Atletismo estudiantil

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Me parece que fue en el año de 1933 cuando entré por primera vez al desaparecido campo deportivo metodista, que estuvo situado sobre la 5 norte, entre la 17 y la 19 poniente. Fue un campo muy hermoso: su pista pareja y suave, su campo siempre verde, con fosas para saltos y su tribuna con cupo para 500 0, a lo más, para 1000 personas.

Al entrar al parque vi que practicaban Alfredo Toxqui y Bulmaro Ortiz, a quien decían “La Pita”, los 100 metros planos; a José Bailleres, a quien apodaban “El Viejo” y fue nuestro maestro, que daba instrucciones a unos estudiantes a quienes no identifiqué; y corría en práctica de los 400 metros planos “El Negro” Amaro con su piel de ébano y su voluminosa humanidad. Al presenciar las actividades de Ortiz, Bailleres y Toxqui, no me imaginé que tenía frente a mí a parte de los atletas que con sus hazañas forjaron la época de oro del atletismo del glorioso Colegio del Estado.

Cada año, en el mes de junio, se celebraban competencias estudiantiles en el único campo deportivo que existía en la ciudad: el metodista. Los competidores en su abrumadora mayoría pertenecían al Instituto Mexicano Metodista, después Instituto Madero, a la Escuela Normal ahora Instituto Normal del Estado o al Colegio del Estado, hoy Universidad Autónoma de Puebla. Los metodistas usaron en sus uniformes deportivos el color rojo y los llamábamos “gringos”; los normalistas el verde y les decíamos “naguales”, y los del Colegio del Estado, azul, y nos decían los “hijos de María”.

El Instituto Mexicano Metodista me parece que fue de los primeros que fundó en la república mexicana la Secta Protestante Calvinista, llamada irónicamente metodismo por la regularidad en su comportamiento y en sus prácticas religiosas.

La Escuela Normal para señoritas se fundó primero que la Escuela Normal para varones. La primera se estableció en la calle llamada “La Naguala”, que está en los números ochocientos de la calle 7 norte. Explica Hugo Leicht, en su obra Las calles de Puebla, que le dieron a esa calle el nombre de “La Naguala”, porque iban a ella indios de lugares cercanos y lejanos en romería a ofrecer donaciones a sus ídolos y que los indios se adornaban con plumas vistosas en sus festines y bailes. Hay que recordar que le llamaban “nagual” al viejo desaliñado, feo, de ojos redondos y colorados, que tenía la facultad de transformarse en perro lanudo y sucio para recorrer los campos haciendo daños y maleficios.

Así que por estar la Escuela Normal para señoritas en la calle de “La Naguala”, a sus alumnas se les dio el sobrenombre de “nagualas”.

La Escuela Normal para varones se fundó en 1879 en el ex convento de San Jerónimo, siendo sus fundadores Guillermo Prieto, general Juan  Crisóstomo Bonilla, licenciado Miguel Serrano y profesor Gustavo P. Mahr. En el año de 1893 se pasó a la calle de Ventanas. Posteriormente la Escuela Normal fue mixta, es decir que concurrían a clases hombres y mujeres.

Me parece que siendo escuela mixta se pasó al edificio que está en la ll sur, entre la ll y 13 poniente, el cual fue construido por los padres Jesuitas para alojar al Colegio Católico del Sagrado Corazón de Jesús, que fue inaugurado en 1908.

Actualmente el Instituto Normal del Estado se encuentra alojado en los edificios que construyó el gobierno del ingeniero Aarón Merino Fernández y que están ubicados en la Calzada de los Hermanos Serdán.

Llamadas las estudiantes de la Normal “Nagualas”, se les aplicó el mismo sobrenombre a los estudiantes varones, sobrenombre que conservan hasta la fecha.

Como todos recordarán, el fundador de la Orden de la Compañía de Jesús fue San Ignacio de Loyola, quien murió en el año de 1556.

El nueve de septiembre de 1572 llegaron al puerto de Veracruz el padre Sánchez y quince religiosos de la Compañia de Jesús y, después de permanecer en el puerto algunos días, se trasladaron la ciudad de Puebla. El nueve de mayo 1578 adquirieron los terrenos en los que posteriormente edificaron el colegio, al cual dieron el nombre de “Casa de la Compañía del Nombre de Jesús del Espíritu Santo”.

En 1592 murió el capitán clon Melchor de Covarrubias, quien en su testamento designó al Colegio y Casa de la Componía, su heredero en todos sus bienes.

En 1790 en que fueron expulsados los Jesuitas de la Nueva España, el colegio tomó el nombre de ‘ ‘Real Colegio Carolino del ‘Espíritu Santo”.

Durante el imperio de Iturbide recibió el nombre de “Im-perial Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús”.

El Congreso del Estado por decreto de 1825 le dio el nombre de Colegio del Estado.

En 1937 el Congreso del Estado le dio el título de Universidad de Puebla y aprobó su primera Ley Orgánica como Universidad.

En 1956, a iniciativa del gobernador Rafael Ávila Camacho, el Congreso del Estado le concedió a la Universidad su autonomía y desde entonces se llama Universidad Autónoma de Puebla.

En 1933, cuando ingresé al colegio, entiendo que tenía una población escolar de mil quinientos alumnos, a la fecha tiene cuarenta y tres mil.

En mayo de este año ( 1978), cumple la Universidad 400 años de haber sido fundada y en conmemoración de tan fausto acontecimiento para la cultura y el progreso de Puebla y para mí, que me proporcionó una profesión con la que he podido sostener decorosamente a mi familia, como cuando era estudiante y llevaba los libros y apuntes bajo el brazos vestía muy pobre y tenía la cabeza llena de ilusiones y esperanzas y el corazón de pasiones nobles, grito con toda la fuerza de mis pulmones: i Universidad, Gloria!

Pues bien, volviendo a los atletas del colegio, fueron tan buenos que tomaron parte en competencias nacionales en el Distrito Federal, Jalapa, Querétaro y en otras ciudades de la república, obteniendo primeros lugares: Pablo Solís, José Bailleres y Heriberto Mauleón.

Formaron parte de ese grupo brillante de atletas que tanto prestigio dieron al Colegio del Estado y a la misma entidad poblana: Heriberto Mauleón Vélez, que corrió primero 800 metros y después por consejos del maestro Luis Ramírez Daza profesor de Educación Física, 400 metros planos; Pablo Solís, José Bailleres, Miguel Angulo “La Mula”, Alfredo Toxqui, Bulmaro Ortiz “La Pita”, Ángel Palma “El Chaparro”, Jesús Sabino “El Jorobado” y Prisciliano Salazar 100 y 200 metros planos; Miguel Figueroa “El Garbanzo”, que corrió 400 metros planos, salto triple y de altura: Idelfonso Aguila y Herminio Sánchez Aranda que corrieron 5000 metros: Tomás Campos Lima, que primero corrió por la Normal y después por el Colegio del Estado: 1500 metros; Abelardo  Cuanalo Roa “La Piscina”, que corrió 5 y 10000 metros: Alfonso Becerra y Luis Padilla que saltaron con garrocha; Rafael Cañete “El Loro” que lanzó bala; Jorge Malagamba que lanzó disco y jabalina, y Miguel Arellano que lanzó el martillo.

Sin duda alguna que de todos los nombrados. los que más sobresalieron fueron: Heriberto Mauleón que hacia la carrera con pasitos cortos pero muy tupidos, lo llamaban por su velocidad “La Motocicleta”, y como a pesar de que llevaba muy buenos contendientes como “El Garbanzo” y Águila del colegio, “El Coyoles” Leal por la Normal, Cisanto González y Santiago Juncadella del Metodista, siempre triunfaba, sus compañeros del colegio siempre lo levantaban en hombros. le echaban porras y se disputaban el honor de llevarle sus pants: Pablo Solís que parecía tener alas en los pies y que durante algunos años fue el amo indiscutible en los 100 y 200 metros planos. José Bailleres que por su empeño, tenacidad y técnica hizo la proeza de superar en los 200 metros a Pablo Solís. Manuel Figueroa, el fundador de la dinastía deportiva de “Los Garbanzos”, con dotes excepcionales para el deporte, que supo conservar y cuidar. Jesús Sabino que parecía galgo corriendo los 200 metros, tomaba las curvas hacia adentro Y por los movimientos rítmicos y enérgicos de sus brazos daba la impresión de que lo impulsaban más que sus piernas. Alfredo Toxqui, que al correr, sobre todo en el sprint, se le dilataba el cuello y se le marcaban los músculos y las de tal manera que aquél parecía de un toro y no de un hombre; Bulmaro Ortiz ‘ ‘La Pita”, el cual siempre asomaba a sus labios una risita burlona pero no desagradable, en la carrera parecía transformarse en energético que poderosamente lo impulsaba.

A mi juicio el más sobresaliente de los atletas del Colegio del Estado fue Heriberto Mauleón, rey indiscutible del Estado en las carreras de 400 y 800 metros planos y campeón de esas especialidades en competencias nacionales.

Los maestros que forjaron a tan grandes atletas fueron don Luis Ramírez Daza y don Roberto E. Guzmán, auxiliados por estudiantes atletas retirados. Por la Normal fueron famosos deportistas Víctor Manuel Manzano “El Chino” en 100 y 200 metros planos los hermanos Vigueras. Miguel Aguilar “El Jumo”, que corrió magistralmente 3 000, 5000 y 10 000 metros. Roberto Leal “El Coyote” que corrió 400 metros. Isidro Pacheco que corrió en la carrera de 5 000 metros, Luis Bernal. Alfonso Victoria, Huesca y Escamilla.

Tomás Campos Lima me refirió que de los atletas que corrieron por el color de la Normal, el más destacado fue Miguel Aguilar “El Jumo”, que no era normalista sino obrero de la fábrica de hilados y tejidos de Mayorazgo. Cuando se acercaban las competencias y no se presentaba “El Jumo” a las prácticas, el profesor Baraquiel Alatnste, sin preguntar por él, iba a la cárcel de detención de los juzgados calificadores, pagaba la multa y se llevaba al ‘ ‘Jumo”. Hubo ocasión en de la cárcel, el profesor Baraquiel llevo directamente a la pista para que compitiera y aun así ganó la carrera en la que participó. “El Jumo” fue asiduo concurrente a las pulquerías y a la cárcel, a las pulquerías por afición al neutle y a la cárcel por su carácter rijoso, casi siempre terminó sus borracheras a puñetazos, saliendo en las pendencias como en las pistas victorioso.

Se acercaban las competencias nacionales para seleccionar a los atletas que deberían a México en una olimpiada. Tomás Campos teniendo la seguridad de que “El Jumo” sería seleccionado, lo preparó, lo inscribió en las competencias de las elecciones y con su peculio personal lo llevo a México y cubrió los gastos de su estancia. Como fueran muchos los competidores inscritos, decidieron los organizadores que en la carrera de 10000 metros se celebraran dos competencias, de la primera sacarían a los que llegaran, me parece, en los primeros quince lugares; y en la segunda, en la que participarían los que ocuparan esos primeros quince lugares, representarían a México los tres que llegaran primero en esta segunda competencia.

En la carrera de IO 000 metros los corredores no tienen carril como en las carreras cortas, salen en pelotón, y al irse desarrollando la prueba los de adelante, que puntean la carrera, van escogiendo su sitio y su carril, generalmente el contiguo a la pista, que tiene las curvas más cortas. La naturaleza de la prueba permite que anticipadamente se formen grupos, en los cuales los que tienen menos posibilidades se encargan de proteger al mejor de sus compañeros, estorbando a sus rivales de más peligro para que no salgan adelante.

El campeón nacional se llama o se llamó Juan Morales y, como era costumbre, disponía de domésticos, como se les llama a los corredores que están al servicio de los competidores para protegerlos.

Tomás Campos dirigió a “El Jumo” en las dos pruebas de selección. En la primera, bajo la dirección de Tomás, fácilmente “El Jumo” burló a los domésticos del campeón y llegó en primer lugar, superando a Juan Morales. En la segunda, el entrenador de Morales urdió una estrategia más eficaz y ni la dirección de Tomás Campos, ni el esfuerzo de “El Jumo” consiguieron en el transcurso de la carrera que éste rebasara a los domésticos del campeón. Ya faltando escasos metros para llegar a la meta, “El Jumo” desesperado y alentado por los gritos que le daba Tomás, a empujones consiguió abrir el cerrón de los domésticos y en un final trepidante llegó primero el campeón Juan Morales con una ventaja de -escasos dos metros sobre “El Jumo”, que llegó en segundo lugar.

El profesor Arnaiz se acercó a Tomás Campos y le dijo: “cuide a su muchacho porque tiene facultades excepcionales y posibilidades para ocupar uno de los primeros lugares en la Olimpiada.”

Tomás y “El Jumo” regresaron felices a Puebla con el propósito que Jumo” se dedicaría intensamente a practicar la carrera.

Como “El Jumo” no llegara al domicilio de Tomás en la fecha convenida para iniciar los entrenamientos, Tomás fue a su cosa, en la que le informaron que éste se encontraba en la cárcel por haber lesionado en una pulquería a otro borracho como él. Cuando “El Jumo” consiguió salir de la cárcel ya se había celebrado la Olimpiada, fue a la casa de Tomás y éste estaba tan disgustado con la conducta de “El Jumo”, que le dio dos tremendas cachetadas. “El Jumo” tan belicoso, en esta ocasión no contestó los golpes, bajó la cabeza y se puso a llorar como un niño.

No abandonó “EI Jumo” su afición al pulque y por su carácter irascible y su fortaleza para los puñetazos continuó participando en un sinfín de riñas en las pulquerías.

Hace como nueve años, por el periódico se enteró Tomás Campos que había llegado lo inevitable, pues en las afueras de una pulquería de una puñalada habían matado al “Jumo”. Tomás averiguó los hechos y se enteró que ya borracho había dirimido dificultades que tuvo con otro parroquiano a bofetadas, como siempre derribó a su rival y salió victorioso. El vencido, humillado, silenciosamente abandonó la pulquería, mientras “El Jumo” y los mirones de la riña festejaban con tornillos y catrinas su triunfo. Cuando se hartó de pulque, “El Jumo” salió de la pulquería. En la calle lo esperó el vencido e inmediatamente le dio una puñalada, acompañada de las palabras “a ti te esperaba”. “El Jumo” se quedó parado, de su cuerpo salió la sangre a borbotones; el pulque y la hemorragia hicieron que sus piernas no soportaran al cuerpo. “El Jumo” se recargó en la pared, pero no fue suficiente para que permaneciera parado, se sentó en la orilla de la banqueta de la calle. El río de sangre continuó manando del cuerpo de “El Jumo”, sus fuerzas se agotaron a tal extremo que se vio en la necesidad de tenderse en la banqueta. A los pocos momentos se escuchó la sirena de la ambulancia de la Cruz Roja, los camilleros apresuradamente llegaron al sitio en el que se encontraba tendido “El Jumo” en un charco de púrpura, se abrieron paso en el círculo de mirones que rodeaba al herido. Los camilleros ya no lo levantaron, porque al examinarlo comprobaron que había muerto. Así se apagó una luz que pudo ser luminaria mexicana en el deporte mundial.

El entrenador de los deportistas de la Escuela Normal fue el profesor Baraquiel Alatriste, quien me parece que en su juventud fue campeón nacional en los 1 500 metros.

El Metodista siempre presentó magníficos deportistas; eran pocos pero disciplinados, bien preparados tanto en técnica como en condición física. Casi siempre sus atletas ocuparon los primeros lugares. y siendo tan pocos disputaban la puntuación general de las competencias a los deportistas del Colegio del Estado. Fueron notables Manuel Barrón “El Tronco” en los 1 00, 200 metros planos y salto triple; Crisanto González en 400 metros planos y en bala; Santiago Juncadella en 800 metros y en salto de altura; Aurelio Archundia en 800 metros y en disco; Joel Osorio “El Pirulí” en salto de longitud y triple; Enrique del Barrio en salto con garrocha; y Quirino García en 1 IO metros con obstáculos.

El mejor atleta del metodista fue “El Pirulí”, que llegó a ser campeón nacional en salto de longitud.

Joel Osorio “El Pirulí” se graduó de maestro, radicó en Querétaro, fue diputado federal y secretario general del sindi-cato de maestros del estado de Querétaro.

El gran profesor Carlos Laguna Flores fue quien enseñó a los atletas del metodista la técnica deportiva tan adelantada que utilizaban con tanto éxito en las competencias.

De todos los atletas del Colegio del Estado, de la Normal y del Metodista, el único que sigue en actividad cosechando triunfos es Tomás Campos Lima, ya cerca de los 70 años todavía tiene agallas y condición física para ganarle la carrera de la vida a Cronos, pues no obstante el largo tiempo transcurrido desde que compitió en las pistas, conserva como retrato el mismo semblante y la misma figura.

En la última competencia deportiva en que participaron los atletas del Colegio del Estado, no recuerdo si fue en el año de 1933 ó 1934, no participó Manuel Figueroa por haber salido de viaje. Cuando regresó y fue al campo deportivo, faltaba por celebrarse la prueba del salto de altura, en la que Juncadella tomaba parte representando al metodista. Para que en la puntuación general quedara en primer lugar el Colegio del Estado, era necesaria la participación de Figueroa en el evento, pues dada su excelente calidad tenía asegurad el segundo lugar, que daría los puntos suficientes para la puntuación general el Colegio superara al Metodista, “El Garbanzo” negó a participar y la competencia general la ganó el Metodista, quedando en segundo lugar el Colegio.

Todos criticamos a “El Garbanzo”, y  únicamente pensarnos que su negativa obedeció a que no quiso que su novia, en ese entonces Josefina Rojas, presenciara que hacía un mal papel ante Juncadella.

La creación de la escuela secundaria en 1935 ocasionó una interrupción en la celebración de las competencias atléticas.

En 1935 fueron nombrados profesores, de Educación Física en la escuela secundaria: Angel Rodríguez; “El Prieto” Espinoza, “El Cadete” y un profesor apellidado Martínez.

En 1936 trataron de resucitar los eventos del atletismo y organizaron una competencia estatal.

Tomaron parte en el evento deportista; del Estado, de la Normal, de un club de Atlixco, me parece que de nombre Anáhuac y de la Escuela Secundaria Venustiano Carranza. Estuvieron ausentes los atletas del Metodista. El evento se celebró en el campo de la Escuela Primaria Aquiles Serdán, que distaba mucho de tener las buenas condiciones del campo metodista.

Tomé parte en la competencia corriendo los 400 metro; planos y obtuve el segundo lugar. El primero lo ganó un joven apellidado Saldaña, con muchas facultades y preparación muy buena, exclusiva de él, pues tengo entendido que no tuvo instructor. Corrió por la Escuela Normal, aun cuando no era estudiante, pues tenía una carnicería en el barrio del Carmen, sobre la 16 de septiembre.

Las pruebas finales siempre fueron los relevos; se otorgaba un premio especial al atleta que obtuviera la mayor puntuación. Estaban empatados con tres primeros lugares Angel Rodríguez, el atleta mejor dotado por la naturaleza que he visto actuar en las pistas de Puebla, ganó fácilmente 100 y 200 metros planos y el lanzamiento de jabalina, y un indito del Club Anáhuac, que había ganado los 1 500, 5 000 y 10 000 metros.

Angel Rodríguez estaba inscrito en el relevo de 4 por 100 y el indito del Club Anáhuac en el de 4 por 400. El relevo de 4 por 100 fácilmente lo ganaba el equipo de Angel Rodríguez pero si el relevo del indito ganaba el de 4 por 400, no obtendría mayor puntuación Angel Rodríguez, pues quedaría palado con el indito.

En representación del Colegio del Estado, en la carrera de los 400 metros, tomaron parte Augusto Muñoz, novio de Angela Trigo, que tenía facultades pero no las cuidaba, y “El Cuais”, que carecía de facultades, así que sabían que el relevo de 4 por 400 no lo ganaría el colegio. Al relevo de la escuela secundaria del que yo formaba parte no lo tomaban en cuenta, todos los integrantes éramos demasiado jóvenes y sin antecedentes en las pistas.

Para fortalecer al relevo del Colegio del Estado fueron a convencer a la gloria de antaño de esa carrera, a Heriberto Mauleón, para que formara parte del relevo. Mauleón ya tenía varios años que no participaba, desgraciadamente se había dado a la farra y permanecía arrumbado e inactivo como escribiente en un juzgado correccional. El planteamiento que le hicieron de que se debía salvar el prestigio del Colegio del Estado y la ilusión de reverdecer los laureles que el tiempo implacable había no marchitado sino secado, entiendo, convencieron a Mauleón para tomar parte en la competencia. El último relevo nos correspondió, entre otros, a Mauleón y a mí. No recuerdo si Mauleón terminó de correr los 400 metros que le correspondían, pero de lo que sí estoy seguro es que del campo salió en camilla porque se le anudaron los músculos de las piernas, que le produjeron tremendos dolores.

Los del equipo de la secundaria ganamos el primer lugar y Angel Rodríguez obtuvo el trofeo correspondiente al atleta que había alcanzado mayor puntuación en la competencia. Por puntuación general de los deportistas de la escuela secundaria, Conrado Macfarland ocupó el primer lugar, superando contra todos los pronósticos a su hermano Carlos: Carlos Macfarland segundo lugar, y yo obtuve el tercero.

En las competencias deportivas no todo fue emoción y heroísmo, también se presentaron escenas chuscas y jocosas. En una ocasión llegué al campo metodista cuando la carrera larga ya había comenzado. Pasaba frente a la tribuna un competidor completamente solo, con figura de gran atleta: alto, como de un metro ochenta y cinco centímetros de estatura; escaso de pelo y con una trancas demasiado largas que le permitían devorar la pista con grandes zancadas. Como a 200 metros de él corría el resto de los competidores, al pasar frente a la tribuna el corredor solitario que tanto me impresionó, el público prorrumpió en aplausos y en porras que al unísono decían: “Sebo de León, ra, ra, ra”, y una banda de música pueblerina que amenizaba el acto, rasgó el aire con las notas triunfales de la diana. En la siguiente vuelta a la pista, el pelotón de deportistas había acortado la distancia que lo separaba del corredor solitario, y cuando ya casi lo alcanzaba y éste redoblaba sus esfuerzos para impedirlo, “Sebo de León” sufrió un desmayo y cayó cuan largo era sobre la pista. Fue entonces cuando me enteré que los aplausos, las porras y las dianas fueron burla para el pobre “Sebo de León”, porque cuando pasó solitario frente a las tribunas el grueso de deportistas le llevaba una ventaja de dos vueltas y sólo la apariencia hacía creer que él era quien aventajaba a los demás competidores.

Los estudiantes son nobles y perdonan todo, menos el ridículo.

La vida fue cruel e irónica con algunos deportistas, por ejemplo con Mauleón ha sido cruel. Tengo entendido que además de ser destacado deportista fue buen estudiante, fue uno de los consentidos del maestro Zafra. Después de que su-frió el anudamiento de los músculos de las piernas, le vino una complicación al hígado, que durante mucho tiempo lo tuvo postrado en cama. Una de sus hijas sufrió la invalidez de sus piernas. Después de una lucha tremenda por algunos años, con-siguió que su hijita caminara, aun cuando quedó con insuficiencia permanente en las funciones de una de sus piernas. Con empeño y esfuerzos su hija obtuvo el título de maestra norma-lista, ya profesionista sufrió una enfermedad cerebral e ignoro si logró recuperarse. Su esposa doña Dora Quiroz de Mauleon, profesora de primaria, se vio muy grave por la diabetes que la aquejaba. Por fin consiguió controlar el azúcar y alejarla de la dama de la guadaña que la asediaba muy cerca, sin embargo ahora casi ciega permanece enterrada en su hogar. Imposibilitada de servirse por sí sola y de auxiliar a su familia en los quehaceres de la casa. Recientemente falleció en un accidente, me parece que en Tijuana, uno de sus hijos ya casado, y como no supo del percance sino varios días después de lo ocurrido, Heriberto nos acompañó a su hijo en su sepelio.

Lo que me ha causado asombro es cómo pudieron Mauleón y su esposa sostener los gastos de su casa y proporcionar a sus hijos y a ellos atención médica y medicinas con los miserables sueldos que obtenían, ella como maestra y él como burócrata municipal. Sin duda alguna su esposa fue la que directamente se enfrentó a los infortunios que les deparó el destino, porque Heriberto por mucho tiempo estuvo entregado en brazos del dios Baco. Hace ya varios años que Mauleón dejó de empinar el codo y desempeña con acierto y honradez el modesto cargo de juez menor de Defensa Social.

Con el maestro Pablo Solís Camarillo la vida fue irónica. Al principio le sonrió la fortuna; ganó bastantes pesos en el ejercicio de su profesión; ocupó buenos puestos públicos; alcanzó fama de buen orador; disfrutó de muchas mujeres, la mayor parte de ellas hermosas, por lo que le pusieron desde estudiante el mote de “El Semillas”, y sus parrandas hicieron época en el mundo de la juerga. Después la diabetes le quitó la luz a sus ojos y quedó ciego. Lo veíamos transitar en las calles vestido como siempre con elegancia y pulcritud, pero conducido por un lazarillo. Con valor aceptó su desgracia y nunca, que yo haya sabido, se quejó.

La diabetes a la que él ayudó para que fuera comiéndolo debilitó su organismo y la madrugada del veinte de noviembre de 1977 esa piernas vigorosas que parecía que tenían alas y lo habían conducido veloces al triunfo en pistas locales y nacionales, se negaron a continuar cargándolo y lo dejaron caer en el suelo del baño de su casa. La caída ocasionó lesiones mor-tales al maestro Solís, quien a las pocas horas del accidente murió.

Para terminar esta anécdota y llamar para que se presenten con nuestros recuerdos las emociones de las competencias atléticas estudiantiles, en las que tomamos parte o presenciamos, les transcribo la letra del Himno Deportivo del Colegio del Estado, que compuso el ingenio del inquieto y bohemio estudiante llamado antaño “Pedro Harapos”, ahora serio y respetable periodista Antonio Saenz de Miera.

En la grabación cantan el himno las señoras Elvira Rosales de Jiménez y Teresa Arroyo de Vega y tocan la guitarra la señora Vega y Chele (Lic. Celerino Jiménez).

En un sábado temprano se juntaron deportistas, y retaron al Estado naguales y metodistas. Los metodistas vistieron indumentaria de gringo, y los naguales en burro iban de calzones de indio. El Estado que es su padre hizo desfilar cien carros, con doscientos de levita y también doscientos charros. De la Parra iba de charro rodeado de muchas viejas, y a la par que las manganas revoleaban sus orejas. Al comenzar un partido dijo Ruiz ya no me hallo y empezamos con los vidrios a dar un Cinco de Mayo. Manzano juntaba piedras y las aventaba Herrera y acabamos en media hora metodista y nagualera. Asomarse a la ventana salió Chon Smith “El Gringo” y al ver venir una piedra dijo si no me agacho me… tizno A llamar a los gendarmes salió “Charcos” al zaguán, y lo regresó a patadas la mula de Ibarrarán. Vuela, vuela palomita, palomita voladora, que a la hora de los trancazos el que no suspira llora.

Puebla, hogar de Pancho y Mago, 29 de abril de 1978

 

POSDATA: La mala suerte acompañó a Heriberto Mauleón hasta su sepultura. En agosto de 1978 murió. Me enteré de su fallecimiento por la esquela que publicó un diario local, la que participó del infausto acontecimiento e hizo saber que se inhumaría en el panteón municipal a las quince horas. No llegó el cadáver a la hora señalada, pensé que la misa de cuerpo presente que se ofició en la iglesia de San José había demorado su traslado. Cerca de las diecisiete horas llegó al panteón el cortejo fúnebre. No procedieron luego al entierro, porque me parece hicieron tiempo para que estuviera presente una persona, posiblemente su hijo. Al tratar de depositar los sepultureros la caja en la fosa, no pudieron hacerlo porque no cabía. Terminado el arreglo correspondiente, cerca de las dieciocho horas, cuando descendía el cuerpo a su última morada, se soltó un chubasco con vientos huracanados, truenos y relámpagos, que hizo que todos los asistentes lo abandonáramos para refugiarnos en el zaguán del panteón.

Texto tomado del libro Anecdotario Estudiantil Volumen I de Armando Romano Moreno editado por Fomento Editorial BUAP

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