Fidel Castro, mis vivencias

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por: Francisco Cruz

Murió Fidel Castro. La historia lo juzgará y él dijo que ese juez lo absolvería. Mientras, la muerte de este ícono, con la que se cierra la puerta del siglo XX –lo han afirmado muchos, abusando del impactante comentario- genera innumerables, variopintos comentarios, lugares comunes hasta el cansancio, que hacen difícil ofrecer alguno más interesante, original.

La muerte de Fidel saca a la superficie, por enésima vez, sus claro oscuros y los claro oscuros de la revolución cubana. A través de elogios o críticas sin matiz, coléricos, a veces personales a quienes defienden o contra los que atacan al personaje.

Comentarios como los de personajes admirables del mundo de las letras, que no han digerido sus propias, viejas, derrotas políticas. O de quienes aprovechan este río revuelto de opiniones para tratar de justificar, a la vuelta de no pocos años, lo que fue bisoñez diplomática y frivolidad política. Mientras otros, defensores de una cruzada que concluyó hace mucho, consideran sacrilegio cualquier crítica.

Consciente, en estas circunstancias, de la dificultad de emitir opiniones que no se hayan dado, en un tema que es obligado tratar a mexicanos y a latinoamericanos, lo abordaré desde mis vivencias personales, pues por motivos familiares y como diplomático, tuve contacto con la Cuba revolucionaria y con Castro casi desde su entrada triunfal a La Habana, en enero de 1959.

A mediados de los años 50 del siglo pasado, cuando cursaba historia de México en secundaria –con el brillante, entrañable maestro Pedro Ángel Palou, “el viejo”- me sentí indignado ante la guerra de Texas en 1836 y la invasión militar estadounidense a mi país en 1847, que nos despojó de más de la mitad del territorio.

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Comenzaba además a tener noticia de  las perrerías pasadas y presentes de los Estados Unidos en América Latina, derrocando democracias tímidamente progresistas e imponiendo dictadores. Sucesos, de los que me enteré más directamente, como el derrocamiento en 1954 –vía la United Fruit y la CIA- del presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, que intentó tímidas reformas sociales y económicas y fue acusado de comunista.

Ante estas realidades indignantes, Fidel Castro y su revolución cubana antiimperialista despertaban el fervoroso apoyo de mi generación, cuando por motivos familiares viajé en mayo de 1961 a una Habana llena de barricadas, un mes después de la fallida invasión, por testaferros cubanos de los Estados Unidos, a Playa Girón. Me encontré con una atmósfera de guerra pero también de temor, delaciones y represión a presuntos desafectos.

La presión política, el ataque aéreo a cargo de aviones, también de testaferros, a los cañaverales y la asfixia económica que los Estados Unidos impusieron a la Isla precipitaron que Fidel se declarara marxista leninista y su alineamiento al bloque soviético. Que Cuba desparramara la actividad guerrillera comunista por Latinoamérica y más allá –con un mártir en la lucha, el Che Guevara. Y que Estados Unidos comprometiera a los países de la región a romper relaciones diplomáticas con La Habana, a lo que obedecieron dócilmente, excepto México, cuya digna diplomacia se rehusó a acatar tales designios imperialistas.

En 1970 la llegada de Salvador Allende por elecciones a la presidencia de Chile, significó que el socialismo podía implantarse por la vía democrática. Que quienes, no socialistas pero sí reformistas, tenían reservas con la revolución cubana, de rostro represivo y comprometida con la toma del poder por las armas en América Latina, vieran en el socialismo de Allende –contemporáneo del eurocomunismo- una opción ideal para avanzar hacia la democracia y la justicia social en la región.

Así tendrían que haberlo visto los Estados Unidos; pero una miope real politik –¡de la mano de Kissinger!- apostó por el golpe de estado, estrangulando la economía chilena; y, asesorando y coludido con Augusto Pinochet y las fuerzas armadas, el 11 de septiembre de 1973 derrocó a Allende. Con ello la puerta de los golpes de estado y dictaduras de derecha siguió abierta en América Latina; y Castro y la revolución cubana siguieron siendo el único ejemplo y la única opción de independencia frente a Estados Unidos, así como de reformas sociales en los países de la región.

Retorné a Cuba el 26 de julio de 1970, como correo diplomático. Ese día la experiencia importante para mi fue asistir, como un cubano más, al discurso de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución. Lo vi lamentarse de no haber alcanzado la cifra que se habían propuesto en la zafra, decir que asumía su responsabilidad y que,  por tanto él podría ser sustituido ahora mismo. A lo que la multitud respondió eufórica: “¡No!” y “¡Fidel, Fidel, “Fidel!” Mientras yo observaba a esas multitudes enardecidas, aunque también a islotes de gente absolutamente distraída.

Mi último viaje –de los mencionados y de otros más- fue en 1994, cuando saludé en persona, en la embajada de México, a un Fidel, de estatura que me pareció gigantesca a mi lado, fuerte, enfundado en su uniforme verde olivo. A pesar de que el país enfrentaba entonces una situación económica más difícil que de costumbre, ello no se respiraba en la calle.

En esa época el canciller Roberto Robaina lanzaba un operativo de seducción al exilio cubano en Miami. Años después Robaina sería defenestrado por sucumbir –se dijo- al “canto de las sirenas” de Aznar el presidente del gobierno español, que veía en este cubano “aperturista”, al sucesor de la anciana dupla de los Castro.

Mis contactos diplomáticos con los embajadores cubanos han sido siempre cordiales y, durante el lamentable incidente de 2002 entre Fox y Castro, de especial tacto.

Mis vivencias y comentarios no abarcan aspectos como el de los adelantos de Cuba en educación, salud y esperanza de vida, que para los detractores de la revolución están maquillados o de plano son falsos. Tampoco me referí al déficit de la revolución en derechos humanos. Sí, en cambio a la importancia vertebral del personaje Fidel Castro y de la revolución cubana en las relaciones de México y América Latina con los Estados Unidos.

Si esta resistencia, me atrevo a decir que a veces heroica, al imperio le alcanza a Fidel Castro para ser absuelto por la historia, no le sé. Sé en cambio que, cuando parecen volver, a través de un siniestro personaje como Trump, los Estados Unidos arrogantes, golpeando a México, nuevamente cobran significado e importancia el comandante desaparecido y su enfrentamiento a tal arrogancia imperial.

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