La ciudad sitiada por los muertos: panteones poblanos en el siglo XIX

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Portada del Panteón del Carmen

por: Jorge Luis Morales Arciniega

Por muchos siglos los poblanos vivieron con total normalidad y fervor la práctica de enterrar a sus muertos dentro de los templos, era cotidiano asistir un día a la inhumación –a pocos centímetros del suelo- y al otro a la Misa dominical mientras el cadáver se descomponía y los olores se mezclaban con el del humo de las ceras, el aroma de las flores o el provocado por el incienso abrasándose por el carbón, nadie creía que la putrefacción de los cuerpos podría ser un agente de enfermedades.

El siglo XVIII llegó, marcó para España el arribo de una nueva familia al trono: los Borbones, quienes llegaron de la mano de la Ilustración que buscaba modernidad y despreciaba tradiciones que concebía como símbolos del retraso social y económico, nuevas ideas se entronizaron, nuevos paradigmas sometían a la Iglesia bajo el Estado, antiguas prácticas se frenaban y tocó el turno de revisar las prácticas inhumatorias de la sociedad del vasto Imperio español. Sucedió que en la región vasca de Guipuzcoa –al norte de la península Ibérica- en la década de 1780 no cesaba una epidemia, los médicos ilustrados observaron que los feligreses que acudían a los templos donde se enterraban a las víctimas, regresaban después pero como cadáveres por haber contraído la enfermedad, culparon a los miasmas (olores fétidos producidos por los cadáveres y el suelo) de ser los agentes de la epidemia, orillando al rey Carlos III a emitir la Real Cédula de 1787 en la que exigía –en sus dominios- volver a la antigua práctica de enterrar a los muertos en lugares fuera de poblado y descubiertos.

La orden llegó a la América española, pero calló en la tradicional claúsula del “Obedézcase, pero no se cumpla“, pero una epidemia de viruela en 1797, provocó el cumplimiento de la norma.

El ayuntamiento de la Puebla de los Ángeles, segunda ciudad del virreinato, eligió un sitio al norte, fuera de la traza española y cercano al río de san Francisco y en la ladera del cerro de San Cristóbal o Belén o Guadalupe: el arrabal de Xanenetla, para que ahí se erigiera el cementerio que, descubierto y fuera de poblado, acogiera la inhumación de las víctimas de la viruela y, una vez pasada la contingencia, funcionara para la población general. La epidemia pasó y el uso del panteón también, los poblanos se negaban a que sus difuntos quedaran en un terreno profano, que no contaba ni con un templo anexo siquiera para las ceremonias funerarias, por lo que la corporación municipal, en lugar de ordenar el cumplimiento de la ley, decidió donar el cementerio al Real Hospital de San Pedro que, administrado por el Cabildo Catedral, auxiliaba a los enfermos pobres, muchos de los cuales al morir no contaban con los recursos para ser enterrados, por lo que al dársele dicho panteón, se podía prodigar de una última morada a los muertos en dicho hospital.

Los años pasaron, la independencia llegó, México nació y Puebla se volvió capital de uno de los estados fundadores de la Nación Mexicana, que adoptando el federalismo en 1824, permitió a cada estado dotar de leyes propias a sus habitantes. En 1827 se expidió la “Ley de Cementerios” que nuevamente exigía la erección de panteones fuera de poblado, en dirección contraria a los vientos dominantes y descubiertos, exigía que la obra fuera realizada por los ayuntamientos de las distintas poblaciones, auxiliados del consejo de los párrocos, en el caso de la capital que también era sede del importante Obispado de Puebla, el Obispo daría consejo y ayuda para dicha empresa. Sin embargo, aunque había pasado la época colonial, el “obedézcase pero no se cumpla” seguía vigente y ninguna población hizo caso de la ley.

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Portada de Panteón de San Antonio

En 1833 México se enfrentó a la primera gran pandemia de dimensiones desastrosas: el cólera morbus, del cual desde 1829 salió del control en la India y por la actividad comercial arribó a Europa, después a los Estados Unidos e inevitable era su llegada a México. Ante dicha contingencia, el cabildo poblano tuvo que buscar un sitio donde enterrar a las víctimas de la enfermedad, ya que, por la prensa, sabían de su alta mortalidad y contagio en los lugares donde llegó. Escogieron unas huertas propiedad del Colegio del Estado y ubicadas frente al templo del barrio de San Sebastián, al sur poniente de la traza, junto al antiguo templo de San Javier y frente al Paseo Bravo, ahí fueron enterrados los más de 3,000 poblanos que sucumbieron ante el cólera, a excepción del gobernador del Estado, Patricio Furlong, y el deán de la Catedral poblana, quienes fueron sepultados en el templo de San Javier. Pasó la pandemia y los poblanos siguieron enterrando en los templos, el cementerio de San Javier fue destinado para a inhumación de los feligreses de la parroquia de San Marcos, quienes en su mayoría eran pobres.

Las leyes de 1787 y 1827 parecían no lograr su cumplimiento, porque luchaban contra la tradición y creencia que recurría a la necesidad de que los cuerpos esperaran la resurrección del final de los tiempos en tierra santa.

Las órdenes religiosas que con sus grandes conventos ayudaron al prestigio de la Puebla de los Ángeles como ciudad utópica y levítica, habían atravesado muchos problemas desde finales de la época colonial, primero la Corona española les quitó la cura de almas en las parroquias, después prohibió el ingreso de novicios, pegándoles en el número de miembros en los conventos que se subsanaron con la llegada de españoles, tras la independencia muchos españoles fueron expulsados y la merma conventual siguió; enormes conventos con extensas huertas estaban en problemas económicos y en la ley de 1827 se vio una oportunidad. En 1839 los Padres del Oratorio de San Felipe Neri, pidieron permiso para erigir un panteón en un terreno anexo a su templo, en 1841 los frailes Franciscanos destinaron un terreno al oriente del templo como cementerio, en 1844 los padres Carmelitas acondicionaron algunas de sus famosas huertas, al poniente del templo como campo santo, en 1849 los franciscanos descalzos, hicieron lo mismo junto a su templo de Santa Bárbara, popularmente conocido como San Antonio, al norte de la ciudad, en ese mismo año los Mercedarios también recibieron autorización para abrir un panteón en terrenos de su convento. Por los cuatro puntos cardinales se abrieron campos santos, en toda la extensión de la palabra, panteones que al estar junto a templos y administrados por religiosos, permitían a la sociedad poblana tener la certeza de enterrar a sus muertos en tierra consagrada, donde las oraciones, Misas y la santidad del lugar, aprovecharían ára su llegada al Cielo y la ulterior vida eterna.

En términos metafóricos, podemos hablar que la Puebla de los Ángeles del siglo XIX, vivió no sólo los muchos sitios militares que, producto de la inestabilidad interior y exterior de la naciente Nación, la asolaron en varias ocasiones, sino que estuvo sitiada en sus cuatro puntos cardinales por sus muertos, a los panteones de religiosos, hay que agregar los de los templos de: los Remedios (al oriente), San José (al norte), además de los panteones de Xanenetla y San Javier. En 1850 otra vez el cólera amenazaba, el ayuntamiento decidió inspeccionar los panteones para elegir cuál sería habilitado durante la contingencia, la comisión se llevó una sorpresa al ver que los panteones eran: insalubres, fétidos, las inhumaciones eran casi superficiales y en el caso de los ataúdes colocados en gavetas, éstas estaban mal selladas, incluso del panteón de los Naturales, de templo de San José, advirtió haber observado la exhumación de cadáveres aun con piel, con el fin de inhumar nuevos difuntos. Esta situación insalubre se aunaba a las malas condiciones de higiene de la ciudad que, fiel a su vocación porcina, emanaba fétidos olores de los tractos de tocinería dentro de la traza, arrojaba basura, cadáveres de animales y demás inmundicias en el río de San Francisco, todo pintaba un panorama adverso. Se decidió habilitar el panteón de San Javier, nuevamente y las víctimas, que no fueron tantas como en 1833, reposaron ahí.

panteones

El ayuntamiento intentó poner orden en los panteones religiosos, pero las turbulencias políticas de la Reforma y la segunda intervención francesa, sólo le permitieron emitir medidas reactivas, ante los graves problemas de salud ocasionados por cementerios en manos de frailes sin ninguna instrucción higienista. Sólo se habían clausurado dos panteones: La Concordia y San Roque, los demás funcionaban sin problema alguno y respondían a las necesidades de los habitantes de la ciudad. El panteón del Carmen, fue elegido por los habitantes del sur de la traza, el de San Francisco por los del norte y parte de los barrios de Analco y El Alto, el de San Antonio a los del noreste de la ciudad y los demás a los más allegados al templo.

Fue hasta el triunfo del liberalismo y la llegada del porfiriato que, al fin, el ayuntamiento poblano pudo cumplir leyes centenarias, tomó con seriedad y prontitud la necesidad de erigir un cementerio que respondiera ya no sólo a los postulados de la higiene imperantes, sino del nuevo régimen político, aquel emanado de la Reforma y que exigía la separación del Estado y la Iglesia, los muertos ya no se veían como fieles difuntos, para la Nación Mexicano eran ciudadanos que morían y debían recibir su acta de defunción expedida por el Registro Civil, haciendo a un lado las partidas de inhumaciones que por siglos habían registrado las parroquias; en el nuevo orden republicano y secular, se debía destinar un espacio para entierro de todos los muertos, sin distinción de credos –con las leyes de Reforma, en 1860 se dio la libertad de cultos- y los campos santos frailescos no podían asegurar, así que el 5 de mayo de 1880, aniversario de la batalla de Puebla, donde el Gral. Porfirio Díaz fue protagonista innegable, en unos terrenos cedidos por el empresario Pedro Berges de Zúñiga de su Rancho de Amatlán o Agua Azul, al sur de la ciudad, alejada de ella, sin capilla, sin relicarios de santos, pero con espacios destinados a los prohombres de la política y una sala de autopsias, se abrió el Panteón Municipal, bajo única administración del ayuntamiento, se clausuraron los campos santos y se permitió solo ingreso para visitas semanales, después anuales, hasta que muchas personas pidieron el traslado de sus difuntos al nuevo panteón, con el tiempo los campos santos “murieron”, fueron abandonados, con los años fraccionados y en sus terrenos se erigieron: casas (El Carmen), jardines, parques y calles (San Francisco, San Antonio y los Remedios), hasta que en el imaginario poblano se olvidó que, por muchos años Puebla estuvo sitiada por sus muertos.

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