Ángeles fue fundada para acoger españoles que vagaban por el virreinato, prácticamente sin oficio ni beneficio, por lo que se les dieron solares, terrenos y, para afianzar la ciudad, una serie de exenciones fiscales y privilegios directos de la Corona, por lo que al consagrar el principal lugar de culto a la patrona del Imperio, se afianzaban los lazos con la Corona y, sobre todo, se recalcaba su origen como ciudad de españoles. Hay que decir que la ciudad tomó como patrono también a San Miguel Arcángel, por lo que compartía con la Inmaculada la titularidad de la ciudad, el cronista del siglo XVII, Miguel de Alcalá y Mendiola, legitima ambos patrocinios de esta forma: “felices tiempos para la América, pues cuando una chispa del infernal Lutero, dejó infestada con abominaciones diabólicas y heréticas de su secta parte de la Europa, en este nuevo mundo se levantaban altares en honor de la fe católica, y en el de María Santísima en su Concepción y de nuestro patrón y defensor San Miguel.”[i]

La ciudad de Puebla nació de la mano de un franciscano: fray Toribio de Benavente “Motolinia”, quien escogió el lugar, dicha orden está bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción, otro punto más para su culto en la ciudad, por la influencia de los frailes menores de sus conventos de las Cinco Llagas y de los descalzos de Santa Bárbara.

Además, una de las primeras órdenes femeninas en asentarse en la Puebla de los Ángeles fue la Orden de la Inmaculada Concepción, fundada por la portuguesa Beatriz de Silva, cuyo hábito blanco, con capa azul, recuerdan el vestido de dicha advocación, dicha orden erigió dos conventos: la Purísima Concepción y la Santísima Trinidad, ambos afamados por acoger a las hijas de las más acaudaladas familias poblanas, cuya riqueza y posesiones fueron considerables; del primer convento surgió una de las monjas con fama de santidad de la Puebla virreinal: sor María de Jesús Tomellín, quien a finales del siglo XVI tuvo diversas visiones místicas, que llevaron, a su muerte, al inicio de un proceso de canonización que entusiasmó a los angelopolitanos, por la posibilidad de tener una las suya en los altares, pero que hasta la fecha no ha prosperado.

El culto a la Inmaculada Concepción, produjo algunas de las mejores piezas de la imaginería poblana, de finales del siglo XVIII, el taller de la familia Cora, realizó sendas esculturas para los templos de: la Purísima Concepción, San Cristóbal y San José, que son excepcionales ejemplos la calidad imaginera de los talleres poblanos. También son notorias las realizadas por Manuel Tolsá en el siglo XIX: la primera y más pública, dentro del ciprés de la Catedral poblana, de la que es su patrona, realizada en bronco y recubierta en oro, la segunda, conservada en la capilla del Seminario Palafoxiana, ambos legado de uno de los más afamados arquitectos y escultores de finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX.

La Catedral resguarda también varias obras con tema Inmaculista, el gran lienzo que preside el Altar de los Reyes, que la representa como imagen apocalíptica: mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza. Tambien está el lienzo del patrocinio sobre la ciudad y la diócesis, de José de Ibarra, los lienzos de Villalpando o José Joaquín Magón en la sacristía; otra talla virreinal que preside el altar del Perdón y una más, adquirida en el siglo XIX, en la capilla que comparte con San Eloy, ambos patronos del gremio de plateros. Amen de los excelentes jarrones con flores metálicos que la rodean y de la antigua imagen de mármol de Tecali que coronaba la cúpula y cayó en el temblor de 1999.

En suma, el culto inmaculista en la Puebla virreinal, afianzó el vínculo con la corona española, le dio un carácter local, unido a lo imperial, le proveyó de arte, vida conventual y muchas actividades piadosas

[i] Alcalá y Mendiola, Miguel de. Descripción en bosquejo de la Imperial, Cesarea, Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Puebla de los Ángeles. Puebla, Junta de mejoramiento moral, cívico y material del municipio de Puebla, 1992, p. 37.

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