Y si un día fuera profe

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Günter Petrak

El desvencijado Volkswagen asomó por el camino que sube la cuesta. Al pasar bajo los cables de las torres de alta tensión que cruzan el campo de fútbol nos pareció ver una luz iridiscente sobre el carro y el efecto apaciguó nuestro enojo. Porque, como siempre, el profe llegaba tarde y el árbitro había usado su silbato en dos ocasiones avisándonos que no esperaría más. El profe no era el capitán, pero era el profe, y por eso le encargaban las credenciales de los jugadores del equipo. El automóvil se detuvo casi sobre nuestras pertenencias, rugiendo ya ventando explosiones por escape: ándale profe ya pitó el árbitro, le gritó el Motorcito y él respondió arrojando por la ventanilla un cartapacio del que salieron volando las identificaciones. ¡Uy!, exclamó el Beto, viene crudo el maistro. Órale, agarren sus credenciales, ordenó Marcos, el capitán, Chale, dile al “nazareno” que al medio tiempo le damos la lista. El Chaleco obedeció de inmediato y comenzó a correr sobre sus piernas torcidas. Los demás recogieron sus credenciales del suelo y ocuparon sus posiciones.

El partido comenzó cuando el profe sacaba su enorme barriga del vocho y se ajustaba las medias. Yo permanecí afuera por una lesión, ingrato recuerdo de la última batalla perdida. Pero cuatro derrotas consecutivas dolían más que cualquier fractura de huesos y eran suficiente combustible para mantenerlo a uno caminando de un lado a otro de la jaula invisible que rodeaba el campo… El profe se acercó a la media cancha y agitando su mano pidió permiso para entrar al juego. El Chaleco se paró a mi lado; a ver si ora ganamos, dijo con voz de aguardiente. Una inquietud extraña me molestaba desde temprano. Miré el campo, un pedazo de terreno en declive sobre una colina, cruzado por una zanja y por los cables de alta tensión. Recordé el olor del césped, el bisbiseo de la gente en las tribunas del centro deportivo donde jugaba con “los de mi clase” (así decía Marcos a veces para molestarme) y los gritos de enojo, los berrinches de quienes, aun siendo mis compañeros de equipo, sentían cada error como una afrenta, como una puñalada a su dignidad personal. Aún ahora me resulta difícil entender cómo permanecí tanto tiempo en ese grupo de “yuppies”, de rabiosos y egocéntricos “juniors”. Quizá fue porque el fútbol lo puede todo, porque no haya nada en la vida que supere a la euforia de detener un penalti, de escuchar los aplausos del público cuando se hace una buena jugada, de disfrutar una victoria que compensa todas las frustraciones de la cotidianidad clase mediera. Pero ellos no eran de “mi clase” y, por supuesto, tampoco lo son el profe, el Diablo, el Chaleco y el Motorcito, entre todos los demás. En realidad no sé cuál es mi clase. Estoy entre una y otra, en cada una se me acepta con reservas, me miran como si viniera de otro planeta.

En algunas partes me llaman por mi nombre, en otras soy el “güero·, en otras más no tengo nombre, cruzo de acera y, a veces, me pierdo en la transparencia de la multitud, en la uniformidad de la masa. Sin embargo, me siento más a gusto aquí, raspándome los codos y las rodillas sobre la cancha de barro, cortándome las piernas con los pedazos de vidrio que brotan de la tierra como dientes salvajes, gritando a voz en cuello palabras que mi madre me prohibía pronunciar, riéndome de los grotescos movimientos de la voluminosa panza del profe, sintiendo la pegajosa mano del Chale agarrándome el brazo, oliendo y escuchando sus eructos de aguardiente barato, lamentando que el disparo de “Gabriel” saliera “chorreando” hacia un lado de la meta contraria…

Y así llega el descanso de medio tiempo y más de dos salen insultándose, amenazando o manoteando. No nos ha ido bien; pero en los rostros de enfado o de miserable postración hay un leve esbozo de ternura con sobrada modestia y el fracaso no los desalienta como puede desalentarme a mí, y cuando ya no queda saliva que escupir ni puños que blandir, todos vuelven a tocarse como amigos, una palmada en la espalda, un abrazo, algún apretón obsceno en las nalgas, risas vulgares y vuelta a la batalla dominguera. Mi equipo logra armara un par de buenas jugadas, pero el profe las falla, si algún día el profe mete gol, me dice el Chaleco, psss, me cai que ya no vuelvo a chupar… pssss. Y lo veo y me cae en gracia su psss y su mirada torva y me dan ganas de abrazarlo, pero no lo hago. Y cuando vuelco mi atención en el campo y veo los esfuerzos del profe por vencer el lastre de su gordura, vuelvo a sentirme incómodo porque la vida es a veces como una barriga enorme que tienes que llevar a todas partes y que alimentas de cinismo, de mezquindades, de engaños ¡El profe. El profe! Grita y brinca el Chale sobre sus piernas torcidas y me abraza y casi me quiere besar, ¡El profe, el profe, lo metió, lo metioooooó! Y se mueve como un chango amaestrado dando vueltas y vueltas y yo le digo, ya te chingaste Chale, no más alcohol güey, mientras todos cargan y felicitan al profe, pero éste y su jeta de enojo no parecen habitar este mundo. Más tarde se habrá de convertir en una mueca patética. Lo sé, como ha sido los últimos domingos, los de las cuatro derrotas consecutivas. El gusto por la anotación dura poco, uno tras otro caen los goles contrarios y como siempre, salimos del campo de juego arrastrando, cansados, todo el peso de nosotros mismos… Después es la “miscelánea” donde Marcos compra el “cartón” de cervezas y muy pronto el llanto del profe, que no mira más allá de sus narices, que sólo sabe lamentar la infidelidad de su esposa, que no es capaz de disfrutar el primer gol en nuestro equipo… el profe, si un día el profe dejara de llorar su estúpida cornudez, tal vez podría abrazarlo con más ternura, darle un apretón fuerte, hasta donde alcancen mis brazos, pero hoy no, hoy tengo que irme temprano, ya saben, compromisos, pero no les digo que pasaré antes por la casa del profe, porque el profe se va a pasar la tarde “chupando” y llorando y yo, mientras tanto, no puedo soportar la soledad de su esposa, que también necesita ternura y algo más que un abrazo fuerte y algunas caricias debajo de las sábanas…

Texto tomado del libro “Eros Desarmado” de Günter Petrak editado por Ediciones Educación y Cultura.

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