Qué tanto sabes sobre las epidemias y cementerios de Puebla?

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cancha de san pedro

Los brotes epidémicos fueron permanentes a lo largo de la primera mitad del siglo XIX. La gran epidemia de fiebres de 1812 y las epidemias de “cólera morbus” registradas en 1833 y 1850 fueron las más importantes. La primera fue sin duda la más funesta. Se inició en septiembre de 1812 y se dio por terminada en los primeros meses de 1813. Desde el comienzo se advirtieron las graves consecuencias que podía traer para la ciudad. El síndico personero del común afirmaba en diciembre de 1812

que la multitud de febristantes que en el Hospital de San Pedro existe, es una prueba nada equívoca de que en esta ciudad va preparándose una peste ruinosa, y que después de las miserias que acarrea, puede aniquilar, y consumir la mayor parte o número de sus vecinos.

Respecto a las causas, algunos las atribuyeron a la aglomeración de soldados en los cuarteles, a la entrada de los contingentes militares provenientes de tierra caliente y no pocos a la escasez de lluvias que se padeció en 1812. Para el síndico, la plaga era

consecuencia necesaria de la guerra, que estamos experimentando, ella misma es efecto que producen los vientos infestados de la perjudicial corrupción de los cadáveres, que no sepultándose porque los ocultan y esconden los propios bandidos, corrompen la sangre de los individuos que soplan y rodean y más cuando el vecindario de esta ciudad habita tan unido, y estrecho en las casas, y son sus vecinos tantos que unos a otros se comunican sus humores.

Para solventar el de la epidemia, el cabildo organizó una Junta de Sanidad que promulgó diversas medidas que iban desde multas sobre la basura y falta de limpieza en las calles, prohibición de vender ropa usada en tiendas y baratillo, visitas periódicas a los establecimientos considerados insalubres, hasta la coerción personal para trabajar en los hospitales cuando las personas eran declaradas insolventes en el pago de toda multa que excediera los cuatro reales. Para sepultar los cadáveres que provocaba la epidemia, el rector del colegio Carolino donó una huerta en San Javier pues el cementerio de Xanenetla solo se usó para los que morían de otras enfermedades. Un año después, la Junta de Sanidad al hacer un recuento de los habitantes afectados, afirmaba que de “48726 que fueron atacados de la peste horrorosa que redujo otras desgraciadas poblaciones a una casi absoluta despoblación sólo perecieron (en la ciudad) siete mil ciento veinte y cinco’, cantidad más verosímil que las 20 mil víctimas de que habla Francisco Javier de la Peña, editor de Puebla Sagrada y Profana.

La facilidad con que se extendían estas epidemias se debía a las condiciones de vida de la mayor parte de la los índices de mortalidad más elevados corresponden a las parroquias donde predominaba la población de menores recursos. El coronel Antonio Camón consideraba que la parroquia de San Sebastián a la cual pertenecían los barrios de Santiago, San Diego, San Matías y San Miguel, situados al sur y poniente de la ciudad, que en 1812 tenían una población numerosa dedicada al cultivo de grandes terrenos que producían maíz, trigo, cebada y toda clase de verduras, había sufrido la desaparición de “más de tres cuartas partes de su censo”.  Ante esta situación, las autoridades eclesiásticas fusionaron las parroquias de San Marcos y San Sebastián y la de la Cruz con la de Analco para poder solventar los gastos de la administración religiosa.

Las dos décadas posteriores a la consumación de la independencia también fueron de gran mortandad. Un informe de finales de los años veinte indica que entre 1823 y 1827 se registró las cuatro parroquias de la ciudad y en los hospitales un total de 10,046 muertes; cifra que resultaría en un alto promedio anual de defunciones.

En 1833 el cólera morbus azotó a la población. Los registros del cementerio de San Javier, habilitado nuevamente para enfrentar la situación dieron fe en sólo cinco meses de un total de 3 037 personas afectadas por la enfermedad.

Para un observador de la talla de Javier de la Peña, era claro que hacia 1835, el centro de la ciudad había mejorado “notablemente de treinta años a esta parte, aumentando sus edificios y hermoseándose en lo exterior con fachadas de ladrillo y azulejos; y con bellas y variadas pinturas… pero sus numerosos barrios casi han desaparecido por una serie de calamidades, y no presentan más que soledad y ruinas; llegó a tener setenta mil habitantes pero hoy sin duda no llega a cuarenta mil.

El mismo autor atribuía la reducción de la población a diversas causas: “porque sus muchas fábricas han desaparecido… la peste del año de 1813 inmoló más de veinte mil individuos, el Gobierno español sacó reemplazos del ejército de trece a catorce mil; no pocos han emigrado a otras partes por falta de recursos, y la cólera morbus se llevó cinco o seis mil, aun que fue benigna atendiendo el furor con que desoló otros pueblos”.

En 1850 el ayuntamiento puso en marcha una serie de acciones para prevenir un nuevo desarrollo del cólera y evitar una situación similar a la de 1833. Además de la vacunación, limpieza y vigilancia dentro de la ciudad, mandó visitar y acondicionar los panteones, pues su estado era caótico por el efecto de las defunciones acumuladas por varias décadas.

En 1850, el cementerio de San Francisco estaba ocupado casi en su totalidad y los cadáveres separados unos de otros “Por un tabique de una cuarta de espesor”. Por los lugares aledaños se percibían las emanaciones que “salían de los sepulcros.

Además de las tres grandes epidemias hay que tomar en cuenta otros brotes que a pesar de ser considerados “muy benignos” afectaban con regularidad a la población: era el caso de la viruela, del sarampión, de la fiebre tifoidea y de la escarlatina. La viruela provocaba la muerte anualmente entre 3 y 4 mil personas. En 1825 el sarampión ocasionó la muerte de cerca de mil personas y amenazaba convertirse en “peste desoladora”

En 1848 durante la ocupación de la ciudad por las tropas norteamericanas se desataron nuevos brotes epidémicos: según la Memoria de la Administración Estatal correspondiente a 1849,

la presencia de los invasores en esta capital y los muchos focos de infección que produjeron su desaseo personal, sus desórdenes y la falta de policía en los cuarteles, hizo que el resto de la población se resintiese de alguna de las enfermedades á que ellos mismos estuvieron sometidos, y reinaron en casi todo el año… con carácter epidémicos la liebre tifoidea y la escarlatina

Por su parte, el alcalde primero de Puebla, sostenía que “las anginas, fiebres, sarampión, escarlatina…” eran resultado de la “aglomeración del ejército invasor, infectado en la capital de la república” y que en tanto, “en el ejército americano es desconocida la policía, ya en sus campamentos como en las demás disposiciones, han sepultado sus cadáveres a flor de tierra, impregnando así la atmósfera de los productos de putrefacción que exhalan aquellos cuerpos en descomposición“.

La insalubridad fue un elemento permanente que afectó a la ciudad, creando condiciones favorables para que se expandieran las enfermedades y los brotes epidémicos de mediados del siglo XIX. Llegó a tal grado que en una sesión del cabildo de 1818, “el señor presidente hizo ver la necesidad de echar un portón en el principio de la escalera que da entrada á estas Casas de Cabildo, para evitar suciedades y otros desórdenes que se han advertido y que pasan en silencio por honestidad…” En 1821 ante la falta de carros para la limpieza, que eran utilizados para las obras de los parapetos, y dado que las calles presentaban un estado insoportable el cabildo acordó buscar “veinte muchachos de á real para que al cuidado de un soldado de policía” pudieran quitar la basura de las vías públicas.

Un año antes se había prohibido la vieja costumbre de exhibir en el Portal de la Audiencia los cadáveres de ahogados o muertos en riña, llevándolos al depósito del Hospital de San Pedro. Esta acción del cabildo fue en respuesta a la solicitud de los vecinos que no soportaban los olores y la desnudez con que eran presentados los cadáveres.

Los servicios sanitarios de la época se debatían entre la desorganización y la falta de recursos. En los cuatro hospitales de la ciudad era común encontrar suelos y camas desaseadas, el retraso en la entrega de medicina era un hecho cotidiano y, en ocasiones, era insuficiente el personal para la atención de los enfermos. Existían casos extremos que ejemplifican el estado de las cosas a mediados del siglo: a finales de los años treinta, en el Hospital de San Juan de Dios se robaba “impunemente al público porque sus religiosos” tenían la osadía de “alquilar mendigos y ponerlos el día de San Juan de Dios con el objeto de aparentar y mover la compasión del pueblo” para aumentar “las limosnas y engrosar los bolsillos“.

Pese a la difícil situación por la que atravesaba el erario municipal, el ayuntamiento hizo grandes esfuerzos para sanear la ciudad. En 1820 la Junta de Sanidad quedó encargada de la limpieza de plazas, mercados y calles; del cuidado del empedrado para evitar la formación de pantanos en época de lluvia tanto en el centro como en los suburbios; además, fue dotada de atribuciones para visitar tiendas, comercios y panaderías con el de asegurar el buen estado de los alimentos. Por último, quedó autorizada para vigilar el establecimiento y funcionamiento de los panteones. Posteriormente, comenzó el remate a particulares del servicio de limpia de la ciudad Se establecieron las a asear, el monto del arriendo y el número de carretas diarias para asegurar la limpieza de la ciudad.

Sin embargo, todavía en 1854, en un informe municipal se afirmaba que entre los establecimientos más insalubres estaban “las tocinerías, tenerías, velerías, ‘sahurdas’ y panteones“. Más adelante se insiste que en “tiempos normales no dejan de producir tifos y otras enfermedades graves en los moradores de sus cercanías, y en los de epidemia, contribuyen a acentuar sus estragos“.

Estos establecimientos almacenaban sin ninguna precaución grandes cantidades de sustancias orgánicas y en sus patios mantenían un buen número de animales vivos. En el mismo informe se hace mención al río de San Francisco en cuyas inmediaciones “vive la gente más pobre y que menos higiene guarda” y en cuyas aguas y laderas “se acostumbra desde tiempo inmemorial” acumular algunas basuras, inmundicias y escombros de la ciudad que sirven también para limpiar y preparar las pieles de las tenerías cercanas, con lo cual se con-vertía en foco de infección permanente

De los espacios que generaban insalubridad no se puede dejar de mencionar a uno de los referentes urbanos más importantes de la ciudad: el río de San Francisco. En diferentes crónicas de mediados del siglo XIX se apuntaba lo siguiente: “el llamado San Francisco que rodeando la ciudad por el lado del Norte al pie de la loma de Loreto la atraviesa de Norte a Sur pasando por el costado del antiguo paseo del puente de San Francisco, Toro, Ovando y Analco, va a desembocar en el Atoyac entre el Mayorazgo y el Molino de En medio.

En las orillas de este río se acostumbra de tiempo inmemorial acumular algunas de las basuras, inmundicias y escombros de la Ciudad sirviendo también de receptáculo a la mayor parte de los albañales de la población.

Como en las inmediaciones de este río vive la gente más pobre y que menos higiene guarda y como además todos los zurradores se sirven de sus aguas para limpiar las pieles resulta de todo esto que en muchos puntos de sus riberas como en el extremo de la calle de San Roque por ejemplo se forman considerables depósitos de cieno cuyas emanaciones deletéreas han producido siempre graves perjuicios a los vecinos de las inmediaciones especialmente en la estación de lluvias siendo los que más padecieron en la invasión del cólera. Todos egos males pueda remediarse fácilmente por medio de providencias que con mudo fundamento esperamos hoy de la notoria actividad e inteligencia del Sr. Perfecto actual”.

Sin duda, la acumulación de en el río era reflejo de la mala política de recolección de los desechos que había en la ciudad. El sistema de recolección de basura había mostrado eficiencia, en las primeras décadas del a través del uso de carros de policía; sin embargo, poco a poco había entrado en crisis este al no cumplirse las disposiciones del ayuntamiento que indicaban bs sitios adecuados para tirar la basura pues el grueso de la población tiraba los desechos en el lugar más cercano: el río de San Francisco.

Se insistía con frecuencia que los establecimientos insalubres eran pavosos, debido a que

estos sitios desprenden grandes cantidades de miasmas pútridos que en tiempos normales no dejan de producir tifos y otras enfermedades graves en los moradores de sus cercanías; y en los de epidemias contribuyen a aumentar sus estragos”.

En Las tocinerías el principal problema que preocupaba a las autoridades era el método tradicional usado en la elaboración jabones, pues se tenía la costumbre de “dejar corromper el lardo acumulado en grandes cantidades antes de someterse a la acción combinada de la lejía del fuego; porque la experiencia les tiene acreditado que por este medio la saponificación es más rápida de los que les resulta económica de gastos y de tiempo“. Por ello las moscas y lo olores pútridos serán constantes, a ello se sumaba el olor emanado del ganado existente en las zahúrdas. Durante estos años fue ubicar fuera de La ciudad a este tipo de  establecimientos, acarones que embargo realizaron con rapidez. Fue hasta 1870, que tocinerías y zahúrdas reglamenta ron al igual que las velerías, prohibiendo su establecimiento en el centro de la ciudad, permitiéndose su ubicación fuera del siguiente perímetro: “Partiendo de la calle de las Ranas rumbo al Norte hasta San Pablo de los frailes; de este punto en línea recta al Oriente hasta el Molino de San Francisco; de aquí caminando al Sur por la margen del río hasta el Puente del Toro y volviendo al Oriente hasta la calle Romanos; de aquí otra va siguiendo al Sur hasta las carboneras, para volver al Poniente por las calles de la Sabana y el río por el molino del Carmen hasta las calles del Mal natural, Gato y Colecturía, para concluir en el punto de partida“.

Imponían así a los establecimientos la obligación de lavar diariamente mostradores, clavijeros y demás útiles para evitar en lo posible que emitieran malos olores. Estas molestias, provocadas por los malos olores eran algo compartido con otras ciudades de México y de Europa, y tenían su origen desde mediados del siglo XVIII. Y la mejor solución para que el olfato no perciba estos olores es desterrar del espacio cotidiano todo lo que pueda profanar la limpieza de los mismos, por ello la necesidad de sacar de la ciudad los lugares insalubres.

Además de los olores, era menester mantener el decoro de la ciudad; los constantes sitios de la ciudad, deterioraron su imagen, por los escombros, los cadáveres, los excrementos, el poco aseo de los cuarteles. Para tratar de mejorar esta situación, tras el sitio de 1863 y

con la inminente llegada de los emperadores Maximiliano y Carlota, el ayuntamiento ordenó que “se vigilara la limpieza de las calles y casas, de los caños y letrinas que sacaban excrementos y que los residuos de vegetales y animales se arrojaran a una distancia considerable de la ciudad”.

La limpieza de los escombros producto del sitio de 1863 siguió lentamente hasta muy entrado el año de 1865.

Uno de los cambios más importantes que vivieron los habitantes de Puebla durante este periodo fue el referente a los lugares de entierro. Desde la época colonial era costumbre sepultar en los templos y sus atrios, por la exigencia de que los cadáveres estuvieran en tierra consagrada. Diversas legislaciones a finales del periodo colonial (1787) y a inicios del México independiente (1827) obligaron a los ayuntamientos a erigir cementerios fuera de las ciudades para evitar la corrupción del aire por la putrefacción cadavérica, asunto que no fue abordado de inmediato por las instancias municipales.

Puebla tuvo el primer ensayo de cementerio a finales del siglo XVIII, en el barrio de Xanenetla y el segundo junto al fallido colegio jesuita de San Javier, ambos se originaron ante la premura de acondicionar un sitio para entierro de víctimas de dos epidemias: el primero, para los de la viruela, el segundo para los de cólera. En un principio, el ayuntamiento de Puebla no consideró, por la insuficiencia de recursos, que alguno de los dos predios se constituyeran como cementerio general. Finalmente, fue el clero regular el encargado de erigir los primeros camposantos para el entierro de los poblanos en terrenos propios de la iglesia siempre y cuando fueran de buen tamaño. Los primeros en hacerlo fueron los Padres del Oratorio de San Felipe Neri “La Concordia” quienes en 1839 pidieron la autorización al ayuntamiento para instalar un panteón en sus anexos. Tras la autorización fueron múltiples las quejas que se tuvieron sobre él, principalmente porque al ser un predio pequeño y rodeado por el convento, el aire no podía circular plenamente para garantizar su renovación, cabe recordar que para la época el principal temor en cuanto a la transmisión de las enfermedades era la mala circulación de aire que favorecía la permanencia de aires pútridos.

La década de 1840 fue el periodo en el que se abrieron la mayoría de los cementerios manejados por las órdenes religiosas en Puebla: San Francisco en 1841, El Carmen en 1844, San Antonio y La Merced en 1849.

Llama la atención que se establecieron en los diversos puntos cardinales —norte, sur y poniente— de la ciudad. Si se agregaban los panteones existentes con antelación como Xanenetla al oriente, se observa así que todos los panteones estaban en las fronteras de la ciudad marcando un perímetro bastante bien delineado. Podemos decir que a partir de esos años quedó marcada la separación entre la Angelópolis y las necrópolis; es decir, vivos y muertos tendrían ya sus espacios delimitados: a la par que las garitas en los caminos marcaban el inicio del campo, los panteones marcaron una frontera entre los vivos y los muertos.

Estos recintos debían mantener las buenas condiciones higiénicas en la ciudad, sin embargo se sabe que no fue así y que sus condiciones no fueron del todo salubres, debido en parte a que las órdenes mendicantes tenían poco conocimiento de las medidas y técnicas higiénicas de la época. Por ejemplo, cuando la amenaza del cólera se cernía sobre Puebla en 1850, se mandó por parte del ayuntamiento a supervisar los panteones, la Junta de Sanidad informó que El Carmen y San Francisco no estaban dando resultados pues los miasmas fluían con frecuencia de los sepulcros. San Antonio y la Merced se encontraban en construcción y eran los más viables para aplicar las medidas de higiene necesarias. Por su parte, Xanenetla, presentaba la adversidad de encontrarse casi ocupado en su totalidad por los muertos del hospital de San Pedro. Sin duda la Concordia y el minúsculo camposanto de Naturales de San José eran los peores para la ciudad, uno por los miasmas y el otro por las exhumaciones súbitas practicadas en sus sepulcros. En estas condiciones tan poco alentadoras se optó para acondicionar nuevamente el panteón de San Javier para entierro de las víctimas por el cólera.

Los años cincuenta fueron de mucha tensión y conflicto entre los religiosos y el ayuntamiento por el funcionamiento de sus camposantos. Hubo denuncias de la población y de los mismos regidores sobre exhumaciones prontas, hacinamiento de cadáveres y en general, malas prácticas sanitarias, que en lugar de fomentar la salubridad, alentaban a la enfermedad, sin duda la población resintió esta situación y para 1861 se observó que de la feligresía de la Parroquia del Sagrario, aunque un 70% recibió sepultura en los panteones, el porcentaje restante volvió a las prácticas anteriores enterrando a sus difuntos cerca de templos y en algunos atrios de algunos templos como San Pablo de los Naturales, San Juan de Dios, Belén o la Santa Cruz.

Durante la administración municipal del Imperio de Maximiliano, se insistió en la creación de un cementerio general, incluso en 1866 se había elegido un sitio por parte del cabildo para tal empresa; sin embargo ante la caída inminente del imperio el proyecto no prosperó En 1878 se decidió con urgencia la construcción de un cementerio general para la ciudad, seguramente alentado por el gobierno liberal que no podía permitir que las corporaciones religiosas continuaran administrando la última morada de los poblanos. Además existía la preocupación de lo saturado que se encontraban los panteones poblanos. En abril de 1880 el ayuntamiento ordenó que se clausuraran los panteones y, el día 5 de mayo de 1880, 52 años después de que la ley de 1827 exigiera la edificación y administración de panteones municipales a los ayuntamientos, la Puebla de Zaragoza finalmente contó con un panteón desligado de toda autoridad y administración religiosa. Un día después, Ma. Antonia Alavez de 72 años fue la última difunta cuyo registro de inhumación, en la parroquia del Sagrario, consta que fue sepultada en las fosas del panteón del Carmen, cementerio que junto a los demás fueron clausurados. Ese mismo día, Catarina Vargas de 80 años abría la lista de sepultados en lo que fue llamado por muchos años Panteón de Amatlán y ahora es conocido simplemente como Panteón Municipal.

(El presente texto fue tomado del libro Puebla. Los años difíciles. Entre la decadencia urbana y la ilusión imperial 1810-1867 de Carlos Contreras Cruz, Jorge Luis Morales Arcineaga, Mariana Marín Ibarra y Roberto Pérez y Pérez, bajo el sello de Educación y Cultura en su colección especial Bicentenario)

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