¿Qué tanto sabes sobre la historia de la Facultad de Ingeniería de la BUAP?

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Los orígenes de la Escuela de Ingeniería Civil y Topográfica de la UAP se remontan al periodo posterior a la Intervención Francesa y caída del Segundo Imperio cuando, una vez restaurada la República, se inicia una época de relativa bonanza para la vida económica del país, lo cual se traduce en la reorganización de las principales instituciones educativas de la nación.

En ese contexto, el Colegio del Estado experimenta una gran renovación de su vida académica; así, al calor de la reforma positivista impulsada por el insigne maestro Gabino Barreda -originario del estado de Puebla- se inicia en el Colegio un gran impulso a las cátedras científicas, las cuales prácticamente no existían en el mismo (a excepción de los cursos de matemáticas y física a nivel elemental). De esta forma, en septiembre de 1869, se abre la cátedra de química, dotada de los aparatos y útiles necesarios, bajo la dirección del profesor Joaquín Ibáñez.

Una vez que se establecen en diciembre de 1869 las cátedras de Cálculo Infinitesimal, Mecánica Racional y Aplicada, y Topografía y Geodesia, surge la carrera de Ingeniero Topógrafo e Hidromensor. A fines de 1872, se titulan los primeros cuatro ingenieros: Ismael Álvarez, Manuel Carrasco, Eduardo del Valle, y Carlos Revilla.

Tales transformaciones que experimenta el Colegio del Estado –casi totalmente opuestos a los tradicionales planes de estudio que se impartían en el mismo desde tiempos inmemoriales– fueron posibles gracias a diversos factores de índole estatal y nacional. Así, por ejemplo, el relativamente elevado número de alumnos que cursaban estudios técnicos en esa época en el Colegio, sólo puede explicarse con base en el proceso de modernización del país a que aspiraban los gobiernos de Juárez y Lerdo. Los liberales de 1867 tenían una fe cuasi ciega en la capacidad redentora de la educación, y en las inmensas potencialidades que podría traer consigo el progreso tecnológico, por lo cual se esforzaron, entre otras cosas, por darle un gran impulso a las vías de comunicación y al transporte.

Don Francisco Zarco decía: “Decretemos ferrocarriles, caminos… para comunicar espiritual y materialmente el país”. Zamacona expresaba: “Los caminos de hierro resolverán todas las cuestiones políticas, sociales y económicas que no han podido resolver la abnegación y la sangre de dos generaciones”.

En ese contexto, pues, no era de ningún modo casual que florecieran carreras como ingeniería, y en general la enseñanza de los estudios científicos.

En el estado de Puebla, los gobiernos liberales asumieron con entusiasmo las reformas de Juárez y de Lerdo, empero, no fue sino hasta el año de 1878, durante el gobierno de Juan Crisóstomo Bonilla, cuando se decreta una nueva Ley de Instrucción Pública, en consonancia con la reforma positivista. Este ordenamiento, en sus artículos del 19 al 32, establecía las carreras de Abogado, Notario y Escribano, Agente de Negocios, Médico, Químico-Farmacéutico e Ingeniero. Cabe resaltar la importancia que se otorga a esta última profesión, pues se instituyen siete especialidades: entre ellas las de Ingeniero Geógrafo e Hidrógrafo, e Ingeniero Mecánico y Civil.

Lamentablemente la citada ley resultó demasiada ambiciosa para su época: no hubo estudiantes suficientes para justificar la apertura de la mayoría de las carreras que contemplaba. De esta manera, el Colegio del Estado, durante la década de los ochenta hasta 1893, se limitó a ofrecer las carreras de Abogado, Ingeniero Topógrafo e Hidromensor, Escribano y Agente de Negocios, siendo la de Ingeniero la segunda en importancia, después de la de Abogado.

En 1893, durante la gestión del Gral. Mucio P. Martínez, y siendo Presidente del Colegio del Estado don Francisco Sánchez, se decreta una nueva Ley de Instrucción Pública, en cuyo artículo 83, del Capítulo IV, se indicaba que los estudios de Ingeniería comprenderían en lo sucesivo sólo las siguientes carreras: I.- Ingeniero Topógrafo e Hidrógrafo. II.- Ingeniero de caminos, puertos, canales y construcciones civiles y III.- Ingeniero Arquitecto. La primera se cursaría en dos años, y la segunda y la tercera en cuatro.

Además de tales modificaciones, había una diferencia sustancial entre esta ley y la de 1878, y era que la educación superior dejaba de ser gratuita. El Estado se limitaría a proteger la instrucción profesional. Pese a esa situación, contra lo que se esperaba, si bien probablemente disminuyó la población que aspiraba a la educación superior, no desaparecieron en nuestro estado los estudios de ingeniería, a diferencia de lo que sucedió en otras entidades -entre ellas Jalisco, Oaxaca y el Estado de México- que tuvieron que suprimirlos por falta de alumnos y por lo excesivo de su costo.

De todos modos, el gobernador Mucio P. Martínez decidió en 1898 reformar la Ley de Educación de 1893, reduciendo las carreras de Ingeniería a las profesiones de Ingeniero Topógrafo, de Caminos, Obras Hidráulicas y Construcciones Civiles, las que tendrían una duración de cuatro años.

A pesar de esos tropiezos, los estudios técnicos y científicos continuaron experimentando un gran auge en el Colegio del Estado, particularmente durante el periodo en que su dirección recayó en el Lic. José Rafael Insunza (1894-1910), quien, entre otras iniciativas, fortaleció de manera notable el Gabinete de Física, y —tomando en consideración los avances en materia de comunicaciones eléctricas— estimuló la creación de cátedras como Telegrafía Práctica.

Otro importante avance en ese periodo, que algunos conciben como la época de oro del Colegio del Estado, fue la instalación de los observatorios astronómico y meteorológico, los cuales adquirieron un gran prestigio a nivel estatal y nacional. Además, se enriqueció de manera notable el acervo de la biblioteca técnica y científica. Sus valiosos volúmenes forman parte de la “Biblioteca Lafragua”.

Por otra parte, en vista del enorme impacto que a nivel mundial suscitó la aplicación de la energía eléctrica, en 1889 el Gral. Mucio P. Martínez comisionó al profesor Alfredo Fenochio para efectuar un estudio sobre la enseñanza y aplicaciones de la electricidad en el estado de Puebla, en el cual se llegó a la conclusión de que debería establecerse formalmente la carrera de Ingeniero Electrónico. Por desgracia este proyecto jamás cristalizó.

En la primera década de la actual centuria el auge de los estudios técnicos y científicos en Puebla empieza a declinar, a un grado tal que se extinguen casi de manera total en las décadas de los veinte y treinta. Entre las causas de dicha situación sobresale la desarticulación económica y social originada por la Revolución Mexicana, y otros factores no menos importantes, como la preferencia en la industria y el transporte por los ingenieros extranjeros, las bajas remuneraciones que percibían los profesionales del ramo, y el poco interés de las clases dirigentes por el desarrollo y evolución de sus empresas.

Desde luego la decadencia de los estudios profesionales no se reflejó sólo en la carrera de Ingeniería, sino afectó a la mayoría de las carreras, incluyendo las de médico y abogado.

Lo que ocurría era que en la sociedad mexicana de la época, lo que hoy se llama movilidad social o capilaridad, era muy limitada, de modo tal que ascender en la escala social era muy difícil. Sólo se lograba en casos excepcionales.

El 7 de octubre de 1916, siendo gobernador y comandante militar del estado el Gral. Cesáreo Castro, se decreta una nueva Ley de Instrucción Secundaria y Profesional, en cuyo artículo 26, capítulo III, se limitaba los estudios de Ingeniería a una sola carrera: Ingeniero topógrafo, de caminos, obras hidráulicas y construcciones civiles, especificándose que su duración sería de cinco años.

Se señalaba, además, que las carreras impartidas por el Colegio serían laicas, educativas e instructivas, y se costearían a través de los fondos públicos, aunque se hacía la siguiente advertencia: “cuando así lo exigieren las circunstancias del erario, podrá el Ejecutivo disponer que los alumnos costeen total o parcialmente, todas o algunas de las enseñanzas que recibieren, por el tiempo que fuese necesario”.

Asimismo, se ponía como condición para abrir cualesquier curso que hubiese por lo menos tres alumnos matriculados regularmente. Caso de que en el transcurso del año tal cantidad se redujese a uno, el curso se cerraría.

En septiembre de 1917 se estudia y se aprueba un proyecto de reforma a los estudios de ingeniería. El 20 de junio de 1918, el gobernador del estado, Dr. Alfonso Cabrera, decreta una nueva Ley de Instrucción Secundaria y Profesional. Si bien en la misma se hace mención a la carrera de ingeniero, no se indica la especialidad respectiva, aunque se especifica que el título sería de ingeniero civil.

No obstante la crisis que enfrentan los estudios técnicos en esa época, en febrero de 1920 -durante la rectoría de Francisco L. Casián- se inaugura en el tercer patio del edificio Carolino la Estación Sismológica, que aún sigue prestando servicios.

Finalmente, en 1924, siendo gobernador provisional del estado de Puebla el Lic. Vicente Lombardo Toledano, se establece un decreto de reformas a la Ley de Instrucción Secundaria y Profesional, en cuyo artículo 26 (transitorio) se establece que: “Cuando los recursos del Estado lo permitan y haya alumnos suficientes para estudiar en toda forma la carrera de Ingeniero, se introducirán en el plan de estudios las modificaciones necesarias para ponerlo a la altura de la ciencia contemporánea”.

Pese a lo avanzado de la reforma de marras, ello no fue suficiente para estimular el crecimiento de la Escuela de Ingeniería: ésta atravesaba por una profunda crisis, tal como lo ponía de relieve el hecho que en 1923 apenas tenía a dos alumnos y tres maestros.

Su recuperación tendría lugar hasta fines de la década de los treinta, en contrapunto a los cambios que se habían producido en el México posrevolucionario.

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El presente texto fue tomado de la Gaceta “Tiempo Universitario”  en el año 1, no.11, el 11 de junio de 1998

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