Trump y su “Política exterior”

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por: Francisco Cruz

Estoy harto de hablar de Trump. Indigesto, si se me permite la expresión, después de que nos han recetado y nos recetan un sinfín de comentarios, algunos inteligentes y novedosos, la mayoría repetitivos y lugares comunes sobre él.

Hubiera preferido referirme en esta columna, por ejemplo al acoso popular en Corea del Sur a su presidenta Park Geun-hye, por haber compartido secretos de estado con una amiga confidente, quien lucró y de manera desmesurada, de esa amistad.

Más próximas a nosotros, hubiera querido comentar el desarrollo de los encuentros en Venezuela entre el gobierno de Maduro y la coalición opositora que ostenta la mayoría en la asamblea nacional; conversaciones que por momentos parecen lograr acuerdos y por momentos retroceden.

También, por ser tema de la mayor prioridad latinoamericana, habría hablado de las negociaciones del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC en Colombia, cuyos ajustes se anunciaron con alborozo. Aunque ya empiece, por supuesto, a ser cuestionado por el ex presidente Álvaro Uribe, su rencoroso y feroz crítico.

Pero el tema de Trump invade todo y es muy difícil evadirlo, así que hablaré de él. Comenzando por elegir el calificativo, entre los muchos que se han arrojado a la cara del hoy presidente, que desde mi punto de vista mejor le cuadra: el de despreciable.

Otra cuestión que me interesa destacar es la de quiénes votaron por el republicano:1.5% menos que por Hillary Clinton, lo que de nada sirvió a la candidata demócrata en el obsoleto sistema estadounidense de valoración de los votos. Quiero también hacer notar que, además de los blancos de escasa escolaridad y económicamente desfavorecidos, votaron por Trump un amplio segmento de blancos en situación económica boyante, de mujeres ¡y el 29% de hispanos!

O sea que el republicano no se benefició sólo del resentimiento de los blancos empobrecidos e ignorantes; lucró también con el miedo, el racismo, el machismo, el egoísmo, la torpeza y mentiras y prejuicios morales y religiosos. Miedo y racismo de que negros, latinos y otras minorías se apropien del país blanco –recordemos el famoso Choque de Civilizaciones (Clash of civilizations) de Samuel Huntington.

El rechazo a que una mujer sea presidente de Estados Unidos. Egoísmo, infame, de inmigrantes de buena posición económica frente a los nuevos inmigrantes. La poca participación de negros y de jóvenes. Y, para concluir, los votos –literalmente arrojados a la basura- de quienes sufragaron por los llamados candidatos libertarios.

Me detengo en las mentiras y prejuicios morales y religiosos que motivaron no sólo a blancos sino a hispanos –desconozco el caso de los negros- a votar por Trump.

Supe de mexicanos católicos pero sobre todo de afiliados a la iglesia evangélica, que consideran demoniaco al partido demócrata por su tolerancia –cuando no decir apología según ellos- al aborto, a los matrimonios entre homosexuales y a que éstos puedan adoptar. Creyentes de una sarta de mentiras de las que concluyen, además, que el partido demócrata y Hillary Clinton misma ¡son comunistas!

Me preocupa mucho, como diplomático, la política exterior que este Trump, presidente, intente poner en práctica habida cuenta de sus lunáticas declaraciones.

En Asia por ejemplo, Japón, Corea del Sur y otros aliados de los Estados Unidos temen que el presidente les reduzca su apoyo militar, que ellos consideran una contundente disuasión frente a China. En cambio Hu Sen, antiguo jemer rojo y hombre fuerte –en el poder desde 1979- de Camboya, celebra el triunfo de Trump.

China, a pesar de las invectivas lanzadas en su contra, ve en Trump a alguien que simpatiza con los gobiernos fuertes, con lo que Xi Jinping y su régimen ya no tendrán que temer de los discursos agresivos y condenas por parte de Hillary Clinton por el poco aprecio de Pekin a los derechos humanos.

Quizá el jerarca chino llegue a entenderse bien con el estadounidense como Vladimir Putin, hasta ahora, se entiende con él. Pero lo cierto es que la “nueva política exterior” de Trump es hoy una moneda en el aire.

África puede tener la seguridad de que la nueva administración estadounidense no se ocupará del continente, para beneplácito de dictadores disfrazados de demócrata, algunos presuntos responsables ante la corte penal internacional crímenes nefandos, que no habrán de recibir más críticas y condenas de parte de los Estados Unidos.

En Medio Oriente la política trumpiana llega con el pasivo de sus ofensas a los musulmanes y se enfrenta a un campo minado: la cordialidad, ostentosa, hacia el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y la promesa, lanzada al aire, de cambiar la embajada estadounidense de Tel-Aviv a Jerusalén, aparte de violentar disposiciones jurídicas y la opinión abrumadoramente mayoritaria de los miembros de las Naciones Unidas -de ir contra el mundo- le provocaría la animosidad de Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo.

Claro que tal animosidad presumiblemente se superaría cuando Trump exija la abrogación del acuerdo nuclear con Irán, un acuerdo concertado también por Rusia, China, Alemania, el Reino Unido y Francia. Apuesta torpe y peligrosa, en un escenario en el que está latente el conflicto palestino israelí, la guerra civil en Siria y la lucha contra el Estado Islámico. ¡Con Putin como crupier!

Trump ha provocado en Europa la euforia de los partidos ultraderechistas, xenófobos y anti europeos, siendo saludado su triunfo por Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y por los que llamo yo sus corifeos: el británico Nigel Farage de UKIP, el holandés Geert Wilder del PVV y otros, ¡también de la ultra izquierda! Graves e infames golpes del estadounidense a la Unión Europea, el visionario proyecto que hay atraviesa horas difíciles.

En el patio latinoamericano y del Caribe esperamos con temor sus ocurrencias sobre Cuba que pueden dar al traste con el esfuerzo de muchos años a favor del realismo y de la justicia, que facilitaría la recuperación económica de la Isla y el comprometerla con la democracia y los derechos humanos.

Estamos, además, conscientes de lo que puede esperar a México. Ojalá los políticos, empresarios y sociedad civil estemos a la altura del desafío y en nuestros tratos con el nuevo presidente y su gobierno combinemos diplomacia con firmeza; y no repitamos el ignominioso Brindis del Desierto, de los mexicanos que en 1848, concluida la invasión por los Estados Unidos, brindaron por nuestra anexión total al país invasor.

En esta atmósfera de “miedo, ira y frustración” provocada por la victoria de Donald Trump, grupos de activistas en California están proponiendo la secesión del Estado –un Calexit, semejante al Brexit y siguiendo el camino de Québec y de Escocia. Propuesta inviable jurídicamente pero que despierta las simpatías de quienes seguimos condenando el despojo que sufrió México en la guerra de 1847.

 

 

 

 

 

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