Las fiestas de muertos en México: símbolo del mestizaje cultural

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San Pancracio, ataviado con armadura del siglo XVIII. Catacumbas romanas.

por: Jorge Morales Arciniega

El final del mes de octubre y el principio del mes de noviembre son especiales para la región central y sur de México, las fiestas de muertos permiten exaltar la riqueza cultural que perdura en una nación amenazada por la adopción de modelos y valores extranjeros. Sin embargo también es común escuchar o leer ideas que intentan separar el origen de esta fiesta, es decir, algunos enarbolan la mera naturaleza indígena y otros su génesis en el catolicismo y por ende en Europa; ambos pensamientos son inexactos y tienden a ideologizar una celebración que, por la manera en que se conformó y se celebra, es la más clara muestra del mestizaje cultural gestado tras la Conquista.

En la entrega anterior reflexionábamos en torno a la compleja visión que los mexicas -cultura terminal de la civilizada Mesoamérica- tenían sobre la muerte, ahí entendemos la mitad del origen de la celebración tan peculiar que en México tenemos a los muertos. La otra mitad se originó en la Europa medieval, en el siglo VIII el papa Gregorio III consagró una capilla en honor de Todos los Santos en la Basílica de San Pedro, instituyendo el aniversario de dicha consagración para el 1 de noviembre, a mediados del siglo IX, el papa Gregorio IV extendió la celebración a toda la Iglesia, estableciendo la fiesta de Todos los Santos, a raíz de esto, los templos de toda la Cristiandad comenzaron a exponer las reliquias (fragmentos de huesos, ropas, etc.) que tenían en dicha fecha, por lo que era común ver: calaveras, rótulas, fémures y demás huesos expuestos en ricos relicarios, incluso esqueletos completos de algún santo eran ataviados con los ropajes que usó en vida u otros confeccionados para tan solemne ocasión.

La fiesta de Todos los Santos se volvió muy popular en la cristiandad medieval, al ser la celebración de la Iglesia Triunfante, de aquellos que sin estar canonizados formalmente se creía que ya gozaban del cielo. En el siglo X, el abad de Cluny, san Odilón, pidió que tras celebrar a los santo, se consagrase un día para ofrecer misas, oraciones y sufragios por aquellos que aun no gozaban de esto, es decir aquellos difuntos que se purificaban en el Purgatorio esperando llegar al cielo, por lo que se fijó el 2 de noviembre para esta conmemoración, que poco a poco permeó a la Europa cristiana y tuvo su auge litúrgico tras las reformas del Concilio de Trento (siglo XVI, respuesta a la Reforma Protestante).

Sin embargo la celebración principal seguía siendo la de Todos los Santos, de hecho ya existían aspectos populares que dan muestra de su significación social: en el reino de Aragón, a partir del siglo XV, se empezaron a elaborar panecillos que emulaban las reliquias de los santos: calaveras, huesos, los cuales se siguen produciendo en la región de Cataluña y son conocidos como panallets y su base son las almendras; el reino de Castilla y León celebraba estas fiestas con panes similares a los aragoneses. En Italia se hacen –hasta nuestros días- los frutti de morti, elaborados con formas de animales o frutas que hacían referencia a algún santo.

panellets

Panellets catalanes

Dichos panes y dulces se llevaban a bendecir el 1 de noviembre a los templos y después se colocaban en un altar que se erigía en los hogares, en honor del santo de la devoción familiar, al centro la imagen, a los lados flores, velas y los panes y dulces que emulaban sus reliquias y objetos que lo identificaban, he aquí un antecedente directo –europeo y medieval- de los altares de muertos mexicanos, y su rica ornamentación.

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Frutti di morti, Palermo, Italia.

Al darse la fusión cultural entre las creencias prehispánicas con las cristianas en el actual territorio mexicano, el culto a los muertos de los primeros se unió a la conmemoración festiva de Todos los Santos y solemne de los Fieles Difuntos. Si en el mundo mexica se recordaba a los ancestros en los meses de agosto y septiembre (correspondientes al calendario europeo), la celebración se trasladó a la fecha cristiana: 2 de noviembre, y a lo largo del tiempo esta fecha ganó mayor terreno que la de Todos los Santos, aunque es de notar que en muchos templos, como la Catedral de Puebla, el 1 de noviembre se ostentan las reliquias de los santos que fueron traídas de Europa para compartir este culto.

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Los panes de Todos Santos devinieron en los panes de muerto, tan variados y ricos en el centro del país: la hojaldra poblana de azahar y ajonjolí, el pan de muerto de la ciudad de México y su región, azucarada y con toque a naranja, ambos tipos de pan con una bola coronando, semejando el cráneo y cuatro o seis canillas a los lados, simbolizando los huesos; el pan de yema grande con un alfeñique en forma de cabeza del difunto de la región oaxaqueña; los de forma humana espolvoreados de azúcar roja de la mixteca poblana o el relleno de queso y también cubierta de grana azucarada de la Sierra Nororiental poblana; los panes de forma humana o de animales con base salada del centro del país o el gran pan en forma humana colgado al centro del arco de la ofrenda del Xantolo huasteco. Todos estos tienen una parte de su raíz en los panes europeos y también en los “panecillos” de tzoalli que los mexicas consumían hechos de amaranto y semejaban formas humanas.

Los dulces italianos o catalanes, devinieron en los alfeñiques que, en forma de calavera decorada, frutas, objetos de uso cotidiano, tumbas, cruces, flores, ángeles, animales, en fin, cuanto alcance a la imaginación se ven a cientos en puestos callejeros y de mercados, algunos hechos de azúcar, otros de almendra, pepita, chocolate, amaranto incluso.

Finalmente las flores coronan el altar, se ha dicho que los aztecas en su peregrinación que los llevó a la cuenca del lago de Texcoco, observaron que algunas poblaciones cubrían las tumbas de sus difuntos con una llamativa flor: cempoaxóchitl que significa la de “veinte flores” por su llamativa forma que semejara estar compuesta por muchas flores. Difícil hubiera sido que los mexicas hubieran ocupado la flor en sus fiestas de muertos, porque esta florece hasta el final de la época de lluvias, es decir el mes de octubre. Al coincidir la celebración cristiana de los fieles difuntos con el florecimiento del cempoaxóchitl y por sus característicos olor y color, se empezó a asociar con el camino de los difuntos de su lugar de descanso a la ofrenda. Cabe añadir que en varias regiones se complementa con otras flores como el “terciopelo” característico de la región poblana.

Con estos ejemplos podemos reflexionar sobre la importancia de las fiestas de muertos en México, porque son el mejor ejemplo del mestizaje cultural, elementos prehispánicos y españoles se unieron para dar vida a la celebración característica de nuestra nación, es de notar que esta celebración sufrió un declive a mediados del siglo XIX con las Leyes de Reforma, pero el siglo XX volvió a darle vitalidad, no sólo en las familias, sino también en muchos aspectos culturales: películas, canciones, en fin. Finalmente al ser una tradición y ser llevada socialmente habrán elementos que permanecerán por generaciones, pero otros más serán incorporados como signos de su tiempo, he aquí la riqueza mayor, que si bien el eje fundamental del recuerdo de los muertos es inamovible, los aspectos que la conforman no son estáticos sino adaptable, cambiante, según las regiones y los momentos históricos, así como las sociedades mismas que la practican, el final las tradiciones son invenciones, constructos sociales que generan identidad a los pueblos.

 

 

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