¿Qué tanto sabes sobre los entierros poblanos en los templos coloniales?

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por: Jorge Luis Morales Arciniega

El mes de noviembre continúa, y aunque el mundo tan vertiginoso en el que vivimos ya nos invita a colocar pinos, escarchas y luces anunciantes de la Navidad, por muchos años en nuestro México este mes es de recuerdo de los difuntos, así que el tema de la muerte lo tocaremos aún. Muchas veces cuando caminamos por los antiguos templos -que enmarcan nuestros pueblos y ciudades- nos percatamos de la presencia de tumbas muy bien elaboradas en los atrios, o de lozas con los nombres de los yacentes dentro de los mismos templos, sabemos que en la actualidad existen en muchos templos –antiguos y modernos- nichos para colocar cenizas de los fieles, aunque la práctica común sea enterrar o colocar las cenizas en lugares destinados para ellos: los panteones, sin embargo la existencia de estos es relativamente nueva y no llega ni a doscientos años, por lo que es prudente reflexionar cuáles eran las prácticas funerarias de los poblanos de la época colonial y buena parte del siglo XIX, y observaremos que éstas se anclaron en costumbres medievales.

En el mundo antiguo, particularmente las culturas griega y romana, existía un espacio fuera de las ciudades para enterrar a los muertos, no se podían mezclar las polis con las necrópolis, porque si eso sucedía, daban pie a muertos que se creyeran con vida y que atormentaran a los miembros de las polis, dando origen a muchas historias de apariciones.

Esta religión no veía a la muerte como algo trágico, sino como algo esperado, el puente preciso para llegar a la salvación, a la vida eterna; sabemos que en los primeros siglos el cristianismo fue perseguido, obligado a practicarse de forma clandestina, bajo las ciudades: en las catacumbas, muchos de sus seguidores fueron asesinados por negarse a dar culto a los dioses romanos: devorados por leones, decapitados, quemados, asaeteados, en fin, una larga lista de tormentos que en lugar de desanimar a sus seguidores, los hizo atraer a más y más personas, sobre todo de los estratos bajos de la sociedad, quienes al llevar una vida llena de penurias, se sentían seducidos por la concepción de una vida ulterior llena de paz y de gloria, vida que, dadas las circunstancias de persecución, estaba al alcance, ya que quien moría violentamente por profesar la fe cristiana, era considerado mártir (testigo en griego) y la puerta de los Cielos se abrían de inmediato para él. Entre los fieles fue costumbre conservar los restos de los que sufrían el martirio, enterrándose en las catacumbas.

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Tras la caída del Imperio Romano y el ascenso del Cristianismo como religión predominante, en el siglo V, la Iglesia salió de las catacumbas y se entronizó en la sociedad, con ella salieron también los restos de los mártires, aquellos que eran dignos de ser imitados por su valor y su fidelidad a la fe, se comenzaron a construir espléndidos templos para darles culto, no sólo en las grandes ciudades, sino en todos los lugares donde algún cristiano hubiera muerto de forma violenta, los fieles convirtieron esos templos en centros de peregrinación, por la necesidad de pedirle al santo mártir su intercesión ante Dios, por diversas necesidades, después los Papas concedieron indulgencias a los santuarios, después se hicieron grandes ferias en la conmemoración anual y se activaron circuitos económicos en torno a ellos.

Con el paso de los siglos ya no sólo fueron las reliquias de los mártires y sus santuarios los que acogieron sepulcros, surgieron otros santos que no habían muerto violentamente, pero que su vida había sido ejemplo de santidad y eran objeto de veneración: santos obispos, monjes, frailes, reyes, penitentes, santas: monjas, reinas, madres, en fin, el paisaje europeo se pobló de enormes santuarios que acogían las súplicas de los vivos y la última morada de los difuntos por igual, en el mismo espacio reposaban los huesos –bajo el suelo- y se hincaban –sobre el suelo- los suplicantes.

Con la llegada de los españoles la costumbre de enterrar en templos se popularizó, pese a que en una de las primeras leyes dictadas por la corona española se mandaba erigir cementerios en terrenos fuera de las poblaciones.

En la América hispánica sólo hubo una santa canonizada: Santa Rosa de Lima, que en 1671 se convirtió en la primera nativa del Nuevo Mundo (Virreinato del Perú) en llegar a los altares, hubieron muchos mártires como los novohispanos: Felipe de Jesús (martirizado en Japón en 1597) Bartolomé Gutiérrez, Bartolomé Laurel, y otros, pero del primero sólo llegaron unos huesos a la ciudad de México y de los segundos, por haber sido quemados y arrojadas su cenizas al mar japonés no quedó resto alguno para la veneración. La falta de reliquias nativas, fue subsanada por muchas que se trajeron de Europa, en su mayoría mártires protocristianos que, regados por los muchos templos romanos y eclipsados por otros santos más venerados, no recibían suficiente culto

Los novohispanos eligieron los lugares de su sepultura no tanto por la tenencia de reliquias, sino por la devoción personal, los muchos testamentos que se conservan en los Archivos de Notarias existentes en México, dan fe que la elección del sitio de inhumación era de los primeros asuntos tratados en dichos documentos, así como la vestimenta última que debía vestir el cadáver, al hilar ambas elecciones se entiende que estas se debían a la devoción personal e incluso a las relaciones con algunas órdenes religiosas o templos.

Baste el ejemplo mayor: el Ciprés, ideado por Manuel Tolsá y edificado por José Manzo a principios del siglo XIX, en su interior reunió los restos de los obispos poblanos que habían sido enterrados en las distintas capillas del templo catedralicio, dicha cripta, es objeto de visita cada 2 de noviembre y tiene espacio para inhumar a los futuros obispos. Los templos parroquiales como: San José, el Santo Ángel Custodio (Analco), la Santa Cruz, San Marcos y San Sebastián, acogieron a los difuntos de su feligresía.

Los templos conventuales de varones como: Las Cinco Llagas de San Francisco, San Miguel y los Santos Ángeles (Santo Domingo), Nuestra Señora de Gracia (San Agustín), Nuestra Señora de los Remedios (El Carmen), San Cosme y San Damián (La Meced), acogieron la última morada de muchos devotos a alguna de las Vírgenes o Santos que ahí se veneraron, quienes incluso pedían ser enterrados con el hábito de alguna de esas órdenes, aun cuando no habían sido religiosos, estas prácticas permiten entender un asunto final: la necesidad de las personas de ese tiempo de descansar en un lugar santo, en un lugar donde se garantizaban oraciones por sus almas, en un lugar donde, al llegar el Juicio Final, la resurrección prometida los alcanzaría y les garantizaría la vida eterna.

Debajo de las lozas de Santo Tomás Chautla que adosan la Catedral y muchos otros templos o del ónix de Tecali, de la cantera, en fin, los templos poblanos resguardan suelos, anhelos, devociones, pasiones, vidas y obras de hombres, mujeres, familias enteras que, olvidados o ignorados por los fieles y turistas actuales que pasan por encima de ellos cotidianamente, esperan lo mismo que esperaron en vida: el descanso eterno.

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