Historia de la Casa de los Muñecos

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Entre las casas del siglo XVIII en Puebla destaca la “de los muñecos”, llamada así por las figuras humanas en azulejo que aparecen en su fachada, y corresponde a las casas 2 y 4 de la primera Calle de Mercaderes, hoy 2 norte número 2, casi esquina con la Avenida Palafox y Mendoza.

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Las figuras de referencia fueron plasmadas en 16 tableros de azulejo. En el siglo XVIII era muy común en Puebla decorar las fachadas con este material, tradición que se remonta hacia el siglo XVI y que es de origen árabe, aunque todo parece indicar que la talavera poblana revela una influencia italiana (1).

La Casa de los Muñecos llevó a su máximo esplendor esa gran tradición, por lo cual es considerada como la más típica y original del arte barroco poblano del siglo XVIII.

Ahora bien, desde hace muchos años las figuras plasmadas en los azulejos han despertado una gran curiosidad, no sólo entre los expertos y los investigadores, sino en todas las personas que admiran la casa. ¿Qué significan tales personajes?, ¿qué representan?, ¿qué simbolizan? Estas y otras interrogantes surgen en la mente de quienes los observan.

Tenemos, por ejemplo, el caso del muñeco que al parecer está bailando con la serpiente… ¿Qué representa esto? Tenemos, asimismo, el caso del muñeco que se encuentra abrazando a un niño. ¿Qué significan estos personajes? Del mismo modo, ¿por qué uno de los muñecos empuña una maza, y por qué en su delantal aparecen unas manzanas?

¿Por qué da la impresión de que algunos de los personajes se encuentran danzando?

Es evidente que, no obstante lo rústico de las figuras, éstas aluden a determinadas alegorías, a determinadas leyendas. Seguramente en la etapa que se construyó la Casa de los Muñecos los poblanos de la época no enfrentaban grandes problemas para descifrar el significado de las figuras, pero con el correr de los años el sentido de las mismas se fue evanesciendo.

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El investigador Erwin Walter Palm escribe al respecto: “En los años que median entre la construcción de la casa y las guerras de la independencia, se perdió la interpretación de tales alegorías. Fue esto consecuencia de la ruptura que se produjo con el mundo colonial. No se acusó tan violentamente en el arte religioso, pero fue definitiva en cuanto al caudal simbólico del arte secular. Ya no se enseñó a leer iconografía como lo enseñara la educación aristocrática. En América siempre habían sido pocos los que disfrutaron de tal educación. Para el mundo burgués del siglo XIX, positivista y antimetafísico, las alusiones simbólicas resultaron ser arneses de una etapa superada, inservibles ya no sólo en México” (2).

En efecto, como todo mundo sabe, en la era colonial —no sólo en Puebla, sino en todo el hemisferio— el arte religioso y secular estaba impregnado de símbolos. El arte barroco se caracteriza precisamente por su gran riqueza simbólica. Al despuntar el llamado “Siglo de las Luces” y al surgir la Revolución Industrial entran en escena todo un nuevo cúmulo de corrientes científicas, artísticas y culturales que desplazan a las que imperaban en el mundo colonial. De este modo, las alusiones simbólicas de dicho mundo fueron sepultadas por los nuevos tiempos.

Interpretaciones de las figuras

No es extrañar, pues, que las figuras que aparecen en la casa multicitada sean motivo de diversas interpretaciones. En unos casos las mismas se apoyan en algunas leyendas, y en otros en estudios bastante complejos, que recurren al auxilio de ciencias tales como la semiótica para descifrar sus diversas claves.

Entre las primeras sobresale la versión del Doctor Leicht, autor de un libro bastante célebre intitulado Las Calles de Puebla. Éste nos dice que el dueño de la casa, Agustín de Ovando y Villavicencio, regidor del Ayuntamiento de la ciudad de 1759 a 1773, y alcalde en 1773, 1791 y 1792, quiso mofarse de los concejales del Cabildo por haber tratado éstos de impedir que construyera una casa de tres pisos, porque sobrepasaba en altura el antiguo Palacio Municipal. Una vez que ganó el litigio, los habría descrito a través de los muñecos multicitados (3).

Esta versión se sustenta en el hecho de que las autoridades del cabildo estaban constituidas por 16 personas, de los cuales 12 eran regidores, y los otros un alguacil mayor, un alférez mayor, un depositario general, y un juez de menores.

Algunos autores discrepan de dicha leyenda, entre ellos Antonio Deana Salmerón, quien en su libro Las Casas de Puebla —escrito en los años 80 del siglo actual— señala como muy poco probable que el mencionado Agustín de Ovando haya decidido ridiculizar a los regidores dado que éstos eran sus colaboradores. Además aporta otros elementos para cuestionar la leyenda de marras. Así, observa que entre los regidores de aquella época no había mujeres en el Cabildo, mientras que entre las figuras de la Casa de los Muñecos sí las hay, por lo cual cae por tierra la versión retomada por Leicht. Por otra parte —agrega— en ese tiempo existían otras casas que, al igual que la de los Muñecos —como la Casa del Alfeñique, la Casa de Herreros, la Casa de la Familia Velasco de la Calle de Mesones y otras más- desbordaban la altura del Palacio Municipal, por lo cual cae por su peso la leyenda que sostiene que los regidores se opusieron a la decisión de Ovando de construir una mansión más alta que dicho edificio.

Al parecer de Deana Salmerón, el dueño de la casa no persiguió otro propósito que el representar una serie de personajes populares de Puebla, tal como lo pone de relieve lo acusado de los rasgos indígenas y mestizos de las figuras. Ovando y Villavicencio era un hombre que amaba a su terruño y a sus habitantes, por lo cual quiso plasmar en los muñecos multicitados una serie de figuras que evocasen la alegría característica de nuestro pueblo (4).

Ahora bien, reiteramos, al lado de estas interpretaciones sustentadas en determinados mitos y leyendas populares, encontramos también interpretaciones de la Casa de los Muñecos que, si bien parten de aquéllos, utilizan un arsenal conceptual sumamente complejo sustentado en ciencias tales como la lingüística, la semiología, y otras que analizan los símbolos, los signos y las alegorías. Tal es el caso, por ejemplo, de la versión que nos ofrece el investigador Erwin Walter Palm, en un ensayo publicado en los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, número 48 de 1978. (5).

Museo Universitario 3

Dado que se trata de un texto sumamente denso —que está destinado a especialistas o a investigadores— en este lugar no lo reproduciremos al pie de la letra, sino nos esforzaremos por tornarlo accesible a un público más amplio. Esto, desde luego, implica el peligro de simplificarlo y/o empobrecerlo. Empero, preferimos correr este riesgo que transcribirlo de manera textual, situación que impediría a muchos lectores acceder a su comprensión.

El sincretismo cultural

Antes de abordar la interpretación de Erwin Palm Walter, permítanos el lector la siguiente disgresión. Se entiende por “sincretismo” el fenómeno que se produce al combinarse o mezclarse culturas totalmente diferentes. Así en México el encuentro entre las culturas prehispánicas y la cultura de los conquistadores trajo consigo la aparición de una nueva cultura, integrando elementos de aquéllas de manera sui géneris. Para no ir tan lejos, es bien sabido que el mito de la Virgen de Guadalupe no es totalmente indígena ni totalmente hispánico: es una mezcla original de ambas culturas. Una situación similar se produjo en todas las expresiones simbólicas de nuestro país, como resultado de la combinación del encuentro de las culturas indígenas con la cultura de los conquistadores.

En Puebla, durante la época de la Colonia, encontramos los siguientes mitos, los cuales son asumidos por Erwin Palm Walter como “topos”, esto es, como puntos de referencia, como lugares —no en el sentido topográfico sino conceptual— como ejes fundamentales para su interpretación de las figuras de la Casa de los Muñecos.

Tenemos en primer término el mito de la culebra o de la sierpe que existía en aquél tiempo, el cual tiene que ver con el nombre antiguo de Puebla que era “Cuetlaxcohapan”, que en náhuatl significa “lugar de serpientes”. Este nombre, al parecer, no sólo tenía que ver con la circunstancia de que en la zona del valle de Puebla hubiese muchas serpientes, sino, principalmente, con la gran importancia simbólica que tenía ese animal en la religión de los pueblos que habitaban en ese lugar. Así, según el historiador Zerón y Zapata, los tlaxcaltecas “veneraban al demonio… en forma de culebra terrible”. Este mito, tal como sucede al producirse el encuentro o choque entre culturas, no desapareció una vez que los españoles impusieron el culto cristiano, sino asumió otras formas, otras características, de acuerdo con las leyes del sincretismo. Así, tenemos que la serpiente —o sea el demonio— es derrotada por el culto cristiano, empero es interesante observar que no desaparece. Así, entre las leyendas más sobresalientes de la época de la Colonia en Puebla, tenemos aquélla que aseguraba que dicho animal solía bajar por la calle donde se encuentra la Casa de los Muñecos, por la cual a la misma se llamaba en el siglo XVIII “Calle de la Sierpe”. Este sería el primer “topos“.

Un segundo “topos” lo encontramos en la leyenda —que Erwin Walter Palm descubre en un calendario poblano del siglo XIX— : que habla acerca de la hija de un rico que se enamora de un pobre. La serpiente —sin duda la serpiente del viejo mito— sale de su escondrijo y devora al hermano menor de la enamorada, y nadie puede vencerla, sino un jinete desconocido que resulta ser el pretendiente mismo, quien, como premio, recibe la mano de la novia como reconocimiento a su valor.

Un tercer topos es la historia del niño devorado por la serpiente, el que aparece en la historia de amor mencionada. Todo parece indicar que este mito es parte de una leyenda más antigua, que aún se conserva en la sierra de Puebla, en donde la Danza de los Negritos, nos narra cómo los negros de una hacienda salvan al hijo del amo del ataque de una serpiente.

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Ahora bien, de acuerdo a la interpretación de Erwin Walter Palm, estas leyendas antiguas de Puebla se reflejan en las figuras plasmadas en La Casa de los Muñecos, en las que ciertamente observamos los motivos de la serpiente, del niño, y del héroe que mata a la serpiente, empero no aparecen tal y como nos los describen los viejos mitos, sino aparecen mezcladas con otros mitos que surgieron en el México y en la Puebla de la Colonia, tal como es el caso de la presencia de Hércules. Nos encontramos, pues, ante un típico fenómeno de sincretismo cultural.

Démosle la palabra al investigador de referencia: “Hércules —escribe— es una de las pocas figuras de la antigüedad clásica que el arte español incorpora sin reservas. La literatura ensalza las calidades morales y simbólicas de los Doce Trabajos. A partir de Carlos V y de Felipe II, Hércules se transforma en patrono de los reyes de España. Ya antes, muchas ciudades españolas se enorgullecían de la fundación mítica de Hércules” ….Bajo tales circunstancias no sorprende que el tema de los trabajos de Hércules pasara a los virreinatos mexicanos, desde México hasta Bolivia…El héroe, que ya en la cuna triunfa sobre las serpientes de Juno y quien acaba con la hidra Lerna, es decir, el mataserpientes por excelencia, aparece en Puebla en su viejo papel de triunfador sobre el mal. El programista de la Casa de los Muñecos pudo apoyarse en la tradición que concibe el combate con la hidra como victoria sobre infieles y herejes. Los paneles superiores de la Casa de los Muñecos muestran a los tlaxcaltecas liberados del antiguo terror. Bailan con la serpiente muerta, en compañía de quien les salvó la vida. Es una escena de las ‘Indias Felices’: rurales, festivas, ‘liberadas’ gracias a Europa. Estamos más cerca de la ideología del siglo XVII que del ideario de los enciclopedistas y de la visión rusoniana de un mundo que sufre las consecuencias de la civilización” (6).

Tenemos, pues, que el motivo principal que decora la Casa de los Muñecos es el triunfo del bien sobre el mal, esto es, la victoria sobre la serpiente del viejo mito indígena. Como todo mundo sabe, los misioneros españoles estaban persuadidos de que los antiguos mexicanos adoraban al demonio, a quien identificaban con la serpiente. Sin duda en la mente del artista que dibujó los muñecos estaba presente esta visión, empero ésta se encuentra superpuesta —reiteramos, dado el sincretismo que se produce debido a la fusión de la cultura española y la cultura indígena— con el mito de Hércules. Éste habría ocupado el papel del joven de la vieja leyenda del joven pobre que mata a la serpiente que se había devorado al hermano de su enamorada.

Entonces, el muñeco que carga al niño y que porta una maza representa a Hércules. Las otras figuras guardarían una estrecha relación con el héroe multicitado. Así, el personaje que se encuentra frente a él podría —al decir de Palm— ser Atlas o el mismo Hércules. Habría que recordar que el primero —según el viejo mito— lo sustituye al segundo en su tarea de cargar el mundo.

Ahora bien ¿por qué da la impresión de que algunos muñecos se encuentran ejecutando una danza? Porque estarían celebrando el triunfo de Hércules sobre la serpiente, o sea, el triunfo -en la versión del colonizador cristiano- del bien sobre el mal.

En lo que se refiere a las otras figuras, concedámosle de nuevo la palabra a Erwin Walter Palm: “Los dos paños del piso superior, correspondientes al tramo del portal, muestran a dos hombres semidesnudos bailando; uno barbudo, el otro con mostacho. Están vestidos con una especie de taparrabos. El hombre de la derecha palmotea, mientras el de la izquierda baila con una serpiente. La tiene agarrada por la cola y debajo de la cabeza. Los dos paños contiguos de la derecha ostentan un par de músicos. Uno toca un corno, el otro una especie de corneta primitiva. Resultan ser los que acompañan el baile. Tocan instrumentos europeos (mal representados), pero su atuendo no se distingue del de los danzantes….A la izquierda del centro aparece de nuevo Hércules con su característica maza. En la especie de delantal que forma su vestimenta, se advierten unas manzanas. Se vuelve hacia un hombre con mostacho que no ostenta atributo alguno.

Forman el siguiente y último par de la serie un hombre con un pájaro, y otro que con los pies cruzados ejecuta un paso en dirección al hombre del pájaro. A su vez, tiene en el brazo izquierdo un marrano bien caracterizado por sus orejas, su cola y sus manchas. El lechón está destinado a ser sacrificado, como indica el puñal que el hombre sujeta con el pulgar de su mano derecha….Frente a la unidad escenográfica de tres parejas en distintas posiciones de baile animadas por la orquesta a su derecha, los páneles del piso inferior están dispuestos a manera de doble marco que hace resaltar el grupo principal. Dos figuras femeninas están encuadrando ese centro. Llevándose la mano a la frente, las dos mujeres dan muestras de sorpresa de lo que están observando…Dos figuras masculinas…rematan en sus extremos la serie inferior. Por posición y gestos son la equivalencia de las dos ‘sorprendidas’. Llevan la cabeza ornada con una corona de hojas. El de la izquierda sostiene un mochuelo, el de la derecha un mono que vacía un cáliz. Una sola pareja continúa la danza: dos mujeres que llevan un cántaro y un animal que parece un perro”….Vemos, pues, la representación de un baile….. Frente a las tres parejas de la parte superior (cuatro danzantes y dos músicos), las ocho figuras de la parte inferior ofrecen un movimiento de baile más estudiado. Parecen corresponderse con las dos figuras centrales y las dos ‘sorprendidas’, así como los dos ‘coronados’ y las dos danzantes, todas ellas caracterizadas por un atributo. Los movimientos de las parejas se entrelazan, coordinando en cada caso una figura representada en reposo contra otra en movimiento” (7).

Modelos que inspiraron al autor

 ¿A qué modelos recurrieron el alcalde Ovando y su losero para ilustrar las figuras de la Casa de los Muñecos?

Tal como nos lo informa Erwin Walter Palm, en la misma familia del constructor se pudo localizar una parte importante de dichos modelos. Se trata de una serie de espejos de estilo veneciano. La serie, hoy incompleta, representa las siguientes figuras mitológicas: Hércules, con las manzanas de las Hespérides. Neptuno, de pie. Plutón, con corona y llave. Neptuno (u otra divinidad marina) sentado sobre unas rocas. Diana -Luna- Flora. Según el investigador de referencia, el Hércules con las manzanas que aparece en el piso superior de la Casa de los Muñecos es la reproducción algo burda de la figura que decora el espejo correspondiente.

Asimismo, el Hércules sentado de dicha Casa denota el mismo origen. El característico movimiento de piernas y brazos, lo mismo que el asiento, están copiados de la divinidad marina de uno de los espejos venecianos.

Por último, agrega Palm, los pedestales de las deidades que decoran los espejos, proporcionan una explicación de los curiosos zócalos en que están puestas las figuras poblanas, y que a primera vista parecen representar porcelana.

El espejo-modelo para la figura principal, Hércules con el niño, se encuentra extraviado.

Contribución a la crítica de las interpretaciones de la Casa de los Muñecos

No obstante los ríos de tinta que han corrido sobre la Casa de los Muñecos, la verdad es que aún carecemos de trabajos e investigaciones satisfactorias sobre la misma.

Los libros y ensayos que han intentado descifrar el significado de los muñecos de dicha casa se limitan, en unos casos, a interpretaciones “pueblerinas” que se apoyan sólo en determinadas leyendas populares— y, en otros, en investigaciones más científicas que, si bien aportan elementos de análisis que se fundamentan en ciencias modernas como la semiótica, se dejan llevar por ciertos enfoques unilaterales o ciertos esquemas demasiado forzados.

El gran problema que encontramos en unas y otras interpretaciones es que no delimitan de manera adecuada los nexos complejos entre la mitología y la historia. A veces se apoyan más en una que en otra, y en no pocas ocasiones las mezclan de manera arbitraria. En uno de sus libros más sugestivos, escribía Claude Lévi-Strauss: “La oposición entre mitología e historia no encuentra bien definida….La mitología es estática: encontramos los mismos elementos mitológicos combinados de infinitas maneras, pero en un sistema cerrado, por contraposición a la historia, que, evidentemente, es un sistema abierto” (8).

La mayoría de los trabajos que conocemos sobre la Casa de los Muñecos incurren precisamente en ese error: en unos casos, mezclan arbitrariamente la historia y la mitología y, en otros, introducen un divorcio entre las mismas. Un ejemplo de la segunda lo tenemos en el trabajo de Erwin Walter Palm. Aquéllos se limitan a retomar o a reproducir las leyendas y los mitos sobre la Casa de los Muñecos —reitero, sin diferenciar entre los ámbitos de la historia y la mitología— mientras que el segundo se deja aprisionar por la camisa de fuerza de una interpretación basada en la semiótica.

¿Por qué decimos que “camisa de fuerza”? Porque, sin dejar de reconocer las inmensas aportaciones del trabajo de Walter Palm, éste se limita a ofrecer una interpretación —bastante lúcida, por cierto— muy sugestiva pero insuficiente.

Así, aunque en lo fundamental estoy de acuerdo con su tesis de que el mito de Hércules es el principal tema que predomina en las figuras de la Casa de los Muñecos, pienso que no alcanza a penetrar en el entromado simbólico de los mitos que se encuentran presentes. Cierto: a lo largo de su ensayo nos hace ver cómo se encuentran superpuestos los viejos mitos indígenas —el mito de la serpiente, el del niño devorado por la misma, el del héroe que mata al animal, etc.— con el mito hispánico de Hércules, empero —a mi parecer— su interpretación es unilateral: sobrestima o exagera la presencia de dicho héroe. Así, escribe: “Es Hércules quien acaba de matar a la serpiente, no el novio despreciado de la novela sentimental del siglo XIX “. Unas líneas antes escribe: “La leyenda local poblana se vuelca sobre un antiguo benefactor de la humanidad”.

¿Hasta qué punto, en realidad, las cosas no suceden a la inversa? Esto es: ¿no será más bien que los viejos mitos indígenas se vuelcan sobre el mito hispánico?

El muñeco que aprisiona la serpiente no da en ningún momento la impresión de que esté luchando con ella, sino más bien pareciera como si el animal lo acompañase en su danza. Cierto: la tiene en sus manos, pero ¿ello acaso significa que la está matando?

¿No será que el viejo mito indígena de la serpiente se desliza subrepticiamente, tal como sucede con no pocas de las fiestas religiosas de México, en las que, aunque en apariencia se celebre a los dioses hispánicos se adora, en verdad, a las viejas deidades prehispánicas?

Por ningún lado vemos señales de temblor y/o terror: ¿No será más bien que el artista que dibujó los muñecos—que a todas luces era indígena— engañó a su amo, el regidor Ovando y Villavicencio, aceptando formalmente su “programa”, su “idea”, pero en los hechos plasmando figuras que obedecían más bien a su cultura?

El planteamiento que señala Walter Palm en el sentido de que el modelo de los muñecos se inspiró en los espejos venecianos que se encontraron en la familia del constructor es, a mi parecer, totalmente estrambótica, si es que no disparatada. ¿En qué se parecen las figuras de dichos espejos —refinadas, “manieristas”, estilizadas— a los muñecos de los azulejos, llenos de vitalidad, de fuerza, rudimentarios aunque no por ello sumamente elaborados? En nada. A lo sumo habría un parecido en lo que se refiere a la leyenda de Hércules, pero en lo que concierne a los tipos, insisto, sólo una imaginación desbordada puede sugerir que hay semejanzas entre unos y otros.

De ningún modo intento sugerir que el artista que plasmó los muñecos se propuso de manera concienteescamotear el programa que le presentó el dueño de la casa. Lo que ha de haber sucedido, más bien, es que el artista de origen indígena se dejó llevar por el inconsciente colectivo. A este respecto, escribe Levi-Strauss: “Los mitos despiertan en el hombre pensamientos que le son desconocidos” (9). Esto es, los mitos son estructuras muy complejas, que se apoderan de la imaginación colectiva, y no siempre somos conscientes de ellos.

Aquí permítanme aventurar una hipótesis que seguramente escandalizará a no pocos de los estudiosos de la Casa de los Muñecos: ¿hasta dónde el artista de origen indígena fue un medio del que se valieron los viejos mitos prehispánicos para burlarse o satirizar a su manera los mitos hispánicos?

El mito de Hércules en el nuevo mundo, estamos convencidos, va mucho más allá de la intepretación que aporta Erwin Walter Plain: tal figura legendaria no se encuentra en la imaginería hispánica sólo como una expresión artística o literaria, sino como una expresión de los intentos por justificar la conquista española de las Indias Occidentales.

Habría que recordar al respecto que al poco tiempo de que Colón llega al llamado “Nuevo Mundo”, no faltaron los exégetas que aseguraban —para justificar el dominio de esas tierras por parte de la Corona Española— que dicho territorio pertenecía desde tiempos inmemoriales a España, invocando al respecto miles de argumentos fantásticos. Así, no fueron pocos los que sostenían que las Indias Occidentales no eran en realidad sino las “Hespérides” de la vieja mitología, las mismas en las que Hércules mató al dragón para apoderarse de las manzanas de oro.

En su célebre libro Historia de las Indias, Bartolomé de Las Casas cuestiona lapidariamente tales versiones. Así, escribe: “Poder haber sido llamadas estas Indias islas o tierra firme, o alguna parte de ella Hespérides….por llamarse Hespero cierto rey antiquísimo de España, y, por consiguiente, argüir de allí haber sido del señorío de España, creo que cualquiera de mediano juicio, mirando en ello, no dudará ser cosa que razonablemente no se pueda decir” (10).

Y, después de refutar de manera implacable tal leyenda —con base en la historia, la geografía, y el mismo sentido común— agregaba de Las Casas, sin perder en ningún momento su filosa ironía, que Hércules tuvo seguramente que emprender una enorme travesía para ir hasta Las Hespérides, siendo ésta una hazaña no menos importante que sus famosos Doce Trabajos. Escribe al respecto: “…Ningún autor griego, latino, historiador ni poeta, de los que hablan de Hércules, toca en haber venido tan luengo camino, como hiciera viniendo a estas Indias; el cual si hiciera, no se dejara de escribir por algunos de los escriptores pasados, como se escribieron otras muchas cosas diversas de Hércules, como quiera que venir acá no fuera el más liviano de sus trabajos; mayormente, que no había de venir y volver tan fácilmente por el mar, jornada de cuarenta días para que a los historiadores se les encubriese, y siendo esta la mayor hazaña, si a estas tierras llegara, que él nunca hizo ni pudo hacer, y así es manifiesto que se había de escribir”(11).

¿Se advierte la burla de Bartolomé de Las Casas a quienes sostienen que las Indias Occidentales eran las Hespérides visitadas por Hércules?

Ahora bien, ¿hasta qué punto en la época colonial no sólo imperó el mito de Hércules, sino también versiones —como la de Bartolomé de Las Casas—que satirizaban dicho mito, el cual, reitero, tenía que ver en no poca medida con los esfuerzos por justificar la apropiación descarada del Nuevo Mundo por parte de la Corona Española?

¿Hasta dónde podríamos descartar la posibilidad de que el artista que dibujó la Casa de los Muñecos estuviese todavía empapado —conciente o inconcientemente— de la resistencia indígena a aceptar los mitos del colonizador?

Insisto: por donde se les vea, los muñecos rezuman burla, ironía, un ambiente festivo, lúdico, irreverente. ¿No habría sido una forma muy sutil de vengarse del colonizador, apegándose en apariencia a su religión y su mundo cultural?

Quizás exagero, pero en todo caso la aventuro como una hipótesis.

Usos de la Casa de los Muñecos

La casa fue edificada por Agustín de Ovando y Villavicencio a fines del siglo XVIII. Una fuente histórica de 1792 hace referencia a “dos casas nuevas de tres órdenes que Ovando labró y reedificó en la calle de los Mercaderes”.iversas personalidades del Estado de Puebla, provenientes de los más diversos ámbitos de la sociedad poblana, han externado al Archivo Histórico de la UAP su reconocimiento por los servicios que presta y por la edición de la gaceta Tiempo Universitario, a la que han considerado como un órgano que contribuye de manera muy valiosa al rescate de la historia de nuestra máxima casa de estudios.

Según María Luisa Boix L., el dueño nunca habitó estas casas sino que las alquiló, prefiriendo para su residencia la casa del Puente que lleva su nombre—actualmente 3 Oriente No. 611— posesión que se extendía hasta la calle del Puente de Analco, donde también había una casa de Ovando, quien además tenía unas haciendas en Acatlán.

Una de las hijas de Ovando heredó la casa. A su vez, en 1858, el señor Elías Fagoaga la heredó en 1858. En 1876 la mansión es adquirida por el Lic. Martínez de la Torre, quien más adelante la vendió a los señores Lions y Cía. En 1878 éstos la vendieron a don Luis Kanesi y su esposa Manuela Ballarino.

En mayo de 1921 pasa, por adjudicación de bienes en favor de la sucesión del señor González Pacheco, a la señorita María González Pacheco, quien en julio de 1934 vende la propiedad al señor Ignacio Menéndez. A la muerte de éste, nuevamente por adjudicación de bienes, pasa a la señora Pilar Menéndez, viuda de Caso, quien comparte el usufructo con otros descendientes, los cuales renuncian poco tiempo después, quedando aquélla como propietaria exclusiva. Es a la señora Menéndez a quien la Universidad Autónoma de Puebla compró el inmueble, en octubre de 1983.

La máxima de casa de estudios de nuestra entidad adquirió la Casa de los Muñecos con el fin de convertirla en Museo Universitario.

Entre los usos que ha tenido el inmueble, sobresalen los siguientes. En 1835 fue la sede del negocio Almacén de Hilados, cuyo propietario fue el célebre empresario textil Esteban de Antuñano, quien al parecer habitó la casa durante algún tiempo. Es probable que también haya habido años después una tienda de abarrotes.

Durante el presente siglo, la Casa de los Muñecos tuvo múltiples usos. Así, en ella se instaló el primer cine de Puebla, esto es, el Lux, cuya adaptación constituyó una de las alteraciones más significativas que sufrió el inmueble. Posteriormente se estableció en el edificio un juego de boliche, lo cual llevó a techar el segundo patio. También, por varias décadas, ahí se instaló el diario La Opinión, diario de la mañana, y diversos negocios, entre ellos la dulcería Salambo, la peluquería Imperial, los estudios fotográficos Raboso y Fotopuebla, y dos casas de huéspedes.

Todos estos usos, como era de esperar, dañaron seriamente al edificio.

Reconocimientos al Archivo Histórico

Diversas personalidades del Estado de Puebla, provenientes de los más diversos ámbitos de la sociedad poblana, han externado al Archivo Histórico de la UAP su reconocimiento por los servicios que presta y por la edición de la gaceta Tiempo Universitario, a la que han considerado como un órgano que contribuye de manera muy valiosa al rescate de la historia de nuestra máxima casa de estudios.

Nos honra, por ejemplo, que el primer mandatario estatal, Manuel Bartlett Díaz, y destacados funcionarios como el secretario de cultura Héctor Azar, el procurador Alberto Julián y Nacer, el secretario de turismo, José Brito Zaragoza, Joe Hernández Corona, subsecretario de Gobernación, y otras prominentes personalidades del gobierno estatal, hayan tenido la gentileza de expresarnos sus parabienes por la publicación del órgano de referencia.

Nos son muy gratas también, desde luego, las felicitaciones que hemos recibido de parte de algunos de los principales funcionarios de nuestra institución, entre ellos el rector Enrique Doger Guerrero, Armando Valerdi Rojas, tesorero de la UAP, Rigoberto Benítez Trujillo, vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura, y de otras destacadas personalidades universitarias.

Nos estimula, asimismo, el constatar que Tiempo Universitario ha sido bien recibido por diversos líderes políticos que encarnan el orden ideológico plural que hoy predomina en nuestra entidad. Así, hemos recibido comentarios generosos del diputado José Felipe Puelles Espina, coordinador del grupo parlamentario del PAN, y del legislador de este partido, Juan Manuel Huerta Aroche; del diputado federal del PRI, Miguel Quirós Pérez, y del presidente de la Gran Comisiòn del Congreso local, Carlos Palafox Vázquez, entre otros.

(1) Boix L., María Luisa, “Las Casas de Agustín de Ovando”, en La Casa de los Muñecos, 1988, Universidad Autónoma de Puebla, pág. 7.

(2) Walter Palm, Erwin, “La fachada de la casa de los muñecos en Puebla, un trabajo de Hércules en el nuevo mundo”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 48, México, 1978, pág. 45

(3) Ibid., pág. 35.

(4) Boix L., María Luisa, Op. Cit., pág.8

(5) Palm, Erwin, Op. Cit, pág. 46

(6) Ibid., pág. 40.

(7) Ibid., pág. 40,41.

(8) Lévi-Strauss, Claude, Mito y Significado, Alianza Editorial, México, pág. 63.

(9)Lévi Strauss, Claude, Antropología Estructural, Siglo XXI, México, 1981, pág. 113.

(10) De las casas, Bartolomé, Historia de las Indias, Tomo I, fondo de Cultura Económica, México, 1965, págs 73, 74, 75.

(11) Ibid., pág.86.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

2 Comments

  • Responder junio 13, 2016

    Leo Ortega

    “Las Casas de Puebla —escrito en los años 80 del siglo actual— ” Vaya, un libro del futuro, ese debe tener la respuesta.

  • Responder abril 29, 2018

    Rosy Alonso

    Es una beleza este museo gracias por rescatarlo felicidades

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