¿Qué tanto sabes sobre el templo franciscano de Tepeaca?

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Tepeaca, Pue, Iglesia Franciscana Siglo XVI

AL ORIENTE de Puebla, a la distancia de treinta y ocho kilómetros se levanta la ciudad de Tepeaca, la segunda que, con el nombre de Segura de la Frontera, fundaron los españoles en el vasto país de Anáhuac, aun no conquistado del todo. El tren pasa por sembradíos bajos que ahora inunda la lluvia, cruza por Amozoc, donde los hombres hacen perdurar en hierro sus gozos y sus pesares,  y nos deja al desamparo de una tarde salvaje, en la minúscula estación. Hay un pequeño tranvíaque conduce a los escasos viajeros al centro de la villa, asardinados bajo la ruda cortina. Hace sesenta días que no llueve en Tepeaca; con razón se desborda el cielo con furor reconcentrado en sesenta días de abstinencia; por lo demás, las calles de Tepeaca están aderezadas para convertirse en ríos en una oportunidad como ésta.

Llegados a la gran plaza, nos damos cuenta de que aquí, como en tantas poblaciones que fueron importantes en tiempo de la Colonia, la iglesia del convento de franciscanos es lo único que resta dela grandeza pasada, como una alma de piedra dos veces inmortal. Entre el agua y el viento contemplamos la mole enorme: sus almenas desafían la furia del temporal, ¿acaso no ha vencido la fuerza callada de los siglos?

Nada más sugestivo que el aspecto nocturno de una ciudad; a las ciudades, como a las mujeres, hay que conocerlas de noche; de día se les ven los afeites y la pintura desarmoniza con la luz cruda. Pero en una noche tan áspera como ésta es imposible salir de casa; refugiémonos en la biblioteca del señor cura; quizás, entre sus amarillos libracos, entre sus apolillados mamotretos, encontremos algo interesante acerca de Tepeaca.

El señor cura es persona erudita y amable; su voz fluye tranquila y mansamente; habla con la seguridad de quien ha repasado muchas veces su asunto: las veladas pueblerinas, sin distracción ni disturbio, lo han obligado a la suave tarea de la lectura. Acaso una que otra charla con el boticario, o ya, a deshora, llevar un viático o una extremaunción; lo demás todo es ir de fray Bernardino de Sahagún al caballero Boturini, del lienzo de Tlaxcala a los borrones de Bernal Díaz.

Tepeaca, Pue, Iglesia Franciscana Siglo XVI

Tepeaca, conocida en tiempos de su gentilidad por Tepeyácac, que significa “remate o punta de cerro” o “cerro en forma de nariz” a causa de estar asentada la población en lo alto de una colina caliza, era cabeza de un señorío poderoso. Dícese que era aliado de los mexicanos en las frecuentes guerras que éstos tenían con los de Tlaxcala y Huejotzingo, países colindantes de Tepeaca, pero que no reconocía superioridad en Moctezuma. Cortés, enterado a su regreso a Tlaxcala, después de la derrota de México, que los tepeacanos habían muerto diez o doce españoles que venían de la Veracruz a  Tenoxtitlán, pues el camino pasa por aquí, determinó hacer un escarmiento y sojuzgar esta provincia cuya importancia estratégica comprendió entonces.

 Tardó veinte días en conquistar y pacificar la región y herró buen número de esclavos con el hierro que para eso hicieron y que tenía la forma de una G que significaba “guerra”, esclavos de que se dio el quinto a su Majestad. El mismo conquistador da las razones que tuvo para fundar la ciudad,

en la carta que escribió al emperador, fechada precisamente en Segura de la Frontera, el 30 de octubre de 1520:

Después de haber pacificado lo que de toda esta provincia de Tepeaca se pacificó y sujetó al real servicio de vuestra alteza, los oficiales de vuestra majestad y yo platicamos muchas veces la orden que se debía de tener en la seguridad desta provincia. E viendo cómo los naturales della, habiéndose dado por vasallos de vuestra alteza, se habían rebelado y muerto los españoles, y como están en el camino y paso por donde la contratación de todos los puertos de la mar es para la tierra dentro… que para el camino de la costa de la mar no hay más de dos puertos muy agros y ásperos, que confinan con esta dicha provincia, y los naturales della los podrían defender con poco trabajo suyo. E así por esto como por otras razones y causas muy convenientes nos pareció que, para evitar lo ya dicho, se debía hacer en esta dicha provincia de Tepeaca una villa en la mejor parte della, adonde concurriesen las calidades necesarias para los pobladores della. E poniéndolo en efecto, yo en nombre de vuestra majestad puse nombre a la dicha villa, Segura dela Frontera, y nombré alcaldes y regidores y otros oficiales, conforme a lo que se acostumbra.

Esta primera fundación fue hecha en el sitio mismo en que estaba la ciudad indígena, es decir, en la misma cima del cerro de donde viene su nombre, pero por el año de 1543 fue trasladada, por buenas razones que para ello hubo y de orden del emperador, al pie de la colina, a la verde llanura sin límites en que hoy extiende la enorme traza de sus calles sin casas.

Pero nada presenta tan vivo interés como la Relación de Tepeaca y su Partido, publicada por la acuciosa minuciosidad de don Francisco del Paso y Troncoso en sus Papeles de Nueva España y antes ampliamente extractada por el cronista Herrera en sus Décadas. La hizo el alcalde mayor de la provincia, Jorge Cerón Carvajal el mes de febrero del año de 1580, habiéndola consultado con muchas personas, y estando presentes García de Salamanca, español, avecindado en Tepeaca y su provincia, de más de cuarenta años, que tenía “muy particular noticia de las cosas della”, y por intérprete que declaró los nombres, Domingo de Carrión, “muy ladino en la lengua mexicana”. Asistió, además, don Tomás de Aquino, “yndio natural y prencipal desta dicha ciudad, nacido y criado en ella, hombre de hedad de noventa años y discreto y bien entendido y de mucha memoria y noticia de todas las cosas de suso rreferidas”. A ellos se debe sin duda la gran copia de noticias que se publican, el detalle con que narran las costumbres de los naturales, las virtudes y usos de las plantas, y, lo que a nosotros importa, los edificios, templos y monasterios de cada pueblo. Describe la ciudad y la plaza:

esta ciudad está asentada en vn llano muy alegre, al pie del dicho cerro; tiene vna plaza en quadra muy graciosa y en ella la dicha fuente y pilas de agua y vn rollo, que por ser cosa notable, se hace mynsión dél, ques a manera de torreón de fortaleza: súbese a él por una escalera de caracol, con ocho ventanas grandes con sus pilares, cerrado lo alto de bóveda y con sus escalones a la rredonda y pie de todo él, quen efecto puede serbir de morada: es todo labrado de cal y canto.—Habla de las calles y dice que son todas— muy bien trazadas, anchas llanas y toda la traza de la ciudad myra al sol, de forma quen saliendo la cubre toda.— A la parte del poniente de la plaza había— vnas casas reales muy fuertes con muchas piezas y aposentos altos y baxos en que bibe y reside la Justicia mayor que gobierna esta ciudad y provincia, e yncorporada en ésta la cárcel; y en la mysma quadra está vn mesón con muchos aposentos y anchura; y a las espaldas de la dicha casa rreal están otras casas baxas que syrben de comunydad, donde el gobernador y regidores naturales hacen sus juntas y ayuntamientos y recoxen los pesos de oro de los tributos questa ciudad paga a su Majestad en cada vn año.

Parece que el mismo Cortés mandó despoblar la villa de Segura de la Frontera que había erigido, y este mismo nombre se le puso a la villa que fundó Pedro de Alvarado en Tututepec, a causa de que la mayoría de los vecinos lo habían sido de Tepeaca. Éste era, empero, un núcleo demasiad fuerte de indígenas para desaparecer; conservó su viejo nombre y vivió al amparo del monasterio de franciscanos que se estableció más tarde; ya desde entonces la gran iglesia era el todo. Se dice que el convento de franciscanos fue obra de Hernán Cortés; lo que sabemos de cierto es que el año de 1530 se estableció fray Juan de Rivas en Tepeaca y fundó el monasterio. Por más que los biógrafos del santo varón omitan esta noticia, consta en los anales de Tecamachalco y se ve con-firmada en la Relación de Tepeaca y su Partido. Según ésta, en 1580 estaba completamente concluido:

en la dicha plaza a la parte del oriente esta vn monasterio de la orden de San Francisco con suyglesia de bobeda, de vna nabe grande y bien acabada y su huerta y vn patio antes de entrar a lapuerta de la yglesia, y todo cercado de cal y canto.

El año de 1549, el 17 de enero, por cédula del emperador Carlos V, se concedió a Tepeaca el título de ciudad; el 22 de febrero del mismo año, por armas, un escudo en que figura sobre campo de gules, una águila con las alas abiertas, sobre un cerro, que alude sin duda al nombre indígena dela ciudad. El cerro está rodeado por una a manera de serpiente en que se enlazan los símbolos jeroglíficos del fuego y del agua sagrados. Esta serpiente se repite como orla del escudo y es igual a laque encuadra las armas concedidas a Texcoco.

Tepeaca, Pue, Convento Franciscano. Entrada

En la alta noche pavorosa y húmeda nos viene como una evocación de los siglos muertos, cuyos despojos de piedra hemos venido a interrogar; el fragor de las batallas entre Cortés y su mesnada y los indios que se aferraban a su tierra; en aquella mañana de octubre, el chirrido del hierro candente sobre la carne morena de las caras, y más tarde, buena falta que hacía, el bálsamo de los hijos del pobrecito de Asís, ungiendo las heridas que abría el látigo del encomendero. Malas son esas visiones cuando hay que dormir para preparar una buena jornada. Demos todo al olvido. Ya amanecerá Dios y medraremos.

En la mañana gris y fresca, como novicia que sale del baño, nuestra curiosidad piafa por ver lo que resta de la Tepeaca entrevista en las sombras de la biblioteca del señor cura. La plaza es de proporciones enormes; allí está el famoso rollo tal como se ve descrito; la primera impresión que produce es la de una torre morisca, la Torre del Oro, con un ajimez en cada uno de los ocho lados que la forman, y adornos de reminiscencia gótica en la parte alta. En uno de los lados se lee la fecha 1593, de una reparación sin duda, pues que en 1580 lo hemos visto tal como está. A la altura de los arcos de los ajimeces, en los ángulos que forman las paredes del edificio, hay empotradas ocho cabezas al parecer de perro, de marcado sabor indígena. Detrás del rollo, en la parte poniente de la plaza se levanta la parroquia del pueblo, posterior en muchos años a la iglesia del convento de San Francisco, y que no tiene nada de interesante. El atrio de la gran iglesia franciscana debe haber sido anchuroso. Hoy han edificado casas en su mayor parte, por el lado que ve a la plaza, dejando una calle que va de dicha plaza a la puerta principal del templo, y otra que pasa por su fachada principal, perpendicular a la primera. Vista por el exterior, la iglesia presenta el aspecto de una fortaleza inexpugnable. Doce grandes contrafuertes la sostienen, rematados en su parte alta por garitones para los centinelas, con sus aspilleras en los tres lados. A la altura de las primeras ventanas rodea todo el edificio una galería o pasaje de ronda, que perfora los contrafuertes internándose en el muro mismo del edificio, de modo que la entrada a cada estrecho pasaje está en la pared de la iglesia, un poco separada del contrafuerte, dejando un pequeño espacio en que podía perfectamente ocultarse un hombre y herir a mansalva al enemigo que, habiéndose introducido a la galería, saliera de aquel estrechísimo paso. A la altura de las segundas ventanas que son sencillas y correspondientes a las primeras, dobles excepto en el ábside, corre una segunda galería que también rodea todo el edificio y que en cada contrafuerte forma una especie de balcón saledizo, de donde se podía atacar y defender un campo mayor que en la primera galería. A esta altura descansan los arcos que sostienen las bóvedas de la iglesia; el arco toral del ábside, en un alarde del arquitecto de esta fábrica prodigiosa, está perforado por un angosto pasaje que une los dos lados de la galería y tiene una pequeña ventana, hoy murada, que da al altar mayor. Es tradición ¡naturalmente! que Hernán Cortés oía misa desde este incómodo sitio. ¡Cómo si, dado que el conquistador hubiera visto concluida la iglesia, necesitara ocultarse a toda hora! El pequeño campanario ocupa el sitio de uno de los garitones, sobre un contrafuerte más robusto; es de aspecto distinto de los pesados campanarios coloniales del siglo XVI; como ellos de un solo cuerpo, pero muy esbelto, con ese remate piramidal, hecho así para igualarlo con los garitones, mas que le presta cierto airecillo francés. Toda la parte alta de la iglesia está rodeada de almenas, un poco menores que un hombre, de forma elegante, que vistas de abajo le dan un aspecto de crestería dentellada. Otro detalle curioso es ese adorno de pomas, reminiscencia gótico isabelina, que viste de gracia los remates de los garitones y la orla de las ventanas.

Toda esta mole gigantesca está construida con una piedra porosa, de un bello color de hueso calcinado, dura, que desgarra nuestras manos al trepar por las estrechas escaleras de caracol, al deslizarnos por las galerías, al chocar con el desagüe de un caño, sabiamente dispuesto. Y las piedras se ven tan perfectamente trabadas con la mezcla, que la iglesia (se diría tallada en una sola roca) no tiene ni la menor cuarteadura.

Y entramos al templo por su puerta principal, pequeña con relación a la enormidad del conjunto, pero que tenía que ser así para ser mejor defendida. A la izquierda se lee esta inscripción: “Se dio fin a este conbento en el año 1593. Y se reedificó su portada. Se acabó el día 21 de enero del año de 1778, en tiempo de el R. P. Gn. Fr. Alonso Pizarro.” Se refiere sin duda a algunas obras en el convento y a una reparación hecha en el siglo XVIII. A la derecha está la portería del convento y una capilla cuya portada, profusamente ornamentada con relieves de argamasa, lleva la fecha de 1726. Ya en el interior, nos encontramos una iglesia tipo perfecto del modelo que florece en Nuev España a mediados del siglo XVI. Compónese de una sola gran nave que corre de oriente a poniente, con su puerta principal a este lado y otra lateral al norte; cúbren la cinco bóvedas de crucería, todas de la misma altura; el ábside es cuadrado y no hay aun ni vestigios de crucero. En la sombra de su abandono, la iglesia ha sufrido lo indecible; como tanto convento, éste ha servido frecuentemente de cuartel a la tropa, y los soldados se han entregado a buscar tesoros, profanando sepulcros, abriendo agujeros enormes en los sitios en que creían poder apaciguar para siempre su codicia. Los retablos han servido para leña y las paredes se miran desnudas. Uno de los retablos ocultaba una pintura muy interesante hecha en el mismo muro y que hoy se puede ver descubierta. Está pintada al óleo sobre una preparación que consiste en una capa de barro como de medio centímetro de espeor, mezclado con briznas de paja que le permiten mantenerse unido, y sobre esa capa otra muy delada de yeso que sostiene la imprimación. La pintura está dispuesta en forma de retablo: son cuatro hileras horizontales de pequeños cuadros, tres en la superior y cinco en las tres hileras inferiores. Representa Milagros de San Francisco y cada cuadro lleva su inscripción en letras góticas. Tienen cierta ingenuidad, colorido jugoso de cálida entonación italiana. ¿Cuál de nuestros pintores primitivos pudiera ser el autor de esta obra? Por el proceso de Simón Pereyns, pintor flamenco que llegó a México con el virrey don Gastón de Peralta en 1566, sabemos que entre esa fecha y la de su proceso, 1568, este artista estuvo en Tepeaca con Francisco de Morales, de cuyas conversaciones salió la prisión del flamenco. La pintura de Tepeaca no presenta la maestría que conocemos en las obras de Pereyns, y es de criterio más francamente italiano: no es imposible que sea la única obra que por ahora pueda atribuirse a Francisco de Morales, aunque hay que pensar que Pereyns no ha de haber ido a Tepeaca por puro gusto.

Tepeaca, Pue, Iglesia Franciscana. Interior.

El convento presenta el mismo estado de abandono y desolación. En el claustro, de gruesos pilares y bajos arcos escarzanos, la maleza campa por sus respetos. Una pequeñísima puerta se abre en un muro y descubre un pasillo que parece desaparecer bajo tierra; es una comunicación subterránea que va a dar al rollo de la plaza. No era bastante tener sojuzgada la plaza desde la altura de la iglesia; ¡había que dominarla hiriéndola en su propio corazón!

Por su homogeneidad, por la sabiduría con que han sido resueltos todos los problemas arquitectónicos, esta iglesia es de las más notables que existen en el país. Dejamos sus ámbitos ciclópicos con una extraña impresión de grandeza divina unida a la fuerza material de las armas; no podemos dejar de rememorar la ciudad fortificada de Carcasona: el espíritu de la Edad Media impregna aún estas como aquellas piedras. Si se trataba de hacer fuerte la casa de Dios, más fuerte que las generaciones de las tormentas, he aquí el edificio atestiguando su poder.

Tepeaca, 1923.

 

 

 

(Texto del libro Paseos Coloniales Puebla, de la autoría de Manuel Toussaint y Ritter, publicado en enero de 1988 por el Centro regional de Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en colaboración con la Secretaría de Educación Pública y el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.)

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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