La rebelión de Zacapoaxtla de 1856: Entre la tradición y la destrucción

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por: Jorge Morales Arciniega

La señorial Puebla de los Ángeles vivió en el siglo XIX diversos sitios que dañaron seriamente su estructura urbana, perdiendo edificios emblemáticos de la época más próspera de la ciudad. Dicho siglo fue convulso: guerra de Independencia, conflictos entre monárquicos y republicanos, centralistas y federalistas, liberales y conservadores y, a partir del triunfo de la Revolución de Ayutla que sacó definitivamente del poder a Antonio López de Santa Anna, presidente intermitente de México en muchas ocasiones, el conflicto se vivió de forma más cruda entre la Iglesia y el nuevo Estado liberal que buscaba imponerse por encima de ella.

Francisco Javier Miranda, quien había ocupado diversos cargos en los gobiernos de Santa Anna, acusado de conspiración contra el nuevo gobierno liberal, encabezado por Ignacio Comonfort, fue aprehendido en plena noche sin dar nota al obispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, como se estilaba anteriormente, cuando existía el fuero eclesiástico que había sido abolido por la Ley Juárez recién promulgada. El prelado expresó su inconformidad ante el gobierno de la república evitando cualquier enfrentamiento del pueblo, pero no logró la amnistía para el padre Miranda, quien fue desterrado y después sería clave en el proceso para traer a Maximiliano de Habsburgo como II Emperador de México.

El ejemplo de la aprehensión de este cura sirvió para que la sociedad poblana se mostrara recelosa del gobierno liberal; el 12 de diciembre corrió el rumor de que el obispo Labastida sería aprehendido al igual que Miranda en las primeras horas de la noche, se comenzó a oír el toque de rebato en la catedral y en las demás iglesias de Puebla, al mismo tiempo que numerosos grupos de pueblo […] trataban de sorprender los cuarteles, de donde fueron rechazados con algunas pérdidas […] El toque de rebato continuó en todas las iglesias hasta las siete de la mañana del día siguiente.[1]

Gran número de personas comenzó a rodear el Palacio Episcopal intentando proteger al prelado. Un día después el gobernador Ibarra y el obispo, emitieron sendas notas donde referían que no había ningún tipo de intento contra Labastida, por lo pronto el alcalde ya había prohibido el expendio de bebidas alcohólicas para evitar cualquier agravante en la tensa situación de la ciudad.

Un par de días después estalló en Zacapoaxtla, acaudillada por el cura Francisco Ortega, una rebelión que en descontento por las aplicación de las primeras Leyes de Reforma, desconocía al gobierno y acataba las Siete Leyes de 1836 (estas Leyes eran de tinte centralista); el 18 de diciembre tomaron Teziutlán y el 26 Tlatlauquitepec; en enero se les unió quien se hizo líder del movimiento, Antonio de Haro y Tamariz, personaje de la alta sociedad poblana, que había ocupado diversos Ministerios en los gobiernos de Santa Anna. Llegaron a la ciudad de Puebla el 17 de enero de 1856 y la sitiaron, hasta que la pequeña guarnición que defendía la plaza capituló el día 22.

Ignacio Comonfort, presidente de la república, comandando al ejército se dirigió hacia Puebla el 29 de febrero, triunfando el 8 de marzo, obligando a los rebeldes a replegarse en el perímetro urbano. El día 9 comenzó el sitio por parte del ejército de Comonfort a la ciudad, los rebeldes se atrincheraron en varios templos; el sitio duró hasta el día 23, cesando el fuego de fusil y cañón únicamente del 20 al 22 por ser Jueves y Viernes Santos y Sábado de Gloria, pero hubo mucho fuego en lugares como San Luis, Santa Teresa y la Merced, para permitir el avance de las fuerzas federales contra los rebeldes, el fuego de la Merced que había iniciado en la puerta falsa del convento se extendió a todo el edificio, obligando la rendición de los que lo defendían; finalmente Haro capituló el día 22 y Comonfort entró triunfante un día después.

El 31 de marzo, el gobierno federal, hizo responsable al clero de la diócesis de Tlaxcala-Puebla de la rebelión y dictó la desamortización de los bienes del obispado; en mayo por un sermón dado en el templo de la Compañía, donde atacaba esa determinación, fue expulsado del país el obispo Labastida. Hubo una serie de resistencias a las órdenes dictadas por el gobierno, por ejemplo.

El día 4 de septiembre fueron aprehendidos algunos religiosos del convento de Sto. Domingo, y para demostrar la firme resolución del gobierno de acabar con toda clase de resistencia, amanecieron, en 18 de septiembre, unas cuadrillas de trabajadores, derribando rápidamente la parte del convento situada al Norte de la iglesia, para abrir el actual callejón (de Reforma) […] demoliéndose también la Capilla del Capítulo, decorado por el estilo de la del Rosario[2].

Esto fue el inicio de la destrucción de una parte del entorno urbano que la ciudad había mantenido por 300 años, ya que conventos y monasterios fueron lotificados y vendidos y por ende destruidos. La Capilla del Capítulo de Santo Domingo, fue destruida para dar paso a un callejón, que se abrió el 3 de octubre de 1861, con el nombre de “Reforma”; algo similar pasó en el monasterio de Santa Catalina de Siena, que fue partido en dos literalmente, para abrir el Callejón de Mendoza.

Puebla se sumió en un nuevo capítulo, la ciudad orgullosa de ser sede episcopal, de sus innumerables campanarios, de sus azulejados conventos, acostumbrada al transitar de hábitos y sotanas por sus coloniales calles, empezaba un proceso secularizador, se enfrentaba a la destrucción de su orgullo y parte de su identidad.

 

 

[1] Vigil, José M. México a través de los siglos. Tomo Quinto La Reforma. Vicente Riva Palacio (coord.), México, Editorial Cumbre, 1977, p. 99.

[2] Leicht, Hugo. Las Calles de Puebla, Puebla, Junta de mejoramiento moral, cívico y material del municipio de Puebla, 1992. p. 377.

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