Good morning, captain: 25 años de Spiderland

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Juan Carlos Báez

Hay una cierta esencia que impide la clasificación de Spiderland en un solo género. Es cierto que a partir de él, fue más fácil para los críticos de música, deducir en qué consistía tal o cual tipo de música que podía asemejarse (carencia de vocales, énfasis en grandes pasajes instrumentales, etc…) a la misma música que revolucionó hace 25 años; pero ni siquiera con ese aporte que logró el último disco de Slint al rock, podría ser encasillado en dicho género.

Para comprender esto, hay que dar contexto: Slint fue de las últimas bandas que salieron de las cenizas del hardcore de los ochentas, y que sufrió el cambio de hardcore a post-hardcore, viendo a muchos grandes del género empezar una carrera fructífera en el underground; su primer disco fue producido a un icono del circuito independiente como es Steve Albini, pero que ni siquiera él logró darles el reconocimiento merecido en su momento, pasando completamente inadvertido en su época.

Del mismo modo, conforme el grupo emergía progresivamente, la misma escena estaba ya casi muerta, y todos se amoldaron al cambio generacional; en tan poco tiempo, la banda tuvo que pasar por esto.

Slint plasmó por medio de sus canciones todos estos temas, agregándoles un toque de melancolía y angustia social en su sonido. La banda avanzó, de un sonido más rápido y agresivo, a una composición musical mucho más variada en su segundo material. Gracias a la simplicidad y repetición sonora que inunda el disco, es como muestra historias que se acompañan de forma lineal con la música; evocando, de esta manera, escenas que nos llevan momentos de desesperación, depresión y ansiedad.

La estructura musical está compuesta por guitarras chirriantes, una batería y un bajo con tono lúgubre, y una parte vocal que experimenta con relatos, en vez de letras armonizadas entre cantos. Esta parte vuelve esencial al álbum, porque aun cuando otros artistas habían introducido ya este estilo (véase: Family Man, White Light/White Heat), no es sino Spiderland en aquel donde esta técnica se acomodase a propósito, y de forma en que las guitarras de David Pajo no agreguen más que cierta oscuridad a la voz tranquila de Brian McMahan.

Cada una de las seis composiciones de Spiderland están detallas de tal manera que no encuentres un solo error en ellas. Desde los crescendos que manejan, empezando con una parte más tranquila y evolucionando poco a poco a llegar al desenlace de la canción, hasta pasar por aquellos momentos en que la instrumentación ecléctica logra envolverte en un trayecto oscuro por el cual disfrutarás por completo.

De este modo, es como Spiderland pasó a la historia como un punto seminal en cuanto al rock independiente, así como el rock general. Slint alcanzó el punto cumbre en 1991, y de ahí se separó. Ya no necesitaban nada más, y sin quererlo, impactaron de tal manera que

en poco tiempo, artistas empezaban a demostrar su influencia hacia este disco, siendo estos limitados a un género que ellos mismos guiarían a lo largo de los noventas y principio de los dos mil, pero que a final de cuentas todo se resume al legado que seis canciones han hecho a lo largo de 25 años.

Estación de radio de @BUAPoficial

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