La virgen de Guadalupe y el Diablo

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por: Francisco Cruz

El 12 de diciembre de 1531 se apareció en México, en el cerro del Tepeyac, la virgen de Guadalupe. Así lo consigna el relato náhuatl Nican mopohua, de 1556, y así lo creen los millones de mexicanos, que cada 12 de diciembre lo celebran, desde sus hogares o en la basílica donde se venera a la imagen de la virgen.

Todos los años, en vísperas de esa fecha los caminos hacia la Ciudad de México se llenan de peregrinos de la más diversa índole, que llegan en millones a la Villa de Guadalupe. De tan diversa índole como la peregrinación, con la que me topé, en diciembre de 1969, del ¡partido comunista guadalupano!

Las apariciones de la virgen de Guadalupe fueron desde el principio motivo de controversia en el seno mismo de la iglesia católica, de discusiones entre el arzobispado de México y los franciscanos. Entre quienes creían en las apariciones y los que las negaban. Quienes veían en las imágenes de esta virgen una manera de acercarla a los indios y los que las consideraban idolatría.

Las objeciones y hasta el rechazo de la iglesia trascendieron en los siglos. Desde el XVI, cuando fray Bernardino de Sahagún, erudito conocedor de la cultura náhuatl, temía que el culto de la virgen fuera invención satánica. Hasta las objeciones de Joaquín García Icazbalceta, el respetado historiador católico decimonónico y del canónigo Guillermo Schulenburg, a fines del XX. Aunque éste no tuvo escrúpulo para ser durante 33 años abad de la basílica de una virgen cuya existencia negaba.

Pero las tempranas controversias y desautorización del culto nada pudieron contra la fe del pueblo humilde, que se identificaba con el indio Juan Diego y se sintió protegido por esa virgen que le habría dicho que nada temiera: ”¿no estoy aquí, que soy tu madre?, ¿no estás bajo mi sombra?”

El pueblo se entregó a esa Tonantzin, “nuestra adorable madrecita”, que se apareció precisamente en el Tepeyac, donde los indígenas celebraban a la Tonantzin madre de los dioses. En una fe y una entrega que cobijaba al pueblo derrotado en la conquista, a un pueblo huérfano.

De manera que por sobre esas tempranas prohibiciones se impuso el culto popular a la guadalupana, la iglesia cedió a la fe del pueblo y la virgen, consagrada como símbolo religioso, lo fue nacional, seña de identidad, mestiza, de todos los mexicanos, los de México y los que viven más allá de nuestras fronteras. Durante toda nuestra historia. Hasta hoy.

Los conspiradores independentistas de la Nueva España, a principios del siglo XIX adoptaron el nombre de Los Guadalupes y el padre Hidalgo inició en 1810 la guerra de independencia enarbolando el estandarte de la virgen de Guadalupe –“generala” de los insurgentes, mientras la virgen de los Remedios era “generala” de los realistas.

Son innumerables los episodios de la vida de la nación, y más allá de nuestras fronteras en los que aparece la guadalupana: en los Estados Unidos el despojo del territorio que sufrió México en 1836 y en 1847 no hizo desaparecer a la virgen, madre de los mexicanos que se quedaron en esos territorios y de los millones de nuestros compatriotas que hoy vuelven a esos territorios.

La investigadora Graciela Orozco, en su espléndido artículo “Fervor guadalupano allende la frontera”, hace un documentado relato de la presencia y el culto de la virgen de Guadalupe en el país vecino, desde hace más de dos siglos, y relata que el 12 de diciembre de 1755 se celebró en San Antonio Texas, por primera vez, el aniversario de su aparición. Un culto que –añade- se debilitó con la pérdida de Texas pero que a partir de 1914 recuperó parte de su esplendor.

Nos sigue diciendo Graciela que este 12 de diciembre más de 52 millones, entre mexicanos, el resto de hispanos y latinos, más italianos, irlandeses y filipinos, como católicos, hoy celebrarán a la virgen mestiza –subraya. En la catedral de San Fernando, de San Antonio Texas; en la de San Patricio y la iglesia de San Pedro, ambas en Nueva York; en la catedral de Los Ángeles y la iglesia de la Plaza Olvera, las dos en California; y en el santuario Des Plaines en Chicago y todas las parroquias de Illinois.

La virgen de Guadalupe, que, nos revela la fe popular y consigna la historia, ha protegido a México y a los mexicanos en los muchos momentos difíciles de nuestra historia ha de brindar –así lo desea mi amiga Graciela cuyo artículo comento- “a los latinos la cohesión y la fuerza para resistir los embates –Trump y sus juligans antiinmigrantes y antimexicanos- que enfrentan ahora”. Y esperemos –sigue diciendo- que nos brinde a “los mexicanos de acá de este lado, la firme determinación de responderles solidariamente y de encontrar en la adversidad el motivo de unión para defender nuestra patria”.

Yo, por mi parte, confío en que la Guadalupana haga bajar la cerviz y humille, bajo sus plantas, al demonio que hoy se presenta cínico, mentiroso y obeso, por momentos amarillento, por momentos rojo, con ojos de besugo y pelambre de elote. Este satán que –dicen los demonólogos- es infinitamente perverso, pero igualmente frágil.

 

 

 

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