¿Qué tanto sabes sobre La casa del Alfeñique?

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A DESPECHO de los años y de la incuria, sobrevive en todo el ambiente de Puebla el prestigio de su colonial abolengo. La ignorancia se empeña en destruir los tesoros del pasado para instalar a sus anchas la fealdad de toda nuestra moderna arquitectura, piedra artificial, cemento y estuco. Cuando el viajero contempla edificios antiguos, agrégales a su belleza peculiar, este otro encanto fúnebre que opone al persistir de la piedra la fragilidad espiritual de los seres mortales; están condenados de antemano; los matará su propio dueño, ignorante de lo que pierde. Y, como si adquirieran con-ciencia de su muerte, los toca un destello de inquietud.

Puebla presenta sugestivos encantos al que busca las huellas del arte de otros tiempos. Es la ciudad criolla de la Nueva España; carece de tradición indígena y acógese a su rancia tradición española y cristiana intesamente, casi con furia. Las condiciones especiales del sitio influyen no poco en singularizar su aspecto: es plana, tranquila, sin grandes alturas en sus cercanías, es en extensión como otras ciudades —Guanajuato, Zacatecas, Tasco— son en profundidad. Las calles, uniformes, pintorescas en el conjunto abigarrado de sus casas, concluyen de pronto; no hay arrabales. Apenas la parroquia del Santo Ángel de Analco, yergue su vetustez en un páramo de polvo: es un barrio lejano, casi un pueblo, y lo propio ocurre con Santiago. De las colonias modernas que han aumentado el tamaño de la población recientemente, prefiero no hablar. Pero lo más distintivo es el clima. Es un ambiente seco, de incomparable transparencia. No hay transiciones entre la luz y la sombra: veis un muro soleado, deslumbrante, y en él, negro, insondable, el vano de una puerta. Este clima excita y agobia; es propicio al gozo y a la melancolía; a la pereza y a la voluptuosidad, como esas elles características que en labios de sus mujeres, son caricia y dejadez, incitantes al par que descuidadas.

Las casas están admirablemente hechas a este clima. Por todas partes encontráis amplios zaguanes rebosantes de sombra. Refugiad en uno de ellos vuestra fatiga; hay en él una delicia de frescura; tras un arco se extiende el patio, que es como irrupción de claridades deslumbradoras; al centro, la verde claridad de un árbol —un naranjo, una higuera, un laurel— es oasis en aquel pequeño desierto; la escalera no se halla en sitio uniforme como ocurre en las casas de ciertas épocas en México ,sino en lugar más conveniente del patio, cómodamente acogedora con un macizo pretil de mampostería, igual que el de los corredores; ambos descansan sobre ménsulas de piedra empotradas en el muro y unidas entre ellas por arcos rebajados. La blancura del patio parece desterrar la vida, pero en esos renegridos oscuros que forman puertas y ventanas, si atravesáis el irregular enlosado, hallaréis vida riente, alegre, caprichosa; conversación danzarina y picante.

Pero también puedo enseñaros casa de más suntuoso atavío. Mirad este amplio edificio que forma esquina a la calle de Raboso. ¿Os llama la atención ese revestimiento de los muros, esa combinación de azulejo y ladrillo? Es típico de Puebla; la mitad de las casas lo tiene; y observad la sabiduría que encierra; el muro no reverbera con la luz solar; absorbe el calor y la irradiación; protege nuestros ojos y protege al habitante de la casa; desempeña el mismo oficio que el tezontle de México; pero i ay! que también, como éste, ha sido bárbaramente pintado con cal en gran número de casas. La composición de la fachada es admirable. Esas líneas horizontales la dividen armoniosamente y evitan que la casa parezca demasiado alta o demasiado baja. Y en la esquina, rómpese el ángulo de dichas líneas, dando al edificio gracia incomparable. Los llenos y los claros se combinan con granarte. ¿Qué arquitecto moderno puede repartir veintiséis claros en una fachada sin romper el equilibrio y sin que la casa parezca un enorme palomar?

Pero el principal mérito de esta mansión radica en el ornato. El ornato que se halla sobriamente concentrado, que es nulo en la parte inferior y va ascendiendo lentamente, va aligerando cada piso, hasta llegar a la voluptuosidad de la cornisa, esa línea ondulada que parece mecerse en las nube.

Si queréis subir conmigo a uno de los balcones del piso alto os encantará la gracia de los adornos, que en su fragilidad dan nombre a la casa. A lo largo de las pilastras, como fantástico y proteiforme  monstruo marino, rampa el relieve. Es bajo y sencillo al principio; es una simple guirnalda que va transformándose como si cediera a un íntimo anhelo de voluptuosidad. Pasado el dintel de la puerta, piérdese casi toda disposición arquitectónica; sólo vive un hacinamiento de adornos, de volutas, de conchas, de rocallas que parecen sostener, por milagro, la vastedad de los doseles que cubren los anchos balcones. La consistencia de los adornos, todos hechos de mezcla y afinados por la altura, dan al conjunto el aspecto más delicado; semeja seguramente un alfeñique: un dulce hecho única-mente de azúcar, frágil y translúcido como una porcelana.

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No se crea que la fachada está exenta de defectos: ved, por ejemplo, las anchas losas que forman el piso de los balcones, el sardinel; están sólidamente empotradas en el muro y no presentan el menor riesgo; pero la ley más elemental de arquitectura exigía que tuviera algo a modo de ménsula, siquiera uno de esos hierros artísticamente forjados, que tanto abundan en Puebla. Yo imagino que el arquitecto, llevado de la plasticidad que ofrecían los materiales, del deseo de llenar de lujo su obra para hacerla digna de la próspera Colonia; incitado aquí por la voluptuosidad del clima, olvidaba toda mesura y toda regla para desarrollar los caprichos de su fantasía. Hallaréis cornisas en algunas casas de Puebla, que han perdido su papel arquitectónico para ser algo incalificable: suntuoso y sin líneas, delicado y absurdo: una embriaguez.

En el interior de la Casa de Alfeñique hay todavía mucho que admirar. Pasada la bóveda que cubre el zaguán extiéndese el amplio patio; la escalera es notabilísima; corónala una cúpula que por el interior presenta magnífico aspecto; el corredor, anchísimo, lleno de sombra, tiene a un costado una puerta soberbiamente adornada; quizá sea la de la capilla, pues presenta el mismo aspecto que las similares de México. Los corredores opuestos son más angostos; a semejanza de casi todos los corredores de Puebla, descansan en una serie de bóvedas bajas, apoyadas en ménsulas de elegante dibujo; la sombra acumúlase suave bajo la cóncava superficie vigorizando la construcción.

Por su estilo, por el uso de la pilastra sobrecargada de ornatos, este monumento cae dentro de la clasificación churrigueresca, tan abundante en las construcciones domésticas de Puebla, como escasa en otras regiones, como México. Es un ejemplar magnífico cuya gracia dieciochesca contrasta con el severo y elegante barroco del siglo XVII que también existe en gran número en esta beatífica ciudad.

Algo puede decirse de la historia de esta casa, aunque sean datos incompletos. Según el doctor Leicht en su germánico y por ende metódico libro Las calles de Puebla (p. 366) la casa se ve citada con su actual designación desde 1790; la acababa de edificar el maestro de herrero Juan Ignacio Morales, abuelo del pintor poblano don Francisco Morales, “Moralitos”, que vivió en ella durante el tiempo en que fue propiedad de su padre y sus hermanas. En 1896 el filántropo don Alejandro Ruiz Olavarrieta la cedió a la Beneficencia Pública del Estado y en 1926 fue instalado en el edificio el Museo Regional.

Se dice que el arquitecto del monumento fue el célebre don Antonio de Santa María Incháurregui, maestro de Arquitectura y Agrimensor titulado y recibido en la Academia de San Carlos de México (así aparece en las Guías de Ontiveros desde 1806 por lo menos) que falleció en 1827 a la edad de setenta y cinco años.

El Museo del Alfeñique como se le designa actualmente, es visitado por todos los turistas que vienen a Puebla. Sus estancias están rebosantes de muebles, cuadros, objetos arqueológicos y etnográficos. Llaman la atención, en la planta baja, las escalerillas de las clásicas “accesorias de taza y plato” que, lo mismo que en México, se usaron en Puebla frecuentemente.

Algunos departamentos del museo están bien instalados; otros, desgraciadamente, y a causa del excesivo número de objetos, presentan el aspecto de pequeños bazares en que se pierden las piezas de verdadero mérito en un hacinamiento que fatiga nuestro cerebro en vez de deleitarnos. Salgamos nuevamente al balcón, al más grande, al más suntuoso. ¿No es verdad que su amplitud y su comodidad son simbólicas? Está hecho como para ver la vida deslizarse a sus pies, conservando la inmortalidad aprisionada entre el desvaído musgo de sus piedras.

(Texto del libro Paseos Coloniales Puebla, de la autoría de Manuel Toussaint y Ritter, publicado en enero de 1988 por el Centro regional de Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en colaboración con la Secretaría de Educación Pública y el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.)

 

 

 

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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