Lado afro de la Puebla de los Ángeles en el siglo XVII

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Por Guillermo Alberto Rodríguez Ortiz

Aunque mi interés por estudiar la presencia africana o tercera raíz en México se remonta a 2008, no hay día en que no sea testigo del asombro, rechazo e inclusive sorpresa que genera a las personas de mi entorno algún comentario general que les hago sobre mis avances de investigación sobre la herencia africana en nuestro país. Si esto ocurre dentro de un ámbito académico, tratar de imaginar lo que sucede con el resto de la sociedad, que ha sido forjada en torno a una historia oficial en donde sólo se reconocen, como únicas raíces de nuestro ethos las heredadas por los pueblos prehispánicos y europeos, no debería resultar extraño.

La intención de este breve texto no es explicar las causas del olvido o rechazo de la presencia africana; más bien es ofrecer un acercamiento al análisis general sobre el tema, a través de un breve recorrido de la información que los archivos ofrecen sobre la tercera raíz en la Puebla de los Ángeles.

Para alcanzar esta meta referiré primero algunos aspectos sobre el origen de esta presencia en México; posteriormente ofreceré un esbozo de los africanos en la ciudad de Puebla durante la época colonial, y finalmente presentaré un examen de dos archivos (municipal y notarial) de la angelópolis.

Orígenes de la tercera raíz en México

Mediante las investigaciones afromexicanistas se ha demostrado que la visión que se tiene de la identidad cultural que nos define como mexicanos -mezcla de europeo e indígena- resulta ser parcial, en el sentido de que no se ha considerado a la tercera raíz, la cual arribó a nuestro territorio al mismo tiempo que los europeos. Incluso se ha afirmado que durante el periodo de 1580-1640 llegó a ser el segundo grupo más numeroso dentro del territorio novohispano, debido al derrumbe demográfico de la población indígena. Tratar de calcular la cantidad de africanos que ingresaron de forma legal o ilegal al continente americano, incluyendo nuestro territorio, implica un debate que hasta la fecha se mantiene. Sin embargo, se dice que a pesar de no contar con una cifra definitiva, las evidencias documentales indican que su peso fue considerable:

Para Europa, la esclavitud africana implicó la conquista de dos continentes en la que se empleó toda la violencia desencadenada por la codicia. La corrupción y la ambición fueron los andamios del capital que se invirtió en los cultivos, las minas, las plantaciones y otras empresas coloniales. Las ganancias colosales que se obtuvieron, financiaron la Revolución Industrial.

En un primer momento, el número de africanos (llamados también “piezas de indias”) era reducido, y su labor quedó limitada a desempeñar tareas domésticas; pero el hecho de acompañar a sus amos en las campañas militares, así como en los procesos de colonización, hicieron que estos sirvientes se convirtieran en partícipes de la conformación del mundo novohispano. Ahora bien, ¿qué propició el incremento de “piezas de indias” a partir de 1580? En un principio, señalan los especialistas, la demanda de “motores de sangre” no había sido necesaria porque los españoles asentados en la Nueva España contaban con una gran cantidad de indígenas que canalizaron en diversas actividades, pero al verse diezmada esta población por efecto de diversas enfermedades (viruela, sarampión, peste, tifo y paludismo principalmente), así como a la labor de algunos religiosos (Fray Bartolomé de las Casas) por proteger al indio, fue necesario que los españoles (siguiendo el ejemplo en las Antillas) organizaran la importación masiva de africanos. Esta migración forzada, además de cubrir la falta de mano de obra, garantizó un crecimiento económico sin precedentes. A través de los puertos de Veracruz y de Acapulco, la Nueva España se convirtió, junto con Cartagena de Indias (a finales del siglo XVI y primeros cuarenta años del XVII), en uno de los principales centros esclavistas de la América Española. Provenientes de diversas regiones del continente africano, las “piezas de indias” eran exhibidas en plataformas para que las pudieran examinar y seleccionar los interesados, y una vez finalizado este proceso comerciante y comprador acordaban los términos en los que se llevaría la operación de compra-venta.

El destino que les deparaba a los “motores de sangre” aún era incierto; mientras que algunos podían ser empleados en el mismo puerto o en localidades aledañas, otros eran llevados hasta la capital virreinal, en donde serían nuevamente subastados. En menos de un siglo, la presencia africana se concentró y distribuyó en el territorio novohispano, de la siguiente manera:

En la región oriental, de las tierras bajas de la costa entre Veracruz y Pánuco a las cuestas de la Sierra Madre Oriental, había entre 8 mil y 10 mil africanos. El puerto de Veracruz sólo tenía cerca de 5 mil negros y afromestizos en 1646, la mayoría de los cuales servían como Cargadores y estibadores, mientras que en las áreas rurales trabajan cerca de 3 mil esclavos en las plantaciones de azúcar y en los ranchos de ganado que se extendieron tierra adentro hacia las montañas.

En la región norte y oeste de la Ciudad de México había por lo menos 15 mil esclavos en minas de plata y en la ganadería, la cría de ovejas y los ranchos de mulas.

En el amplio cinturón que se extiende del sur hacia el oeste desde Puebla hasta la costa del Pacífico se encontraban otros 3 mil a 5 mil esclavos en las plantaciones de azúcar y en los ranchos, en las minas y en los muelles de Acapulco.

Finalmente, la concentración negra más grande de todas estaba en la ciudad de México y en el Valle de México, donde se encontraban empleados en ocupaciones urbanas de 20 a 50 mil africanos, esclavos y libertos.

Se puede observar que los africanos sirvieron tanto en áreas rurales como urbanas del interior del virreinato. Además de las labores ya expuestas, hubo afrodescendientes empleados con fines militares por parte de las autoridades virreinales, ya que mientras en las zonas costeras la falta de soldados españoles y los constantes ataques piratas propiciaron la utilización de mulatos y pardos para salvaguardar los puertos, en algunas regiones del interior — como la ciudad de Puebla- el uso de esta fuerza estaba dedicado a proteger a los pobladores de posibles sublevaciones populares.

Ahora bien, dar por hecho que la inserción de la tercera raízse dio sin reparos generaría polémica, pues al igual que en otras regiones de América los africanos se resistieron al sometimiento; en tanto algunos protestaban pasivamente o conspiraban, otros se fugaban para formar palenques o comunidades cimarronas. El surgimiento y establecimiento de estas comunidades representó un problema económico y político para las autoridades virreinales y, aunque se intentó desaparecerlas, la férrea oposición propició que la dirigencia política pactara y cediera cierta autonomía a los palenques de negros cimarrones, tal y como sucedió con la comunidad de San Lorenzo de los Negros (hoy Yanga, Veracruz).

A pesar de que el empleo de “piezas de indias” benefició la dinámica económica de la Nueva España, desde la segunda mitad del siglo XVII hasta el fin del dominio español, el número de “motores de sangre” disminuyó de manera significativa por diversas razones: 1) consolidación de una mano de obra asalariada, 2) separación de Portugal y España, 3) integración mediante el mestizaje -mestizos, mulatos y pardos- en actividades productivas. La descripción de este nuevo escenario no debe ser valorada como el fin de la presencia africana; al contrario, su herencia

[…] ya se había hecho presente de manera significativa en la mezcla racial de la Nueva España, en parte como resultado de la violencia sexual contra las esclavas por parte de sus amos, aunque en otros casos la mezcla racial fue voluntaria. Esta mezcla se produjo en distintos niveles; por una parte, algunos esclavos buscaron mujeres indígenas como esposas para que sus hijos nacieran libres, y por otra, los negros libres se casaron con mestizas, indígenas y ocasionalmente con blancas. Estos procesos se llevaron a cabo con tanta celeridad que algunos investigadores piensan que, para el siglo XVIII, el mestizaje mexicano se dio, en gran medida, gracias a los afromexicanos que congregaron a las poblaciones blancas e indígenas más rígidas y endogámicas.

Una vez que la Nueva España obtuvo su independencia, la esclavitud, que ya para ese momento había dejado de practicarse, quedó abolida por un decreto del presidente Guadalupe Victoria, en septiembre de 1825, y refrendada por Vicente Guerrero en 1829. Con esta acción la población negra se integraba al nuevo proyecto de nación. Desafortunadamente los políticos de los siglos XIX y XX muy pronto se olvidaron de nuestra tercera raíz.

En el México decimonónico, las constantes confrontaciones políticas y la escasez de población resultaron ser problemas para la élite gobernante de aquel entonces. Por ello se dieron a la tarea de fomentar políticas de salud y de atraer a grandes contingentes migratorios, sobre todo de Europa. Pero los flujos migratorios fueron muy limitados; esta situación orilló a que el gobierno mexicano tuviera que redirigir sus estrategias hacia otros espacios geográficos, como el de los Estados Unidos y el Caribe. Los esclavos africanos provenientes del sur de la Unión Americana, que lograron adentrarse al territorio nacional, además de conseguir su libertad y facilidades para establecerse y contribuir a nuestra economía, sirvieron como aliados para combatir los intereses expansionistas de los norteamericanos. Paralelamente, el trabajo de cubanos, jamaicanos y bahameños en la época porfiriana (1876-1911) sería clave para la construcción de líneas ferroviarias. Durante el estallido de la Revolución mexicana y el posterior establecimiento de los gobiernos surgidos de ésta, algunos migrantes decidieron volver a sus lugares de origen, otros optaron en cambio por integrarse al México del siglo XX, destacándose como artistas, atletas, músicos, poetas, escritores, empresarios, doctores y académico la diversidad de recursos naturales de la región concesiones de alcabalas y almojarifazgo, así como en la ubicación de esta “República de españoles” la posibilidad de salir avante. Desde 1550 hasta 1634, la ciudad vivió una “Edad de Oro'”, en gran medida porque su producción agropecuaria e industrial (beneficiada por la incorporación del arado, además de los mismos recursos naturales, del clima y de la energía hidráulica de los ríos Atoyac y San Francisco) hizo que todos los productos (paños, lana, harina, cochinilla y trigo) gozaran de prestigio y demanda en diversos mercados, lo que provocó que la Angelópolis llegara a ser considerada la segunda urbe más importante del virreinato, tan sólo detrás de la ciudad de México. Pero infortunadamente la época de bonanza terminó como consecuencia de diversos factores: 1) en 1634 la prohibición del comercio intercolonial y su consiguiente crisis económica; 2) el surgimiento de nuevas ciudades que le compitieron en materia de producción, en la región del Bajío, y 3) los cambios ocurridos en el comportamiento demográfico.

Aunque en un principio eran pocos, la dinámica económica la ubicación estratégica de Puebla entre Veracruz y la ciudad de México, así como el decreto de las “Nuevas Leyes” (1542), propiciaron que la presencia africana se incrementara significativamente. La venta de “piezas de indias” se realizaba en la plaza pública, hasta que en septiembre de 1624 el alcalde don Luis de Córdoba ordenó que:

[…] por quanto de estar en la plaça pública los negros y negras boçales recién venidos de Guinea entre la demás gente que a la dicha plaça ocurre a bender pan, frutas y verduras y otros alimentos que ordinariamente se venden para abasto de la República donde como gente boçal se entre meten entre la demás y hacen agravios assia los indios panaderos como a las yndias que venden frutas y berdura y otros que venden otros géneros arrebatándoselos de que resulta aporrearlos y maltratarlos y demás desto subcede que los dichos negros vienen enfermos con enfermedades ocultas y otros males contagiosos que se pegan e inficionan la gente de que por andar entre ellos podría resultar muchos daños a esta ciudad y sus bezinos y para evitarlos […] mando se notifique a Manuel Gonçalez y Francisco Pérez de Alburquerque que a cuyo cargo paresce están los dichos negros que desde oy en adelante no los tengan en la dicha plaça pública ni secretamente y para que quien quisiere comprar alguno de los dichos esclavos y sepa donde los puede hallar se señala por puesto el espacio y plaçeta que ay entre el puente de San Francisco hasta las gradas de la cerca y cementerio del dicho convento […].

Puebla no sólo se caracterizó por ser una región más, donde los africanos desempeñaron diversas labores agrícolas, domésticas, industriales y militares, sino que funcionó también como centro de redistribución esclavista para que productores agrícolas, ganaderos y dueños de ingenios establecidos en comunidades aledañas, pudieran adquirir la mano de obra esclava necesaria para sus respectivas unidades productivas. Al igual que la india, esta presencia debe de ser valorada por los cambios políticos, sociales y culturales que generaron en la angelópolis. Mientras que en un comienzo españoles, indios y africanos se ubicaron en áreas específicas de la ciudad, la misma interacción de todos ellos suscitó que tanto en los barrios indígenas como en el mismo centro urbano se diera el proceso de mestizaje. Es cierto que aún falta mucho por conocer acerca de los africanos angelopolitanos, pero es un hecho que su presencia también fue importante en la conformación de la identidad poblana.

Este texto es un fragmento del libro Cuadernos del Posgrado de Historia, publicado por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” en el año 2013.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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