¿Ya estás listo para el día de todos santos? ¿Sabes dónde está Huaquechula? ¿Conoces su monasterio franciscano?

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EXISTEN pueblos tan lejanos, con caminos tan abominables para llegar a ellos, que a pesar de que allí se conservan monumentos de primer orden, una vez que los hemos conocido, juramos no volver. Así es Cuauhtinchan, así es Huaquechula. A pesar de que figura éste en nuestras listas negras, el recuerdo de algo bellísimo nos acicatea y así incurrimos en prejuicio: ivamos a Huaquechula!

Siguiendo la magnífica carretera que va de Atlixco a Matamoros, hay que desviarse a la derecha, cruzar por la Escuela Agrícola llamada Champusco, y seguir en la misma dirección hasta Huaquechula. ¡Terso v limpio el asfalto sobre el cual nos deslizamos muellemente, bien pronto termina: Nos sumergimos entonces en un océano de baches, de barrancas, de ríos, secos y mojados. Allí por donde precisamente nuestras ruedas tenían que pasar se erguía majestuosa una piedra —o dos—. A cada instante había que apearse y aun ayudar a pulso al vehículo. ¡Ay Huaquechula, cuántos tumbos me cuestas! Juro no volver a verte, si es que ahora puedo lograrlo, si un pedruzco de éstos, que tanto pavor nos causan, no logra paralizar nuestro coche!

A cada transeúnte, a pie o en burro lo interrogamos cuidadosos: ¿Dónde está Huaquechula?—Allá, señor amo, tras lomita—. Nada es comparable a este esperar, a este anhelar la ruina amada. Somos otros Colones en busca de un nuevo mundo, si pequeño, no menos deseado. Por fin llegamos, con hambre de arte y con hambre de viandas. Pudo más lo primero, pues nos lanzamos decididos al monumento. ¡Qué admirable severidad, qué sencillez de líneas, como de una creación clásica, nos ofrece el convento de Huaquechula!

La gran iglesia se ve flanqueada por dos contrafuertes esquinados. El campanario es posterior, lo mismo que la ridícula espadaña del centro con una campanita aún más ridícula. ¡Cuánto ganaría el monumento si desaparecieran estos agregados posteriores! A la derecha se encuentra la capilla abierta hoy murada y con dos puertecitas insignificantes. Subsiste el alfiz, el gran arco rebajado y, en el interior, la bóveda ojival más rica que se conserva en México.

Pero, aún no hemos penetrado al monumento. Hay tanto que admirar en el exterior que casi puede decirse que nos faltan ojos. La cerca del atrio con grandes almenas; una posa, de estructura sencilla y luego, sobre todo, como algo extraordinario, las dos portadas. La principal es muestra notable de arte gótico isabelino, ejecutada por indios. Los relieves que la cubren son bellísimos. Su arco es ligeramente sobrealzado y en las enjutas aparecen dos ángeles que sostienen el escudo de las cinco llagas. Recuerdan aquellas águilas admirables del templo de San Juan de los Reyes en Toledo que ostentan el escudo de Isabel y Fernando. Sobre el primer cuerpo de la portada que está coronado por una doble cornisa de salientes modillones, sin explicación clara de su existencia, se ve un fino relieve con San Martín, patrón del convento coronado por un alfiz de cortos brazos. ¿Es que existía aquí una ventana? El hecho de que se hayan abierto dos grandes grietas que ahora se ven sujetas con “amarres” posteriores parece indicarlo. El óculo circular que remata la portada sin duda es posterior. La portada lateral reviste mayor emoción. Es única, puede decirse. Acaso recuerda un poco las posas de Calpan, pero las supera en sobriedad y en técnica.

Desde luego, el material: está tallada en una fina piedra dorada que ostenta vetas rojizas como un jaspe. No ofrece arco de medio punto sino adintelado, con sus ángulos en cuarto de círculo. En su parte baja monogramas de sabor ojival; en las jambas, dentro de encasamentos poco profundos, San Pedro y San Pablo, en traje talar, con barba y cabello perfectamente arreglados como si acaba- l.sen de salir de la peluquería. Pequeñas gorras a la moda los tocan pero, contrastando con el lujo y pulcritud que se nota en su indumento, aparecen descalzos.

Sobre el arco se desarrolla la escena del Juicio Final de una sobriedad y de un ritmo incomparable. Jesucristo en su trono, bajo los amplios pliegues de su vestidura, ofrece sus manos, con las palmas vueltas hacia nosotros en tanto que la espada y la palma se colocan a sus lados. Cuatro ángeles, dos por banda tocan a juicio en largas trompetas en tanto que dos reyes — ¿David y Salomón?—simbolizan a la humanidad entera, arrodillados en los extremos. Que es obra de indios lo revela la ingenuidad del relieve, el empleo de plumas en los ornatos de arquitectura y ese sabor in-confundible que presentan estas creaciones, donde encontramos la supervivencia indígena en su ex-presión más entrañable. Esta portada sólo —me decía uno de mis acompañantes—vale bien el viaje a Huaquechula.

Ninguna inscripción la exorna, pero, en el mismo muro del templo en que se encuentra, cuajado de leyendas y petroglifos, aparece uno en que se ve una cruz sobre unos peñascos puntiagudos y, allado, seis discos numerales. La interpretación correcta creo que debe ser la de “seis pedernal” que corresponde al año de 1576.

En el interior, al lado del ingreso al claustro, se encuentra otra inscripción en dos piedras colocadas allí con posterioridad según parece. En ellas aparece la fecha “12 casa” y su correspondiente1569. Y cabe preguntarse: ¿Serán éstas las fechas de la construcción de Huaquechula?

Si consideramos que Mendieta dice (página 654) que fray Juan de Alameda edificó la iglesia de Huaquechula donde falleció en 1570, debemos aceptar la fecha de 1569 para su conclusión. La de 1576 debe corresponder a la portada lateral. El dicho de Mendieta lo entendemos nosotros, lo mismo cuando se refiere a Huejotzingo, de que fray Juan de Alameda fue quien con su actividad y su celo hizo construir estos edificios, nunca que haya sido arquitecto. Pueden, efectivamente, ser comparados los conventos e iglesias de Huejotzingo y Huaquechula y nada se encontrará más diferente. Mendieta nos dice (página 284) que ya existía el convento de Huejotzingo y en Huaquechula aún no había nada. Y, sin embargo, compárese la portada lateral de uno y otro templo. Cuanto más arcaica, más medieval es la de Huaquechula; la de Huejotzingo, riquísima, se afilia más bien al arte manuelino de Portugal.

Pero nos hemos detenido mucho en el exterior: hora es de penetrar al templo. Encontramos la gran nave habitual con cabecera en planta de trapecio y bóvedas nervadas. Noto en ellas una peculiaridad: las claves ofrecen un disco al centro, como si estuvieran huecas. ¿Se habrían empleado en ellas, como en otros casos ollas de barro? No es difícil. Recuérdese que las grandes esferas que en Tepeaca coronan las aristas de los chapiteles de los garitones no son sino ollas que han ascendido a un oficio más noble.

El retablo del ábside ostenta bien visibles dos fechas: 1675, la de su origen, y 1792 la de su renovación. Es de un barroco gracioso, pero la renovación, que acaso consistió en pintar de blanco el dorado deslucido por el tiempo, y ya de acuerdo con el gusto neoclásico vino a echar a perder esta obra de arte. Otros retablos se ven en la nave, en estilos que van desde el barroco al churriguera. Uno es notable por las columnas de fajas caladas que ostenta, pero tiene agregados posteriores de acuerdo con su fecha: 1794.

Lo más notable del interior del templo es el púlpito que no vacilo en considerar como el más importante que existe en México. Es de piedra, cubierto de relieves en que se ven ángeles en cada entrepaño, directamente policromados y con huellas de oro. Obra indígena, sabe aunar el lujo y la suntuosidad del arte medieval-renacentista con la sencillez ingenua del aborigen. Nos subyuga, nos conmueve, nos arranca lágrimas casi, al sentir que estamos frente a uno de los monumentos más entrañables, aquellos en que se funde la añorante tradición india con los ideales del arte de Occidente. Como si fuera una semilla de nuestro ser actual.

Se conoce que el coro era pequeño y los religiosos quisieron ensancharlo. Para eso desplantaron un nuevo arco paralelo al antiguo y sobre él prolongaron su estructura.

Pasamos al claustro en el que se notan dos épocas perfectamente marcadas: el claustro bajo arcaico, debe ser el primitivo; es de sólo tres arcos por banda; está cubierto con bóveda imperfecta de cañón corrido y al exterior se desplazan contrafuertes en proa de navío. El claustro alto es posterior, desproporcionadamente bajo con relación al otro. Los forman danzas de columnas con arcos ligera-mente rebajados y su techo lo constituyen modestos envigados. Por aquí se pasa al interior de la capilla abierta por una puertecita de cerramiento conopial y orlada toda ella de pomas, de pleno gusto gótico isabelino. La bóveda ojival, riquísima, semeja un125 verdadero encaje de piedra en un alarde constructivo y artístico digno del siglo XVI español. Desde la tribuna arreglada, que de fijo era el coro de la capilla abierta notamos la pintura moderna y el pobre altar insignificante. Agradezcamos que, al menos, supieron respetar la estructura.

Surgimos nuevamente a la luz de la tarde: las nubes blancas ponen manchas de algodón en el cielo azul. En la plaza encontramos dos monolitos indígenas arreglados en sendos pedestales. Vamos a la parroquia que parece avergonzarse junto a la riqueza del templo conventual. Y encontramos — ¡oh asombro!—un barandal del coro tallado en madera y ricamente dorado con curvas caprichosas en su perímetro y estípites en vez de balaustres. Obra verdadera de churriguerismo, única en su género que yo sepa. El Santísimo está expuesto en el altar mayor. La custodia nos presenta una silueta rara desde lejos. Nos acercamos cautelosos y vemos, contemplamos, admiramos, una bella custodia de plata dorada al parecer, con su viril sostenido por un San Agustín mitrado que presenta los brazos extendidos formando ángulo recto con las palmas de las manos hacia nosotros.

Así, en esta ocasión, Huaquechula se nos entregó toda entera.

De regreso a nuestra biblioteca, deseamos inquirir algo acerca de la historia de este pueblo. Monumentos tan valiosos no pueden carecer de un abolengo, de un historial distinguido. El padre Pon-ce que estuvo allí el 25 de octubre de 1585, nada nos dice como no sea de sus trabajos para llegar; de los frutos del pueblo: naranjas, limas, limones, cidras, aguacates, guayabas, plátanos, zapotes, dátiles y muchas cañas. Agrega que el convento está acabado “con su iglesia, claustro, dormitorio y huerta” y añade que “la casa es de cal y canto y el primer suelo de bóveda”.

Acudimos a Mendieta y nos hallamos con una enormidad de datos, pero casi todos acerca de información religiosa, mas no artísticos.

El primer dato revela la antigüedad y nobleza de Huaquechula, pues hace remontar a Xelhuec uno de los primeros pobladores surgidos de Chicomoztoc, la fundación del pueblo. (Página 145.)

Establecida la religión cristiana nuestra región es subsidiaria de Huejotzingo como todos los circunvecinos. Bien pronto deben haberse establecido los frailes franciscanos pues se trataba de un lugar muy poblado. Prueba de ello es la información de Mendieta, preciosa, acerca del sayal de los padres. Andaban éstos mal vestidos, por falta de tela, pero el señor de Huaquechula don Martín, cuyo nombre era el del Santo de la advocación del convento, sabiendo que acababa de llegar a México un oficial de sayalero, el primero que hubo, envió a varios vasallos suyos que entraron a trabajar asueldo y averiguaron todos los secretos del oficio. Cuando Io supieron regresaron a Huaquechula y los frailes tuvieron todo el sayal que necesitaban. (Página 255.)

Otro episodio conmovedor se encuentra entre los indios que pedían el bautismo en Huaquechula. Reunidos los obispos en el primer concilio determinaron que no debía bautizarse a los adultos sino sólo a niños y enfermos. Ante la solicitud de grandes cantidades de indios los frailes de Huaquechula determinaron conceder el bautismo a los indios adultos. “Al principio comenzaron a ir de doscientos en doscientos y de trescientos en trescientos y siempre fueron creciendo y multiplicándose hasta venir millares.” ¿Quién podía atreverse a decir que éstos tenían fe, pues de tan lejanas tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo? En una ocasión entraron en “la iglesia dos viejas, asidas la una de la otra, que apenas se podían tener y pusiéronse con los que querían bautizar. El que los examinaba quísolas echar fuera de la iglesia, diciendo que aún no estaban bien enseñadas. A lo cual respondió la una y dijo: “¿A mí que creo en Dios me quieren echar fuera de la iglesia? ¿Por qué lo haces así? ¿Qué razón hay para que a mí que creo en Dios me echar fuera de la iglesia de Dios? Si me echas de la casa del misericordioso Dios ¿A dónde iré? ¿No ves de cuán lejos vengo? Si me echas sin baptizar, en el camino me moriré. Mira que creo en Dios, no me eches de mi iglesia.” Afortunadamente llegó el sacerdote que bautizaba “y gozándose de la plática y armonía de la buena vieja, consolóla, y dejolas a ella y a su compañera con los demás que estaban aparejados para baptizarse”. (páginas 276-277.)

La historia religiosa de Huaquechula consta de una serie de ternuras así. “Una india de Guaquechula llamada también Ana, todo cuanto ganaba lo ofrecía a la iglesia y llevando alguna cantidad de dinero, acudía al guardián y le decía: “Padre estos cien pesos o doscientos me ha dado Dios: míralo que es menester para su iglesia.” Y como algunas veces el guardián no los quisiese recibir, diciendo que de ninguna cosa había necesidad, afligíase la buena mujer y decía: “Padre, ¿para qué lo quiero yo? No tengo hijos ni marido, ¿a quién lo tengo de dar sino a Dios que me lo prestó?” (Mendieta, página 424.)

En la paz de la estancia los libros brillan a la luz de la lámpara. Lomos dorados, lomos lisos; pobres otros, sin encuadernar. ¡Qué tesoros de hazañas encierran unos, qué de desengaños guardan otros! Nuestro recuerdo de Huaquechula, admirable como obra de arte, se mece entre estos relatos inefables. Así se complementa un perfecto paseo colonial: la realidad que es una subsistencia del arte pretérito y la historia que parece una flor que perfuma las piedras supervivientes.

Huaquechula, 1º de septiembre de 1946.

(Texto del libro Paseos Coloniales Puebla, de la autoría de Manuel Toussaint y Ritter, publicado en enero de 1988 por el Centro regional de Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en colaboración con la Secretaría de Educación Pública y el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.)

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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