Anécdotas de la escuela de Ciencias Químicas (1946-1972)

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Cuando la escuela de Ciencias Químicas en Puebla empezó a funcionar, ofreció la carrera de químico farmacéutico, años después ésta es sustituida por las de químico técnico y químico farmacobiólogo; luego el nombre de químico técnico a través de los años fue cambiado simplemente a químico, ya que el usado inicialmente daba la impresión de ser una carrera técnica y no universitaria. El número de alumnos era reducido; entre ellos estaban Marta Ibáñez, Marina Sentíes, Susana Franco, Antonio Espinosa Portú, Alejandro Soto Rojas, quienes en años posteriores se desempeñarían como maestros. Vale la pena recordar también a los químicos Alejandro Soto Rojas y Adolfo Nuño, como magníficos maestros.

Cada una de estas carreras se cursaba en cuatro años, y para que el alumno pudiera obtener el título profesional se le exigía presentar una tesis supervisada generalmente por un maestro de la escuela. Además, en la carrera de químico farmacobiólogo era necesario realizar una práctica de seis meses en el laboratorio de análisis clínicos que la escuela tenía en el Hospital General; esto era considerado como servicio social gratuito por parte de los pasantes, quienes, en caso de duda, consultaban al responsable de laboratorio, un químico titulado; y quienes también tenían que conocer todas las secciones del laboratorio. Posteriormente la práctica se redujo a cuatro meses; se formaba grupos de trabajo, siempre de cuatro personas, teniendo en cuenta el puntaje alcanzado por los alumnos.

Como comentario diremos que el costo de cada análisis era de tres pesos para el público, como cuota de recuperación, por lo que esta labor era un verdadero servicio social, por medio del cual se beneficiaban las clases más necesitadas de la sociedad, y los pasantes tenían la oportunidad de devolver algo de lo que habían recibido de la Universidad. Debido al incremento de pasantes, a algunos de ellos se les permitió realizar este servicio en diferentes centros de salud, con el fin de evitar el retraso de las fechas de los exámenes profesionales.

Otro requisito para obtener el título era acudir a una farmacia, en la que se recibía una preparación magistral (1) durante un año, en un horario en que se dispusiera de tiempo libre a lo largo de la carrera (tercer año).

El examen profesional de químico farmacobiólogo se presentaba en tres etapas: en el primer día un examen oral; en el segundo, un examen práctico; y en el tercero, un examen de farmacia. El jurado estaba formado por cinco maestros, y entre ellos, había un presidente. A cada miembro se le daban dos fichas, una con la letra R y otra con la letra A. Desde el primer examen los jurados colocaban su voto en una pequeña urna, y el presidente del jurado se encargaba de abrirla e informar a sus compañeros del jurado el resultado obtenido, ya fuera por unanimidad o por mayoría, en cuyo caso continuaba el examen; de no ser así se le manifestaba al examinado que estaba reprobado, entonces, el jurado salía por la puerta del Paraninfo que está al final de dicho recinto. De igual forma se votaba en los otros dos exámenes. Al finalizar, llamaban al sustentante y se le daba formalmente su resultado, de manera verbal y a través de un oficio emitido por la Oficialía Mayor; además, se le felicitaba.

El nuevo profesionista mandaba a hacer su título y él mismo realizaba todos los trámites ante la Secretaría de Educación Pública, Secretaría de Salubridad y Asistencia y ante la Dirección General de Profesiones.

En el caso de la carrera de químico, únicamente se presentaban dos exámenes: el oral y el práctico, y para esto, el alumno ya tenía que haber concluido su servicio social que realizaba en una industria, en aquel entonces, principalmente en ingenios o fábricas de textiles.

Por otro lado, aunque el alumnado en ese tiempo no era numeroso, había escasez de material de laboratorio, por ejemplo sólo se contaba con una balanza de precisión.

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La escuela era poco politizada, pocos sabíamos quién era el director, pues no gozaba de tiempo completo, ni de un despacho propio en la universidad. Pero vino la Reforma Universitaria, a principio de la década de 1960 que fueron años de intensa lucha, permitiendo que el consejo universitario fuese conocido por todos y se nombraran — por votación directa y secreta— a los maestros consejeros propietarios y suplentes. Asimismo, los alumnos tuvieron una dirección reconocida por las autoridades de la escuela pues, también por votación universal, elegían a sus representantes.

A partir de la Reforma en la Universidad, el rector fue nombrado por el Consejo Universitario por mayoría o por unanimidad de votos, ya que anteriormente el mismo era designado por el gobernador del Estado. No obstante, el mayor triunfo fue la abolición de “la inquisición” incrustada en la Universidad, que se llamó Consejo de Honor, integrado por personas con ideología del siglo XVIII.

En esos años de lucha, en la escuela ocurrieron incidentes desagradables, como el caso de un maestro de química orgánica, reconocido por su carácter violento, quien trató de manera inadecuada a una brillante alumna; de modo que al darse a conocer el hecho, tanto los maestros como los alumnos solicitaron al director la destitución del profesor, sin importarles que éste contaba con el apoyo del director. En ese momento se percibía un sentimiento negativo en contra del director, debido a una carta de presentación que le solicitó un grupo de alumnos de la carrera de químico, la que extendió declarándolos incompetentes y no dignos de ser aceptados en ninguna industria; por lo que la presión aumentó, el maestro fue destituido y el director renunció.

En esos años de lucha, en la escuela ocurrieron incidentes desagradables, como el caso de un maestro de química orgánica, reconocido por su carácter violento, quien trató de manera inadecuada a una brillante alumna; de modo que al darse a conocer el hecho, tanto los maestros como los alumnos solicitaron al director la destitución del profesor, sin importarles que éste contaba con el apoyo del director. En ese momento se percibía un sentimiento negativo en contra del director, debido a una carta de presentación que le solicitó un grupo de alumnos de la carrera de químico, la que extendió declarándolos incompetentes y no dignos de ser aceptados en ninguna industria; por lo que la presión aumentó, el maestro fue destituido y el director renunció.

Cuando llegó a la dirección de la escuela el químico Ricardo Linarte y trajo de la ciudad de México a maestros de la UNAM y de América del Sur, hubo un cambio en el plan de estudios y se prolongó el tiempo para cursar la carrera, ya no fueron cuatro sino cinco años.

El doctor Joaquim Ferreira, uno de estos maestros que llegaron en esa época, se encargó del diseño y funcionamiento de un laboratorio de química orgánica, con el dinero parcialmente recuperado de la rifa. Este laboratorio fue instalado en el edificio Carolino, ya que la Ciudad Universitaria estaba apenas en proyecto.

Retornando al movimiento de Reforma, como ya se dijo antes, duró varios años con la movilización de todo el estudiantado, lográndose resultados satisfactorios; sin embargo, vale la pena recordar someramente algunos hechos: en el año de 1961, no había duda de que todo estaba perfectamente preparado por gentes contrarias a la Universidad.

Si después de la agresión de abril de 1961 que sufrieron los estudiantes, principalmente de las preparatorias, en el zócalo por un grupo de alumnos de un conocido “colegio confesional”, las autoridades universitarias (rector y directores de escuelas) hubieran estado en la Universidad cuando los alumnos regresaron a ella para pedir ayuda e ir a “lavar la afrenta”, y si no se hubiera ordenado el cierre de la puerta del edificio Carolino, dichas autoridades habrían calmado a los muchachos, pero esto no sucedió. Se argumentó que los directivos estaban fuera de la ciudad, lo cual no era cierto; supimos posteriormente que estaban escondidos en sus domicilios.

Luego, como muchos lo saben, al reabrirse la Universidad, el primero de mayo, los alumnos y profesores se dividieron en dos grupos: fúas y carolinos. Los primeros no aceptaron regresar al edificio que ocupaban “los comunistas” (carolinos) y alquilaron primeramente un edificio ubicada en la 5 poniente 133 y después en la 3 poniente 535, en los cuales impartieron sus clases los maestros de pensamiento reaccionario. Cabe señalar que de la escuela de Ciencias Químicas fueron pocos los alumnos que regresaron al edificio Carolino, y del profesorado sólo dos maestras; pero aun así, la escuela tomó parte activa en el movimiento, y justo es advertir que los más activos en las manifestaciones, desplegados, etcétera, fueron los alumnos de los primeros años. Algunos estudiantes del último año de la carrera impatieron clases a los de los primeros años.

En este conflicto, mientras se proponían diferentes rectores o juntas de gobierno que no satisfacían para reunir a ambos grupos, la situación se agravó, y a finales del mes de julio de 1961, los fúas regresaron al edificio, de forma muy agresiva, muchos de ellos portaban armas (manoplas metálicas, palos y quizás otras también mortales). Desde luego, en este caso los alumnos carolinos sufrieron fuertes presiones, ya que la mayoría del profesorado de nuestra escuela pertenecía a los fúas.

Es necesario reconocer que en ese año de 1961, la escuela de Ciencias Químicas tuvo los mejores resultados de los exámenes finales, pues ambos bandos dieron lo mejor de sí. Digno de recordar es que debido a esta competencia, una de sus alumnas, del grupo carolino se llevó la medalla de oro de la Universidad Autónoma de Puebla, por obtener el promedio más alto entre todo el alumnado de la institución.

Durante todo este tiempo, también algunas casas de maestros fueron agredidas, entre éstas, la de una maestra de Ciencias Químicas, quien igualmente fue atacada en su centro de trabajo.

Como ya se dijo, surgieron muchos problemas que duraron varios años, y la escuela naturalmente no fue ajena a ellos. Uno de éstos fue la desaparición del laboratorio que Ciencias Químicas tenía en el Hospital General. Se decidió traer al edificio Carolino todo el material y aparatos que había en dicho laboratorio. Para su instalación se arregló el aula que el doctor Glockner había ocupado como laboratorio para su enseñanza en la preparatoria. En esos tiempos ya había un responsable del laboratorio, quien se ocupó del traslado. Sin embargo, se cambió al responsable y la persona nombrada, antes de tomar posesión, realizó un inventario de lo recibido, y en esta tarea, junto con él tuvimos una desagradable sorpresa, al descubrir que sólo estaban los estuches de los microscopios sin los aparatos. Desgraciadamente no se pudieron seguir las investigaciones correspondientes, aunque no se dudó que algunos integrantes de la escuela tuvieron que ver en tan triste y vergonzoso hecho.

Tiempo después volvió a funcionar un laboratorio de análisis clínicos en el Hospital General con servicio a la ciudadanía, que era atendido por químicos titulados, quienes percibían un sueldo y prestaciones, además estaban integrados al hospital. Desde luego el servicio ya no fue gratuito.

En 1964, debido a que la Universidad y sus numerosas escuelas y facultades estaban al tanto de los problemas de la ciudadanía, la institución se vio envuelta en una situación difícil: el gobierno había promulgado una ley de la leche bronca, en la que exigía que debería pasteurizarse, esto llevaría a crear un monopolio; por eso los lecheros pidieron ayuda a los universitarios, quienes la dieron. Lo mejor fue cuando la ciudadanía también apoyó y así unidos Universidad y pueblo, el proyecto de ley no prosperó, el gobernador general Antonio Nava Castillo renunció y se nombró a un interino: Áaron Merino Fernández.

Entonces se pensó que la paz había llegado, pero en junio de 1965 un grupo de estudiantes de la escuela de Derecho organizó una pantomima, y algunos de ellos se vistieron al estilo romano representando al derecho romano, otros de sacerdotes para representar el derecho canónico; así recorrieron algunas calles de la ciudad y llegaron finalmente a la Universidad Femenina de Puebla, ahí con una falta absoluta de respeto hicieron una representación de un acto religioso, utilizando como vasos varias retortas (2) hecho que fue considerado por su forma como una irreverencia, por ello las fuerzas vivas de la ciudad solicitaron el cierre definitivo de la UAP a través de manifiestos, actos de desagravio religiosos y concentraciones anticomunistas.

Ante la gravedad de los sucesos se hizo una reunión ya entrada la noche en la casa del gobernador interino, ubicada en el cerro de San Juan; el rector llamó a los directores de las diferentes escuelas, desde luego asistió el de Ciencias Químicas, acompañado de las consejeras maestra y alumna propietarias. Las autoridades universitarias se negaron al cierre de la institución, y como los acusadores dijeron tener pruebas fotográficas de los alumnos que participaron en el hecho, se acordó que se presentaran esas fotos para proceder a la identificación. Así se hizo, el consejo universitario, después de una previa identificación, los expulsó. Esta fue una sesión de consejo difícil de olvidar.

Terminó el rectorado del doctor don Manuel Lara y Parra, y se presentó la lucha por la rectoría; dos eran los fuertes candidatos: el doctor Carlos J. Arruti y el doctor José Garibay Ávalos. Las juntas en pro del doctor Arruti se realizaban en lo que hoy es el edificio de la preparatoria Benito Juárez. Ciencias Químicas estaba a su favor. Se hizo la campaña correspondiente y se tenía casi seguro el triunfo; desgraciadamente maestros que se comprometieron a dar su voto a favor, durante la votación cambiaron su decisión por promesas recibidas del otro candidato que fue el ganador.

Recuerdo que una vez efectuado el recuento de votos, el secretario preguntó si todos los presentes habían sido nombrados (directores de escuela, maestros y alumnos propietarios), el alumno consejero de Ingeniería Química, del cual lamento no recordar su nombre, dijo que él no había sido nombrado, y al comprobarlo, le preguntaron por quién votaba y “ya con el tamal hecho”, como se decía en aquel entonces a las componendas previas a las votaciones, con fuerte voz dijo: “por Arruti”.

Ante estos hechos, el nuevo rector tomó venganza contra la escuela de Ciencias Químicas y durante un año retiró el pequeño subsidio que recibía la escuela; también a una maestra que en ese entonces era la decana de la misma, le quitó su sueldo durante todo este período, hasta que ella amenazó con publicar una carta abierta, hablando de su problema. La rectoría le mandó un cheque por la cantidad retenida, pero siguió presionando de otras maneras.

Cuando la escuela cambió de director, éste envió un memorándum a todos los maestros, recordándoles que por ley todo alumno que debiera materias de segundo y tercer año no podría asistir como alumno a cuarto y quinto año con derecho a prácticas y examen final. Los afectados fueron con el rector quien les autorizó nuevos maestros, y así contra lo establecido cursaron las materias y tuvieron derecho a examen final con sus profesores. También durante este rectorado las puertas principales de la Universidad fueron dañadas. La de la entrada tenía sobre ella un enorme vehículo y se veía semiabierta. La puerta sobre la avenida Maximino Ávila Camacho —hoy Juan de Palafox y Mendoza— por la cual se entra al patio del gimnasio estaba quemada; ignoro a qué causa se debió este atropello al edificio Carolino.

Sin embargo, el punto más álgido de todo este movimiento (motivado por las diarias agresiones periodísticas de El Sol y La Voz de Puebla y las movilizaciones promovidas por sectores clericales, al grito de “Cristianismo sí, comunismo no”) llegó el 14, 15 y 16 de septiembre de 1968, cuando unos empleados universitarios decidieron hacer una excursión a la Malinche, donde fueron asesinadas cuatro (3) personas por los vecinos del pueblo de Canoa con gritos de “mueran los comunistas” y el sonar de las campanas. Sus restos fueron traídos a Puebla, colocados en féretros de muy baja calidad y llevados al Paraninfo; y ante el peligro de que la alfombra se dañara, el señor Donaciano Sánchez, prefecto de la Universidad, buscó telefónicamente a varios maestros para que proporcionaran un aval ante una funeraria y así adquirir otros ataúdes de mejor calidad, pero debido a los días inhábiles, le era difícil localizarlos.

Finalmente, don Chano —como se le conocía afectuosamente al prefecto— (4), se comunicó con una maestra que estuvo dispuesta a dar el aval, quien de inmediato se trasladó al edificio Carolino; pero en el momento en que ella subía las escaleras, bajaba un representante del gobierno, informándole que ya el asunto de los féretros estaba solucionado por el gobierno, entonces ella cuestionó “¿y el castigo a los culpables?”, pregunta que hasta la fecha quedó sin respuesta.

El velorio se efectuó en el citado lugar, y al día siguiente se organizó una gran marcha de maestros, trabajadores, alumnos y familiares de los finados, que llevaron los cadáveres al Panteón Municipal. Esta marcha se llevó a cabo sobre la calle 3 poniente, y fue traumático ver en cada bocacalle del recorrido a un tanque del ejército, aparte de observar a un familiar que lloraba amargamente, no sólo por la pérdida de su ser querido, sino también por la conducta de un sacerdote que se negó a acompañarla en esa situación.

Por otra parte cabe mencionar que durante los sucesos de 1968 que se ubicaron en la ciudad de México, alumnos de la UAP y algunos maestros se sumaron al movimiento nacional, por este motivo fueron golpeados y encerrados en cárceles, y obtuvieron su libertad después; la escuela de Ciencias Químicas estuvo presente en las manifestaciones de protesta y en declaraciones en periódicos a nivel nacional.

Como anécdota vale la pena recordar que hubo una sesión de consejo universitario en la cual, como siempre, se discutió la situación del escaso subsidio de la Universidad y del próximo traslado a Ciudad Universitaria. La directora de Ciencias Químicas sugirió que las carreras que tuvieran materias comunes se unieran y de esta manera se ahorrarían sueldos de maestros; ante esto, protestó enérgicamente el entonces director de Ingeniería Química, quien alegó que ellos al llegar a Ciudad Universitaria, construirían un pozo petrolero, para lo cual Ciencias Químicas no estaba capacitada.

De pronto se oyó una conocida voz que dijo: “Olvidémonos del bajo subsidio, somos ricos, tenemos petróleo en Ciudad Universitaria”. Esas palabras provenían de Enrique Cabrera, y las risas no se hicieron esperar.

Como de anécdotas y hechos se trata, recuerdo una ocasión en que un grupo de alumnos de la escuela de química cuya situación académica era irregular estaba en conflicto con el director, ya que decían que sus quejas no eran atendidas y por lo tanto no les resolvía sus problemas. Una mañana concertaron con él una cita en un salón de clases y ahí le exigieron su renuncia, a lo que él se negó; pero los alumnos le dijeron que no saldría de ahí hasta que firmara la renuncia; tras nueve horas de secuestro, el director fue rescatado por otro grupo de alumnos. Días más tarde, el consejo universitario acordó aplicar una “dura sanción” a los alumnos responsables del secuestro, amonestándolos por escrito.

Al quedar sin director la escuela, la secretaría general de la Universidad envió un oficio a la maestra consejera, que en esos momentos quedó como directora interina, para que citara al consejo técnico de la escuela y se enviara a la brevedad posible la terna para elegir nuevo director. Así se hizo, y quedó la terna integrada por una química farmacobióloga, una fisicomatemática y un químico con una especialidad en aplicación de radioisótopos en la agricultura, que había cursado en Argentina, gracias a una beca obtenida del gobierno de esa República, en la Comisión Nacional Atómica de la mencionada nación sudamericana; redondeando su curriculum trabajaba en el IMSS, en donde instaló el laboratorio de medicina nuclear; como químico del mismo, era por lo tanto el fundador de dicho departamento. La elección fue desde luego, para el mejor candidato: Sergio Flores Suárez.

El principal interés de este director fue la superación académica, envió a varios alumnos a tomar cursos de actualización a diferentes instituciones de la ciudad de México y del extranjero; también se preocupó por la modernización de los laboratorios, entre ellos un aparato para fabricar comprimidos; pero como todo esto era muy costoso, junto con un grupo de maestros de la Universidad solicitó a la Presidencia de la República apoyo económico. La contestación fue que sólo ayudaría si la Universidad estaba dispuesta a presentar planes de estudio para carreras técnicas, respuesta que no agradó a nadie. Aún así se presentaron diversas propuestas. Recuerdo una de ciencias químicas para “Técnico en Huellas Digitales”, pero nunca se recibió contestación del gobierno de la República.

El 10 de junio 1972 Sergio Flores Suárez, llegó a la rectoría, y la escuela se quedó nuevamente sin director, entonces ocupó ese puesto interinamente la maestra consejera, sustituida por el físico Agustín Valerdi en cuyo período se hizo cambio de plan de estudios y el traslado a Ciudad Universitaria; una de las materias que quedaron en el nuevo plan fue radioquímica, que en años anteriores —todavía en el edificio Carolino —, impartieron: Cielita Archundia de la Rosa y Flores Suárez, quien sugirió y logró que dicha materia se impartiera en la escuela. Como rector, el ex director de Química creó, entre otras cosas, la escuela de Veterinaria y los laboratorios de edafología; logrando así dos instancias universitarias que pudieran ayudar a los trabajadores del campo mexicano.

Hasta aquí algunas de las anécdotas y hechos importantes en la escuela de Ciencias Químicas, ocurridos del año 1946 a 1972.

* Reconocida maestra de la escuela de Ciencias Químicas en donde fue decana y participante de hechos que evoca en el texto. La intolerancia fincada en fraseología ultraizquierdista la condujo a alejarse de la Universidad.

(1) Preparación de medicamentos que se hacían por prescripción médica empleando instrumentos de gran precisión con los cuales se medían las sales y soluciones.

(2) Vasija con cuello largo encorvado, utilizado en los laboratorios de química.

(3) Lucas García quién los arropó en su casa, Odilón Sánchez, hermano de Lucas, Jesús Carrillo y Ramón Gutiérrez , empleados.

(4) Era tan eficiente el trabajo de Donaciano Sánchez que el aseo y vigilancia del edificio carolino se hacía con 11 personas algunas de las cuales estaban comisionadas para vigilar la firma del libro de asistencia de los profesores y el tocar la campana diez minutos antes de la hora para concluir las exposiciones de los maestros.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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