Revolución y guerra: El Tifo 1812-1813

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La tifo en Puebla
Txt: Miguel Ángel Cuenya Mateos

La guerra insurgente ocasionó serios trastornos a la ciudad; si bien Puebla no fue escenario ni campo de batalla, sus autoridades consideraron que debido a su carácter hispano sería clave para los insurgentes, por lo que organizó la defensa. No debemos olvidar que los acontecimientos militares tuvieron por escenario regiones cercanas al centro urbano; tres zonas quedaron bajo control de las tropas insurgentes: al norte Zacatlán; al suroeste Izúcar y a sureste Tehuacán, poniendo en peligro la tranquilidad de los habitantes de la Angelópolis. Ello significó la aplicación de diversas estrategias defensivas: se abrieron zanjas, fosos y parapetos, y se conformaron diversos batallones militares, entre los que destacaron: el batallón de Voluntarios distinguidos de Fernando VII, conformado por regidores y vecinos distinguidos, y el batallón de Patriotas del Pueblo, conformado por gente del pueblo. Muchos conventos y escuelas fueron utilizados como cuarteles improvisados. El movimiento insurgente desquició la ciudad.

Como era de esperar, otros graves problemas se tuvieron que enfrentar: hubo que armarlos, entrenarlos, uniformarlos, alimentarlos, buscar alojamiento para la tropa y sus dirigentes, así como reglamentarlos. Si bien la ciudad contaba desde la época del virrey Bucareli con el regimiento de Dragones de Puebla este era muy reducido para asumir por sí solo la defensa de la ciudad; su cuartel se ubicaba en el antiguo hospital de Las Bubas (barrio de Analco). Pero pocos años después, las tropas realistas requirieron de un recinto propio, trasladándose provisionalmente a la calle de Raboso, mientras se edificaba el cuartel en la plazuela de San José, frente a la Alameda. Los conventos y escuelas serían usados por los soldados de paso. Por su parte la corona española había enviado refuerzos mal armados que ocasionarían otros problemas de poder y manutención, con los que no se contaba en esos años, y la mayoría optaba por quedarse a vivir en la ciudad.

Después de librados los combates, siempre en los al rededores, se traían aquí a los heridos, quienes para reponerse pasaban meses en hospitales y casas, quedándose a vivir en ellas definitivamente, aumentando la mendicidad y el pillaje. Por otro lado llegaban cansados, sucios, hambrientos, sedientos, heridos y asustados, es decir en condiciones de anormalidad total. Cientos de individuos desconocidos se movieron en estos años en Puebla, fuera de la escala y de control, por el momento histórico que pasaba. Durante este lapso la función que cumplió nuestra ciudad fue la de abastecedora de alimento, animales, armas y hombres, así como lugar de paso, y asilo y resguardo para las tropas realistas.

Siguiendo a los ejércitos realistas arribaron a Puebla miles de ratas, que encontraron el lugar idóneo para anidar y reproducirse en los fosos y parapetos que se habían convertido en muladares y focos de infección.

Y con ellas arribo el tifo.

El término tifo proviene del griego typhus, que significa estupor; es una enfermedad infecciosa altamente contagiosa causada por rickettsias. A lo largo dela historia existen constantes referencias a esta enfermedad que asolo regiones enteras desde la antigüedad. Compañera inseparable de guerras pobreza y miseria, se encuentra asociada con la falta de higiene corporal y la putrefacción del piojo, vector trasmisor del mal.

La tifo en Puebla018Podemos remitirnos a la antigüedad griega, a las grandes conquistas, Alejandro a la marcha de los ejércitos de Aníbal, Carlos V o Napoleón, a las guerras medievales, a la conquista de Granada, a la conquista de América, alos soldados alemanes, austriacos, franceses, ingleses y norteamericanos en la Gran Guerra (1918), a cárceles saturadas, viviendas sobrepobladas, etcétera; en todos los casos encontraremos referencia a los grandes problemas ocasionados por el tifo exantemático. En muchas ocasiones, las rickettsias, fueron las responsables de enviar al sepulcro a un mayor número de soldados que las balas ocasionadas por una cruenta batalla. Eran las condiciones sociales, el hambre, la pobreza, la presencia de higiene, la presencia de roedores, piojos, garrapatas y pulgas, para que se diera en entorno necesario para que el tifo exantemático convirtiera un triunfo militar en derrota o terminada de catapultar a tropas derrotadas. Ha sido tal el impacto epidemiológico de esta enfermedad que es considerada al lado de los grandes jinetes del apocalipsis: peste, cólera, viruela.

El día de hoy se tiene un amplio conocimiento de la etiología, patología y epidemiologia del tifo. Se conocen cuatro tipos de enfermedades producidos por rickettsias: 1) el denominado tifo epidémico o tifo exantemático, transmitido por los piojos (Pediculos humanis corporis, Pediculus vestimenti, Pediculus capitis); 2) el tifo endémico conocido también como tifo mooresi o murino, transmitido por las pulgas de las ratas (Xenopsylla cheopis); 3) la fiebre manchada de los Montes Rocallosos (USA), transmitida por garrapatas y 4) la fiebre fluvial de Japón (Tsutsugamushi), transmitida por acarinos.

De todas ellas la que ha causado mayores daños sanitarios ha sido el tifo endémico o exantemático, ocasionado por una bacteria denominada Rickettsia Prowazekki, la cual tiene características muy particulares: se encuentra estrechamente asociada al huésped, ya que necesita de una célula viva para su manutención y se multiplica en el cuerpo de artrópodos, (piojos, garrapatas, pulgas), a través de los cuales se realiza la transmisión. Existen varias especies de pulgas y de piojos que pueden transmitir el tifo. En el caso del tifo endémico o exantemático, encontramos que el vector transmisor es un insecto (Phthiraptera Analpura) distribuido en 15 familias, de las que solo dos son humanas: el Pedículis humanis en sus dos variedades: Pedículis corporis vestimenti y el Pedículis corpori capitis; y de la familia Phthiriidae Phithirus: el Pedículis pubis (ladilla). El piojo es un artrópodo que se encuentra asociado a su hábitat natural: ropa, cabello o vellos púbicos; no tiene gran movilidad; contamina infecta tanto la piel como la vestimenta a través desechos fecales, saturados de rickettsias, y las mucosas debido a la persistencia de las ricketsias en deyecciones secas existentes en las ropas de un individuo parasitado, las que convertidas en un fino polvo se introducen a través del sistema respiratorio u ocular.

Históricamente la relación hombre-miseria-piojo ha formado una compacta reciprocidad, por lo que las grandes epidemias se han reproducido cuando ésta alcanza una simbiosis estrecha. Como se sabe el piojo es “sinónimo” de miseria, pobreza, ausencia de higiene y hacinamiento, elementos que actúan en determinadas circunstancias, tales como las guerras, las crisis económicas severas, momentos de marcados desajustes sociales, etcétera. De allí que cualquier política que intente combatir el tifo exantemático deberá emprender una lucha sin cuartel contra el piojo.

La presencia del temible “tabardillo” durante el periodo colonial fue casi constante, generando en diversas oportunidades mortíferas epidemias, como la del 1812-1813. El 16 de enero de 1812 la junta de sanidad quedo instituida. Formada por médicos, autoridades políticas, eclesiásticas, boticarios y civiles, la que no solo se concentró en recaudar fondos, emitir cartillas preventivas o denunciar enfermos y trasladarlos al hospital de San Xavier –habilidado de manera provisional para el caso-, sino también repartió los auxilios espirituales que la situación ameritaba. A demás de curar cuerpos, la junta preparaba almas.

La Junta de Sanidad fue la primera institución que propuso una política sanitaria para épocas de crisis y de “tiempo bonansible”, e impuso una serie de medidas de gran relevancia, las que fueron acompañadas de nuevos bandos de policía, que retomaron algunas disposiciones establecidas en el siglo XVI y fueran repetidas incansablemente durante los siglos XVII y XVIII. Por medio de uno de estos dos bandos de policía, podemos formarnos una idea de la situación imperante, en la medida que refleja con bastante claridad muchas prácticas y costumbres cotidianas de los habitantes de la ciudad:

1.- Que por todos los vecinos de esta ciudad (…) se cuide (n) de asear las calles, haciendo barrer y regar la banqueta abajo la parte correspondiente a sus casas, extendiéndose al ancho de toda la calle los que al frente no tuvieran vecinos…

2.- Incurrirán en igual multa (cuatro reales) los que arrojen basuras, aguas sucias, u otras inmundicias en las calles se irán dejando en montoncillos para que al paso de los carros se recojan, y de las casas se sacaran a los mismos carros…

3.- Sufrirán igual pena los que fomenten los muladares que hoy se ven rio adentro…

4.- Además en las actuales circunstancias de la peste (tifo) que aflige al vecindario debo prohibir y prohíbo, que en las tiendas baratillo, ni por persona alguna se admitan en empeño o por venta, frazadas, camisas, ni otras clases de ropa usada que puedan servir o sea despojo de algún enfermo, pues así se evitará el contagio…

Por otra parte, la Junta de Sanidad consideró que con el objeto de cuidar la salud pública de los habitantes de la ciudad de Puebla, debían implementarse y ponerse en práctica otras medidas, “ya para socorrer con todos los auxilios eficaces y oportunos a la humanidad en tiempo calamitoso o enfermo” o cuidar de la salud de los poblanos en tiempo de sanidad entre ellas encontramos las siguientes:

Art. 17.- Siendo bien conocidas las utilidades que resultan a la salud pública el empedrado, aseo y limpieza de las calles, deberá la Junta de Sanidad tomar el mayor empeño (…) [en quitar] todos los basureros que están repartidos por toda la ciudad (…) [cuidándose] igualmente no echen en las calles suciedades ni menos que derramen los excrementos o vasos de limpieza…

Art. 18 – Las calles deberan barrerse y regarse todos los días a las oras que señale la Junta en el invierto y verano, y en cuanto regado de las calles deberá hacerse en medio de ellas y no en las banquetas como por lo regular acostumbran con incomodidad de los habitantes, pues en las banquetas no se echara más agua que la precise para que al barrer no se levante el polvo.

Art. 19 – a los dueños de las casas se les hará ver de la necesidad que tienen de hacer cómodas y saludables, en la parte que puedan, las accesorias e emas piezas que habitan los pobres (…) [obligándose también a los propietarios] a que formen en cada casa una cloaca para que a estos se les pueda precisar a que no arrojen en las calles los excrementos…

Art. 20 – Apenas hay en la naturaleza una substancia de mayor uso y necesidad que el agua y por lo mismo debe ser objeto de primera atención (…) [por lo que la ciudad debe cuidar] de limpiar las cañerias: impedir la putrefacción de vegetales y animales en sus tomas y fuentes publicas y particulares, por que este descuido solo bastaría para hacerlas variar sus buenas cualidades en perjudiciales y nocivas.

Art. 21 – todo el mundo sabe que no se puede vivir sin respirar y tampoco se puede respirar sin el ayre de la atmosfera, por lo que se debe conservar en la combinación saludable de sus gases y estos no se alteran con los otros nocivos que se despiden de los pantanos [y] suciedades de las calles, y por lo mismo (…) se conseguirá que el ayre este en toda su pureza y no se produzca las innumerables enfermedades que se notan y dependen de este descuido.

Art. 36 – Los mataderos, curtidurías [y] tocinerías deben establecerse fuera de las poblaciones y [en] caso de no ser practicable se prohibirá que echen en las calles los materiales de que se han servido en sus respectivas operaciones, por la suciedad, fetidez e insalubridad que causa con esta falta de policia.

Superada la crisis, y debido a los permanentes problemas financieros del ayuntamiento poblano, se fueron dejando de lado, la mayoría de las veces, las recomendaciones de la junta de sanidad y los bandos de policía. Sin embargo, el pensamiento ilustrado, presente en Puebla desde finales del siglo anterior, continuó estableciendo los parámetros sanitarios hasta mediados del siglo, dando como resultado nuevas actitudes frente a problemas como los generados por el abastecimiento de agua y el manejo de los desechos, en la medida que no se perdía de vista la relación existente entre desechos, salubridad y enfermedad. A partir de ese momento las propuestas de Domenech comenzaron a hacerse realidad, estableciéndose una corresponsabilidad entre estado y sociedad que intentaba resolver los retos y problemas sanitarios que la sociedad del siglo XIX establecía.

La miseria, las condiciones de vida, la convivencia con los animales los hábitos higiénicos, el hacinamiento, etcétera generaron condiciones diferentes entre el centro y los barrios. Indígenas y castas fueron los grupos que sintieron con mayor intensidad la enfermedad. Las condiciones sociales establecían la diferencia: los pobres y miserables recibían “el castigo divino”, mientras que los sectores acomodados, “la misericordia divina”. La epidemia y la magnitud nos ofrecen la oportunidad de conocer las dimensiones de la ciudad. La junta de sanidad, apoyándose de la organización de la ciudad en cuarteles, planifico sus actividades con base en los 16 cuarteles menores en que se encontraba subdividida la ciudad, es decir, tratando de alcanzar a cubrir 144 manzanas cada responsable de cuartel está obligado a  rendir un estado pormenorizado a la junta acerca del número de vecinos que se encontraran sanos, enfermos o hubieran muerto, así como las cantidades recibidas, gastadas y los nombres de quienes daban aportaciones.

Al mismo tiempo que la junta desplegaba su acción, que los camposantos de san Xavier, Xanenetla y los remedios recibían los cadáveres de los apestados la autoridad militar representada por el brigadier general don Ciriaco del llano, gobernador e intendente de la provincia de Puebla, realizaba su parte: las acciones que el poder imponía en una situación de emergencia reflejaban las actitudes e ideas que se tenían de la enfermedad, sus escondrijos, sus rutas, su presencia visible e invisible que era necesario hacer evidente y atacar.

La epidemia por sus características, los conocimientos médicos de la época y la presencia del papel de la “miasma” como agente principal de las “fiebres”, encontró en la puebla de principios del siglo XIX las condiciones ideales para su propagación: las malas condiciones higiénicas de la ciudad la entrada y salida de tropas con su cargamento de piojos, enfermos y contagiados, la escases de comida y agua y por supuesto la nula limpieza de ropas y cuerpos. El tabardillo sorprendió a la ciudad al grado que se tuvo que improvisar un cementerio  en el convento de San Xavier, pues los existentes en templos y parroquias de la ciudad resultaron insuficientes.

La convivencia con la incertidumbre y la muerte, la idea del castigo que no parece tener fin el desastre de la vida de la ciudad, la pestilencia que todo lo invade y el temor al contagio movilizaron a los poderes: terrenales y celestiales en plena guerra estado e iglesia se vieron obligados a enfrentar el “azote divino”. En la efervescencia epidémica cerca de sesenta vecinos distinguidos de la ciudad se dirigieron al cabildo para rogar que la zanja que se abrió frente a la iglesia de San Juan del rio, justo en punto opuesto a San Xavier, fuera tapada y que no se arrojaran más cadáveres de apestados, pues la pestilencia de los cuerpos desnudos, lo defectuoso del pozo y el desprendimiento de miasmas pútridas eran una amenaza para el vecindario.

En la parroquia de san José, situada al norponiente de la ciudad donde se localizaban los barrios indígenas y mestizos más populosos de la ciudad en los que vivían tejedores e hilanderos, a partir del mes de julio de 1812 el tifo comenzó a enviar al sepulcro a cientos de artesanos pobres. A partir de estos momentos los vectores se multiplicaron por un lado las tropas destacadas en el barrio fueron extendiendo la enfermedad al ser trasladados a hospitales y por otro el rio de San Francisco se convirtió en el eje de la enfermedad. De la parroquia de San José, el tifo ingresó al sagrario al mismo tiempo que cruzo a la banda oriental para infectar a las parroquias de Analco y santa Cruz donde residían los sectores más humildes de la ciudad. Las zonas menos golpeadas fueron los barrios ubicados al poniente de la traza española, debido a la baja densidad de población existente.

Del total de entierros registrados en las seis parroquias de la ciudad (5,692), dos de ellas (Sagrario y San José concentraron el 57.2% del total de entierros (3,256), correspondiéndole al Sagrario el 65.9% de estos, debido a que allí además de las defunciones acaecidas en la jurisdicción, se anotaron los entierros realizados en el cementerio de San Xavier. De este total más del 50% de las defunciones fueron indígenas.

Si bien la enfermedad se extendió a lo largo de 11 meses, el momento más álgido correspondió a los primeros 4 meses de 1813; mientras en San José y en la Parroquia de Analco, los entierros registrados en ese periodo se ubicaron alrededor del 70% del total (73.1% y 72.1% respectivamente) en San Marcos se elevó al 79% y en San Sebastián al 81.7%. La única jurisdicción que presentaba una curva más suave fue la del Sagrario, que reunió de enero a abril solamente el 57.5% del total de entierros realizados durante la epidemia.

La ciudad se encontraba en condiciones de anormalidad total, lo que complicó a veces la compilación de la información. Sabemos que en tiempos normales morir en un espacio determinado, en una parroquia, significaba que debía ser enterrado en ella, a menos que se perteneciera a alguna cofradía que tuviera espacio asignado en alguna capilla o iglesia especial de devoción, sin embargo en época de crisis como esta las iglesias saturaban en sus espacios cotidianos, por lo que preparaban sus amplios atrios para dar lugar a los difuntos que arribaban constantemente; se preparaban fosas comunes ya que la agresividad de las rickettsias marcaban   los tiempos impidiendo el ritual cristiano tan elaborado en tiempos normales. Sobre todo, el problema se agudizaba en el sagrario metropolitano que tenía la obligación de recibir a los pobres que no tenían posibilidad de pagar los costos de sepultura.

Desconocemos si existió algún acuerdo sobre el espacio destinado para el entierro de los soldados, o de la población emigrante temporal o causal, si se les dio preferencia a los vecinos de la ciudad de permanecer en su jurisdicción parroquial, o fue tal el desajuste que viejas costumbres perdieron importancia. Lo que sí sabemos, por la documentación existente, es que registrar una defunción en una de las parroquias de la ciudad no significaba necesariamente ser vecino o pertenecer a ella.

La guerra de independencia desquicio las actividades cotidianas en la Angelópolis: la economía sufrió un fuerte revés al verse inmersa en una guerra que bien se debatía en tierras situadas a cierta distancia del centro urbano, terminó por afectar la libre circulación de mercancías en los caminos; en materia política, en la medida que tanto las autoridades municipales como de la intendencia abrazaron la causa realista, se generaría al cura Hidalgo, lo que obligó a prepararla para su defensa: fosos, parapetos, barricadas, etc., que se convirtieron con el tiempo en focos de descomposición y podredumbre. La guerra generó un aumento de la pobreza y miseria imperantes en la ciudad y le proporcionó un toque final: el tifus exantemático.

Texto tomado del libro: Salud, Enfermedad y Muerte en la Ciudad de Puebla de Miguel Ángel Cuenya Mateos editado por Ediciones de Educación y Cultura.

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