“Las cosas que realmente nos impactan en el fondo, son subjetivas”: Entrevista a Alejandro Vázquez Ortiz.

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“La ciencia espera desentrañar la realidad de los objetos; el arte no tiene otra realidad que aquella que le ha sido dada por su naturaleza intelectual”

Luis Fernando Reyes Varela. Elementos 84. (2011)

Hace unas semanas, leí un tuit que decía “Ojalá hubiera elegido estudiar algo más fácil”. ¿Algo más fácil?, respondí. Tal vez lo que hubiera recibido de vuelta habría sido “Algo como de humanidades”, pero no hubo respuesta alguna. De cualquier forma, ya me sé la cantaleta de las matemáticas, las ciencias exactas, las humanidades y el te vas a morir de hambre.

Sin embargo, hace un tiempo me topé con un libro que refuta la aparente contraposición entre lo exacto y lo subjetivo. La virtud de la impotencia, de Alejandro Vázquez Ortiz, es una recopilación de siete cuentos que, por medio de ecuaciones de la mecánica cuántica y nociones tecnológicas, genera escenarios humorísticos que ahondan en sentimientos como la tristeza y la soledad.

Alejandro Vázquez Ortiz, originario de Monterrey, Nuevo León, realizó estudios en filosofía y literatura en la Universidad Complutense de Madrid, forma parte del comité editorial de An.alfa.beta y es miembro del Centro de Escritores de Nuevo León, de Conarte. Además, ha sido galardonado con el Premio Ciudad de Getafe de Relato Corto 2009, el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2015, por el trabajo Deja de decir a Dios qué hacer con sus dados, publicado como La virtud de la impotencia y el XXXI Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción de Puebla, con el texto “El mono que escribió el Quijote”.

 

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Portada de La virtud de la impotencia.

Alan Robles: Ante esta aparente contraposición entre la ciencia y el arte, ¿cuál es el proceso creativo mediante el cual logras conjuntar la física y la literatura?

Alejandro Vázquez Ortiz: Yo creo que, más que la física –o más que las ciencias-, hay un interés de mi parte por problematizar esos límites: el límite de lo subjetivo, de lo objetivo y de las situaciones que hay respecto a un discurso científico y un discurso artístico. Mucho de mi proceso creativo ocurre en lecturas de textos científicos; no es nada nuevo ni nada experimental, un poco a la manera que hace, por ejemplo, Borges, del que ayer se celebraba el centenario de muerte. Él es uno de los escritores que utilizan elementos históricos, científicos y demás para elaborar sus cuentos.

Yo creo que, en ese sentido, las ciencias y todo el gran abanico de discursos académicos ofrecen también un material a los artistas para poder trabajar con ellos y crear sus discursos.

AR: El lenguaje es un vínculo a través del cual ambos niveles del conocimiento, tanto la ciencia como las artes, abordan a la realidad como su objeto de estudio. Esto también está presente en el texto El mono que escribió el Quijote, con el que ganaste el XXXI Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción de Puebla. El léxico y las construcciones morfológicas que usas en este texto nos remontan inmediatamente al español del siglo XVII, con el cual generaste un escenario distópico del futuro de la humanidad que, finalmente, se vuelve elíptico. ¿Nos puedes platicar de qué va este texto?

AVO: Claro que sí. De hecho, también tiene sus ramificaciones dentro lo que decíamos de la ciencia, porque en realidad la premisa del cuento es un experimento de si un mono tecleando en una máquina de escribir pudiera, por error, escribir el Quijote. Esto en realidad es prácticamente una cita textual de Francis Crick, el biólogo descubridor del ADN: al momento de observar el ADN, se planteaba el problema de creer que la vida ha nacido por fruto del azar; es creer que un mono tecleando en una máquina de escribir escribiera por error el Quijote. Él proponía una suerte de diseño inteligente para explicar lo del ADN.

El gran problema en este cuento es ese, el azar en contra de la teleología de las causalidades, de un diseño inteligente en el universo. Claro, esto lo junté con una cosa que decía un lingüista español que era mi maestro, Agustín García Calvo. Él decía que las cosas suelen terminar por donde comienzan, esto refiriéndose al lenguaje. Un juego que yo hice fue que en el futuro, mientras todo va avanzando vertiginosamente hacia una perpetua tecnología, el lenguaje en cierta forma retrocede para hablar con las morfologías del castellano antiguo -las contracciones y diptongos que se generaban-, marcadas en el Siglo de Oro.

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Alejandro Vázquez Ortiz. Foto: Feria Internacional del Libro en Arteaga.

AR: Ahora que mencionas la relación con el maestro Agustín, ¿cómo fue tu acercamiento a él y cómo logró influir en ti para configurar tu concepción de la literatura?

AVO: No me dio clases propiamente él en la Universidad Complutense, aunque sí escuchaba hablar de él en el pasillo –cuando yo entré, él ya se había jubilado-. Además, yo estaba estudiando filosofía y él es catedrático de filología. Marcó a una generación muy importante.

Fue más mi maestro por fuera. En el Ateneo de Madrid se hacía una especie de tertulia, que en España -y eso lo sabemos por Alfonso Reyes, por Antonio Machado- es casi un método de enseñanza, un método de conocimiento donde, en un café o en un espacio público, se reúne un montón de gente para discutir de un tema determinado. Era ahí donde Agustín García Calvo se hacía presente cada miércoles.

Desde este punto de vista, creo que influía en mí en la elección de los temas, porque traía muchos temas de física, de filología, de literatura. De repente comentaba un soneto y de repente pasaba a comentar la evolución de los neutrinos en las masas atómicas. La concepción de la realidad que yo obtuve de él es también un método político hasta cierto punto, donde cada texto, cada palabra, cada cuento, cada pedazo de discurso que intento hacer, está enfocado para la destrucción o la puesta en tela de juicio de las nociones de la realidad que tenemos, que nos acompañan y  son parte de nosotros. De cierta forma, todas son construcciones de la realidad, como el discurso científico, y es a través de la literatura que intento “hackear” esos discursos que tenemos preestablecidos como reales.

AR: En relación al discurso científico, en entrevista con la revista Grado Cero, mencionabas que a través del cuento es posible crear nuevos universos para formular hipótesis. Recordando a Zola y la influencia de la mentalidad científica en la teoría literaria durante la segunda mitad del siglo XIX, ¿tu narrativa plantea hipótesis en tus cuentos? Y en ese caso, ¿busca comprobarlas?

AVO: Más que plantear hipótesis, es refutar hipótesis: esa es mi gran intención. La palabra tiene esa sensación de que todo se está formulando siempre, pero intento que se quede del lado de la refutación y no de la proposición. La proposición de alguna forma ya reemplaza el discurso real, reemplaza una realidad por otra. Mi intención –no sé si se logre o no- es refutar, mas no reemplazar.

En ese sentido, como decía en la pequeña introducción del libro de Artefactos, “la palabra hace la realidad y, desprendido, queda el silogismo contrario: sólo la palabra puede deshacerla”. Realmente creemos que la realidad consiste en cuestiones muy difíciles de tumbar, pero es muy sencillo hacerlo si nos abocados a la forma –que es el discurso, la palabra-. A través de ella, mi intención es desmontar, destruir, criticar y mostrar, mediante ejercicios caricaturescos con cierto humor, la estructura que parece invisible, la de los discursos de la realidad.

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Alejandro en entrevista para Revista Grado Cero.

AR: Ahora que mencionas esto, recuerdo una frase que dice “La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física. El mundo, no, porque es creación verbal”. Tocando esta parte de las aparentes fronteras entre ciencia y arte, ¿cómo consideras que la literatura impacta en la vida del ciudadano común? ¿Crees que los 5.3 libros anuales que lee en promedio el mexicano van a la alza o viceversa?

AVO: Hace poco estábamos teniendo esa misma división, sobre la discusión de ciencias exactas y ciencias humanas. Existe una exclusión cada vez más directa hacia las ciencias humanistas porque no son objetivas, no producen ninguna verdad aplicable o útil para el sistema. Sí, es objetivamente cierto que una ingeniería química es importante y genera verdades “objetivas” en contra de un psicólogo o de un filólogo, que estudian materias subjetivas, pero a veces, estas verdades objetivas tienen un impacto  no tan real dentro de nuestra vida. En el fondo, las verdaderas ultimidades de todo nuestro sistema, nuestras metas, nuestras valoraciones, las cosas que realmente nos impactan en el fondo, son subjetivas. Nuestros intereses son subjetivos, nuestras metas, nuestra felicidad, nuestra alegría, nuestro sentirnos-bien en el mundo, es una cuestión completamente subjetiva. Como diría Hölderlin, el hombre habita poéticamente. Sólo así entendemos nuestra vida, en forma de amor, de realización personal, de alegría, pero esas son cuestiones completamente subjetivas.

En ese sentido, el arte, la literatura o cualquier otra forma de expresión artística tiene una importancia tremenda y es una de las razones por las cuales hay una especie de desazón perpetua, por más bonanza económica que haya en ciertos niveles, ya sea dentro de México o fuera. La importancia medular de estas ciencias humanas se deja de lado, aunque verdaderamente, al final de la vida, en nuestra muerte, vamos a tener esa sensación de que lo único que importaba era realmente lo subjetivo, lo que hice bien, cómo me sentí y cómo viví.

AR: Esta conjunción que mencionas entre lo subjetivo y lo objetivo está plasmada en el cuento “Deja de decirle a Dios qué hacer con sus dados”, incluido en La virtud de la impotencia. En algunas entrevistas ya has platicado del encuentro entre Niels Bohr y Albert Einstein que da nombre al cuento, donde tomas concepciones y teorizaciones físicas como una figura retórica para alcanzar la parte subjetiva que mencionas. ¿Podrías compartir con el auditorio de qué va este cuento?

AVO: “Deja de decirle a Dios qué hacer con sus dados” fue la frase que Bohr le responde a Einstein, quien decía “Dios no juega a los dados”. Yo me imaginé que, si Dios jugara a los dados, lo que está en juego es el destino, el azar contra la causalidad. Si Dios realmente no supiera lo que va a pasar en el futuro y jugara a los dados sería una declaración casi festiva, porque nos da la alegría de saber que lo que nosotros hagamos no está determinado, pueden pasar muchas cosas.

A partir de ahí, creo un juego en donde hay cuatro personajes jugando un cubilete en una cantina en Concha del Oro, Zacatecas, y de pronto entra una mujer embarazada de la nada con una pistola y dice que una de esas cuatro personas va a ser el papá de ese niño porque el papá la abandonó y ella no quiere dar a luz a un bebé sin padre. Ellos, ya estando medio borrachos, dicen bueno, uno de nosotros va a ser el padre de esa criatura, vamos a jugar a los dados. Empiezan a jugar y en cada tiro de cada personaje hay un flashback, utilizando la fórmula matemática de determinados conceptos de la mecánica cuántica como una figura retórica para irlo modificando y haciendo como si cada uno de los dados que dirigen nuestra vida estuviera determinado por los hilos invisibles de la física cuántica. A la vez, también responden a cosas totalmente incomprensibles para nosotros que, si las estuviéramos pensando como objetivas, nos daríamos cuenta de que son sumamente difíciles de creer.

A través de ese tejido voy mostrando a cada personaje bajo un lema científico de la mecánica cuántica, para determinar nuestra vida como esos azares de la física, de lo objetivo.

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Logo de Editorial An.alfa.beta

AR: Además de esta faceta de escritor, eres editor de An.alfa.beta. En tu experiencia, tanto como editor como escritor, ¿cuáles consideras que son las principales dificultades que deben sortear la escritura y la literatura en general en nuestro país?

AVO: Respecto a la escritura, he dado últimamente talleres literarios y les he dicho a mis alumnos que la cuestión fundamental es el trabajo. Creo que hay una especie de banaglorización del autor y hay un cierto acceso a una fantasía, pero realmente el trabajo del autor es muy aburrido y muy demandante. No creo que hayan conjuras ni genios; es puro trabajo. Yo escribo como desde los trece años casi ininterrumpidamente y he producido –como el mono tecleando en la máquina de escribir- mucha basura. De repente, hay cierto azar en el proceso creativo y surgen cosas buenas. Tiene que haber ese trabajo perpetuo y creo que ese es un obstáculo, desde la escritura, el no comprender la escritura como un trabajo y un oficio más que hay que practicar.

Del lado del editor, los problemas son muchos y muy difíciles de abarcar. Está el acceso a la distribución, a facilitación para editores para un montón de trámites desde el centralismo del libro. No sólo soy un editor independiente, sino que soy un editor independiente en provincia, algo que es dificilísimo. La supervivencia de la edición independiente ha sido, o bien por el sistema de mecenazgo –de un inversor con mucho dinero que de repente quiere poner una empresa cultural- o el de ayudas institucionales.

Editorial An.alfa.beta, hasta la fecha, no ha hecho ninguna colaboración de ese tipo. Somos tres egresados de la Universidad Autónoma de Nuevo León que decidimos poner una editorial independiente y que ya lleva 4 años, publicando 15 títulos, pero ha sido todo gracias a la forma más des-sublimada del capital, es decir, puro trabajo. Nosotros hacemos prácticamente toda la edición, desde la selección de textos, maquetación, impresión y encuadernación. Hemos estado evolucionando a cada vez más productos, aunque sigan siendo en esencia artesanales los libros y poco a poco automatizando el proceso para poder ir creciendo.

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Catálogo de Editorial An.alfa.beta

Pero, en esta radicalización del libro, hay una producción monumental de unos pocos grupos editoriales que todos conocemos y que diversifican todo el libro y acopian toda la ganancia. El editor pequeño busca esa diversidad, pero con la obstaculización de poder llegar al lector y a los distribuidores sin que sea tan castigado. Realmente hay un mercado muy feroz; al fin y al cabo se han aceptado esos lemas o teorías del capitalismo y se han implementado a diestra y siniestra también en el mercado del libro. Eso hace que las editoriales se vengan abajo y aguanten con base en puro trabajo y el no poder competir con los demás en igualdad de circunstancias.

La lectura obviamente tiene que ver en esta ecuación. Yo soy un firme convencido, porque así lo he visto desde el proceso de la escritura, de que la gente no es analfabetas completamente. Al fin y al cabo, lo que le ofrezcas va a querer; es decir, hay un mercado del libro pendiente de explotar, pero no se va a explotar si no hay una voluntad de todos de empezar a llegar a la gente, de quitarnos esta cuestión de ah, la cultura élite. He visto en las ferias del libro gente que ni pensaba comprar un libro y de repente ve algo que le interesa, te le acercas y le dices “oye, este libro trata de tal, tal, tal…” y de repente están tan entusiasmados como uno y hay un encuentro. Creo que eso es muy valioso y hay que buscar la forma de producirlo cada vez más.

AR: Es complicado el panorama de las editoriales independientes. Un amigo me decía “Hay muchos escritores, pero pocos lectores”. Desde tu doble perspectiva –como editor y escritor-, ¿cuál consideras que es el panorama de la literatura mexicana? ¿Cómo consideras que es la aceptación del público ante las nuevas propuestas literarias?

AVO: Creo que hay cierta distorsión. Probablemente lo dicen mucho los escritores que tenemos contacto y nos conocemos por redes sociales, por ejemplo. La red social, hace que creamos que hay muchos escritores, pero no somos tantos. Somos poquitos.

En la entrega de los premios de Tierra Adentro, de los once, una gran mayoría de escritores eran del norte de México, pero había también una estadística muy interesante. Solamente había dos escritores que no vivían en el Distrito Federal: Franco Félix, que ganó el premio Border of Words y yo, Alejandro Vázquez Ortiz, que vivo en Monterrey. Eso es una cuestión sintomática de que hay un centralismo muy evidente.

Hay cierto grado de escritura, o más bien práctica, por cierta infraestructura que se está haciendo cada vez más presente. El escritor era quien tenía una máquina de escribir; hoy absolutamente todos tenemos una computadora en casa, un tablero frente a nosotros. Ahora todo el mundo tiene acceso a ese procesador de textos, a esa hoja en blanco con teclas que nos llama mucho la atención.

Respecto a esto de que hay una abundancia de escritores, de escritores buenos, yo sí lo pondría un poco en tela de juicio. Creo que hay una distorsión en  este acceso perpetuo y esta información siempre bombardeándonos a través de las redes sociales.

Sí me interesa que haya esa retroalimentación, más que entre escritores, con lectores. Creo que eso siempre es fundamental. ¿Cuál es esa medida? ¿Cómo vamos a medirlo? Es lo difícil. El lector no se manifiesta; el lector es un ser amablemente silencioso. No hay cierta reglamentación: el escritor es el que se muestra, el lector siempre está oculto. Yo creo que sí hay lectores –me han llegado retroalimentaciones desde Tepic, Guadalajara, Puebla-, hay gente que está leyendo, pero su ejercicio no es mostrarse.

Es una pregunta muy grave y que nos hace a todos hasta cierto punto daño: ¿dónde están los lectores? ¿Qué están haciendo los lectores? ¿Realmente sirve para algo lo que estamos haciendo? Creo que es una cosa que es muy pronto para juzgar, pero sí considero que hay una visión un poco distorsionada a ese respecto de la sobreabundancia de escritores y falta de lectores.

AR: ¿Cuáles son los próximos proyectos en los que estás trabajando en Editorial An.alfa.beta y como escritor? Tenías la beca del Centro de Escritores de Conarte, de Nuevo León, en el género de novela…

AVO: Como escritor, estoy terminando un libro de cuentos con el título de Mil monos atados a mil máquinas de escribir, donde se va a incluir el cuento de “El mono que escribió el Quijote”. También estoy prácticamente entregando las galeras de la novela que terminé. La beca fue en 2015 y terminó en diciembre de 2015, ahorita ya se está dictaminando para una editorial. Probablemente salga antes de finales de año. Es una novela que cambia completamente el tercio de mi línea de cuentos, porque trata el tema de la violencia del norte, en particular de la ciudad de Monterrey. Mi intención fue darle la vuelta a la tuerca a esta noción de la novela del narco.

En Editorial An.alfa.beta estamos trabajando en una antología de narradores de Nuevo León de principios de los 70’s hasta mediados de los 80, de la generación que vino después de la llamada Generación del Panteón, de David Toscana, Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés y demás. Probablemente vaya a ver la luz por ahí de octubre.

Antes de concluir la entrevista, Alejandro nos compartió un soneto de Agustín García Calvo, el cual da nombre a La virtud de la impotencia. A pesar de que la obra de García Calvo es difícil de conseguir en México, Editorial An.alfa.beta hizo una coedición con Editorial Lucina y tiene a su disposición algunos ejemplares importados de España.

Enorgullécete de tu fracaso,

que sugiere lo limpio de la empresa:

luz que medra en la noche, más espesa

hace la sombra, más durable acaso.

No quiso Dios que dieras ese paso,

y ya del solo intento bien le pesa;

que tropezaras y cayeras, ésa

es justicia de Dios: no le hagas caso.

¿Por lo que triunfo y lo que logro, ciego,

me nombras y me amas?: yo me niego,

y en ese espejo no me reconozco.

Yo soy el acto de quebrar la esencia:

yo soy el que no soy y no conozco

más modo de virtud que la impotencia.

Peor que un encuestador del INEGI.

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