Del mesón al hotel. Tradición y modernidad en el servicio de hospedaje, Ciudad de Puebla, 1850-1910.

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Por Gloria Martínez Bravo*

El traslado del hombre de un espacio a otro por causas como la guerra, la religión, el comercio o el turismo, ha demandado habitaciones temporales. Los viajeros improvisaban su estancia en lugares despoblados; pero en los populosos acudían a las opciones ofrecidas por vecinos y gobiernos. Así, en los inmuebles dedicados al hospedaje coincidían los intereses de la población en movimiento con los de la ya asentada.

La ciudad de Puebla tiene una larga historia de hospedaje, iniciada desde su fundación en el siglo XVI. Las casas de la época colonial utilizadas para tal efecto fueron los “mesones”, de importante función para insertar a la urbe en la transitada ruta entre Veracruz y la capital virreinal. En ellos se dio alojamiento, alimentación, reposo y esparcimiento, volviéndose espacios de encuentro y puntos de referencia. Al estudiarlas deben entonces considerarse los grupos sociales que allí convergieron: sus dueños y trabajadores (proveedores del servicio) y sus huéspedes  demandantes, pero también el Ayuntamiento de la ciudad (institución que los regulaba). Y es que fueron las interrelaciones entre estos sujetos las que dieron pauta al dinamismo de tales espacios.

La merced de un solar para el primer mesón angelopolitano se dio a Hernán Sánchez por parte del cabildo, el 12 de enero de 1534. A ella se sumaron otras siete para fines del siglo, y en las dos siguientes centurias se instalaron más mesones. Sus características físicas los definieron “[…] como un espacio particular de refacción y avituallamiento de los viajeros y punto en el engranaje del comercio y aprovisionamiento de la ciudad.” (2) Formaron parte de la vida cotidiana y sirvieron de punto de enlace entre la población flotante y la avecindada.

De 1810 a 1900 se registraron 35 mesones, y tan sólo en 1851 se contaron 20, además de dos “parajes de burros”. (3) Estuvieron condicionados por el sistema de la ciudad, pero a la vez le imprimieron su marca. Al atraer a los forasteros se convirtieron en referencia de ubicación, y por su larga existencia algunos dieron su nombre a la calle donde se ubicaron: como los mesones de la Torrecilla, de Guadalupe, del Ángel, de la Luz, de Santa Teresa, de Nochebuena y de Oaxaquilla. Se diseminaron en tres de los cuatro ejes de la ciudad, aun cuando se concentraron en ciertas calles, como las circundantes a la antigua Plazuela de San Agustín; o bien en las calles de la 6 y 8 oriente, en el sub-eje 2 oriente-poniente, en la 4 y 8 poniente, y en la 5 y 9 oriente. En las orillas se ubicaron en la actual 20 norte, 14 oriente y 28 poniente. Estuvieron localizados junto a casas particulares, baños, panaderías, caleras y tocinerías.

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Los dueños de los inmuebles fueron particulares de ambos sexos, mexicanos y extranjeros, sin faltar el clero como propietario de parte de ellos. Cuando eran alquilados su precio variaba por su tamaño, su ubicación y su estado, el cual se vio afectado no sólo por el uso y la falta de mantenimiento, sino también por los sitios y confrontaciones armadas, lo que deprimió su valor y los ingresos del propietario, y amenazó la existencia del propio inmueble. En tales casos podemos citar a los mesones de San Agustín en 1829, y mucho más tarde el de la Reforma, severamente dañado por la intervención francesa. (4)

Se sabe de mesoneros con carácter para enfrentar y sobrellevar a huéspedes rudos y mal hablados, pero desde temprano hubo mesoneras igualmente enérgicas. El caso más sobresaliente en el siglo XVI fue el de María de Aguilar, dueña del Mesón del Cristo y tan buena administradora que hizo de él la hospedería más importante de la ciudad. Para 1852, sabemos de otros dos mesones dirigidos por mujeres. (5)

Cuidar de la buena marcha del negocio, cobrando por sus servicios y vigilando el aseo y el abasto de lo necesario para alojar y alimentar a los huéspedes (y a los animales de tiro que a menudo venían con ellos), para resguardar las mercaderías con que regularmente arribaban y rentar las “accesorias” (locales comerciales) que algunos tenían a la calle, eran las principales funciones del mesonero. También importante era el registro de los huéspedes, tanto para salvaguardar los intereses del establecimiento como para llevar un control que se hizo más acentuado en el siglo XIX, cuando la autoridad los obligó, durante la guerra de independencia, a informar cotidianamente de los huéspedes que llegaban y el tiempo que permanecían, orden que se normó hacia finales de siglo. Sin embargo, la administración no descansaba en una sola persona; había la ayuda indispensable de otros hombres y mujeres, que hacían la limpieza, preparaban los guisos, lavaban trastos y ropa, o se encargaban de la pastura, de cuidar corrales y macheros, de reparar descomposturas y hacer todo tipo de mandados.

Los huéspedes usuales eran arrieros, comerciantes y militares, y en menor medida funcionarios públicos y viajeros extranjeros; aunque con la inseguridad que caracterizó al siglo XIX también se hizo frecuente el alojamiento de personas contrarias al gobierno: soldados de ejércitos invasores y bandoleros. El tiempo de estancia dependía de los objetivos del viaje; por ejemplo el comercia y el arriero iban y venían constantemente. Este último constituía una porción importante de la población flotante; con sus animales recorría grandes distancias, atravesando a paso lento ríos y lodazales, caminos polvorientos, bosques, cimas y barrancas. Fueron elementos indispensables para el comercio y de aquí que su presencia no pasara desapercibida en los relatos de muchos viajeros, (6) l contrario de la documentación municipal donde poca información aparece sobre ellos.

Otro huésped numeroso y constante fue la milicia de bajo rango. Desde la época colonial era común que se alojara en los mesones, de lo que hay registro por los conflictos que tuvieron con los mesoneros. Durante el movimiento de independencia las autoridades se hicieron cargo del hospedaje de la milicia, acudiendo a los cuarteles y a casas particulares, además de los mesones. Pareciera un asunto menor contar con hospedaje en momentos de guerra, pero era todo un problema por la cantidad de espacios demandados, porque el costo corría a cargo de gobiernos generalmente insolventes, y por el frecuente descontento de los militares. A los conventos y casas de la gente pudiente enviaban a los jefes militares, pero las tropas se alojaban en cuarteles y mesones.

Durante la invasión de 1847, el ejército norteamericano buscó donde alojarse: “[…] la infantería y artillería se instaló alrededor de la plaza, los templos […] La tropa ocupo los cuarteles y conventos de Santo Domingo y San Luis. Los Generales Worth y Quitman ocuparon el palacio de gobierno y la oficialía en posadas, fondas y cafés ” (7) Tras la guerra, los invasores dejaron deudas derivadas de su alojamiento y los afectados exigieron el pago al gobierno nacional, como sucedería tras la invasión francesa. Así lo constata la exigencia de pago de Pedro Rodríguez, fechada el 26 de noviembre de 1866:

[…] que cuando tomó el ejército francés esta ciudad, recibí una orden de la plaza para alojar a unos oficiales franceses y tomaron tres de la vivienda principales con los muebles más mejores, una pieza los asistentes y caballeriza, habiendo durado en la casa diez meses y siendo de justicia que se me pague el arrendamiento de casa y muebles a razón de veinte pesos mensuales deduciendo de esta cantidad los cuatro meses forzosos de alojamiento que por decreto se publicó en aquellos días (sic). (8)

Los mesones brindaban tanto servicio de alojamiento como de alimentación. Del primero hay algunos testimonios que hablan dela incomodidad, la parquedad, el ruido y la falta de higiene, incluso en establecimientos importantes como fue la Casa de las Diligencias. Para el segundo tenían sus cocinas y a veces su propia fonda, algunas transformadas luego en negocios separados dela administración del hotel. Contaban asimismo con macheros o caballerizas para el descanso, guarda y alimento de los animales, pues estaba prohibido tenerlos en la vía pública. Como es fácil imaginar, el agua era importante en la actividad del mesón porque teóricamente se ocupaba en todas sus faenas. Su necesidad llevó a enfrentar largos procesos legales, como el que sostuvo el sargento retirado José Guadalupe Laras, arrendatario del Mesón de San Agustín. (9)

En el siglo XIX los mesones del Cristo, de la Torrecilla, de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Agustín, eran privilegiados e importantes porque contaban con una merced de agua. Pero ¿qué sucedía con los mesones que carecían de una toma? ¿Acaso su falta impidió mantener sus puertas abiertas? El agua propia no fue un factor determinante; si no la había se obtenía de las fuentes públicas y los huéspedes buscaban otros establecimientos como los bañaderos de caballos, para el aseo de sus animales.

*Alumna de la maestría en Historia (ICSyH BUAP, generación 2010-2012)

(1) Durante la colonia se llamaba “vista de ojos” a las inspecciones realizadas por la autoridad

(2) Peña, 2004, p. 13 Del Valle 1851, pp. 143 y 153.

(3) Martínez, 2011, p.15.

(4) AGMP, Expedientes, t. 46, f. 246f; t 236, ff. 304-357f, respectivamente.

(5) Thompson, 2002, p. 415.

(6) Glantz, 1964, p. 31.

(7) Roa, 1993, pp. 140-141.

(8) AGMP, Expedientes, t. 165, f. 303 f.

(9) AGMP, Expendientes, t. 46, f. 294f y v.

Fragmento del libro Cuadernos del Posgrado de Historia publicado por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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