Cuento del domingo: Una radio gratis

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por Salman Rushdie

Todos sabíamos que nada bueno le sucedería mientras la viuda del ladrón tuviera las garras clavadas en su carne, pero el muchacho era un inocente, un verdadero bobo, no se puede enseñar nada a personas así. Ese chico pudo haber vivido bien. Dios lo había bendecido con apariencia de Dios y su padre había ido a la tumba por él, ¿No le había dejado al muchacho un nuevo rick-shaw de primera, con bicicleta, asientos de plástico y todo? Era guapo, tenía un oficio, con el tiempo tendría una buena esposa, debió de haberse tomado unos cuantos años para ahorrar algunas rupias, pero no, tenía que caer por la viuda de un ladrón antes de que le saliera barba, antes de que se le cayeran los dientes de leche, se dice. Nos daba lástima pero ¿quién escucha hoy la sabiduría de los viejos? Digo, ¿quién la escucha? Exactamente, nadie, seguro que no un cabeza dura como Ramani el rickshawwallah. Pero yo culpo a la viuda. Vi cómo pasó, sabe, vi la mayor parte hasta que ya no pude aguantarlo, me senté aquí bajo este mismo baniano fumando de la misma hookah y no me perdí de mucho. Alguna vez traté de salvarlo de su destino pero no sirvió de na… la viuda era de veras atractiva, sin duda, de un tipo duro y vicioso, estaba bien, pero su mentalidad era la que estaba podrida.

Tendría como diez años más que Ramani, cinco hijos vivos y dos muertos, Dios sabe lo que hacía ese ladrón además de robar y tener hijos, pero no le dejó ni un nuevo paisa, así que claro que le interesaría Ramani. No digo que un rickshaw-wallah gane mucho en este pueblo, pero dos bocados son mejores que comer aire. Y no muchas personas voltearían dos veces para  mirar a la viuda de un bueno para nada.

Aquí mismo se conocieron. Un día montaba sin pasajero por esta calle, pero sonriendo como siempre, como si alguien le hubiera dado una propina de diez monedas, cantando alguna canción del radio, su cabello envaselinado como para una boda. No era tan tonto para no darse cuenta que las muchachas lo miraban todo el tiempo. La viuda del ladrón había ido a la tienda del bania a comprar unos granos de dal, y yo no digo de dónde venía el dinero pero la gente veía en la noche a hombres cerca de su casucha, me dijeron que hasta el bania mismo, pero yo no hacía comentarios. Llevaba a sus cinco mocosos con ella y de repente, muy quitada de la pena, gritó: “iOye! iRickshasa!” recio, sabes, de un modo muy corriente. Nos enseñaba que ella sí podía pagar el viaje en rickshaw, como si a alguien le importara; sus hijos habrán pasado hambre por el paseo pero yo creo que para ella era una inversión, porque ya había decidido enganchar a Ramani. Entonces todos se metieron en el rickshaw y se los llevó; con los cinco hijos y la viuda pesaba bastante, así que resollaba y las venas le brincaban en las piernas, pensé: Cuidado mi hijo o tendrás que Jalar toda esa carga el resto de tu vida, pero después de eso, vieron a Ramani y a la viuda del ladrón en todas partes, descaradamente, en lugares públicos, y me alegré que su madre estuviera muerta porque de haber visto eso se le habría caído la cara de vergüenza.

Por aquellos días Ramani venía a esta calle en la noche a veces para encontrarse con unos amigos, creía que eran muy listos porque se metían en el cuarto atrás de la cantina del iraní a tomar licor ilegal, sólo que todos lo sabían, pero nadie decía nada, si los muchachos echan a perder sus vidas que sus padres se preocupen. Me entristecí al ver que Ramani andaba con esas malas compañías, conocí a sus padres antes que murieran, pero cuando se lo decía a Ramani con sonrisa de oveja me contestaba que yo estaba equivocado, nada malo estaba pasando. Olvídalo, pensé, yo conocía a estos camaradas suyos, usaban brazales del nuevo Movimiento Juvenil, era la época del estado de emergencia, usted entiende, y estos amigos no eran personas pacíficas, había historias de palizas, así que me senté tranquilo bajo mi árbol. Ramani no usa- ba el brazal pero salía con ellos porque lo impresionaban, tonto.

Estos jóvenes del brazal siempre adulaban a Ramani. Tan buen mozo, le decían, Dev Anand y Shashi Kapoor son como leprosos comparados contigo, de- berías ir a Bombay para que te pongan en el cine. Lo halagaban con sueños porque sabían que le podían quitar sudinero en las cartas y él les compraba tragos mientras lo hacían, aunque no era más rico que ellos. Entonces a Ramani se le llenó la cabeza con estos sueños, porque adentro no había nada más que ocupara ese lugar, y ésa es otra razón por la que culpo a la viuda, por-que tenía más años y debió de haber sido más cuerda, con una palmada lo pudo haber obligado a olvidar todo eso, pero no; un día la escuché decirle para que todos oyeran: “De veras te pareces al mismo señor Krishna, sólo que no eres azul por todas partes”. iEn la calle! iPara que todos supieran que eran amantes! Desde ese día estuve seguro que pasaría un desastre.

La siguiente vez que la viuda del ladrón llegó a la calle para visitar la tienda del bania, decidí actuar. No por mí sino por los padres muertos del muchacho me arriesgué a que me avergonzara una… no, no la llamaré así, ahora está en otro lugar y ellos sabrán lo que es.

“iViuda del ladrón!” la llame. Se detuvo en seco como si le hubiera dado un latigazo, sacudiendo la cara feamente. “Ven aquí y habla”, le dije. Bueno, ella no podía rechazarme porque no soy poco importante en el pueblo y quizá porque pensó que si la gente nos veía hablar ya no la ignorarían en la calle, así que se acercó tal como yo sabía que lo iba a hacer.

“Sólo tengo esto que decirte —le dije dignamente—, aprecio mucho a Ramani, el chico del rickshaw, y tú debes encontrar a alguien de tu edad o, mucho mejor, ir a la casa para viudas en Banaras y pasar el resto de tu vida en sagrada plegaria, agradeciéndole a Dios que la quema de viudas ahora es ilegal”.

Entonces trató de avergonzarme gritando y maldiciéndome, decía que yo era un viejo ponzoñoso que debió haberse muerto hace muchos años. Me dijo: “Déjeme decirle, señor maestro retirado sahib, que su Ramani ha pedido casarse conmigo y he contestado no, porque ya no quiero más hijos y él es un hombre joven y debería tener los suyos. Así que dígale eso a todo el mundo y pare su veneno de cobra”

Durante algún tiempo después cerré mis ojos al asunto de Ramani y la viuda del ladrón porque había hecho todo lo posible y muchas otras cosas en el pueblo le interesarían a una persona como yo. Por ejemplo, el oficial de sanidad local había traído a la calle un gran remolque blanco y tenía el permiso de estacionarlo fuera del paso bajo el baniano. Todas las noches los hombres eran llevados a este camión durante un rato y les hacían cosas —yo no quería estar allí en esos momentos, porque los jóvenes con los brazales siempre vigilaban, así que tomé un hookah y me senté en otro lugar. Escuché rumores de lo que pasaba en el camión pero cerré mis oídos. Hay cosas que es mejor no saber si uno quiere evitar fatigar el corazón.

Pero fue cuando el remolque blanco, que olía a éter, estuvo en el pueblo, que el alcance de la maldad de la viuda fue claro, porque durante esta época Ramani empezó a hablar sobre su nueva fantasía, le decía a todo el que podía encontrar que muy pronto recibiría un regalo personal y muy especial del mismísimo gobierno en Delhi, y que este regalo era una radio de transistores nueva, de primera y operaba con baterías.

Porque siempre habíamos pensado que Ramani tenía la cabeza blanda, con esto de creerse una estrella de las películas y qué no, la mayoría asentíamos con tolerancia y le decíamos Sí, Ram, es muy bueno para ti, y qué gran gobierno tan generoso que le regala radios a las personas que les gusta la música popular. Pero Ramani insistía que era cierto y nunca antes en su vida pareció más feliz, una felicidad que no podía explicarse nada más por la inminencia de un transistor.

Poco tiempo después que la radio soñada fue mencionada por primera vez, Ramani y la viuda del ladrón se casaron, y entonces comprendí todo. No fui a las nupcias, era un asunto lastimoso desde cualquier punto de vista, pero después le hablé a Ram un día cuando pasaba por el baniano con el rickshaw vacío. Se sentó junto a mí y le pregunté: Mi hijo, ¿fuiste al remolque? ¿Qué dejaste que te hicieran?

“No se preocupe —dijo todo está de veras maravilloso. Estoy enamorado, maestro sahib y he podido casarme con mi mujer”.

Confieso que me enojé, casi lloré cuando me di cuenta que Ramani había ido voluntariamente a sujetarse a una humillación que había sido forzada para los otros hombres que fueron llevados al remolque. Lo regañé amargamente: “iMi estúpido hijo, has dejado que esa mujer te privara de tu hombría!”.

“No es tan malo —dijo Ram— no impide hacer el amor —perdóneme, maestro sahib— ni nada. Sólo impide los bebés y mi mujer ya no quería hijos, así que todo está de lo mejor. Además es por el interés nacional —me confió— y pronto llegará la radio gratis”.

“La radio gratis”, repetí.

“Sí, recuerde, maestro sahib —Ram me dijo confiado— hace algunos años cuando el sastre se operó. Muy pronto llegó la radio y de todo el pueblo la gente se reunió para oírla. Es la manera que tiene el gobierno para dar las gracias. Será muy bueno tenerla”.

“Lárgate, vete de aquí”, le dije desesperado y no tuve el corazón para decirle lo que todos los demás en el país sabían, que la treta de la radio gratis había sido funtoosh desde hace años.

Después de esto la viuda del ladrón, que ahora es la esposa de Ramani, no venía al pueblo muy seguido, sin duda demasiado apenada por lo que le había obligado a hacer; pero Ramani trabajó más horas que nunca y cada vez que veía a cualquiera de las docenas de personas les hablaba sobre la radio, se ponía la mano ahuecada junto a la oreja como si ya estuviera sosteniéndola en ella e imitaba las transmisiones con cierta habilidad y energía: “Ye Akashvani hai —anunciaba en las calles—, esta es radio Pan-lndia. Ahora las noticias. Un vocero del gobierno anunció hoy que la radio de Ramani, el rickshaw-wallah, va en camino y será entregada en cualquier momento. Y ahora un poco de música grabada”, y después comenzaba a cantar canciones de Asha Puthli o Lata Mangeshkar con un falsete alto y ridículo. Ram tenía la rara virtud de creer completamente en sus sueños, y hubo momentos cuando su fe en la radio imaginaria casi nos convencía, así que creíamos a medias que realmente venía en camino, o que hasta allí estaba, ahuecado invisiblemente contra su oreja mientras paseaba su rickshaw entre las calles del pueblo. Comenzamos a esperar para escuchar a Ramani, a la vuelta de la esquina o al final de una calle, sonar su campana y gritar feliz: “iRadio Pan-lndia! iEsta es radio Pan-lndia!”.

El tiempo pasó. Ram seguía llevando la radio invisible por el pueblo. Pasó un año. Todavía sus caricaturas de la estación de radio llenaban el aire en las calles. Pero cuando lo vi había algo nuevo en su cara, algo desgastado, como si tuviera que hacer un esfuerzo fenomenal, mucho más agotador que manejar el rickshaw, más agotador que un rickshaw que contiene a la viuda de un ladrón, sus cinco hijos vivos y los fantasmas de los dos muertos, como si todo su ser tuviera que trabajar para mantener el mito de la radio, como si toda la energía de su cuerpo joven fuera vertida a ese espacio ficticio entre su oreja y su mano y estuviera tratando de traer la radio a la existencia por un acto de voluntad enorme y posiblemente fatal. Me sentí inútil, puedo decirle, porque yo había adivinado que en la idea de la radio Ramani había vertido todas sus preocupaciones y remordimientos por lo que había hecho, y que si el sueño muriera él se daría cuenta del alcance del crimen contra su cuerpo y comprendería que la viuda del ladrón lo había convertido, antes de casarse con él, en un ladrón mucho peor, porque lo había obligado a robarse a sí mismo.

Y entonces el remolque blanco regresó a su lugar bajo el baniano y supe que ya no había nada más que hacer, porque seguramente Ram vendría a recoger su regalo. No llegó durante un día, luego dos, y supe después que no había querido parecer voraz, no quería que el oficial de sanidad pensara que estaba desesperado por la radio, y además esperaba a medias que vendrían a dársela, quizá con alguna ceremonia formal de presentación. Un tonto es un tonto y no se pueden explicar sus pareceres.

Llegó el tercer día. Haciendo sonar la campana de su bicicleta e imitando los pronósticos del tiempo, su oreja cubierta como siempre, llegó al remolque. En el rickshaw estaba sentada la viuda del ladrón, la bruja, que no pudo resistir acompañarlo para mirar la destrucción de su compañero.

No tomó mucho tiempo. Ram entró en el remolque alegremente, saludando a sus camaradas del brazal que lo custodiaban del enojo de la gente, y me dijeron (porque me fui del lugar para evitarme la pena) que su cabello estaba bien envaselinado y su ropa almidonada. La viuda del ladrón no se movió del rickshaw, sino que se sentó allí con un sari negro que le cubría la cabeza, apretando a sus hijos como si fueran pajas. Después de unos momentos hubo sonidos de desacuerdo dentro del remolque y luego ruidos más fuertes; finalmente los jóvenes con el brazal entraron para saber lo que pasaba y después de eso sus compañeros dc juerga sacaron a Ram en cuclillas, la grasa del cabello enbadurnada sobre la cara y sangre saliendo de su boca. Su mano ya no estaba ahuecada sobre la oreja, y ni así, me dijeron, la viuda negra del ladrón se movió de su lugar en el rickshaw, aunque tiraron a su esposo en el polvo.

Sí, ya sé, soy un viejo, mis ideas se arrugaron con la edad, ideas de la vieja escuela, y hoy me dicen esterilización y Dios sabe qué será necesario. Quizá me equivoco al culpar a la viuda también, ¿por qué no? Quizás muchas ideas de los viejos se puedan descontinuar ahora y si así es, así será. Pero estoy contando esta historia y todavía no termino. Algunos días después del incidente del remolque vi a Ramani venderle su rickshaw al viejo bribón musulmán dueño del taller de reparación de bicicletas. Cuando me vio mirarlo, Ram se acercó y me dijo: “Adiós, maestro sahib, me voy a Bombay, donde me volveré una estrella de las películas más grande que Dev Anand o Shashi Kapoor”.

“¿Me abandonas? —le pregunté—. ¿Vas a ir solo?”.

Se puso rígido. La viuda del ladrón ya le había enseñado a no ser humilde en la presencia de sus mayores.

“Mi esposa e hijos también vendrán” —me dijo. Fue la última vez que hablamos. Se fueron en el camión ese mismo día.

Después de que habían pasado algunos meses me escribió su primera carta, que, claro, no había escrito él mismo porque ¿cómo sabría escribir? Le habría pagado a un escritor de cartas profesional, que le habrá costado muchas rupias, porque todo en la vida cuesta dinero y en Bombay cuesta el doble. No me pregunté por qué me escribió a mí, pero así fue, tengo las cartas y puedo probarlo sin duda, así que quizá hay algún uso para los viejos, o quizá yo era el único que le interesaría. De todas formas las cartas estaban llenas de su nueva profesión, me dijeron cómo había sido descubierto inmediatamente, un gran estudio le había hecho una prueba, ahora lo preparaban para el estrellato, pasaba sus días en el hotel Sun’n’Sand en la playaJuhu en compañía de grandes estrellas como Sadhana y Sonia, iba a comprar una casa grande construida en desnivel en la colina Malabar, la viuda del ladrón está bien, contenta y engordando, la vida estaba llena de luz, éxito y un poco de alcohol legal. Eran cartas maravillosas, rebosando felicidad y confianza, pero cuando las leo, recuerdo la expresión de su cara los días anteriores a que supo la verdad sobre su radio, y la enorme energía desesperada que había vertido en el acto de conjurar la realidad, por un acto de fe magnífica, del aire tibio y tenue entre su oreja y su mano ahuecada.

(Este cuento apareció en una antología publicada por Penguin en Gran Bretaña en 1982: Firebird 1; writing today. Traducción de Aurelio Major.)

Fuente: El cuento, revista de imaginación, año XXI, tomo XXI, número 123-124 julio-diciembre 1992.

Estudiante de 17 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Algún día seré periodista, mientras tanto disfruto lo que hago.

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