La Puebla que nunca fue

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En estos años la actitud emprendedora característica de la élite de los poblanos se manifestaba no sólo en la diversificación de actividades, sino en la búsqueda de mayores beneficios a partir de las enormes posesiones territoriales de las que había un redescubrimiento de su potencial.

Y esto no sólo a partir de las observaciones del barón de Humboldt como se ha dicho por algunos sesudos eruditos, sino que estaba también en la boca de ministros y secretarios del gobierno español de este tiempo. En los veinte últimos años del siglo XVIII la población, agricultura y tráfico habían crecido dando nuevos aires a la economía y animando el optimismo y la fe en el progreso, uno de los nuevos dioses del racionalismo, en el que se empezó a creer y a rendirle culto desde este entonces.

Se puede decir que es la época en la que también se inician los complejos rituales en torno a las cifras, inverosímiles pero sagradas, que hoy conocemos con el respetable nombre de “estadísticas”.

En abril de 1804 se pidió hacer un listado de todo lo habido y por haber en los negocios y propiedades dentro de cada intendencia. Por supuesto, fue una de tantas instrucciones de gobierno que siguieron el muy conocido trámite virreinal del “obedezco pero no cumplo”. Sin embargo, el cuadro de datos que se solicitaba nos permite ver la armazón de esa sociedad que hoy los más avezados especialistas llaman: “pre-industrial” y que otros todavía más rigurosos consideran “proto-industrial”.

La sociedad virreinal de la Nueva España a principios del siglo XIX se parecía a muchos reinos de Europa en ese momento, y por supuesto, estaba muy por encima en complejidad y desarrollo de las “colonias” que Inglaterra y Francia tenían en el Caribe. La estructura de ese reino que se quería conocer mejor se dividía en nueve secciones: primero, su geografía, o sea el territorio, población, yacimientos de siete metales (llama la atención que de los que más importaba de tener datos era de los de hierro) y tres minerales no metálicos. Segundo, lo “político”, o sea, lo que servía para gobernar, y que era nada menos que las comunicaciones; caminos con sus distancias, puentes, sitios de reabastecimiento y hospedaje.

Tercero, lo militar, de lo que interesaba saber cuál era la infantería, caballería y cuarteles. Cuarto, lo que se contaba como ingresos gubernamentales; aquí iban los impuestos como alcabalas, tributos, derechos por producción de plata, oro, tabaco y los gastos de  administración de eso que se consideraba como rentas públicas. Hasta el quinto punto se anotaba lo que hoy llamaríamos comercio exterior, y que en esta época se conocía como “actividad mercantil”. El hecho de que se considere muy por debajo de otros sectores era, aunque nos duela, un signo de atraso si pensamos que de ese sector surgió la riqueza de todos los países que, en algún momento de la historia, fueron potencias sin tener grandes recursos naturales, baste recordar a Venecia, Holanda y luego Inglaterra. Pero en menor estima se tenía aun a la agricultura, que se enlistaba hasta el sexto lugar, a pesar de que la lista de productos que se quiso indagar era la más larga, ya que incluía diferentes variedades de cereales, de tintes vegetales, y otros artículos de importante consumo como el tabaco. En séptimo lugar de la lista estaba la ganadería. No menos sorprendente es que los trabajos de transformación manufacturera y artesanal, la “industria en general”, que incluía una lista de actividades y artículos como curtiduría, jabonería, textiles en toda su gama de productos, licores, cerámica, vidrio, pólvora y salitres, apareciera hasta el lugar número ocho de los intereses de palacio. Finalmente, en noveno lugar aparecía la preocupación por conocer los números de la población ocupada en cada una de las actividades y sectores. Con esto vemos que a pesar de hablar de la Ilustración que se vivía en esos tiempos, la atención estaba básicamente fijada en las posibilidades de explotación de los recursos naturales y no tanto en la producción de valores agregados por el trabajo y la transformación; ni qué decir que lo que menos preocupaba eran las condiciones de vida de la población. Pero atención, ojo con esto, esta forma de pensar las cosas no se debía a la condición de dependencia gubernamental de la Nueva España, estamos hablando de algunos patrones de acción y conducta de los instrumentos de gobierno que encontramos en la mayor parte de los países a ambos lados del Atlántico, y en el criterio de los hombres de este tiempo. Cuestiones como los derechos político sociales y la dignidad humana son cosas que hemos aprendido en décadas recientes, aunque regularmente seguimos recibiendo sendas noticias que acaban con nuestros ideales de sociedad.

Se pensaba también que era necesario aumentar la producción de todos los ramos, aprovechando la fertilidad de los parajes y las bondades del clima. Entre los productos que se veían prometedores y para los que se pedían y proponían medidas de fomento estaba el del azúcar de caña. 1804 era un año coyuntural al parecer, ya que la revolución de los esclavos en Haití donde los plantadores europeos se las vieron negras, había  desfigurado el emporio azucarero que tuvo ahí Francia. Esta situación presentaba oportunidades para los agricultores de las islas del Caribe, así como para regiones con clima e instalaciones para el cultivo y procesamiento de la caña como era el caso del sur de Puebla.

Pero la lista de productos era mucho más extensa: además de fomentar la producción cañera, la del café, algodón y otros frutos, se hablaba también de productos con los que podrían hincharse las bolsas de los comerciantes tratantes. Entre estos productos estaba la grana cochinilla, el tinte que se usaba en toda la industria textil europea, y con el que se pintaban desde las capas de los reyes y el atuendo de los cardenales, hasta los uniformes de los oficiales y de todo personaje de buena estirpe, “lo más granado de la sociedad”; ya que el rojo encendido que resultaba de ese hongo nopalero era símbolo de prestigio. Otra ventaja era la condición monopólica del producto que, aunque se había intentando trasplantar a otros países, sólo se lograba producir con éxito en la zona mixteca.

También se esperaba aumentar la exportación de plantas medicinales y aromáticas como la vainilla, otro producto exclusivo de la región húmeda de la Sierra Madre Oriental del que tampoco se logró piratear la producción en los territorios de la competencia.

Así mismo, como en ese entonces aún existían espesos bosques de cedro y caoba en la sierra de Puebla, a estas maderas preciosas también se buscó extraerles jugosos dividendos. Sin embargo, las dificultades del transporte permitieron la conservación de estos recursos durante algunas décadas. Lo malo es que con posterioridad se desarrollaron medios de transporte que hicieron posible su explotación, sin tener al mismo tiempo, ni hasta la fecha, conocimientos técnicos para su manejo sustentable. Y sin la rapacidad que parece formar parte de lo que elegantemente se suele llamar idiosincrasia: la muy particular manera de pensar y actuar de la mayoría.

Por otro lado, estando en una época en la que aún no proliferaban los contaminantes plásticos, materiales como los cueros tenían muchas aplicaciones y aprecio, por lo que se buscó también aumentar su producción y comercio.

En pocas palabras, se tenían esperanzas y un gran aprecio por nuestro territorio, se pensaba que las carnes, las grasas, los granos, las legumbres y todos los tipos de producción agrícola capaces de resistir la navegación podrían abastecer a la siempre demandante Europa, algo que se lograría cincuenta años más tarde. Lamentablemente, esto no lo logró la Nueva España, sino países nuevos como Argentina y Uruguay con una visión casi profética se preveía que, tomando las medidas para el aumento de la producción agrícola, el valor de frutos y de la actividad comercial sería mayor que el de la exportación de plata.

Contrariamente a lo que venían repitiendo los textos de historia de enseñanza básica —donde hace poco, antes que actualizar la interpretación y los planes de estudios, se decidió mejor borrar de un plumazo toda esta época de formación de los caracteres y patrones que configuran lo que hoy es México, como su hispanización, mestizaje, etc.—la salida de plata no se consideraba una sangría. Al oro y la plata grado por el círculo de la monarquía se le veía como realmente era, nuestra balanza política y mercantil, el costo de unas estructuras de gobierno y funcionarios En la actualidad nos parece de lo más insultante la millonada que cobran nuestros funcionarios, y parasitaria la existencia de sectores completos como el legislativo, ante la nula evidencia de trabajo efectivo, más allá de levantar el dedo las veces que asisten y la mecánica aprobación de iniciativas hechas por otros. Afortunadamente, por el momento nos hemos evitado acrecentar nuestro coraje e indignación al no haber estudios comparativos de este tipo de costos frente a lo que costaba la balanza política y mercantil de aquella época y la situación hoy en día, después de doscientos años de libertad.

Tal es el resumen de los objetos que nos ofrece nuestro poderoso comercio de exportación de América. Pero para que esos grandiosos proyectos fueran una realidad, se necesitaban acciones, cambios, unos medios eficaces, constantes y rectos. Aquí es donde se pisaban terrenos peligrosos. Si los recursos naturales se prestaban para muchos tipos de productos lucrativos los recursos humanos no serían tan confiables, o sea que si se requería eficacia y rectitud a situación parecía entonces bastante complicada.

Otra cosa muy deseable en esos momentos era el aumento de la población, la célebre fórmula que seguirían todos durante el siglo XIX: gobernar es poblar”; una especie de liberalismo económico que postulaba que, con el aumento de la prole, crecería automáticamente el consumo y la demanda de todo tipo de artículos. Hoy sabemos que no basta tener una fábrica de encuerados para fortalecer la economía de mercado; los ejemplos sobran. Para que haya demanda debe haber también no sólo el hábito de consumo de determinados productos, sino la posibilidad de producirlos, y la capacitación de esas multitudes, el mejoramiento de sus habilidades para generar excedentes. O sea, para acabar pronto, debió haberse estructurado toda una política de desarrollo integral. No bastaba con esperar que las generaciones del futuro fuesen superiores en número para que su aumento hiciera crecer todo, y bien.

Texto recopilado del libro De emporio a Emporio: La agricultura del obispado y del estado de Puebla 1810-1910, de la autoría de Mariano Torres Bautista, publicado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en colaboración con Ediciones de Educación y Cultura en 2010.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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