Discos sucios: la dulzura de los Ohio Players

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Carlos Horcasitas

La tradición antropológica menciona que posiblemente lo único que puede diferenciar al humano de cualquier otro ser vivo en este planeta, sea nuestra capacidad de abstracción. La capacidad de crear pensamientos que trasgreden el tiempo y el espacio es la misma que nos permite volcar cosmovisiones enteras sobre los objetos para personalizarlos. La capacidad de crear símbolos.

 

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Y bien puede ser que esta sea una de las actividades más poéticas del ser. Piénsenlo: el hecho de ser capaces de evocar a través de un libro el sentimiento que nos invadió cuando lo leímos es una maravilla. La proyección a través de las eras gracias a la construcción colectiva, viva y dinámica del lenguaje.

Siguiendo esta idea, los objetos por sí mismos nos cuentan una historia que corre paralela a la historia de la humanidad. Una microhistoria contada por lo inanimado, o la historia de cómo lo hacemos propio y lo que ello devela sobre nosotros. Y los discos sucios tienen muchas historias que contarnos, sólo depende de qué tan perceptivos seamos a estos relatos.

Hace unos meses me encontré con el disco Honey de los Ohio Players. Ya tenía una copia pero la que me encontré estaba menos maltratada y por 30 varos, pues lo compré. Lanzado en 1975 y editado por el sello Mercury Records, es la séptima producción de una banda en continua rotación que hasta entonces había cambiado 20 veces de integrantes.

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Musicalmente hablando, es un disco fincado en el sonido más dulce y pegajoso del soul, que muestra momentos claves en la escalada de la sensualidad del funk y la movida disco. Siguiendo la tradición de su herencia negra, hace de las voces un instrumento más y por momentos se plaga de arreglos recomplejos a cuatro voces simultaneas.

Honey alcanzó en 1975 el número 2 en la lista del Billboard Top Lp’s y el número uno en la lista del Bilboard Top Soul Lp’s vendiendo millones de copias alrededor del mundo. Millones de copias de las cuales es bastante fácil encontrarse una por allí perdida en algún bazar.

Y vaya que es una joya. Los Players sacaron la bola del estadio con el tema “Love Rollercoaster”, el cuál probablemente recuerden mucho más por el cover que hicieron los Red Hot Chilli Peppers, quienes de alguna manera ayudaron a inmortalizarlo. Así es, la montaña rusa del amor no la escribieron los Peppers pero se aventaron un gran cover.

La portada habla fuerte y claro sobre el sonido de Honey: la playmate Esther Cordet aparece desnuda con un jarro de miel en mano, mientras con la otra sostiene una cucharada del elixir que deja caer lascivamente sobre su boca. Un hilo dorado de miel. Su cuerpo entero cubierto en esa pegajosa dulzura brilla al candor de las luces.

Dice la leyenda que Esther casi muere sofocada justo porque el calor de las luces de estudio endureció la miel sobre su piel; lo que hay que hacer por tener una buena portada.

El tema “Sweet Sticky Thing” no me dejará mentir. Escúchenlo y seguro a más de uno le van a dar ganas de recrear la imagen de la portada.

La miel de los Players trae tanto funk como dulzura. Muchos críticos, incluso el acólito rebelde del funk George Clinton, sobajaban a la banda por parecer una copia pop y rebajada del combo de Sly And The Family Stone. Y es verdad que no llegaron a la altura del “One Nation Under A Groove” del “Parliament”, pero a mi gusto defendieron bien la bandera del funk en sus 15 años de carrera.

En la cacería es común encontrar discos que llevan dedicatorias, autógrafos y pensamientos escritos en las etiquetas. Otros incluso las llevan escritas en las portadas. “Con todo mi cariño para…”, “Veracruz, 1972”. Algunos otros, llevan sorpresas dentro de las fundas.

El año pasado, un ávido coleccionista de la Motown compró un disco de Marvin Gaye en un bazar por 50 centavos de dolar. La sorpresa que se llevó el tipo cuando al llegar a casa intentó sacar el disco y de la portada cayó en sus manos, literal, el pasaporte de Gaye. Una sorpresa como esta jamás te va a suceder comprando discos en Ebay, te lo juro.

Muchas veces he pensado en quienes tuvieron entre sus manos los discos que hoy me pertenecen. Me gusta imaginarnos escuchando el mismo disco, compartiendo esa complicidad que nos ofrece aquel trozo de pasta negra. ¿Seguirá vivo? Basándonos en nuestro gusto común por ese disco, ¿Habrían congeniado nuestras formas de ver y sentir el mundo?

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La música, a pesar de su intangibilidad, sin duda es un documento histórico que nos habla de contextos y formas muy precisas de concebir lo real (y lo surreal). Pero también tiene una dimensión tangible, que bien puede estar representada por los discos.

Pues después de varios meses de haber comprado el disco, una noche me invitaron mis amigos de la tapería El Diablito a poner música en su bar. Cargué con todo mi arsenal de pasta junto con el disco de los players sin saber que me esperaba una sorpresa. Saco el disco y noto que algo cae de la portada: un regalito del pasado.

Un recordatorio, escrito en papel con tinta rosa, doblado y guardado con un prendedor de cabello. La nota recordaba la fecha (un 14 de febrero) en que “Jorge” le regalaba el disco a quién yo supongo, quería que fuese su valentina.

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No sé si Jorge haya logrado su cometido ni cuáles hayan sido sus intenciones, pero por el hecho de haber guardado aquel recordatorio, algo me dice que la chica (¿sería una chica?) que lo recibió, tenía un afecto especial por él y decidió inmortalizar aquel momento con una nota y su prendedor.

*

Carlos Horcasitas es antropólogo, cazador de discos y fauna local cholulteca; forma parte de La República Del Sabor. Lo encuentras en twitter como @carloshorksitas

Programa radiofónico. De lunes a viernes de 10:30am a 12:00pm por 96.9 fm Radio BUAP. Va de música contra la lasitud.

2 Comments

  • Responder noviembre 24, 2015

    D

    Wow, qué buen aporte. Clap, clap.

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