Carlos Arellano y su amistad con Alejandro Meneses

Compartir

El pasado martes 9 de agosto en el programa Movimiento Perpetuo, que se transmite de lunes a viernes de 9:30 a 10:30 por nuestra sintonía, el conductor de este espacio, Oscar López, tuvo una entrevista con el reconocido músico mexicano Carlos Arellano, en la que platicó un poco de su amistad con el escritor ya fallecido, Alejandro Meneses.

Esto es parte de lo que palticaron.:

OSCAR LÓPEZ – Tengo mucho gusto de poder platicar con Carlos Arellano vía telefónica, Carlos cómo estás buen día

CARLOS ARELLANO – Qué tal Oscar buenos días, mucho gusto estar con ustedes

OL: Para nosotros también. Me gustaría que comentaras algo de Alejandro no solamente forma parte de nuestra generación en concreto, tú en particular tenías un proyecto con él que nunca se llegó a concretar, quisiera que nos hablaras un poco de ese Alejandro que no se conoce tanto como los cuatro libros de cuento que publicó.

CA: Claro pues primero decir que me da muchísimo gusto que se recuerde permanentemente a Alejandro, con él tuve una relación amistosa, literaria, musical desde 1982 que fue el año en que yo lo conocí a través de José Luis Benites Armas, él me lo presentó y desde que nos conocimos hubo un clic producto de que él era un rockanrolero, a partir de eso cada vez coincidimos más, nos planteamos muchos proyectos, algunos quedaron truncos, otros los conseguimos hacer, es decir, en algún momento Alejandro se planteó hacer una rock ópera que se llamaba los motivos del insomnio, escribió el guion, los textos para las canciones, yo musicalicé algunos de ellos y a partir de ahí nació una amistad también musical en la que él me surtía continuamente de idas que que yo las iba a musicalizando, algunas de esas canciones las tengo grabadas en mis discos, otras nunca las grabe, son alrededor de 13 canciones hechas junto con Alejandro incluso después de su muerte yo he musicalizado tres textos más; Un proyecto que tengo es grabar un disco con las canciones de Alejandro, también en algún momento a él se le ocurrió que hiciéramos una compisción que se llamará la teoría general sobre los dragones y yo a partir de ahí hice una canción que se llama “A la casa de los dragones” ese proyecto que quedó trunco y hasta las últimas semanas antes de su muerte, Alejandro me dio un texto que ya no pude entregárselo en vida y después lo grabé es un texto que se llama “Todo sobre nada” y que lo grabé años después en un disco que se llama “Sombra de acero”, el caso es que hubo un permanente relación musical, amistosa, literaria, y yo puedo considerar que Alejandro en algún momento de nuestra larga amistad se convirtió en mi tutor literario, porque digamos parte de nuestras pláticas también tenían que ver con la literatura y él era un ávido lector, cosa que yo no lo era ni lo soy, gracias a él conocí a muchos poetas, a muchos novelistas, a mucha literatura que creo que sin su tutoría no hubiera llegado a ellos, fue una relación multifacética y eminentemente amorosa.

OL: Quisiera preguntarte Carlos, un aspecto que muchas veces no se toca, ¿Cómo era Alejandro las fiestas y reuniones con sus amigos?

CA: Quienes lo conocimos estarán de acuerdo que fue  un gran seductor por sus maneras, por su humor, por su capacidad de entregarse, de ser amoroso con la gente que quería, era un gran bailador, en las fiestas muchas de las veces era el primero que rompía el baile, esa actividad que cada vez hacemos menos en nuestras reuniones, nos hemos vuelto muy pasivos cada que hacemos nuestras fiestas, quiero decir, charlamos, reímos y cotorreamos pero cada vez bailamos menos y a él le gustaba mucho bailar y sobretodo la salsa, la dominaba; Fue un gran conversador, un irreverente charlista, un tipo muy divertido conforme avanzaba la noche, es decir, con forme la noche se hacía madrugada creo que se acentuaba todos estos dotes de Alejandro.

OL: Carlos Arellano te agradezco muchísimo toda esta conversación.

CA:  Claro te agradezco muchísimo, un saludo.

El siguiente texto, es un cuento del libro Tan lejos, tan cerca (2005), el último libro del cuentista de origen tlaxcalteca avecindado en Puebla:

Cabaret para ciegos, Crea el infinito con lo impreciso y lo inacabado.

ANDRÉ GIDE

Como siempre, no recuerdo cómo ni por qué empezó la bronca.

Pero algún idiota de corbata dijo —no rió— «Ja-ja».

Yo —Javier Solís, de pronto, se puso mis zapatos— le vacié mi copa en la bolsa del saco. —Para que aprendas a no reírte de los fantasmas, pendejo —dije, con más tristeza que rencon El mundo se descompuso al primer golpe. Entre los vidrios y las mentadas, sillas derribadas, zapatos que huían, el griterío, quedé tirado junto a un sillón. Un tacón de diez centímetros, calmo, se posó frente a mi nariz; vi el tobillo blanco de la dueña, escuché —entre el escándalo que yo había provocado— el rasposo estirón de sus medias cuando cruzó las piernas. El crujido de su vestido. El color negro de sus zapatos de punta señalaba el norte. A sus pies, vomité. Entre los espasmos meditaba: ¿dónde había estado? , ¿Por qué no descubrí antes esos tobillos, elevados como estatuas en el pedestal de las cachondas zapatillas que veía a ras de suelo?; de hecho, ¿qué hacía yo tirado, escupiendo restos de canapés, sujetándome del pelo para no quedarme dormido?

—Siéntate a mi lado, mi reciente amigo, tómate una copa… —dijo, inclinándose entre sus piernas. Vi su cara delgada, el cabello colgando. Un rostro, invertido, de labios pintados de violeta, brillantes. Cuando me levanté reconocí el olor que tienen las piernas de las mujeres.

Me ofreció un vaso pringoso. Entre otras, mis huellas dactilares impresas en el alunar de refresco y ron que impregnaba el vidrio.

—Salud —dijo, casi como una disculpa. Con parsimonia, ajenos como los que prevén la vida su real de futuros hijos, comentamos la madriza que se estaban poniendo los invitados a la fiesta. Un cumpleaños aborrecible. —Salud, mi buen… Sacó un pañuelo de su bolsa de piel de culebra y me limpió los bigotes. Encendimos cigarros y los repartimos entre los meseros que miraban la pelea en espera de reunir los restos de la fiesta.

—Es lo malo de no conocerá nadie en las reuniones, no sé a quién romperle una botella en la cabeza —murmuró mientras miraba fijamente el rostro de un gordo que había caído, noqueado, a sus pies. Un charco de sangre se formaba, simétrico, bajo la nariz del hombre que —estoy seguro— soñaba con elefantes.

Pensativa. Fumando. Estaba más allá de donde estábamos. Nos llegaba el ruido de muebles destrozados bajo el peso de cuerpos aferrados, huesos crujientes, ropas rasgados resbalones, grititos histéricos. Opté por la cordura:

— ¿Cómo te llamas?—Angie.

Angie aflojó la pierna —fugaz liguero bajo la falda negra— y el sujeto se levantó sólo para recibir un cachetadón que lo puso quieto y complacido junto a una planta de malamadre.

—Ésta sí es madriza —dijo entre las migajas que se adherían a sus labios violeta—. Me encantan los hombres solitarios puestos en libertad.

«Ésta sí está loca», pensé mientras apreciaba la buenura de sus piernas. Me salpicaron y ella volvió a sacar su pañuelo blanco. Ufana y diáfana. Esmerada en las gotas de sangre que habían llegado hasta la solapa de mi saco.

—Estos bárbaros…

—Ya se cansarán … —le dije aspirando el perfume que venía desde su cuello.

—Pon un disco, anda, no seas malo. Me levanté y busqué en la reducida colección de acetatos.

Pepe Jara, ni madres. Me decidí por uno de las hermanitas Núñez: tu retratito lo traigo en mi cartera… Regresé al sillón. Consolaba al negro autotorturador que con sus lágrimas anegaba la tela entre sus piernas; ella depositaba sin prisa la ceniza del cigarro en la cabeza crespa.

—Dice que es tu amigo.

—No le creas, ni siquiera él mismo se cae bien.

—Pues entonces que se vaya a la chingada… —y lo arrojó encima del gordo que roncaba alegremente a sus pies—

Vámonos.

Un Maseratti rosa estaba estacionado a dos cuadras. Una pareja dormía, plácida, en el cofre. Ella aplicó directamente al pene del muchacho su Delicado sin filtro. Tuvo la delicadeza de subirle el cierre. El hombre despertó al borde de un acantilado abierto en medio del sueño y sintió el tamaño de su dolor. Echó a correr A la mujer la tomó (le los pelos, que resultaron ser una peluca, y apagó la colilla en uno de sus senos. Adios

-Vagos-dijo mientras enfilaba la calle bordeada por árboles. Ochenta kilómetros por hora en cinco segundos. Empecé a sudar.

Ella rebuscó en la cajuelilla, mirando hacia adelante, y sacó un caset.

—Chucho Avellanet, ay amor ya no me quieras tanto.

—y lo puso.

Después vino Amparo Montes, un centro comercial, dos perros atropellados, Juan Arvizu, un encerrón, arbustos destrozados en una curva, charcos de ruido filoso, los edificios lejanos de la madrugada, la copa rota, los semáforos abandonados, un borracho que nos vio pasar por primera y última vez en su vida, el mamón de Fernando Fernández, ay, tienes alma de quimera, mientras se estacionaba junto a una casa donde yo había vivido veinte años antes.

—Un cigarro — se lo encendí, mirando la casa que había sido de mi abuela.

Soltó el humo como si le doliera. Veía la casa con miedo.

Nos quedamos callados; yo examinaba la fachada con todas sus ventanas iluminadas.

—El aire, allí dentro, causa tuberculosis —dijo mientras una lágrima temblaba en la punta de su nariz.

Salí del auto. Me acerqué a la barda y la toqué con el mejor de mis dedos.

—Es la misma —susurré en el oído del niño que había sido Ella estaba recargada sobre el volante; en alto, sus dedos largos sostenían el frágil equilibrio de la ceniza.

Empujé la hoja de la puerta metálica. El rumor de la noche recorrió el jardín. Lejos, alguien gritó. La luna.

—Escucha el silencio… es el otoño —susurró, haciendo sordina con la mano que sostenía el cigarro y su ceniza——

Casi es noviembre, ¿lo oyes?

Levanté la vista al cielo negrísimo de noviembre. La luna estaba en su lugar y yo abajo. Todo seguía en su sitio. Seguro.

Otra vez el grito.

¿Aquí vives?

No contestó.

Desde el fondo del jardín se acercó una anciana, una eternidad; levantó un bastón cuando estuvo frente a mí. Abrió su boca de dientes perfectos.

-¿Sí?

—Vine con su nieta… Angie…

—Yo no tengo nietas con nombres tan imbéciles.

Me tomó del brazo, olí su perfume de madera, de frutas. Caminamos hacia la casa.

—Oiga, está allá afuera, llorando.

—Ya regresará —-me dijo, me vio— Va y viene, nunca sabemos dónde está… Jovencito, ahora que nadie nos ve, enciéndame este cigarro.

Lo hice, y después, golpeando plantas, arbustos de mi infancia, corrí espantado hasta la puerta de la casa donde había cultivado mis primeros terrores en noches de gatos y veladoras encendidas.

Ella seguía sobre el volante. Su cigarro, consumido, mantenía erguida la ceniza entre sus dedos. Me soplé en las manos y las pasé por mi cara. ¿Cómo había llegado a ese lugar, con veinte años de retraso?

No quise despertarla. Ella lo hizo:

— ¿Bailamos, güey?

«Sí», recuerdo que le dije. Después de subir las ventanillas y poner los seguros pateó el auto, marcó con las llaves una raya en la portezuela, abolló una salpicadera a punta de tacón de aguja. Vi sus piernas color tabaco.

Entramos. Ella primero.

—Aquí vivo —y aventó la reja del jardín. Me sujetó de un brazo, caminamos por el sendero de grava que mi abuelo había diseñado entre los sopores del anís.

Hay una alegría silenciosa en el salón, mujeres sometidas a vestidos amarillos asoman la cara entre manojos de plumas blancas; pálidos hombres en los rincones.

Se acerca la vieja bastonuda:

—Ángela, no son horas de llegar.

—Los gatos no saben de horas —y se empina la copa de un licenciado absorto en los arabescos del techo.

— ¿Dónde estuviste?— dice mi abuela, resignada.

—En Tlaxcala, hasta que me encontré a éste, allí mismo —me señala, decepcionada.

Mi abuela me ve.

—Pero si no es nadie; en lugar de flores pone cilantros en bolas tumbas. Su mejor consejero es éste— señala una botella—. Vete a bañar, apestas a trapo viejo le dice amenazándola con el bastón.

—Usted no es mi abuela —digo, pensando lo contrario.

— ¿Y quién en este mundo quisiera ser tu abuela? Imbécil dos veces, eludí sus ojos grises.

La sala está en penumbras, unos jovenzuelos de frac, pedísimos, juegan canicas a tientas sobre la alfombra luída de un reservado. De una pared cuelga, tremebundo, un gobelino con una escena de caza: el tigre salta y, desde el lomo de un elefante, le dispara un hombre de bigotito y sarakof. ¿Lo mató? , ¿Fue comido por la bestia hedionda? Siempre me hice esa pregunta, por las tardes, cuando me sentaba en el comedor, frente al gobelino, a iluminar mapas de países inexistentes.

Las parejas deambulan por el salón. Los hombres dirigen un bastón frente a sus rodillas, van vestidos de diferente manera: hay árabes, escoceses de faldita, nativos de las Islas Afortunadas temblando bajo sus collares de flores y los trapos percudidos que una vez fueron las cortinas de mi abuela.

Por un pasillo transcurre el carnaval: los hombres entran y salen con un nuevo disfraz, un sombrero de palma y un zapato medieval acompañan a una sandalia romana; una capa de mosquetero oculta un bigote que soporta unos espejuelos redondos con la nariz integrada.

Las mujeres los pasean. Platican, los dirigen hacia las paredes para que toquen las cortinas de terciopelo rojo, hacen que choquen los bastones y se pidan disculpas, llevándose la mano a los ojos; los premian con un beso de madres borra chas; se detienen en la barra que atiende una muchacha transparente, vestida con un traje de casimir a rayas —de mi abuelo— y un bigote de peluche. El salón es un zócalo cordial, dominguero y demente. No hay música cómo pero han llegado al único cabaret para ciegos con licencia… pregúntenle a sus papás —y se ríe el pendejo.

Aplausos tímidos.

—Como siempre, vienen a lo mismo… pobres bestias abandonadas, éste es su sitio, ésta es su Arca de Noé, donde el mundo queda a medias en beneficio de la nada… ¡Viva la nada, cabrones!

Del techo del salón caen confeti y serpentinas, en el sistema de sonido se escucha el descorche y luego el espumeo de botellas de champán, el negro baila alborozado por algo que sólo él sabe. Gira sobre un pie y vuelve al micrófono, ahora lo besa.

—Ah, si fueras ella… y enjuga una lágrima que nadie le ha pedido— Aquí vienen a conocer la verdadera nada… iNoche a noche! grita enfurecido, abandonado—. Con ustedes a solas, su abuela, su madre, su hermana… la verdadera… iAngela Adónica!

La ovación casi me tira del banco. La anciana aporrea la barra con su bastón, la cantinera arroja sus bigotes al cielo.

Como surgió se extingue la algarabía. Tosecitas, carraspeos, el aire acondicionado

Ella se abre paso entre unos helechos gigantes que algún mecanismo chirriante hace aparecer del suelo. Se dirige al centro de la pista como niña en procesión, va deshojando gardenias; los ciegos, al contacto del olor profundo, miran hacia el techo. Se hinca con violencia, abre las piernas al mismo tiempo que la boca, echa la cabeza hacia atrás, se frota el pubis, los senos que tienen los pequeños pezones erectos bajo la tela brillante. Se yergue, avanza con grandes zancadas que le agitan las nalgas, siguiendo el ritmo de una música que no escuchamos.

—Pinche loca —alcanzo a decir antes que el bastón de la anciana me cierre el hocico.

Las bocinas rechinan. Alguien, invisible, tose sobre el micrófono. Carraspea. Engruesa la voz:

Música de la piedra más baldía espigas u creciente partitura, y música del cielo la más pura en la piedra sus módulos enfría.

Ángela Adónica camina entre la concurrencia, mueve los hombros. Pasa sus dedos largos entre los mechones alborotados de la peluca negra. Con el último verso su cuerpo se encoge, repentino, en un gesto total que concluye en su ombligo.

Sismo de tierra, sube a melodía, aura de cimas, colma la llanura; y se respira tal arquitectura como resuena tanta maestría.

Está de rodillas, se sostiene con las manos, la cabeza entre las piernas. Respira como un pedazo de carne recién cortada. Los ciegos no saben dónde posar sus ojos, algunos lloran.

Todas las liras en el aire tenso repercuten al son apasionado; el clamor de los hombres en ascenso.

Penitencial, redunda en su costado; y Permaneces, contrapunto inmenso, ¡Oh Jesucristo! Bien ejecutado.

Febril pero lenta se incorpora, se acomoda la peluca. De espalda a las mesas, la Adónica va desabotonando la blusa blanca, sube la tela satinada sobre su cintura, la desliza por los hombros, la detiene un momento en el ángulo de los brazos. Cae. Se inclina, la falda roja rodea sus tobillos, sus nalgas interrogan.

Los ciegos abren y cierran los ojos en la penumbra del salón; los más borrachos lloran sobre el mantel, otros se frotan las manos, sudan misteriosamente. Escucho el silencio.

Se voltea, tiemblan sus senos de pezones casi blancos, una larga cicatriz desciende de su cuello, bordea el ombligo diminuto, se pierde en su vientre de pelos negrísimos. El surco de las lágrimas es perfecto sobre el maquillaje.

Con las manos cruzadas sobre el pubis, reclina su cabeza en el pecho. Mi abuela rechina los dientes. Volteo: es una anciana vestirla de abalorios que esboza una sonrisa de vinagre viejo, soba su bastón como si fuera una culebra erguida.

Ángela se derrumba en la pista. Aplaudo frenéticamente, pero la vieja me mira enfurecida, intenta levantar su bastón, golpearme. El esfuerzo la tira del banco. Siento la mirada de los ciegos. Me ven desde un más allá alcalino, solar; desconcertados, en silencio.

Afuera, un trueno lejano; luego, la lluvia sobre los techos altos. En un rincón, el agua empieza a gotear. Por un momento, todos quedamos atrapados en el sonido de la lluvia, embelesados.

Mi abuela está de rodillas, resoplando. Me inclino para recuperar a la vieja. Se zafa, no quiere que la toque; viene la cantinera y la acomoda en el banco.

En ese momento, desde el fondo, un imbécil grita «iOtra!», mirando al cielo.

—i Termina, acábalo, por una vez en tu vida! —exige otro que derriba la silla al levantarse.

—iÁngela, termina!

—iNo nos dejes así! … io te matamos de nuevo!—ruega y amenaza un cowboy con plumas en el sombrero.

—Sí, carajo, que termine… —susurra el negro junto a la anciana, mirando el guiñapo que es Ángela.

La vieja me jala de la manga,

—cómo estarás imbécil, aquí no se estilan los aplausos!… Vamos a vera —un chipote violáceo se desplaza por su frente.

La puerta está entornada, blanca.

Ella se pinta los labios frente a un tocador de niña mensa. Nos ve desde el fondo del azogue:

—Nieto y abuela.

—No digas pendejadas —responde la anciana. Se sienta en la cama, colcha de cuadros azules, llena de pelos de gato. Resopla, pone las dos manos en el puño del bastón. Mueve la cabeza.

—Te salió muy mal, ya ves lo que ocasionaste,

Ángela voltea y la ve, triste.

—Se trata de hacerlos llorar, no que se peleen. Para eso les sirven los ojos, para las lágrimas… por eso pagan. Afuera retumba el aguacero.

—¿Y qué hago, me abro el vientre?… —dice Ángela regresando al espejo Eso me enseñaste.

Mi abuela se inclina y llora. Me acerco, toco sus cabellos gruesos, desteñidos, amarillos y blancos.

La Adónica se acerca, resignada. Pone sus manos sobre las mías en la cabeza de la vieja. Me mira y siento que mi cuerpo es aire. Con sus ojos verdes me hace una seña para que las deje solas.

Atravieso el salón entre cuerpos derribados. En la luz del amanecer se ven las paredes desvencijadas, colgajos carcomidos por la humedad. Los ciegos duermen, uno sobre otro, ensangrentados. Las mujeres han desaparecido.

Uno de ellos, elegante a pesar de llevar el hocico roto, intenta salir por la estrecha puerta con el paraguas abierto.

El negro, lloroso, se lo arrebata y me lo ofrece. Afuera la lluvia, ya lánguida, cae sobre el Maseratti rosa, sin llantas, apoyado en ladrillos rojos, anaranjados.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

Be first to comment