El aguardiente en Puebla

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De los negocios encaminados a alegrar marear y “en un descuido” a tumbar al consumidor, fueron las fábricas de aguardiente, antiguamente llamadas trapiches: 32 en 1825 y 63 en 1851. Desconocemos cuántas habría en 1874, pero sabemos de algunos propietarios, como el español Eleuterio Golzarri y tres José María, apellidados Martínez, Tisson y Botello.

Buena tajada de este negocio era de españoles, conocedores del vicio en que incurría el pueblo con el “alcohol bebestible” y en consecuencia su crecida demanda Por eso la presteza del peninsular Florencio Llacuri para comprar a Carlos Ruiz y a José Juárez Peredo una fábrica de aguardiente, que sus apuros les obligaron a vender en 1888. En la segunda mitad del siglo y debido a la competencia estas factorías disminuyeron, lo que se agudizó severamente con la Revolución (en 1913 había sólo dos, pero sin duda volvieron a incrementarse después).

En los municipios del interior mermaron menos, para que el sexo “macho” (y algunas atrevidas mujeres) siguiera teniendo manera de emborracharse Facilitado por la extensión de las vías férreas, de ahí donde había haciendas cañeras con sus trapiches venía mucho del aguardiente consumido en la ciudad, en especial de Izúcar de Matamoros, Chietla y Acatlán. Así, se le encontraba en muchas tiendas y cantinas y en “depósitos” como el del español Manuel Pérez Díaz, existente a fines del XIX.

Texto tomado del libro Las actividades económicas en Puebla de 1810 a 1913, de la autoría de Leticia Gamboa, publicado en 2010 por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en colaboración con Ediciones de Educación y Cultura, en el año 2010.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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