La muerte entre los mexicas: Distintos destinos para un mismo final

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Por Jorge Luis Morales Arciniega

Cada año con el final del mes de octubre los mexicanos nos encontramos con nuestra cita anual con los muertos, tradición enraizada en lo más profundo del ser colectivo de las regiones que otrora formaron parte de la zona arqueológicamente denominada Mesoamérica, cuya situación geográfica al centro sur del actual territorio mexicano, con sus sierras, valles, climas templados o cálidos, permitieron el florecimiento de las grandes civilizaciones del México antiguo. Por ello no es de sorprender que las fiestas de muertos actuales encuentren uno de sus puntos de origen en el pensamiento prehispánico, básicamente en el mexica, cultura que fue heredera de un vasto pensamiento social, religioso y cultural que va desde los olmecas (c. 1500 a.C.), pasando por teotihuacanos, toltecas, en fin, que al asentarse en el lago de Texcoco, por ahí del siglo XIII de nuestra era este pueblo nómada, retomó y amoldó tradiciones y cosmovisiones previas.

La muerte es una de las principales preocupaciones de todas las culturas, no hay sistema religioso serio que no prometa una trascendencia, una vida allende a la terrena, los pueblos prehispánicos no fueron ajenos a estas preocupaciones y los mexicas desarrollaron un pensamiento muy complejo en torno al destino de los hombres más allá de la finitud terrena. La complejidad se encarna desde su propia concepción del mundo, pareciera muy similar al cristiano, con una visión vertical: cielos, tierra, infierno, pero los cielos, trece para ser exactos, eran residencia exclusiva de los dioses y sólo de algunos hombres que por su género de muerte eran admitidos, mientras que el inframundo o infierno, era residencia de los muertos en general, de ninguna forma se entendía como lugar de castigo o de sede de alguna entidad maligna u opuesta a lo divino, por el contrario divinidades cuidaban de este sitio llamado: Mictlan.

Los lugares de los muertos en la cosmovisión mexica.

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Cuatro eran los lugares a los cuales podían llegar los mexicas al término de su vida mortal: el Tonatiuhilhuicatl (cielo del Sol), el Tlalocan (cielo de Tlaloc), el Chichihualcuauhco (árbol nodriza para los niños muertos a temprana edad), estos tres eran cielos y el Mictlán (lugar de los muertos) que estaba en el inframundo.

El Tonatiuhilhuicatl, era el tercer cielo, residencia del Sol, donde se desplaza de oriente a occidente cada día, hasta llegar la noche en el que debía bajar al Mictlán para desplazarse y salir a la jornada siguiente. La noche era, pues, escenario de la lucha entre Tonatiuh y los dioses del Mictlan, por lo que precisaba compañía para vencer y salir victorioso al amanecer, de esta manera, estaban destinados a acompañarlo: los guerreros muertos en combate, aquellos guerreros capturados y sacrificados al dios y las mujeres muertas durante el primer parto, porque se consideraba que perecían luchando por dar vida; acorde a los estudios del Dr. López Austin, los mexicas consideraban que estaban formados por tres entidades anímicas: tonalli(cabeza), teyolia(corazón) e ihiyotl (hígado), de las tres, el teyolia era la esencia que, tras la muerte del individuo, debía trasladarse al sitio que le tocaba. Así, los destinados a ir con el Sol tardaba su teyolia 80 días en llegar y cuatro años para convertirse en colibríes, recordemos que esta ave refería a Huitzilopochtli, quien era dios del sol y de la guerra entre los mexicas. Es importante atender que los cuerpos de los guerreros eran incinerados, representando así su destino final, la misma suerte corría el Tlatoani (emperador mexica) quien por su rango, al morir debía acompañar al Sol.

El Tlalocan era el lugar de Tlaloc, dios del agua, quien escogía a los que debían morar con él, dándoles una muerte relacionada con el agua: por ahogamiento, alcanzados por un rayo, etc., también se le tributaban sacrificios, en los que la práctica era ahogar a las personas para agradar al dios.

El Chihihuacuauhlco, era un árbol nodriza, es decir lleno de senos que alimentaban a aquellos niños muertos prematuramente y que esperaban el momento en que los dioses les permitieran volver a vivir.

El Mictlan era el lugar para todos los que morían por las causas ajenas a las anteriormente descritas, los cuales eran incinerados y sus cenizas colcadas en algún lugar de la casa, según las investigaciones del Dr. Eduardo Matos Moctezuma, se creía que el viaje para llegar al Mictlan, era de cuatro años, que no es otra cosa que el tiempo que tarda el cuerpo que tarda en adquirir forma esquelética, aunque de forma simbólica porque como ya se dijo era incinerado, este plazo era lo que tardaba Tlaltecuhtli, la tierra, en devorar el cádaver y “parirlo” al lugar de los muertos, por ello muchas representaciones de esta diosa la ponen en posición de parto. Y de esa concepción de parto inverso, viene la creencia el teyolia debía recorrer nueve infiernos con características extraordinarias, para ser arrojado al Mictlan, el número nueve está asociado con la muerte en varias culturas, baste recordar a los romanos que hacían los novenarios como duelo por los difuntos y una explicación muy simple implica recordar que el primer aviso de una nueva vida –gestante- es la retención menstrual, pasarán nueve para el nacimiento, de esta forma nueve infiernos para llegar al Mictlán no son más que la relación de la gestación a una nueva realidad.

Los infiernos tenían características extraordinarias, acorde al Códice Vaticano A: el primero era la tierra devoradora, el segundo un río con inmenso caudal, el tercero cerros chocando, el cuarto el cerro de obsidiana que podía desgarrar los pies, el quinto el lugar de viento tan fuerto que tremola las banderas, el sexto el sitio donde la gente era flechada, el séptimo un lugar donde los corazones eran comidos, el octavo el lugar de la obsidiana de los muertos y el noveno el Mictlan, donde eran recibidos por Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, señor y señora de los muertos, donde serán resguardados los huesos.

Ceremonias anuales en honor de los muertos.

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Según fray Diego Durán, los meses noveno y décimo del calendario mexica estaban destinados al culto a los muertos, esos meses corresponden a los actuales agosto y septiembre. El primero era llamado Miccailhuitontli y se destinaba a los niños fallecidos, se colocaba un árbol a la entrada de las poblaciones y las mujeres hacían varios rituales para evitar la muerte de sus hijos vivos. El mes siguiente se llamaba: XócotlHuetzi y era de los muertos adultos, el árbol era derribado y durante el mes era objeto de ofrendas de comida, pulque, cantos y danzas. En la próxima entrega comentaremos cómo se fusionaron estas creencias con las cristianas para dar origen a nuestras fiestas de muertos.

Contacto: jorge.morarci@gmail.com

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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