Medicina de BUBAS

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En 1493, después del regreso de Cristóbal Colón de su primer viaje, estalló con violencia la epidemia de la sífilis en Europa. Autores de la época ubicaron la enfermedad de Nápoles, y así los franceses se creyeron contagiados por los italianos llamándole mal napolitano, mientras los españoles la atribuyeron a los galos nombrándole mal francés y los alemanes se lamentaron de la sarna española. El cronista Fernández de Oviedo afirmó que la enfermedad se originó con los indios e indias de las Indias Occidentales llevados por Colón, y el médico sevillano Nicolás Monardes indicó en sus escritos que el padecimiento era nombrado como sarampión de las indias. Después del siglo XV apareció el término de mal de bubas y el nombre de sífilis sólo sugería a partir de la publicación de la obra en verso del médico Girolamo Fracastoro: Syphilidis Sive de MorboGallico libri III, en 1530. Así pues el mal de las bubas se reconoció como una enfermedad contagiosa y conocida como mal francés y gálico.

Bubón es la palabra en singular y se empleaba para referirse al grano que aparece en el cuerpo, como una de las manifestaciones de la enfermedad, cuya punta de materia sale de la cara. Posiblemente la palabra pudo haberse tomado del griego Bobo, que significa tumor prenatural especialmente en la ingles.

Los medicamentos herbolarios empleados contra la sífilis fueron el guayacán, la raíz de Chia y la zarzaparrilla que fue apareciendo en la literatura describiendo sus usos.

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Otro medicamento empleado contra la sífilis fueron la unciones de azogue o mercurio, y que consistieron en diversas combinaciones de ese elemento con manteca de vaca, aceite de almendras, grasa de cerdo, aceite rosado, tuétano de ternera, enjundia de gallina, y otras tantas substancias que integraban las diferentes fórmulas de los enfermos y de su constitución física. Así se fabricaban ungüentos livianos o fuertes, variando la dosis de acuerdo con la edad.

Fueron apareciendo interesantes manuales para la administración de las unciones mercuriales donde se detallaba pormenorizadamente las condiciones, dieta, periodos, régimen, estaciones del año favorables a ello, y otras prevenciones más. Al lado de las unciones también se incorporaban otras formas de cura abarcando desde el uso de sahumerios, la raíz de China, la zarzaparrilla, hasta los sudores de agua. Las diferentes confecciones se encaminaban a lograr la eliminación de los humores causantes de la enfermedad a través de pugnas y sudores, así como polvos que se aplicaban directamente en las bubas. En la mayoría de los textos que se ocupan de este tema desde el siglo XVI hasta inicios del siglo XIX, los tratamientos para la sífilis incluyen tanto las unciones como las medidas complementarias con las hierbas.

En la ciudad de Puebla existió desde el siglo XVII un hospital de Bubas, pues en 1682 el caballero de la orden de Santiago Anastacio Luis Salcedo Coronel y Benavides fundó junto con su esposa un hospital para la curación con unciones a los enfermos del humor gálico, o bubas o mal francés.

Ubicado en el oriente, del otro lado del río de San Francisco y junto a él, este hospital dejó de existir entre 1694 y 1703 y se refundó en el Hospital de San Pedro, institución a la que se trasladaron las rentas del antiguo inmueble llamado de las bubas con el objeto de continuar las unciones.  Al parecer en el Hospital de San Pedro ya se realizaban unciones con anterioridad a los años aludidos, pues e 1865 cuando se inició una remodelación total del edificio encargada por el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, en la planta alta del edificio se construyeron salas especiales para los enfermos de sífilis.

Padecimiento relacionado con la vida íntima de la población, durante todo el período colonial, la sífilis fue considerada una enfermedad secreta y vergonzosa, lo que complicó su control y su cura. Reyna Cruz, quien ha estudiado las enfermedades en el Hospital de San Juan de Dios de Atlixco, durante los años comprendidos entre 1737 y 1747, a partir de una muestra de población contagiada por la enfermedad, sugiere que la afección en los grupos étnicos revela una actitud diferente respecto a la sexualidad. De acuerdo con lo anterior los blancos representaban el 28 por ciento de los afectados, los indios 22 y los mestizos 32 por ciento. En cuanto al sexo las mujeres rebasan ligeramente a los varones entre la población infectada, y de acuerdo con el comportamiento fue el de febrero.Medicina Puebla012

La fama de la caridad del Hospital de San Pedro de Puebla se había extendido tanto que acudían enfermos de las principales ciudades del reino. Para tomar especialmente las unciones mercuriales venían de México, Guadalajara, Valladolid, Veracruz, Oaxaca, y de otras poblaciones cuyas distancias de la ciudad de Puebla era de doscientas lenguas. Con este motivo se tuvo que extender la limosina del fondo hospitalario para aquellas familias que por acompañar a sus padres, maridos, u otros parientes cercanos se detenían en esta ciudad hasta que el hospital daba de alta a los enfermos de esta clase.

Entre el mes de diciembre de 1795 y el de 1796 entraron a la sala de unciones y sanaron 53 hombres, muriendo sólo un enfermo. Para el mismo periodo entre 1796 y 1797 ingresaron 61 hombre y 45 mujeres cuyo total, 106, sanaron completamente.

La literatura médica contemporánea a la aparición de la primera edición del Ensayo para la Materia Médica Mexicana, continuó ocupándose del tratamiento de la sífilis por medio de las diferentes sales mercuriales anquen continuaron incluyéndose los denominados leños sudoríficos ya señalados anteriormente cuyos conocimientos se había empleado en todos los casos de infecciones muy antiguas, sobre todo cuando se manifestaban por medio de pústulas, de enfermedades de huesos, de úlceras en la nariz, en la garganta y otros síntomas consecutivos graves. Una de esas obras representativas fue la obra del francés Lagneau, Tratado práctico de las enfermedades sifíliticas, donde además se incluyen un anexo de complementos terapéuticos como disoluciones, inyecciones, jarabes, ungüentos, pomadas, emplastos, tinturas, polvos, píldoras y pastillas.

A continuación se revisará la poco conocida herbolarias de origen prehispánico que coadyuvó al tratamiento de la sífilis.Medicina Puebla011

Plancapatli o nanahuapatli.

Francisco Hernández registró al nahuaquauitl o árbol de las bubas. Lo describe como un árbol grande acopado y alto que tiene las hojas semejantes al olivo un tanto olorosas y amargas, cuyo conocimiento bebido por la mañana abundantemente cura el mal francés. Nace en los lugares templados. La traducción de nanahuapatli es “medicina de bubas o mal francés” y al parecer a esta yerba otros le nombraban palancapatli por curar las llagas.

El mismo Hernández llama palancapatli a la yerba que tiene las hojas con cierta aspereza, largas, tallo delgado, corto y redondo de donde brotan flores como las de manzanilla. Crecía en lugares templados como las tierras de Tepoztlán y su sabor es amargo y oloroso. Por sus propiedades vulnerarias o cicatrizantes esta especie promueve la curación, auxilia en la regeneración de piel nueva, puede aliviar y sanar la inflamación así como combatir las bacterias. Convertido en polvos el nanahuapatli se espolvoreaba sobre las llagas podridas curándolas admirablemente. También curaba la melancolía y a los mordidos por la serpiente hemóroes o mahuaquitliqum. Majada y desecha en agua o en cualquier licor y dada a beber sanaba la enfermedad del mal francés o napolitano, las llagas y tolondrones que existían en el cuerpo de quienes padecían esos males. De aquí se extendió y comunicó por diferentes provincias y reinos del mundo. Cal y Bracho se refiere al palancapatli de México como nanahuapatli y señala los mismos usos para el palancapatli de Puebla, poderoso vulnerarios, lavado con su cocimiento las úlceras y aplicado la yerba en polvo, tenía muy buenos efectos. El nombre científico del primer palancapatli es Solidago montana, y el segundo Doronicum glutinoso.

Maguey.

Hernández indica que el jugo exprimido de una hoja de maguey asada enriquecido con un poco de salitre bien molido producía una mixtura que untada e las heridas frescas impedía que dejaran señales en la piel. Y las hojas del maguey asadas y puestas sobre las llagas aplacaban los dolores en el mal francés. El aguamiel en que eran cocidas las raíces de tabaco, llamado pitzielxóchitl o matlaxóchitl, curaba las heridas.

Antonio de la Cal refiere la figura del mexicano Nicolás Vianna, conocido también como “el Beato”, natural de Pátzcuaro, perteneciente a la diócesis de Michoacán, quien empleo un específico para la curación del gálico sin el uso del mercurio, el cual había aprendido de una mujer india, última de su familia, que lo había usado desde tiempo inmemorial en Acapacuaro, población del mismo obispado, y consistía en unas raíces y plantas indígenas empleadas con una experiencia de más de 36 años. La anterior noticia se conoció debido a que Viana se presentó en 1790 ante el Real Tribunal del Protomedicato para obtener el reconocimiento sobre su específico, y para constatar su efectividad se le destinó al Hospital de San Juan de Dios de la ciudad de México donde un médico y un cirujano designados por el tribunal atestiguaron que curó a 27 enfermos de aquel mal. Además de experimentarse la curación en los enfermos del Hospital de San Juan de Dios, y en sujetos particulares de la ciudad, destinados a su cuidado quedaron libres de sus males. Los resultados obtenidos por Viana fueron causa de grandes controversias y motivo de desconfianza, encomios y desprecios de personajes del medio médico. De las tres fórmulas empleadas por Viana la primera consistía en un conocimiento sudorífico compuesto de dos cuartillos de pulque o licor fermentado de “la planta llamada metl o maguei, tres onzas de la raíz de la misma, dos de carne de víbora, y una de rosa de castilla; y todo consumido hasta consumir la mitad se colaba y guardaba para el uso. “Se preparaban a los enfermos con un purgante que Viana denominaba magistral y tomaban el cocimiento o específico caliente en la cama, guardando mucha quietud y abrigo, sudando por cuatro o seis horas. El tratamiento que se continuaba durante tres días se completaba con sebo caliente untado en los pies, una copita de mezcal o aguardiente de caña, lavativas, y otros polvos. Aunque la composición sudorífica constaba de cuatro simples, la sola raíz del Agave americano o maguey, y el pulque, poseían la virtud expresada.

José Antonio de Alzate informaba que el maguey proveía materiales para muchas artes y que uno de los productos de su jugo o aguamile era el azúcar que si se purificase la medicina logaría grandes ventajas. Y aseguraba que por medio del maguey se ejecutaban felices curaciones. La goma que fluye espontáneamente de las hojas del maguey, según Cal, es idéntica a la goma arábiga, pudiendo sustituirse sin riesgo alguno, en todos los casos que se administra. Y esta goma en polvo intervenía en la composición del mercurio gomoso, junto con el mercurio vivo y el crémor en polvo. Todo loa anterior se mezclaba y agitaba hasta lograr la completa extinción del mercurio y después se le agregaba más goma arábiga en polvo, y por lo común se elaboraban magdaleones para su uso. La citada fórmula se hay contenida dentro del formulario del maestro de farmacia Carlos Brito, quien se hizo botánico en la farmacia de Antonio de Cal y Bracho de Puebla y que se desempeñó como boticario mayor en el año de 1849 en el Hospital de San Pedro de la misma ciudad, donde figuraban diversas fórmulas de medicamentos contra la sífilis. Entre ellas está el crecimiento sifilítico rebosante, el elixir de guayaco, el emplasto de Vega con mercurio, el jarabe antisifilítico que se hizo la señora Santa Ana, un rob antisifilítico común, un ungüento de mercurio compuesto y otro de mercurio aromático. Para los propósitos de este trabajo llama nuestra atención un bálsamo de maguey que se componía con hierba del cáncer, calancapatle, hierba de la golondrina, hierba del pollo, hierba del pastor y romero. Todas estas hierbas, que se indica deben ser frescas, se mezclan con un metate y se echan a cocer en cuatro cuartillos de sumo de maguey, llamado Chalco, tlacametl, cuyas pencas se asan para exprimir el sumo y después que se han cosido en un fuego manso por ocho horas se cuelan por un lienzo de conocimiento y que resulta colado se pone otra vez a la lumbre, y echándole el azúcar que baste para ponerlo en punto de lamedor y un poco de miel virgen, para que no se azucare se quita el fuego; luego que lo ha tomado se enfría y repone en vasijas bien tapadas par el uso. Es muy probable que el anterior procedimiento se aplicará para producir el mismo bálsamo del maguey al que se refiere Cal y Bracho que se preparaban en las boticas y que eran reconocidos como un excelente vulnerario.

A partir de la publicación en 1832 del ensayo para la Materia Médica Mexicana de Antonio de la Cal y Bracho, las plantas de origen mexicano fueron paulatinamente ingresando a los registros, diccionario, aulas, gabinetes y laboratorios institucionales durante el siglo XIX, en la búsqueda de soluciones terapéuticas nacionales. Esas plantas enfrentarán paulatinamente el desarrollo de la farmacéutica con tintes industriales, pero existieron momentos en el siglo XIX en que se encontraron a la par de la química moderna integrándose con ella en la composición de los medicamentos.

(El presente fragmento es de la autoría de la Dra. Ana María Dolores Huerta Jaramillo, contenido en el libro “Ciencia y vida académica en Puebla en el siglo XIX”, editado por Ediciones de Educación y Cultura en la Colección espacial Bicentenario)

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