El Convento Franciscano de Zacatlán de las Manzanas

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Zacatlán, Pue, Interior de la Iglesia.

A LA ORILLA de la barranca gigantesca, cuyos contornos se pierden tras la lejanía de la bruma, Zacatlánse esfuma adormecida bajo el escalofrío de sus tejas. Por sus calles quebradas, de pavimento primitivo y terribles escalones, hay un tráfago incesante de hombres con musculatura de bronce, homérica; cubre sus torsos un capotillo azul de corte peculiar y, bajo el ala caída de los anchos sombreros, atisban rostros de fuerte relieve; aguileños y terrosos como de hombres arcaicos: herméticos, con un hermetismo oriental, más legendario que el Asia de Buhda, de Confucio y de Gandhi; son indios zacapoaxtlas. Vienen al mercado con sus espuertas atestadas de naranjas y de flores silvestres, yerbas olorosas y medicinales de sus campos: regresan con la cera para sus muertos, con mil bujerías para sus mujeres y sus hijas; detiénense de paso en las tenduchas a echar un trago, o a comprar panes con que aliviar la fatiga de la ruta, porque sus pueblecitos quedan en la lejanía de la sierra y es tarde, la niebla comienza a descolgar la ceniza de su manto sobre la felpa del monte, y los caminos se tornan más fragosos, más duros de andar.

Antes de llegar a la plaza, nuestra curiosidad tropieza con infinidad de casitas arrimadas a: de arquitectura típica serrana, con grandes aleros volados para proteger al viandante de la lluvia insistente. ¡Aleros magnánimos! Algunas son de madera casi en su totalidad, escasos ejemplos de esta clase de arquitectura dignos de ser estudiados en México.

La plaza de Zacatlán, pueblerina, con un ancho portal de arcos esbeltos para pasear en él todos los atediados crepúsculos que desgarra el perfil de las iglesias, con sus torres como lanzas ambiciosas de cielo. Desde el último arco, enclavado en su curva como bajo un pequeño mundo sideral, se no sofrece un interesante rincón: amplio edificio encalado cierra por ese punto la plaza y tuerce a la de-recha formando un resalto en el que hay un portal edificado con delicioso primitivismo.

Zacatlán, Pue, Iglesia Franciscana. Siglo XVI

Las dos iglesias de Zacatlán son la parroquia y la del antiguo convento de San Francisco. La primera forma parte del cuerpo del edificio blanco de la plaza; su fachada, en la forma habitual de retablo, con adornos de argamasa de factura popular, brilla entre el follaje de la plaza, reverbera al sol en un espejeo de cal. En la sotabanca de cada columna hay esculpido un angelucho, a manera de cariátide.

La iglesia del convento franciscano es mucho más interesante: de pesada arquitectura exterior, hay que imaginarla sin el aditamento tardío de los campanarios que la flanquean, para concebirla en su primitivo estado. También parece posterior el muro, hoy clareado a balazos, que por fuera corresponde a la nave central; sólo la recia muralla coronada de almenas primitivas evoca los tiempos arcaicos de nuestra arquitectura. La sencilla portada clásica con su frontón triangular, reminiscencia acaso del herrerianismo en México, ¿pertenecerá al siglo XVI? Sobre la arquivuelta, una inscripción nos enseña la fecha de la bendición del templo; mas no es posible asegurar que corresponda al actual edificio.

El interior de esta iglesia es de un sorprendente italianismo; es una basílica italiana, transparente, de tres naves con techo plano, más elevado el de la central que los de las laterales; miden éstas como siete varas de ancho y la otra el doble. Las separan dos danzas de columnas esbeltísimas que sostienen arcos de medio punto, y en el tondo de la nave mayor, tras el arco triunfal, está el ábside. Una serie de pequeños resaltos, a modo de ménsulas, colocados al mismo nivel que las soleras de la nave grande, hacen presumir que la iglesia tuvo acaso un techo de dos aguas en el centro, un alfarje, como la iglesia de San Francisco en Tlaxcala, por ejemplo; esas mensulillas que ahora carecen de objeto, servirían de apoyo a los tirantes. No por la decoración que carece de valor (aunque al hacerla se tuvo el buen sentido de pintar medallones en los muros que sostienen la techumbre de la nave de en-medio, sobre los arcos, en los sitios en que debería haber ventanas como en los originales italianos, y estos medallones hacen magnífico efecto), sino por la pureza de su estructura general, esta iglesia es admirable.

El antiguo claustro del convento, en su parte baja, está formado por gruesas columnas de altura ligeramente mayor que la de un hombre, sobre las cuales descansan arcos rebajados; la parte alta, de recio sabor español, recuerda la arquitectura de madera, las columnas formadas por troncos, las zapatas en que se apoyan las soleras horizontales que sostienen las vigas. Por su robustez, por la proporción del arco, el claustro bajo a primera vista parece como supervivencia románica de media-dos del siglo XVI, en que sin duda fue edificado.

Zacatlán, Pue, Iglesia Franciscana. Siglo XVI

Es un deslumbramiento de plata la luz matinal que se desliza entre la niebla, acariciante. En la plaza pululan los mercaderes; tienen prisa, hablan en voz baja, como para no desperdiciar energía en gritos; hay un zumbido que surge de un punto, se va desarrollando, nos envuelve, envuelve al pueblo entero, como el volar de un gigantesco coleóptero, cuyos élitros fuesen la infinidad de tejados, rojos y brillantes los unos, enmohecidos y verdegueantes de intemperie los más; bellos todos, en un paisaje rústico, sincero, de leve sugestión cubista.

Zacatlán, 28-29 de octubre de 1924.

(Texto del libro Paseos Coloniales Puebla, de la autoría de Manuel Toussaint y Ritter, publicado en enero de 1988 por el Centro regional de Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en colaboración con la Secretaría de Educación Pública y el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.)

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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