Los Jesuitas en la Nueva España

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GALERÃ-A DE FOTOS-Primer patio Edif Carolino 3 VEM

La presencia de los jesuitas en la Nueva España marca el inicio la enseñanza elemental organizada, en manos de instituciones religiosas. [i]

La orden, fundada por San Ignacio de Loyola[ii], el  15 de agosto de 1540, según la bula Regímini militantes ecclesiae. Su aparición en Europa, agitada por la Reforma protestante, significó una gran reacción en contra de las tendencias a que apuntaban hacia la disgregación de la Iglesia Católica.

La Compañía de Jesús nació con el propósito de “aprovechar a las almas en la vida y doctrina cristiana, para propagar la fe por medio de la pública predicación y explicación de la palabra divina, para dar los Ejercicios Espirituales, ejercitar obras de caridad y singularmente para instruir a los niños y a los rudos en la doctrina”.[iii]

Inicialmente no tenía la intención de educar a la juventud. Esta particular vocación la promovió el padre Diego Laínez, sucesor de San Ignacio en el generalato, quién orientó su trabajo  apostólico a la enseñanza de niños y jóvenes. Los jesuitas se extendieron rápidamente por los países de Europa, Asia y áfrica. El mismo san Ignacio propuso que se enviaran misioneros a América, “pedidos o sin serlo”. [iv]Sin embargo, intrigas de la corte impidieron que el deseo ignaciano se cumpliera. No obstante, por influencia del padre Francisco de Borja, ahora santo, confesor de los padres del rey Felipe II, se logró que el monarca español aceptara la presencia de los jesuitas en sus territorios conquistados. El 7 de marzo de 1571, el rey emitió la cédula correspondiente, [v]aunque, ya en 1565, el jesuita Méndez de Avilés formó parte de la expedición a la Florida. Y, en 1567, se había organizado el primer viaje de exploración jesuítica al Perú.


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Los hijos de san Ignacio llegaron a la Nueva España en 1572. Al frente venía el padre Pedro Sánchez, doctor y catedrático de la Universidad de Alcalá, y rector del Colegio de Salamanca. El 9 de septiembre de ese año, los quince primeros jesuitas –ocho sacerdotes, cuatro coadjutores[vi] y tres estudiantes- pisaron tierra mexicana, en San Juan de Ulúa. Doce días después pasaron por Puebla y llegaron a la capital de la Nueva España el 28 de ese mes. Los recibió con recelo el propio virrey Martín Enríquez de Almanza, debido a la información amañada que en torno a los jesuitas empezaba a manejar la inquisición, cuya presencia en Nueva España coincidía prácticamente con la de los jesuitas.[vii] Agotados y enfermos por la travesía, los ignacianos fueron alojados en el hospital de Jesús, donde uno de ellos falleció por deshidratación, tras intenso vómito.

El acaudalado comerciante Alonso de Villanueva, al retener noticia de la magna obra educativa que los jesuitas estaban haciendo en Europa, les regaló un amplio terreo en Tacuba, donde los indígenas construyeron unos jacalones y un templo para recibir instrucción religiosa.

Los miembros de la nueva orden, siguiendo las normas del Concilio de Trento, encaminaban sus esfuerzos a la educación de los criollos y al mejoramiento del clero secular para que pudieran atender las parroquias de los indios. Con esta medida, los misioneros franciscanos, agustinos, dominicos y mercedarios podrían evangelizar a las comunidades más alejadas de la capital del virreinato o se recluyeran a sus conventos.

Habían transcurrido apenas dos años desde que los jesuitas habían llegado a la Nueva España y ya se les habían unido tres sacerdotes y ocho jóvenes que solicitaron su ingreso a la orden. Esto aceleró la construcción de un edificio para enseñar letras, filosofía y teología.

El padre Sánchez consiguió además permiso del virrey Enríquez para la apertura de un colegio para jóvenes seglares, frente al Colegio de San Pedro y San Pablo, inaugurado en 1573. Como se esperaba, este colegio vino a subsanar la gran deficiencia que existía en la preparación académica de los jóvenes que deseaban ingresar a la Universidad. Porque aun cuando habían estudios superiores, faltaba un colegio de educación media, ya que sólo funcionaban escuelas de primeras letras.

A1g8n7Uno de los obispos que más insistió directamente ante Ignacio  para que enviaran jesuitas a la Nueva España fue Don Vasco de Quiroga.  Po r eso, apenas se acomodaron los religiosos en la capital del virreinato, marcharon a finales de 1573 a Michoacán, y en Noviembre del año siguiente abrieron en Pátzcuaro un colegio para 300 niños indígenas y mestizos, así como para algunos criollos. En este colegio destacó en lo académico Pablo Huitziméngari, nieto del último caltzontzi purépecha.[viii]

Iniciaron también actividades en ese año los colegios de Oaxaca y Tepotzotlán que se consolidaron en los años siguientes. Como la demanda de colegios en la capital de la Nueva España era muy grande, los jesuitas establecieron los colegios de San Gregorio para niños indígenas, de San Bernardo, San Miguel y San Lucas.

RESIDENCIA DE LOS JESUITAS EN PUEBLA

Desde el primer contacto entre jesuitas y habitantes de la ciudad de Puebla, hubo marcado interés porque estos religiosos se establecieron en ella.

Aquel 21 de septiembre de 1572, cuando estos clérigos pasaron por Puebla en su camino de Veracruz a la capital de la Nueva España, un comité de recepción los esperó “más allá de la garita de Amozoc”. Después de darles la bienvenida, los condujeron hasta la plaza principal, donde los aguardaban miembros de los cabildos eclesiástico y civil, el tribunal de la Inquisición, las comunidades de las órdenes religiosas y gran cantidad de vecinos.

La sede episcopal estaba vacante en ese tiempo,[ix] los alcaldes eran Gaspar de la Vega y Baltazar de Ochoa de Ejalde.[x]

La presencia de unos frailes harapientos y llenos de polvo generó desconcierto entre la gente que los esperaba; llegaban enfermos y cansados. No obstante, se generalizó el repique de campanas en todos los templos de la ciudad. Tras las presentaciones y bienvenida, entre aplausos y comentarios diversos, porque al verlos tan andrajosos los confundieron con los frailes Teatinos, calificativo con el que el pueblo los identificó por un tiempo, fueron llevados a la catedral, donde se entonó solamente Te Deum.

En la primera noche, los jesuitas se hospedaron en un mesón, pero a la mañana siguiente fue por ellos el primer comisario del Santo Oficio y segundo arcediano de la catedral, Hernando Gutiérrez Pacheco de Villa Padierna, y los condujo a una casa de su propiedad que había construido con el propósito de donarla a la Compañía de Jesús.

A1g8n001La casa estaba ubicada donde hoy está el edifico Carolino, en cuyo dintel el arcediano había mandado grabar un fragmento del versículo 20 del salmo 117: Justiintrabunt per eam. [xi][Los justos entrarán por ella.]s

El jesuita Francisco Javier Alegre comenta al respecto; “El piadoso arcediano creyó haberse cumplido la profecía de su inscripción, viendo por sus puertas a los jesuitas.”[xii] Como muestra de humildad y en reconocimiento al valor espiritual de esos religiosos, el poderoso comisario aun pretendió lavarse los pies, lo que mucho mortificó a los jesuitas. Les ofreció su casa y les pidió que dispusieran de ella.

En los días siguientes, seglares y eclesiásticos acomodados, en compañía del arcediano, insistieron ante el provincial para que fundara un colegio o “por lo menos estableciera una casa de la Compañía en la ciudad, pero lo cual ofrecían jugosas sumas”.[xiii] Sin embargo, el padre provincial Pedro Sánchez no pudo complacer a los poblanos, porque traía instrucciones de acudir primero a la ciudad de México. No obstante, les prometió atender su petición lo más pronto posible.

Los hijos de Loyola estuvieron en la Ciudad de los ángeles por lo menos hasta la noche del 25 de septiembre, para salir en la madrugada del 26 y llegar a la capital del virreinato el 28.[xiv] Castro Morales apunta que en la casa del arcediano quedaron dos jesuitas, “uno de ellos enfermo y el otro sirviéndole”.

Pero si en Puebla los jesuitas sintieron el calor y el regocijo por su llegada, en la ciudad de México prácticamente nadie se enteró de su presencia, sino días después.

Uno de los personajes decisivos en el establecimiento de la fundación jesuítica en Puebla fue Antonio Morales Ruiz Molina, obispo de Michoacán, que los jesuitas conocieron al acudir a esa diócesis para establecer una residencia y más tarde, en 1574, para fundar el colegio de Pátzcuaro.

Promovido a la diócesis de Puebla, Morales Ruiz de Molina tomó posesión de la sede episcopal el 15 de noviembre de 1572, apenas dos meses después de que los jesuitas pasaron por la Ciudad de los Ángeles, en camino a la capital de la Nueva España. El aprecio y estima que el obispo sentía por los jesuitas contribuyó a “formar un alto concepto en los miembros del cabildo eclesiástico de Puebla” y a redoblar esfuerzos para que establecieran una residencia en la segunda ciudad del virreinato.

Morales Ruiz de Molina estuvo en permanente contacto con la orden. Por ejemplo, siendo ya obispo de Puebla acudió a Michoacán, su antigua diócesis, para entrevistarse con el jesuita Juan Curiel para hablar de la posible fundación de un colegio en la Ciudad de los Ángeles.

En otra ocasión, al pasar por la Ciudad de México, consagró a dos hermanos de la compañía[xv] Y para 1575 les había dado de limosna un par de solares “cercanos a la plaza mayor y fronteros a la casa del Deán, Tomás de la Plaza”. [xvi]Dos incidentes aciagos, sin embargo, dieron al traste con los propósitos de la fundación de la residencia. Primero, una gran epidemia que prácticamente arrasó con la población de la Nueva España, en 1575. Los esfuerzos de los jesuitas y de los demás clérigos estuvieron enfocados hacia el apoyo de los damnificados. Segundo, la muerte del prelado, el 17 de julio de 1576. No obstante, a finales de ese año, las autoridades eclesiásticas de Puebla solicitaron al provincial que enviara al padre Hernando Suárez de la Concha a misionar en la diócesis, ya que este religioso era considerado como un verdadero apóstol entre los indígenas.

El doctor Pedro Sánchez obsequió esa petición y a principios de 1578 envió al padre Suárez de la Concha, acompañado del coadjutor Salvador Álvarez, para misionar en la Villa de Carrión (Atlixco).[xvii]

Días después, este religioso recibía instrucciones para pasar a la Ciudad de los Ángeles para predicar durante la cuaresma, a petición también del cabildo eclesiástico.

El padre F. J. Alegre asegura que fue tal la motivación que logró el padre Suárez de la Concha con sus sermones que les fortaleció el interés de que los jesuitas establecieran una residencia en el colegio de la ciudad; disposición que se tradujo en abundantes limosnas y en promesas de mayores aportaciones. Para entonces, el arcediano Gutiérrez Pacheco gozaba de gran autoridad en el cabildo, sede vacante, “más que por su dignidad, por su virtud y sus letras”.[xviii]

A1g8n26La posibilidad de establecer una residencia en Puebla ocurrió en la primera Congregación provisional de los jesuitas, efectuada del 5 al 15 de octubre de 1577. En tal ocasión, sin embargo, un primer planteamiento pareció declinar esa posibilidad:

En la ciudad de Puebla de los Ángeles nos llamaron hará dos o tres años y nos dieron unos solares para edificar, y nos daban casi mil quinientos pesos y grandes promesas; y por justos respectos no fuimos, porque hay allí tres religiones[xix] y la Iglesia anda enfadada con las haciendas que las religiones tienen en aquel obispado.[xx]

No obstante, las actas y postulados de la Congregación Provincial fueron llevadas a Roma y entregadas al padre general de la orden, Evardo Mercuriano, quién después de realizar la documentación a mediados de 1578, determinó: “En cuanto a los lugares donde la Compañía  puede residir, allende de los que ahora están tomados, será de propósito la Puebla de los Ángeles”.[xxi]

Mientras tanto, el 14 de abril de 1578, el cabildo municipal acordó enviar una “Carta al provincial de los teatinos para que acuda con brevedad a hacer asiento en esta ciudad”.[xxii] El padre Suárez de la Concha recibió la carta y la presentó al provincial. Previamente, el arcediano Gutiérrez Pacheco se había comprometido a vender la casa en la que seis años atrás había hospedado a los jesuitas para contribuir con la fundación del Colegio.

Aun cuando le animaba enorme simpatía por esos religiosos y la voluntad de donar la finca a la Compañía de Jesús, no pudo hacerlo, porque la casa estaba “gravada con una serie de censos impuestos que sumaban un principal de 4mil 12 pesos y medio para servicio de varias capellanías”,[xxiii] pero aceptó venderlas en nueve mil pesos, pagándolos en plazos.[xxiv]

Cuando el provincial conoció la ubicación de la propiedad- a una cuadra de la catedral, de la plaza mayor y de las Casas del Cabildo– se trasladó a Puebla para formalizar la fundación.

Así, con la presencia del padre Pedro Sánchez, provincial de los jesuitas, la Compañía de Jesús tomó posesión jurídica del inmueble[xxv] el 9 de mayo de 1578, y establecieron allí residencia con el nombre de Casa de la Compañía de Jesús y el Espíritu Santo.[xxvi]

Al frente de la comunidad fue designado el padre Diego López de Mesa como superior y rector del inminente colegio, acompañado de los padres Hernando Suárez de la Concha, Juan Díaz, Pedro Mesías de Cogollos y Fernando Vázquez; de los estudiantes Antonio del Rincón y Francisco Escobar y de los coadjutores Salvador Álvarez, Juan de la Carrera, Lorenzo Scorza y Francisco González, fundadores de la residencia de Puebla.[xxvii]

Seminario de San Jerónimo

Establecida la residencia en Puebla, los jesuitas se dedicaron en los primeros meses a la construcción de su templo a un lado de su morada; a confesar y a predicar; a visitar cárceles, hospitales y conventos, y a enseñar la doctrina cristiana en plazas y calles.

En la Carta Anua de 1578, se informó al general de Roma que a finales de ese año contaban ya con una iglesia capaz y habitación cómoda para veinte hijos de españoles y al gran número de indígenas que había en la ciudad –unos en calidad de obradores,[xxviii] construcciones y trabajadores domésticos y otros más dedicados a labores del campo y pastoreo- hizo que los jesuitas consideraran inminente la apertura de un colegio.

Sobre todo fue la disposición y entusiasmo del hermano Antonio del Rincón, nieto de los reyes de Texcoco y extraordinario políglota, lo que apresuró la instauración de un colegio, [xxix]pues en sus escasas horas libres impartía clases de gramática latina y catecismo a los hijos de indígenas, mestizos y españoles en esa segunda mitad de 1578.

Desde 1575 había jóvenes poblanos estudiando en la capital de la Nueva España, según testimonia la Carta Anua de 1576, enviada por el padre Vicente Lanuchi al general de Roma, Everardo Mercuriano, en la que se informa que en el Colegio de San Gregorio (de la capital virreinal) había 40 alumnos, “unos son de esta capital, otros de Puebla y otros más, de Tlaxcala”.[xxx]

Los primeros seis meses de 1579 fueron muy críticos para los miembros de la compañía de Jesús, pues apenas sobrevivían con las limosnas que la gente les daba.[xxxi] Hubo un pequeño cambio favorable con la llegada del nuevo obispo de Puebla, Diego Romano, preconizado obispo de esta diócesis en 1578, pero tomó posesión a finales de 1579.

Alentados por el apoyo económico de ese obispo, los jesuitas consideraron oportuno formalizar los estudios de gramática latina que empezó a dar el hermano Antonio del Rincón desde la segunda mitad de 1578, y crearon el Colegio de la Compañía de Jesús de San Jerónimo, en los primeros días de 1579. El primer rector fue el padre Diego López de Mesa.[xxxii] Con la ayuda de otros cuatro jesuitas, los estudios del latín se extendieron a los indígenas, criollos y mestizos.[xxxiii] El hermano del Rincón veía en la educación la única vía para que sus hermanos de raza, indígenas como él, pudieran superar el infortunio en el que los habían hundido los españoles al someterlos y tratarlos como esclavos.[xxxiv]

La Carta Anuade 1579 especifica que “se dan dos clases de gramática a más de 60 estudiantes” y se ha establecido “un colegio, llamado San Jerónimo, donde hay 18 colegiales de paga”.[xxxv]

Como responsable de los cursos de latín, haciendo incluso las veces de rector, fue designado el hermano Antonio del Rincón, por sus amplios conocimientos de esta lengua, pese a que en la residencia de Puebla había egresados de las universidades de Salamanca y Valladolid, así como de centros de estudios de mucha fama como Alcalá y Sevilla.[xxxvi]

Los primeros catedráticos que atendieron el Colegio de San Jerónimo fueron los padres Diego López de Mesa, rector; Hernando Suárez de la Concha, Pedro Mejía de Cogollos, Juan Díaz y Fernando Vázquez, y los hermanos Antonio del Rincón, prefecto de estudios; Salvador Álvarez, Lorenzo Scorza, Juan de la Carrera, Francisco González y Francisco Escobar.

Para 1580, a un año de fundado el Colegio de San Jerónimo, se incrementó la matrícula y tuvieron que alquilare las casa antiguas para contar con mayores espacios.

Entre los aspirantes que solicitaban al colegio para realizar estudios, habían jóvenes que deseaban hacer la carrera a los jesuitas en la necesidad de abrir otro colegio: uno dedicarlo a la formación de religiosos, y otro a la de seglares.

Para esto, sin embargo, sería necesario contar con el apoyo de un fundador o patrocinador. Los jesuitas, entonces, redoblaron su insistencia ante los atentados para que se hicieran cargo de una fundación. Entre éstos, destacaba la propuesta del comerciante en grana, don Melchor de Covarrubias, quién ofreció mil pesos anuales. Sólo que al rector López de Meza, de carácter un tanto irascible, al conocer y después a 14 mil, pero nada. El padre F. J. Alegre comenta al respecto:

La dotación no pareció bastante para un colegio de la categoría de la segunda ciudad del reino, en el que eran necesarios estudios de todas las facultades. Esta repulsa, sin embargo, agrio mucho al insigne caballero que cerró la puerta a muchos socorros que parecía corresponder al efecto que sentía por la Compañía de Jesús.[xxxvii]

Por esos días llegó a la ciudad de los Ángeles el padre provincial Juan de la Plaza, en calidad de visitador, enviado directamente por el padre general de la orden en Roma, Everardo Mercuriano, para evaluar el trabajo del rector López de Mesa, de quien se decía que “era de mal carácter, poco afecto a la pobreza y rehuía el sacrificio personal”.[xxxviii]

Para cambiar al primer rector del Colegio de San Jerónimo se aplicó el axioma eclesiástico promoveatur removeatur (se promueve, se remueve). La compañía de Jesús encomendó al padre López de Mesa la rectoría de los colegios de Pátzcuaro y Valladolid. En su lugar fue designado el padre Pedro de Morales. Mientras llegaba el nuevo rector, al frente de la residencia y del colegio quedó el padre Juan Díaz, como rector interino.

El segundo rector del Colegio de San Jerónimo era la otra cara de la moneda del padre López de Mesa porque el padre De Morales era “afable, industrioso y de mucho tacto”. Como abogado célebre que había sido antes de entrar a la Compañía de Jesús, muy pronto se robó el corazón de los poblanos, de tal manera que día con día aumentaban las aportaciones para la casa de los jesuitas. Uno de estos bienhechores fue Juan Barranco, quién pagó las deudas de las casas que habían comprado hasta la mitad del edificio. Además, “como las cosas iban tomando mejor asiento, pareció convenientemente abrir de propósito escuelas de latinidad”.[xxxix]

En la Carta Anua de 1581, se habla por vez primera del Colegio del Espíritu Santo como una institución diferente al del Colegio de San Jerónimo: “El seminario de San Jerónimo sigue dependiente de este colegio (del Espíritu Santo)”.[xl]  En el mismo documento se informa: “Con los sermones el padre Pedro de Morales, nuevo recto, ha crecido la buena opinión de la Compañía”[xli]

Allí mismo, en la parte final de la carta enviada por el provincial Juan de la Plaza al nuevo general de la orden en Roma, Claudio Aquaviva,[xlii] se puntualiza; “Se ha acudido con especial diligencia a todos los indios de los obrajes, con el padre Hernando Vázquez, que sabe muy bien su lengua (nahuátl) y los ha ido sacando de su mal estado y les enseña la doctrina”.[xliii]

Mientras tanto, la idea de separar el Colegio de San Jerónimo de la residencia y del Colegio del Espíritu Santo seguía madurando, y en 1582, los jesuitas compraron en remate las casas del canónigo Juan Vizcaíno en 2 mil 775 pesos.[xliv] Esta propiedad se encontraba al sur de la residencia y del Colegio del Espíritu Santo (hoy Facultad de Psicología). Correspondió al alcalde Antonio de Reinoso dar posesión de la casa al rector Pedro de Morales. Leicht describe el hecho en estos términos: “Estando en las casas, el dicho rector se paseó por ellas, abrió y cerró las puertas de dichas casas y echó fuera a las personas que dentro estaban”.[xlv]

El acontecimiento del inmueble fue encomendado al maestro de obras Alonso Gutiérrez.

Pérez de Rivas calificaba al colegio como “bien acomodado, con sus salas capaces para la habitación del número de colegiales”.[xlvi] Las obras se iniciaron en 1583. Por otra parte, en forma rápida aumentaba la demanda escolar, sobre todo en los niveles inferiores. La CartaAnua de 1853 especifica: “El número de colegiales pasa de cien en el colegio de párvulos y son 30 los del seminario de San Jerónimo, los cuáles cada día van mejorando”[xlvii].

El creciente número de alumnos exigía fundadores. De ahí que el rector Morales insistiera ante Don Melchor de Covarrubias, hablándole de los privilegios espirituales que obtienen los que contribuyeron a la fundación de un colegio jesuita.

Para picarle el amor propio, le puso como ejemplo al potentado Alonso de Villaseca, quien había dado a los jesuitas de la capital de la Nueva España la fabulosa cantidad de 229 mil 791 pesos en oro común. Covarrubias prometió consultar con l

[i] De la Torre Villar, op. cit., p.27.

[ii] San Ignacio de Loyola (1495-1556), antes de fundar la Compañía de Jesús, había sido militar del ejército español, en el cual alcanzó el grado de capitán. Se llamaba entonces Íñigo López de Loyola. Herido en el sitio de Pamplona, renunció a las armas. Estudió filosofía y teología en Alcalá y Salamanca. Se doctoró en filosofía en París y se ordenó sacerdote en 1537. Escribió Las constituciones, leyes que norman la vida de los jesuitas. Fue canonizado por el papa Gregorio XV, en 1622.

[iii] Enciclopedia de México, t. 7, p. 472.

[iv] San Ignacio, el 12 de febrero de 1549, en carta enviada a los padres Estrada y Ferrer, que presidían a los jesuitas españoles, les sugería: “Al Méssico invíe (n misioneros jesuitas), s les parece, haciendo que sean pedidos o sin serlo”. J.M. Carreto, Noticias históricas del Colegio del Estado (1578-1925). P. 27.

[v] A. Pérez de Rivas, S.J., op, cit., t. I, pp. 13 y 14

[vi] Según explica el jesuita Esteban Palomera Quiroz, en la Compañía de Jesús se llama adjutor al religioso que aún no ha hecho el voto de obediencia al papa y ayuda generalmente en los quehaceres domésticos.

[vii] Habrá que recordar que la Inquisición se estableció en la Nueva España a finales de 1571. Los jesuitas arribaron en 1572. Sin embargo, desde 1535 llegó Juan Fray de Zumárraga, como primer inquisidor apostólico. Formó juicio y quemó al señor principal de Texcoco, el 30 de noviembre de 1539 (Cfr. H. Musacchio. Diccionario enciclopédico de México, Vii, pp .904-905)

[viii] Enciclopedia de México (t. VII. P. 474). Caltontzi ejercía el mando supremo como Señor Águila y descendiente del Sol (Ib. T. IX. P. 548)

[ix] Un año antes había fallecido el tercer obispo de Puebla, Fernando de Villagómez, quien gobernó la diócesis de 1562 a 1571.

[x]  Durante los tres primero años, la ciudad tuvo un solo alcalde, pero a partir de 1534, al entrar en vigor la cédula real en la que se determinó que el nuevo asentamiento se llamara Ciudad de Los Ángeles, tuvo dos alcaldes (López Villaseñor, op. cit., pp.295-296).

[xi] Los frailes teatinos se caracterizaban por su extremada pobreza y por sus ropajes muy humildes. SU congregación fue fundada en 1524 por san Cayetano y por Giampietro Caraffa, obispo de Teate, antigua ciudad de Italia (hoy Chieti).

[xii] Esos primeros jesuitas fueron llevados a la antigua catedral que tuvo la ciudad ubicada al poniente de la actual, con entrada hacia plaza mayor (Cfr. A. Juárez Burgos, op. cit., p. 12.) La actual empezó a construirse en 1575.

[xiii] El versículo completo es: Haec ianua Dómini; justi intrábunt per eam: (Esta es la puerta del Señor, los justos entrarán por ella).

[xiv] F. J. Alegre, Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España, t. I, p114.

[xv] E. Castro Morales, op. cit., p.33.

[xvi] El padre Quiroz comentaba que los jesuitas hacían generalmente dos días de camino entre Puebla y México, viajando a caballo unos 80 kilómetros por jornada, en terreno plano. En mula, el viaje era más lento, pero más seguro.

[xvii] Castro Morales, op. cit., p.34.

[xviii] E. Castro Morales, op. cit., p.34.

[xviii] Archivo general de la Notaría de Puebla, Notaría núm. 4: 1578, f.993, y F. J. Alegre, op. cit., p.517.

[xix] Aun cuando el padre Zambrano, en su Diccionario bibliográfico de la Compañía de Jesús en México, apéndice: Las Cartas Anuas de 1573 a 1599 (t. II, p. 550), menciona que tal misión  ocurrió a principios de 1577, es obvio que se trata de un error tipográfico, porque el mismo padre Zambrano en las biografías de los padres Suárez de la Concha (In. T. II, pp. 358-359) y Pedro Sánchez, provincial de los jesuitas en ese tiempo (Ib. T. XII, pp. 383) especifica que la misión se efectúo en los primeros meses de 1578. También  citan esa fecha los jesuitas Pérez de Rivas (Crónica I, p 119), Sánchez Vaquero (Fundación de la Compañía de Jesús de la Nueva España) y F. Zubillaga (Monumento mexicana, t. I, pp. .560-561) con base en la Carta Anua del 17 de marzo de 1579, correspondiente a la de 1578, se especifica que la Residencia de la Puebla de los ángeles, “La cuaresma pasada, del 12 de febrero al 27 de marzo de 1578, envió el padre provincial al padre Hernán Suárez de la Concha y al hermano  Salvador Álvarez, por vía de misión…” y sobre todo el libro mismo de la Fundación del Colegio del Espíritu Santo de Puebla, en sus primeras 15 líneas precisa que “En el año del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo del mil y quinientos setenta y ocho año…  deseando se fundase  colegio de la Compañía de esta ciudad de los Ángeles, envió… al padre Suárez de la Concha con el hermano Salvador Álvarez”, además el ex director del Archivo Histórico jesuítico de México, el padre Palomera Quiroz refiere esta fecha en su libro La obra educativa de los jesuitas en Puebla (1578-1945), p. 31, y en entrevista personal, refirió que la fecha citada (1577) por el padre Zambrano es un error de imprenta.

[xx] Estos méritos bastaron para que en 1578, el arcediano Gutiérrez Pacheco fuera enviado a Roma como representante del episcopado mexicano para solicitar al papa Sixto V la confirmación del III Concilio Mexicano, celebrado en 1585 (P. Palomera Quiroz, op. cit., p.32)

[xxi] No eran precisamente tres religiones, sino tres órdenes religiosas: franciscanos, agustinos y dominicos.

[xxii]  F. J. Alegre, op. cit., p. 517.

[xxiii] Archivo Municipal. Libro de Cabildos, t. X, f. 234

[xxiv]. Archivo General de Notarías de Puebla, Notaría núm. 4, 1578, F. 880, y Castro Morales, op. cit., p. 57.

[xxv] F. J. Alegre. op. cit., p. 3535. Los jesuitas, al recibir la casa, entregaron 4 mil 897 pesos y medio en oro común; otros 3 mil deberían pagar cinco mese después y, el resto, en 15 meses.

[xxvi] La propiedad ocupaba casi media manzana, con viviendas altas, dos solares, un patio y una huerta, “y en los bajos (hay) buena disposición para iglesia, clases oficinas. En el patio se fundaron las clases de gramática con cinco aulas capaces de todo” (Castro Morales, op. cit., p. 57)

[xxvii] Archivo General de Notarías de Puebla, Notaría núm. 4, 1578. F. 347. La Carta Anua de 1578 puntualiza: “Hay en esta provincia… tres residencias. Una en la ciudad de Pátzcuaro… otra en Puebla, del obispado de Tlaxcala, y otra en… (F. Zambrano, Castro Morales, op. cit., p. 547)

[xxvii] F. Zubillaga, Castro Morales, op. cit., p. 551

[xxviii] Carta Anua escrita por el padre Pedro de Morales, el 17 de Marzo de 1579. En ella informa al general de Toma (Everardo Mercuriano) lo ocurrido el primer año en la residencia en Puebla (F Zubillaga, Monumenta Mexicana, t. I, p.351).

[xxix] De origen  indígena, el padre Antonio del Rincón, descendiente directo de los reyes de Texcoco, hablaba por lo menos seis lenguas. Entre éstas, náhuatl, purépecha, otomí, castellano, latín y griego. Destacó sobremanera en el dominio del latín de tal modo que aun cuando en el Colegio de San Jerónimo había profesores graduados en Salamanca y Valladolid, el jesuita de extracción indígena fue nombrado profesor de latín por dominarlo más que los mismos peninsulares. (Cfr. Zambrano, Francisco, S. J., op. cit., t. XI, pp. 489-506.

[xxx] P. Zambrano, S. J., op. cit., p. 544.

[xxxi] Quizá la rapidez con la que se estableció la residencia en Puebla impidió prever aprietos económicos tan severos, ya que durante los dos primeros años estuvo a punto de liquidarse la residencia, dadas las enormes deudas contraídas por la compra de casas y terrenos para la residencia del colegio. Esto obligó al padre López de Mesa a mendigar caridad en haciendas y pueblos; muchas veces volvía al colegio con apenas unos cuantos centavos. Si esto no fuera bastante, un jesuita, con el ánimo de mover a la gente a una mayor generosidad, criticó severamente en un sermón lo agarrado de algunas familias poderosas, y entonces sí que escaseó la ayuda económica (F. J. Alegre, op. cit., p 232).

[xxxii] Hubo otro jesuita llamado Diego López, quien fue rector del Colegio de México de San Pedro y San Pablo, en la capital del virreinato. Falleció en 1575. Había sido rector también del colegio de Cádiz y vicerrector de los colegios de Córdoba y Sevilla (Carta Anua de 1576. P. Zambrano, op. cit., p. 540).

[xxxiii] Habrá que recordar que en los primeros años, los misioneros tuvieron interés en educar a los niños de los indígenas, sobre todo a los hijos de caciques o principales.

[xxxiv] En los obrajes y en las minas se explotaban al máximo a los indígenas. El padre Javier describe así el ambiente de un obraje de Puebla. Son “escuelas de maldad y pequeños ensayos del infierno. Las blasfemia, la obscenidad, los perjurios, las más atroces calumnias eran el estilo ordinario de sus conversaciones y sus tratos. La pobreza, el hambre, la desnudez y la reclusión los arrojaba a un continuo despecho. El poco tiempo que no lo ocupaba un crudo y siempre involuntario trabajo, lo dedicaba a la embriaguez, al juego y a la vergonzosa torpeza” (op. cit, p.278)

[xxxv]Según la Ratio Studiorum o programa de estudios de los jesuitas, la clase de gramática comprendía desde los rudimentos de latín (aprender a leerlo, escribirlo y hablarlo) hasta estudios de retórica y poética. Por otra parte, en ese primer año de vida del Colegio de San Jerónimo, no se había definido aún el perfil del estudiante, ya que no había escuelas de educación superior, y se admitía tanto aspirantes al sacerdocio como a estudiantes que vivirían como seglares. Años después, al crearse formalmente el Colegio del Espíritu Santo, en 1587, el Colegio de San Jerónimo se separó y se convirtió en seminario para la formación de sacerdotes. Incluso había una confusión en la designación del colegio: unos le decían colegio de San Jerónimo y otros, colegio del Espíritu Santo, debido a que la residencia se llamaba Casa de la Compañía de Jesús del Espíritu Santo, fundada el 9 de mayo de 1578.

[xxxvi]Otra de las razones por las que se encargó al hermano Antonio del Rincón las clases de latín era el dominio que tenía del náhuatl, que era su lengua madre. Durante los primeros 50 años de colonización se dio mucho apoyo a los hijos de señores indígenas, pero al ver que eran más listos que los hijos de los españoles, tal apoyo se suspendió, alegando motivos económicos, anqué en el fondo eran razones políticas. La expresión Ratio Studiorum es la abreviatura de Ratio atque Institutio Studiorum Societatis Jesú (Método y sistema de estudios de la Compañía de Jesús): Es una especie de código didáctico-pedagógico por el que se rigen los estudios de la Compañía. El jesuita Claudio Aquaviva, general de la Orden, en 1584, nombró una comisión de seis hombres de ciencia, de distintas nacionalidades, para que redactaran un Plan de Estudios que unificara la enseñanza jesuítica con base en las experiencias pedagógicas de los colegios de diversos países. Es un método completo y armónico para la formación integral de los jóvenes, eminentemente práctico a partir de reglas comunes, basado en la motivación del maestro hacia el alumno y en la tención personal del alumno y en el respeto mutuo. (Cfr. Enciclopedia Espasa, t. VII, p. 2149).

[xxxvii]  Al respecto, Arróniz (op. cit., p. 47) especifica: La missio civitatis Angelorum (La misión de la ciudad de los Ángeles) cuenta, con rector: Diego López de Mesa, a quien el catálogo nombra equivocadamente como Jacobus y le da como fecha, igualmente errónea, de ingreso a la Compañía de Jesús, el año de 1536…” Tiene razón el investigador. El nombre latino de Diego es Didacus y la fecha de ingreso a la Compañía de Jesús es de 1563.

[xxxviii] F. J. Alegre, op. cit., t. II, p. 323

[xxxix] P. Zambrano, S. J., op. cit., vol. VIII, p.691.

[xl] Pérez de Rivas, op. cit., t. I. I. p. 46 y en Archivo General de la Nación, Historia. Vol. XXI, fol. 97.

[xli] P. Zambrano, op. cit., 568. Como es obvio, se confunde la Residencia de la Compañía con el Colegio del Espíritu Santo, creado años después.

[xlii] Idem

[xliii]El padre Mercuriano había sido general de la Orden hasta el 1 de agosto de 1580, cuando falleció. En su lugar quedó el padre Aquaviva.

[xliv] Aun cuando la escritura de la compraventa tiene fecha del 20 de agosto de 1583, suscrita por el escribano Marcos Rodríguez, la compra del inmueble se hizo años antes, ya que el alcalde Antonio Reinoso, que dio posesión a la casa del rector, ocupó ese cargo hasta 15825 con Sebastián Muñoz. (Cfr. Enciclopedia de México, t. X, p. 512)

[xlv] Leicht, op. cit., p. 71.

[xlvi] Pérez de Rivas, op. cit., p. 124,

[xlvii] P. Zambrano, op. cit., p 582. La afirmación de Carta Anua despeja la duda de algunos investigadores que consideraban poco probable que los jesuitas abrieran colegios para niños; las Cartas Anuas eran documentos fidedignos de lo que hacía cada residencia y colegio.

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