La salubridad en el periodo revolucionario

Compartir

A pesar de las transformaciones, resultado el proceso de modernización urbana, los higienistas seguían expresando sus preocupaciones al señalar a comienzos de la década de 1910, que a pesar de las grandes obras realizadas gran parte de la ciudad todavía carecía de banquetas, y que si bien se habían mejorado algunas calles céntricas, las calzadas de los barrios no se encontraban empedradas ni pavimentadas, el sistema de abastecimiento de agua potable se caracterizaba por la deficiencia en el servicio, al tiempo que las aguas sulfurosas que abundaban en la zona poniente del centro urbano contaminaban en muchas ocasiones los conductos del agua potable; por su parte, las calles del centro arrastraban basuras e inmundicias hacia el río de San Francisco, agudizando aun más las condiciones de insalubridad reinante.

En temporadas de lluvias, las calles de la periferia se convertían en enormes lodazales, los que se “amalgamaban” con estercoleros y muladares llenos de basura esparcidos por doquier en torno al centro de la ciudad. Si bien el rostro del centro se transformaba rápidamente, en gran medida los cambios eran superficiales. La “modernidad” porfiriana beneficiaba preferentemente a los que habitaban las grandes casonas. Los problemas continuaban presentes y el ordenamiento del espacio urbano elaborado durante las últimas dos décadas del siglo XIX ya no reflejaba las nuevas necesidades que tenía la ciudad. La calidad del agua era deficiente y si bien las autoridades sanitarias realizaban análisis bacteriológicos con cierta regularidad, sus observaciones quedaban, la mayoría de las veces, en recomendaciones de las cuales las autoridades municipales hacían caso omiso. El abastecimiento de agua era un serio problema en la medida que las autoridades municipales no podían garantizar un abasto regular a la población, por lo que se mantenía el servicio solamente durante el día (entre 7 de la mañana y S de la tarde), aunque la baja presión impedía que ésta llegara a las habitaciones ubicadas en pisos superiores. Además, se encontraba —la mayor parte de las veces— contaminada por diversos bacilos y bacterias que ocasionaban enfermedades gastrointestinales a la población. Pero no solamente las calles se encontraban en mal estado de conservación y limpieza, también algunos jardines céntricos, como la Plazuela de los Sapos, se habían convertido en focos de contaminación, al establecerse en ellos pequeños mercados al aire libre que violaban todos los reglamentos municipales sin que las autoridades encontraran una solución a este tipo de actividades. Situación que se agudizaba con las obras de pavimentación y saneamiento, las que —debido a problemas financieros— se dilataban durante meses, o quedaban interrumpidas durante un tiempo prolongado, generando diversos problemas a los vecinos del lugar.

El río de San Francisco fungió a lo largo de la historia de la ciudad como el eje vertebral que siempre estuvo presente en su devenir; en sus orillas se asentó, desde el siglo XVI, un importante número de empresas que le dieron a Puebla fama y fortuna. En un tramo que hoy visualizamos como muy pequeño, en apenas poco más de ochocientos metros, del primer y antiguo puente de San Francisco ubicado sobre el camino a la Vera Cruz (Av. 14 Oriente) y el puente de Analco (Av. 5 Oriente), la vida transcurría de manera intensa en sus márgenes. Pero más allá de esta ingente actividad, los barrios ubicados en la banda oriental del río (Analco, La Luz, San Francisco, Los Remedios), estuvieron muchas veces limitados en épocas de lluvia, en que el río se convertía en una barrera natural que incomunicaba la zona con el centro de la ciudad. Inundaciones que cubrían amplios espacios de Analco o de los Sapos, que se agravaban debido a que el cauce era utilizado como tiradero de desperdicios, los que llegaban a conformar verdaderos tapones que impedían la libre circulación de las aguas.

Por otra parte, el hacinamiento en que vivían los sectores populares era uno de los factores de mayor preocupación. Tanto en los barios como en el centro de la ciudad la saturación de las viviendas era una de las características más sobresalientes. Las vecindades que habían surgido a mediados del siglo XIX se habían multiplicado notoriamente en las últimas dos décadas del siglo. El crecimiento demográfico de la ciudad no se vio correspondido con un incremento de la planta urbana. Las antiguas casonas coloniales del centro de la ciudad pasaron por un creciente proceso de subdivisión; afloraron multitud de pequeños cuartos sin ventilación y accesorias en donde habitaban familias enteras sin ningún tipo de servicio. Algunas de éstas pervivieron hasta la década de 1960/70, las que —transformadas hoy en museos o dependencias públicas— presentan una cara diferente. Una de éstas llegó a albergar a más de 120 familias y otra a poco más de 70; situación difícil de imaginar, pero que nos proyecta el panorama existente en la Puebla de las primeras décadas del siglo XX, así como también las condiciones de vida imperante entre amplios sectores de la población.

Entre 1911 y 1920 se promulgaron más de sesenta ordenanzas, disposiciones municipales y reglamentos que buscaban reordenar y adecuar el espacio público y privado a la modernidad de la nueva centuria; destacan de manera especial los años 1912 con nueve, 1915 con dieciséis y 1917 con diez reglamentaciones.

La ciudad había cambiado, no solamente en su aspecto y fisonomía, también fueron apareciendo nuevas actividades comerciales desconocidas hasta esos momentos, novedosos medios de locomoción, nuevos usos del espacio urbano que requerían de disposiciones municipales que regularan el uso del entramado urbano y establecieran el orden en una ciudad en la que la modernidad se expresaba en “cambios vertiginosos”. De esta manera, cuando aparecen los primeros automóviles en 1910, las autoridades municipales debieron determinar quiénes se encontraban en condiciones de conducir estos ruidosos vehículos. Sobre el particular, una disposición acordada el I de diciembre de 1910 establecía que los conductores de los nuevos automóviles debían comprobar que poseían:

 condiciones de prudencia, sangrefría, seguridad de pulso, para variar según las circunstancias, la dirección del vehículo, así como la prontitud con que, llegado el caso, pueda poner en obra los medios para refrenarlo y detenerlo, o para variar hábilmente la dirección.

En 1912 se estableció la obligatoriedad de que los chauferes de los coches de alquiler contaran con una licencia especial, y un año más tarde se determinó la velocidad máxima permitida dentro de los límites de la ciudad, en la que

Ningún automóvil podrá caminar por las calzadas a una velocidad mayor a 30 Km por hora, entendiéndose por calzada (… ) las que se hallan fuera de la ciudad. En las calles tampoco podrá imprimírseles velocidad mayor que la marcada por el trote natural de los caballos de tiro, o sea 10 Kmporhora ….

Si bien se habían venido estableciendo diversas disposiciones sobre el ordenamiento del tránsito vehicular en la ciudad, todavía faltaban algunos lineamientos que terminaran de regularlo, en la medida en que los aires de la modernidad comenzaban a sustituir los viejos coches tirados por caballos, por automóviles, motocicletas y bicicletas, ocasionando diversos accidentes en las calles más concurridas. Con la finalidad de regular el tránsito citadino, en 1917 se aprobó el nuevo Reglamento de Circulación de Vehículos, en donde se especifican con detalle las señales de tránsito, la preferencia de paso a carros, automóviles de bomberos, policía y correo.

De igual manera, se normaron: 1) el funcionamiento de los cines, que en la década de 1910 comenzaban a tener una importante presencia en los principales centros urbanos del país; 2) el establecimiento de carteles publicitarios en la vía pública, especialmente en las calles del centro, en donde las nuevas tiendas, cines, teatros, toros y diversas variedades (circos, títeres), anunciaban sus actividades a través de carteles diseminados por toda la ciudad; 3) la banda municipal, que actuaba en el zócalo de la ciudad los domingos y fiestas cívicas, y 4) la actividad de los limpiabotas, que sin ningún tipo de control inundaban las plazas públicas, los portales, zaguanes, jardines y diversos lugares públicos y privados de la Angelópolis. Pero la preocupación principal del ayuntamiento giró alrededor de aquellos problemas relacionados con la higiene urbana (limpieza de calles, río de San Francisco, depósitos de basura existentes en la vía pública), salubridad pública (boticas, venta de alimentos y medicinas en la vía pública), sanidad pública (prostitución y enfermedades venéreas), y diversas medidas preventivas destinadas a enfrentar las enfermedades que afectaban a los habitantes de Puebla.

Entre 1910 y 1920, los regidores manifestaron una marcada consternación por la existencia de muladares y depósitos de basura esparcidos por toda la ciudad; preocupación que se acrecentó en la medida que los carros recolectores eran escasos y no cubrían la totalidad del espacio urbano. Esto se debió a diversos factores, entre los que se encontraban problemas de carácter político generados por el proceso revolucionario, la presencia de grupos armados en el centro urbano, el deterioro de los carros recolectores y la escasez de mulas. Esta situación motivó que las autoridades municipales intentaran, en diversas oportunidades, establecer una política más estricta, emitiendo diversos bandos y disposiciones, los que en momentos álgidos, como los ocasionados en 1915- 1916, se incrementaron se acordó la construcción de hornos especiales para la quema de basura, aunque las penurias de las arcas municipales postergaron de manera indefinida su construcción; se realizaron diversos estudios bacteriológicos de los veneros de aguas existentes en los alrededores del centro urbano y en diversas fuentes de agua distribuidas dentro de la ciudad; se aprobaron diversas disposiciones que regulaban el Klncionamiento de aquellas actividades que se caracterizaban por una total falta de aseo, como —por ejemplo— las peluquerías.

Para mantener las calles de la ciudad hmpias, se normaron puntualmente las obligaciones de los habitantes en relación con la basura depositada en las arterias de la ciudad, obligando puntualmente a los vecinos a mantenerlas aseadas en la parte que les correspondía barriéndolas dos veces al día. Se trataba de educar a los habitantes de una Puebla “moderna” que aspiraba a ser partícipe de la nueva cultura urbana vigente en las principales ciudades europeas y norteamericanas.

La política implementada por el municipio durante el periodo revolucionario, en relación a la venta de alimentos en el espacio público, fue de gran relevancia. Se rescataron viejas ordenanzas porfirianas, se actualizaron otras, al tiempo que se elaboraron varias reglamentaciones que regulaban puntualmente diversas actividades del ramo: venta de alimentos en la vía pública, restaurantes, venta de pan, leche, carne, Kincionamiento de los mercados, rastro, entre otros. Detrás de esta política puede verse la preocupación de los higienistas que, desde la década de 1880, pugnaban por establecer mayores controles sanitarios en la venta de productos alimenticios, cuya falta de aseo era —según sus opiniones— responsable de diversas enfermedades gastrointestinales, las que ocupaban el primer lugar entre las enfermedades que ocasionaban la muerte de la población de la ciudad.

Uno de los años más difíciles para la ciudad fue 1915, ya que la salubridad se deterioró mucho debido a los problemas políticos-militares que afectaron a Puebla. La presencia de fuerzas militares, la escasez presupuestaria del gobierno del estado y del ayuntamiento, el notorio aumento de la pobreza y la miseria entre amplios sectores de la población, la pérdida de mercados para el sector textil, y la epidemia de tifus exantemático que golpeó la ciudad en el último trimestre del año, no permitieron la aplicación de métodos eficaces para mejorar las condiciones de salubridad reinante en la ciudad, y en algunos casos se produjo un retroceso. No obstante lo cual, el cabildo poblano se abocó con mucha más dedicación que en años anteriores, aunque con escaso éxito, a reglamentar aquellas actividades relacionadas con venta de productos que afectaban la salud de sus habitantes, como la matanza de animales en el rastro, la venta de pan, pulque, fondas, figones y restaurantes.

Uno de los productos cuya venta generó más controversia fue el pulque; bebida tradicional que era vendida tanto en negocios especialindos en el ramo como por vendedores ambulantes, quienes recorrían los barrios y arrabales de la ciudad en donde escaseaban las pulquerías. No había control sobre su venta debido a que nadie respetaba las ordenanzas existentes, lo que facilitaba su adulteración y contaminación. El abuso en el consumo de pulque ocasionaba diversas enfermedades, tanto gastrointestinales como hepáticas, siendo también responsable de diversos actos de violencia. La necesidad de normar y regular su consumo era de vital importancia para la salubridad pública. De allí que el 31 de marzo de 191 S se aprobara el Reglamento de Pulquerías, documento muy puntual y detallado que clasificó el pulque según su calidad (pulque fino y pulque tlachique), que debería venderse “en establecimientos dedicados a este efecto .. ) los que estarán siempre aseados, tanto en lo que se refiere al local que ocupen, como en sus vasos, envases, recipientes de todo género y utensilios en general”. Mientras se autorizaba que el pulque fino se vendiera exclusivamente en pulquerías, el tlachique podía “venderse también en plazuelas”. Al igual que las ordenanzas que regulaban la venta de carne, pan y leche, los establecimientos dedicados a la venta de pulque debían presentar condiciones de higiene y limpieza a fin de garantizar la salud de la clientela.

Los ingresos financieros del ayuntamiento angelopolitano fueron muy limitados durante la década. La Revolución trajo aparejado no solo un caos político en la estructura del gobierno municipal y estatal, sino que ocasionó una merma en los ingresos debido al proceso inflacionario que se generó en el país, a la devaluación monetaria y a las dificultades que implicó el cobro de impuestos. Y si la situación del erario municipal era difícil, peor era la existente en el gobierno del estado, el que en varias ocasiones se vio precisado a solicitar al gobierno municipal los fondos necesarios para sufragar gastos ordinarios, como el pago de los salarios de los empleados administrativos o de las fuerzas militares.

Diversas eran las propiedades que tenía el gobierno de la ciudad, desde el ex molino del Carmen, pasando por tierras comunales, el teatro Guerrero, hasta varios locales ubicados en el callejón del ayuntamiento y en el mercado La Victoria. Los ingresos totales del ayuntamiento variaban año con año. En 1915 ascendieron a $663, 135.94 pesos, los que se elevaron en 1917 a pesos. Estos fondos se distribuían en distintos rubros, siendo el más importante el de obras públicas, que para 1917 concentraba el 29% del total; mientras que la seguridad pública (policía municipal) absorbía el 16%, el mantenimiento de las escuelas municipales el 13%, el sistema de alumbrado 10%, y el resto del presupuesto (32%) era distribuido entre diversos rubros como salarios de la banda municipal, panteones, presidencia municipal, salubridad e higiene, mercados, etc. Los fondos municipales eran muy reducidos, por lo que no alcanzaba a cubrir las mínimas necesidades de mantenimiento, así que al ramo de salubridad pública apenas se le asignaba una pequeña cantidad: $42,842.50, es decir, el 2.70% del total. Dinero que no alcanzaba a cubrir las necesidades mínimas existentes. Apenas se podía mantener la Oficina Municipal de Salubridad e Higiene, por lo que se tuvo que agregar, por acuerdo del cabildo, una partida especial de $ 15,000 “para el aseo extraordinario de la ciudad y establecimiento de baños gratuitos”, y $22,683 “para la construcción de baños públicos en un local llamado de Almoloya”, los que nunca se llegaron a construir debido a la falta de presupuesto

La gravedad de la situación se hizo evidente con motivo de la creación de la oficina Municipal de Salubridad e Higiene, ante la desaparición del Consejo Superior de Salubridad del Estado, el gobierno de la ciudad debió asumir las responsabilidades que esta última tenía en resguardo de la salud pública de los habitantes de la ciudad. ¿Cómo hacer funcionar una dependencia tan importante sin presupuesto? Ante la ausencia de fondos y la necesidad de que funcionara una oficina municipal de salubridad, los regidores tuvieron que recurrir a un ingenioso método. ¿Cuál era éste? Veamos cuál fue la propuesta aprobada por el cabildo el 4 de noviembre de 1916:

La falta de una partida especial en el Presupuesto de Egresos no es motivo para detenerse en la creación de esta Oficina, porque las multas originadas por el sinnúmero de infractores que cada día defraudan más al público, es una fuente de ingresos bastante abundante para sostener los gastos que esta oficina origine. El departamento de Abastos, por sí solo trabajando solo en las mañanas, ha rendido un promedio de trescientos pesos diarios. Si se aumentara su brigada de inspectores y las horas de trabajo el químico que tiene a su cargo el laboratorio, aunque se aumentaran los emolumentos de éste, se obtendría cien o ciento cincuenta pesos más por día.

Es decir, que los ingresos provenientes de las multas podían cubrir satisfactoriamente los gastos que implicaran el establecimiento de una oficina, un médico, un laboratorio bacteriológico y otros empleados administrativos. Ante la falta de presupuesto la solución fue aumentar las infracciones.

Texto tomado del libro Salud, enfermedad y muerte en la ciudad de Puebla: de la independencia la revolución, de la autoría de Miguel Ángel Cuenya Mateos. Publicado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en colaboración con Ediciones de Educación y Cultura, en 2010

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

Be first to comment