El destino manifiesto y la potencia latinoamericana

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por: Francisco Cruz

La irrupción de Trump sigue acaparando noticias y comentarios internacionales, en un escenario en el que las principales potencias –la Unión Europea encabezada por Alemania, China, Japón, Corea del Sur y Rusia, más México, vecino de Estados Unidos, insultado y amenazado- emiten declaraciones, fijan posturas y se preparan para defenderse o para beneficiarse en vísperas del inició del gobierno del republicano.

En vista de ello, sigo constreñido al tema Trump, dejando de lado –o tocando sólo tangencialmente- acontecimientos importantes como las últimas noticias de la guerra en Siria y contra el Estado Islámico, la COP22 en Marrakech, la cumbre de líderes de la APEC en Lima o la batalla electoral por la presidencia de Francia, así como la anunciada aspiración de la canciller Ángela Merkel de gobernar, en un cuarto período, a Alemania.

 Abstracción hecha del posicionamiento y declaraciones de los grandes países en el sentido de unirse y buscar –o mantenerse en- alianzas y mercados sin la participación del Estados Unidos aislacionista de Trump, hago referencia a los graves y fundados temores de México, así como a sus retos a los que habrá de responder frente al gobierno que encabezará el neoyorkino: el acoso infame por parte de un importante segmento de la población y del próximo gobierno federal, que sufren nuestros compatriotas y el resto de hispanos y latinos.

Me refiero, igualmente, a las despiadadas, gratuitas, críticas y condena al TLCAN y a la amenaza estadounidense de incluso denunciar el tratado. Al respecto, el gobierno mexicano ha manifestado que debatiría sobre posibles reformas al instrumento pero ha expresado su oposición a abrogarlo. Una postura que coincidiría con la del otro socio, Canadá. En todo caso, mientras se despejan dudas, México -vinculado a múltiples acuerdos y alianzas económicos- ya echa mano de los expertos que a inicios de los años 90 negociaron y concluyeron el TLCAN con canadienses y Estados Unidos.

Respecto a nuestros compatriotas –y al resto de hispanos y latinos- hay que subrayar que requieren del apoyo inteligente, organizado y enérgico del gobierno mexicano y de la sociedad civil en todas sus expresiones, así como de que el gobierno sepa coordinarse con quienes, gobiernos estatales, ciudades, políticos moderados, iglesia católica y sociedad civil que del lado estadounidense están tomando partido por los inmigrantes. Hacer frente común.

Porque, además de la amenaza, que el gobierno mexicano, la sociedad civil y los inmigrantes recibimos, de que se construirán más muros y lo insultante y estúpido que es ello, nuestros compatriotas –y demás hispanos y latinos- tendrán sobre ellos unos perros de presa, pues quienes integrarían el gabinete son de la calaña de Jeff Sessions, fiscal general, racista y enemigo mortal de la reforma migratoria; Mike Pompeo, director de la CIA, promotor, antes que Trump, del muro, anti musulmán; y –probablemente- Joe Arpaio y Jan Brewer, ex sheriff y ex gobernadora en Arizona, quienes saltaron en su momento a la arena internacional por sus acciones contra los inmigrantes.

Me pregunto si el Estados Unidos, salido de las cloacas con Trump nos revela al verdadero país: los gringos, que siempre han sido como él, según unos amigos míos mexicanos, por cierto de apariencia blanca, que cuentan con la nacionalidad estadounidenses. No los que pintaron en los noventa, cuando se negoció el TLCAN, los “primeros mexicanos nacidos en Houston”, como dijo Monsiváis con ironía, quienes afirmaban agradecidos, que el vecino nos admitía como iguales, en el primer mundo.

En todo caso,

porque –dicen que dijo Cicerón o Napoleón o Lincoln u Ortega y Gasset- el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.

Para empezar, recordemos que en vísperas de la independencia constituíamos “la estructura política más imponente del Hemisferio Occidental”: con México, la Florida, zonas costeras de Alabama y Misisipi, de Texas a California, plazas en el Oeste de Canadá y en Alaska. Subsidiábamos, además, a Centroamérica, Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Tengamos presente que muy pronto José Bernardo Gutiérrez de Lara, uno de los enviados, en 1810-11 por Miguel Hidalgo, enfrentó ya las pretensiones anexionistas del secretario de estado James Monroe. El del “Destino manifiesto, América para los americanos” –estadounidenses- con la que Estados Unidos pretendió justificar sus infames, burdas intervenciones en México y el resto de Latinoamérica y el Caribe en los siglos XIX y XX.

Recordemos el dictamen, del 29 de diciembre de 1821, en el que la comisión de relaciones exteriores de la junta gubernativa previa al imperio de Iturbide advertía que los Estados Unidos tratarían de evitar que el imperio se consolidara y fuera poderoso, ya sea “con la guerra o con la intriga sembrando la discordia o con los otros medios que se le presenten”. Las intrigas e injerencia de Poinsett, ministro –embajador- ante México, insistiendo en la compra de Texas, que siempre fue rechazada, especialmente por Lucas Alamán, insigne mexicano.

Viene más tarde a nuestra memoria la guerra y despojo de Texas, en 1836, cuando la frontera empezó a “pasar sobre los mexicanos” –diría la actriz Eva Longoria- los que hoy son para Trump y sus seguidores, extranjeros e ilegales en muchos de los territorios que fueron México. Un despojo que después de la guerra continuó a través de argucias legaloides para arrebatar sus propiedades a los compatriotas que permanecieron en el territorio –como lo narra con enorme dramatismo Carmen Boullosa en su novela TEXAS.

Luego, la invasión de Estados Unidos, con justificaciones banales y mentirosas, que en 1848 nos arrebató más de la mitad del territorio –más de dos millones de kilómetros cuadrados. Tragedia que acabo de hacer visible la inestabilidad del país, la falta de patriotismo –de identidad- de no pocos mexicanos, y el dolor y humillación de muchos otros.

Bernardo Couto, uno de los firmantes del tratado de paz y cesión del territorio, el de Guadalupe Hidalgo habría de decir a Nicholas P. Trist el representante estadounidense: este “momento de orgullo para usted…(es) de humillación para nosotros”. Por su parte Trist, que en nuestro tiempo no hubiera votado por Trump, comentó que sus sentimientos al negociar el tratado eran de vergüenza y que tenía la convicción de “la injusticia de la guerra como un abuso de poder…” de los Estados Unidos.

El resto del siglo XIX y los primeros años del XX los Estados Unidos continuaron con sus pretensiones de anexión de territorio, las violaciones a la soberanía nacional y el golpe de estado. Eso fueron la “compra” de la Mesilla en 1853, el tratado  McLane-Ocampo en 1859, el derrocamiento y asesinato del presidente Madero en 1913, la ocupación militar de Veracruz en 1914; la expedición “punitiva” del general Pershing contra Francisco Villa en 1916 y 1917. Al mismo tiempo Washington empleaba como chantaje diplomático el reconocimiento de gobiernos para impedir la aplicación de la legislación agraria, minera y petrolera a sus nacionales. Hasta Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera de 1938.

Una buena parte del siglo XX fue de batallas diplomáticas para frenar la intervención estadounidense en América Latina. En los albores del siglo la diplomacia de Porfirio Díaz pudo frenar las acciones intervencionistas de Washington apoyado por el presidente guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, y proteger, conduciéndolo a nuestro país en un buque de guerra, al presidente nicaragüense José Santos Zelaya, al que otorgó asilo. Díaz desafió, con habilidad diplomática a los Estados Unidos de Teodoro Roosevelt. Y hacía presente a nuestro país en su ámbito geopolítico natural de influencia.

En el siglo pasado las embajadas mexicanas en la región otorgaron asilo a perseguidos por las dictaduras impuestas o toleradas por Washington –de Guatemala a la Argentina. En ese período que destaca, asimismo, la valiente posición de México en el caso de Cuba que, al margen del acuerdo o desacuerdo con el régimen de La Habana, no se doblegó, como si lo hizo el resto de países latinoamericanos, ante el diktat imperialista de los Estados Unidos. Como también destaca la declaración franco-mexicana reconociendo a la guerrilla –FMLN-FDR- como fuerza representativa en las negociaciones de paz en El Salvador.

Finalmente, la propuesta mexicana, en 1983, del Grupo Contadora con Colombia, Panamá y Venezuela, que hizo posible la paz en Nicaragua, en contra de los intereses de unos Estados Unidos montados en un anticomunismo histérico y fuera de época -por cierto, la “venganza” estadounidense y de sus lacayos en Centroamérica, fue lograr que el premio Nobel de la Paz que merecía Contadora, se diera al presidente costarricense, Óscar Arias, político menor, muy del gusto de Washington.

Desde fines de los años 80 nos volvimos amigos de Estados Unidos. Se firmó y puso en vigor el TLCAN, la integración de América del Norte devino impactante realidad, el anti yanquismo se debilitó –lo que ha sido para bien. Fue para mal, sin embargo, que muchos mexicanos creyeran que entrabamos al mundo de los ricos, el primer mundo; y que muchos de ellos y los gobiernos se olvidaran de nuestra raíz y profundos vínculos latinoamericanos.

Hoy el mequetrefe que será presidente de los Estados Unidos nos hace dudar de esa amistad y nos exige recordar una historia que nos indigna y nos enfrenta a ellos –para mal. Para bien, sin embargo, nos está invitando a acercarnos más a Latinoamérica y a pensar en acciones comunes de presencia y presión ante Washington, con gobiernos como los de Chile, Perú, Colombia, de Centroamérica y el Caribe. Aparte de nuestra presencia y acciones comunes con Europa –y otros bloques- así como en Naciones Unidas y otros foros relacionados con los derechos humanos y con la justicia internacional.

Finalmente, nos preguntamos, con esperanza, si los Estados Unidos sólo están secuestrados ahora por una derecha cerril –la pandilla de racistas blancos que comanda Trump- y que los verdaderos estadounidenses son los de las ciudades y los estados que se declaran “santuarios”, inviolables, para proteger a los inmigrados; los empresarios inteligentes, pragmáticos; ONG´s, iglesias –hoy por hoy la católica y su defensa de los inmigrantes- estudiantes y profesores, universidades; y los millones de ciudadanos que defienden los valores de libertad, democracia y tolerancia que conforman a los Estados Unidos.

*El recorrido por la historia de México se me facilitó gracias al trabajo realizado con mis alumnos de relaciones internacionales en la BUAP.  

 

 

 

 

 

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