Reflexiones en torno a una pandemia olvidada

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Puebla Antigua

Vista de la plaza y palacio de gobierno de Puebla en1945, Foto: cortesía de Vic R.

Por: Miguel Ángel Cuenya

Desde hace muchos años epidemiólogos, virólogos, zootecnistas, antropólogos, así como una importante número de historiadores, comenzaron a reflexionar sobre la pandemia de influenza española en 1918 y 1919; interés que se acrecentó a partir de 2009 con motivo del retorno del mortal virus que ocasionó miles de víctimas alrededor del mundo. Como resultado de estas investigaciones hoy se conoce mucho más profundamente el accionar de la gripe pandémica en diversas condiciones sociales. Se considera que a partir de la pandemia de 1918 la abundancia de la información sobre la influenza permitía realizar parangones, establecer parámetros comparativos, etc. La influenza de 1918 se constituyó en un parte aguas, en el punto de partida para el estudio histórico del virus gripal.

Hasta hace poco tiempo, no muchos investigadores habían vuelto la mirada hacia la última década del siglo XIX, cuando la llamada gripe rusa 1889 y 18890) sacudió a la sociedad internacional ocasionado alrededor de un millón de muertos en todo el mundo. Se pensaba que las fuentes no permitirían efectuar un estudio similar al realizado en torno a las pandemias del siglo XX; a pesar de ello, científicos rusos, suecos, franceses y norteamericanos comenzaron a incursionar en el tema: recabaron información en diversos países europeos, asiáticos, americanos y africanos, con la finalidad de establecer las características del virus, velocidad de contagio, con la finalidad de establecer las características del virus, velocidad de contagio, así como de mortabilidad y morbilidad.

Como parte de este trabajo en grupo de investigadores franceses, entre los que destacan Alain Jacques Valleron, Anne Cori, Sophie Valat, Sofía Meurisse, Fabrice Carrat y Pierre-Yves Boëlle, realizaron un estudio sobre la difusión geográfica de la llamada gripe rusa con la intención de registrar también la velocidad de difusión; tomaron como punto de referencia los picos de mortalidad registrados en diversas ciudades europeas y norteamericanas. A través de este estudio se detectó lo siguiente: el 1 de diciembre de 1889 al canzó su mayor virulencia en San Petersburgo, el 22 del mismo mes en Almenaia, el 5 de enero de 1890 en París, y el 12 de este último mes en Nueva York, Filadelfia y Boston en Estados Unidos.

Otros estudios realizados posteriormente por el investigador vasco Antón Erkoreka van a reconfirmar la extraordinario velocidad de difusión de la llamada influeza rusa de los años 1889 y 1890; este autor registrará los primeros datos de la pandemia en territorio chino (1888), detectándola posteriormente en Canadá (mayo de 1889), en Uzbekistán (octubre de 1889) y San Petersburgo (27 de octubre de 1889), a partir de donde las vías férreas distribuyeron por territorio europeo el virus y los modernos vapores lo transportaron por todos los mares y océanos de la Tierra. De esta manera Argelia, Tunes y Egipto en el norte de África; Córcega, Cerdeña y Sicilia en el Mediterráneo; Ceylán, Honolulu, Japón en el lejano Oriente; África Occidental, Sierra Leona y Gambia en el áfrica Subsahariana, así como también, la mayor parte de los países de América Latina, se vieron afectados por el virus gripal. En muy pocos meses la gripe había dado la vuelta al mundo.

Puebla Antigua 1

Foto: Puebla Antigua

La rapidez con que se expandió llevó alinvestigador Alain-Jacques Valleron, epidemiólogo en el Instituto Nacional de Santé et de la Recherche Mediacle de París, anotar que: “El rápido avance de la pandemia de 1889 demuestra que el transporte de superficie más lento, incluso con los flujos de viajeros mucho más pequeños, fue suficiente para propagación de la pandemia en toda Europa y los Estados Unidos en 4 meses.

Es decir, la velocidad expansiva de la pandemia no estaría determinada por el número de pasajeros que se mueven en un territorio dado sino por la conexión de la red carretera, ferroviaria, fluvial, marítima o aérea.

Si bien es cierto que todavía hay incertidumbre sobre el tipo de virus A(H2N2 o H3N8), que hasta hoy no ha podido determinarse fehacientemente, el estudio de la pandemia gripal de 1189-1890 adquiere relevancia en la medida que se trata del antecedente más importante de la gran pandemia 1918-1919; con su estudio permitiría establecer- en la medida de lo posible-comparaciones entre ambas, y de estas preocupaciones –como parte de un estudio más amplio al que estamos abocados, sobre la pandemia de 1918- nos atrevemos a retrotraernos hasta la última década del siglo XIX, para realizar un primer acercamiento y reflexionar en relación con algunos aspectos de la influenza de 1890, una pandemia olvidada .

A pesar de que existen importantes acervos documentales que resguardan información sobre la gripe pandémica que afectó al territorio en México, que traten el tema. Ana María Carrillo, en un breve artículo publicado e 2009, muestra algunos atisbos sobre la influenza de 1890. La autora señala que en distintos lugares del territorio nacional se registraron casos de enfermos de gripe; enfermedad que afectó a todas las clases sociales en México, aunque “siempre se ensaño con los más pobres” el valle de Toluca, así como en Puebla-Tlaxcala, Aguascalientes, San Luis Potosí y Michoacán sufrieron los embates del mortal virus. Veamos ahora el caso Poblano.

La influenza de 1890 en Puebla

Puebla terminaba la década de los años ochenta del siglo XX con el mismo ritmo de la nación: expansión económica, crecimiento, reconstrucción y embellecimiento urbano se transformaba de acuerdo con el espíritu porfiriano. El gobierno municipal se sentía orgulloso de los cambios que allí se realizaban, los cuales daban un rostro diferente a ese centro cálido y deteriorado que, hasta finales de los años setenta, todavía mostraba los rastros de la guerra civil y de los prolongados sitios militares que habían destruido diversas zonas de esa parte de la ciudad. Ahora comenzaba a reconstruirse diversos templos y a levantarse edificios, nuevamente se empoderaban aquellas calles que habían sufrido los avatares de tiempos beligerantes. Así la angelópolis se recuperaba demográficamente, inauguraba fábricas textiles que harían recordar otras épocas en las que la producción de paños la habían convertido en uno de los más importantes centros productivos de México.

El ferrocarril, signo inequívoco de la modernidad decimonónica, interconectaba la ciudad con la capital, con el lejano norte y el puerto de Veracruz, al tiempo que el ferrocarril urbano (tranvías) se sometía al trazlado de rieles que surcaban las principals calles. Las autoridades municipales, siguiendo los postulados de la época, trataban de crear espacios urbanos frescos y habitables, tal como lo establecían los nuevos cánones desarrollados en Europa y Estados Unidos.

A pesar de esto, poco habían cambiado las condiciones de vida de la mayor parte de la población. La pobreza se enseñoreaba y mostraba sus lacras. La insalubridad reinante era responsable de enviar al sepulcro, anualmente, aun importante número de habitantes.

Para 1890, las condiciones reales de habitabilidad empequeñecían los cambios y transformaciones que se habían producido en la ciudad en el aspecto material. Los Higienistas denunciaban que la mayoría de las calles no estaban empedradas y carecían de banquetas; que el sistema de abastecimiento de agua se caracterizaba porque el mencionado líquido no era potable, al tiempo que existía una marcada diferencia en su distribución; la mayor parte de los drenajes eran a cielo abierto y arrastraban inmundicias hacia el río San Francisco, que cruzaba el centro urbano nor-poniente a sur-oriente; en temporadas de lluvias, las calles se convertían en enormes lodazales, los que se “amalgamaban” con estercoleros y muladares llenos de basura esparcidos por doquier a los largo y ancho de la ciudad.

A pesar de las transformaciones que se estaban gestando en la urbe y del cambio de fisonomía que mostraba una imagen moderna, los grandes problemas continuaban presentes, y el ordenamiento del espacio urbano ya no reflejaba las nuevas necesidades que tenía la ciudad

En un contexto urbano que podíamos caracterizar entre la modernidad y el atraso, 1890 tomó desprevenidos a los poblanos. El invierno transcurría sin sobresaltos, la vida sucedía en paz y tranquilidad. Las enfermedades observadas eran propias de la época en que las afecciones del sistema pulmonar dejaban secuela, especialmente entre los más desprotegidos.

Afecciones pulmonares aparecen como responsables de enviar al sepulcro a un importante número de pobladores. Lamentablemente, tanto en los libros de defunciones del Registro Civil del Estado de puebla como el registro de inhumaciones del Panteón Municipal asientan como principal causa de defunción, entre los padecimientos del carácter pulmonar, a la pulmonía, dejando en un lejano segundo lugar a la tuberculosis.

Esta situación irregular se observa también en los registros correspondientes a los años 1889 y 1891. Decimos “irregular”, en la medida en que la Comisión de facultativos (Comisión extraordinaria de Salud Publica), designada por el gobernador del Estado y el Consejo Superior de Salubridad del Estado de puebla para hacer frente a la epidemia de influenza, hace referencia al fuerte impacto que año con año tiene la neumonía durante el invierno y la primavera (diciembre-junio), y que en febrero de 1890 se “habían complicado muchos casos”.

Así también, si realizamos una breve mirada al comportamiento de las enfermedades del sistema respiratorio para el años 1915, descubrimos una situación diferente. En el mencionado año fueron enterradas I 127 personas en el panteón municipal debido a enfermedades respiratorias; entre los padecimientos de mayor incidencia destaca, en primer lugar, la neumonía (374 casos), tuberculosis (300 casos), bronquitis (243 casos), bronconeumonía (117 casos), y en un lejano quinto lugar, con apenas 63 casos, se encuentra la pulmonía. Esta misma relación de los años noventa del siglo XIX se registraban muchas defunciones ocasionadas por diversas enfermedades neumónicas como pulmonía.

Lamentablemente, las fuentes no ns permiten determinar con precisión los fallecimientos causados por el virus gripal.

*Fragmento tomado del libro: “Enfermedad, Epidemias, Higiene y Control Social. Nuevas Miradas Desde América Latina y México, publicado por la Dirección de Fomento Editorial BUAP, en 2013

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